Albio Tibulo

Muy poco sabemos acerca de la vida de este poeta, del cual ignoramos incluso el prenombre. No abundan en sus elegías las alusiones, y no mucho más nos dicen las dos poesías que Horacio le dedicó (Carm., 1, 33, y Epist., 1, 4) y el fragmento de biografía (en parte alterado) que figura en algunos códices al final del texto corres­pondiente a Tibulo y que algunos pretenden remontar a Suetonio. Veamos lo que per­miten inferir tales datos. Nuestro poeta debió de nacer entre los años 54 y 48 a. de C., en una familia del orden ecuestre y bas­tante rica. Fue gran amigo de Valerio Mé­sala Corvino, a quien acompañó por vez primera en 31 ó 30 a. de C. en una expe­dición a Aquitania, que le valió algunas recompensas militares, y en una segunda ocasión a Oriente, en 29 a. de C.; en el curso de este viaje, empero, parece haberse detenido, enfermo, en Corcira (Corfú).

Po­seía una villa en la comarca de Pedo, entre Palestrina y Tívoli. Aun cuando probable­mente se vio también perjudicado por la distribución de tierras a los veteranos, de­bió de conservar, no obstante, buena parte de sus riquezas, como permite suponerlo Horacio (Epist., 1, 4, 7). Amó a un jovencito, Marato, cantado en algunas poesías, y, particularmente, a dos mujeres Delia y Némesis, a cada una de las cuales dedicó un libro de Elegías (v.); no sabemos si la «Glycera» de cuya infidelidad Horacio (Carm., 1, 33) quiere consolarle, puede identificarse o no con una de ellas. En el primero de estos dos libros, aparecido poco después del año 27 a. de C., hay siempre la dulce figura de Delia, nombre que, según Apuleyo (Apol., 10), era el seudónimo de Plania. Como Némesis, empero, esta mujer es considerada irreal ya por el mismo poeta.

El motivo erótico se funde en él con el geórgico y la añoranza, a veces un tanto convencional, del pasado feliz. Tibulo revela, sin embargo, una verdadera inspiración poética cuando vaga suavemente de uno a otro tema con su fantasía, que le lleva a imaginar un mundo irreal de contornos imprecisos en el que gusta refugiarse para huir de la vida presente. Cualquier elemen­to de la realidad puede introducirle en este ámbito de ensueño. Así ocurre, por ejem­plo, con la elegía inicial del libro I, en la que aparece descrito el campo en una serie de escenas agrestes que nos trasladan a la austeridad primitiva; ante esta visión, el poeta dice a su amada: «No, no me preocu­pa la gloria, ¡oh Delia mía! Con tal de que pueda vivir junto a ti, prefiero que me juzguen indolente e inerte. ¡Pueda yo contemplarte cuando llegue mi hora suprema, y darte, moribundo, la mano cada vez más débil» En la tercera elegía surge ante los ojos de Tibulo, que, enfermo en Corcira, y sin el consuelo de la hermana y la madre, siente próxima la muerte, la encantadora visión de los Campos Elíseos, a donde espera di­rigirse: allí reinan los cantos y las danzas, gorjean suavemente los pájaros en sus vue­los, crece espontáneamente el cinamomo, la tierra aparece cubierta por doquier de rosas perfumadas, los jóvenes y las muchachas se hallan enzarzados en lides amorosas, y los amantes muertos prematuramente son coro­nados de mirto.

Más intenso y pasional es el amor del poeta por Némesis, que no lo merece. En la sexta elegía del libro II T suplica a la mujer que sea más dócil en la correspondencia a su sentimiento, y se lo pide en nombre de su hermanita, falleci­da en un trágico accidente; no prosigue, em­pero : no quiere renovar el sufrimiento en el corazón de la amada, ni llevar a sus expre­sivos ojos la amargura del llanto. Muy pro­bablemente, el poeta debió de morir «adulescens» (cfr. Ovidio, Tristia, 4, 10, 51) en 19 a. de C., como puede inferirse de un epigrama anónimo, atribuido a Domicio Marso, en el cual su figura se halla rela­cionada con la de Virgilio: «iTiambién tú, ¡oh Tibulo!, fuiste enviado todavía joven por la injusta muerte a los Campos Elíseos, junto a Virgilio, para que nadie más can­tara en metro elegiaco las dulces penas del amor, o en metro heroico las guerras de los reyes.» Ovidio (Amores, 3, 9), con una fantasía feliz, vio al poeta asistido, en el momento de la muerte, por las dos mujeres a las que tan tiernamente amara y cantara.

F. Pini