De los Hombres Ilustres, Cayo Suetonio Tranquilo

[De viris illustribus]. Es un conjunto de biografías literarias romanas compuestas por Cayo Suetonio Tranquilo (69?-150?) y divididas según sus distintas actividades: poetas, ora­dores, historiadores, filósofos, gramáticos y retóricos. Una breve introducción a cada género literario establecía las .bases teóricas y el programa del tratado, en el que se evi­taba hablar de los contemporáneos. La obra se perdió en su mayor parte. Quedan el libro Los gramáticos y retóricos (v.); al­gunos fragmentos del libro Los poetas [De poetis] correspondientes a las vidas de Terencio, Horacio y Lucano; del libro Los oradores [De oratoribus] y del de Los his­toriadores [De historiéis]. La mayor parte son bosquejos breves, salpicados con algu­nas anécdotas; por su forma esquemática, apropiada para las escuelas, estas biografías tuvieron gran difusión, y fueron abreviadas, en sus datos principales («nace, florece y muere»), por San Jerónimo en su Crónica (v. Crónica de Eusebio de Cesarea).

F. Della Corte

Que el estilo de Suetonio esté desprovisto de colorido es un juicio injusto, por cuanto no es falta de color la falta de calor. En un tiempo en que los hombres de estudio y de escuela dividíanse en partidarios de lo nue­vo y partidarios de lo viejo, Suetonio supo resistir tanto a la corriente retórica como a la erudita, y los mismos arcaísmos de su estilo — que no siempre es difícil encon­trar — se deben más bien a las fuentes vivas del lenguaje hablado o poético que a las débiles fuentes de la doctrina arcaizante. (C. Marchesi)

*     Sobre el modelo de la obra de Suetonio, San Jerónimo (hacia 347-420) nos ha dejado una de sus obras de madurez, De viris illustribus, escrita en Belén en el año 392. Más que una historia de la literatura latinocristiana, es un catálogo de los’ escritores cris­tianos desde San Pedro hasta el propio San Jerónimo; finalidad del libro era demostrar y esclarecer la aportación de los escritores cristianos a la cultura y que la Iglesia había tenido también sus doctores, sus filósofos y sus oradores. En esta obra quedan registra­dos todos aquellos que, desde el año de la pasión de Jesucristo hasta el año catorce del reinado de Teodosio, «dejaron memoria con algún escrito sobre la Biblia»; son en total ciento treinta y cinco noticias, de las cuales las setenta y ocho primeras son sustancial­mente sacadas, salvo algún retoque, de la Crónica (v.) y de la Historia Eclesiástica (v.) de Eusebio de Cesarea. En lo demás, la obra asume carácter original y las noti­cias dedicadas a los escritores, más o menos breves, a menudo de acuerdo con la mayor o menor simpatía que el autor abriga por ellos, son fruto de un conocimiento directo y constituyen muchas veces nuestra única y preciosa fuente de información; véanse, por ejemplo, las biografías de Tertuliano, de Minucio Félix, de Cipriano, de Novaciano, de Victorino de Pettau y otras. En ella se incluyen los escritores cristianos sin criterio discriminativo, como si el autor hubiera querido aumentar a toda costa la lista. Por esto figuran en ella herejes como Fotino, Bardesane, Taciano y hasta escritores preci­samente no cristianos, como Filón de Ale­jandría, Josefo Flavio, Justo de Tiberiades. La obra, pese a algunos defectos, es de gran importancia y tuvo muchos continuadores.

M. Niccoli

*             La obra de San Jerónimo fue, en efecto, continuada por Genadio de Marsella, sacer­dote de la segunda mitad del siglo V, autor de muchos escritos, todos perdidos, contra las más diversas herejías. Tomando como punto de partida a San Jerónimo y abrien­do la nueva serie precisamente con él, Ge­nadio continúa el catálogo de los escritores cristianos griegos y latinos comenzando por su predecesor para reivindicar la importan­cia y el valor de la cultura cristiana contra sus detractores paganos. Genadio aporta también noticias sobre escritores cristianos del siglo IV que faltan en San Jerónimo, pero dedica la mayor parte de su obra a los del siglo V. La obra fue divulgada en dos redacciones: la primera en 469, la última, aumentada, en 487. Consta de ciento un capítulos y contiene noticias de noventa y un autores (las otras diez noticias son tenidas por apócrifas); el último capítulo, en el que Genadio es presentado para hablar en pri­mera persona, parece interpolado. La obra de Genadio tuvo a su vez varios continua­dores. Aun cuando no faltan en ella inexac­titudes cronológicas y de otra índole, es en conjunto una fuente interesante y valiosa de datos literarios.

E. Albino

*     Con los escritos de San Jerónimo y de Genadio enlazan numerosas obras durante la Edad Media latina, que las leyó con asi­dua constancia y encontró en ellas el mo­delo para este género de historia literaria. Los más antiguos continuadores hállanse casi exclusivamente en España, y ocupa en­tre ellos — incluso cronológicamente — el primer puesto el mayor erudito de su tiem­po, San Isidoro de Sevilla (570-636), quien con Los hombres ilustres [De viris illus­tribus litíer] quiso justamente completar y continuar la obra biográfica de sus prede­cesores. El libro — cuyos primeros capítulos parece deben referirse al obispo Ponciano, que floreció hacia mediados del siglo IV, y algunos otros a San Braulio de Zaragoza —*» aun cuando demuestra en su autor escaso sentido crítico, falta de perspectiva histó­rica y mayor interés en catalogar nombres y obras que estimarlos en su justo valor, ofrece sin embargo una útil información so­bre los escritores cristianos de los primeros cinco siglos.

Siguió San Ildefonso, arzobispo de Toledo (hacia 607-667), con sus Escritos de hombres ilustres [De virorum illustrium scriptis]. La obra, conservada en un códice de Montecassino, fue redactada después de la elevación de su autor a la silla arzobispal (657); dedica gran espacio a los autores que florecieron en España, particularmente en Toledo, y se apoya, como se dice en el pre­facio, en fuentes escritas y tradiciones ora­les. Más tarde, en aquel siglo XII que vio quizás el mayor renacimiento cultural de la Edad Media, renace el interés por este gé­nero literario. Dan fe de ello tres obras escritas a poca distancia una de otra: Los hombres ilustres [De viris illustribus] de Sigiberto de Gembloux (hacia 1030-1112), es­crita probablemente en el 1111, en ciento setenta y un capítulos, en el último de los cuales el autor, hablando de sí mismo, dice: «Imitando a San Jerónimo y a Genadio es­cribí finalmente este librito acerca de los hombres ilustres, con todo lo que pude ha­llar en mis investigaciones»; Los escritores eclesiásticos [De scriptoribus ecclesiasticis] del Anónimo Melicense (hacia 1130), que enlaza directamente con San Jerónimo y Ge­nadio, lamentando en el prefacio que los escritos de Casiodoro y de San Isidoro no hubieren podido llegar a sus manos; y final­mente De las lumbreras de la Iglesia [De luminaribus Ecclesiae] de Honorio de Autun (hacia 1090-1150) en el que se pasa re­seña a «los nombres de todos los escritores eclesiásticos, desde el tiempo de Cristo hasta hoy, que pude conocer — como dice expre­samente el autor indicando así sus fuen­tes tradicionales — por San Jerónimo, Gena­dio, San Isidoro, San Beda y otros». Así la existencia de este género de historias lite­rarias queda demostrado a lo largo de toda la Edad Media, de la que pasará al Hu­manismo, a Petrarca, a Boccaccio (v. Des­venturas de los hombres ilustres), a Sicco Polentón (v. Escritores ilustres en lengua latina), etc.

*     La obra de Francesco Petrarca (1304-1374), De los hombres ilustres [De viris illustribus], comenzada hacia 1338 y nunca terminada, debía titularse Quorundam illustrium virorum et clarissimorum heroum epithoma, o sea, epítome de cuanto se ha es­crito acerca de los más famosos personajes de la historia, y tratar de personajes de todo país y época, pero después Petrarca redujo su obra a la historia romana y precisamente a los personajes más insignes desde Rómulo hasta Tito. Sin embargo, no pasó de la bio­grafía de Julio César quizás porque al en­tusiasmo del principio sucedió luego duran­te el trabajo un enfriamiento, y porque debió parecerle que para celebrar las vir­tudes de los grandes romanos, mejor que la prosa, era un poema, el Africa (v.), del que es protagonista su héroe predilecto Escipión el Africano, y que lo apartó de su proyecto primitivo. Aun así, incompleto, el libro es importante como documento del concepto historiográfico del Petrarca, el cual se pro­puso una tarea de edificación moral seña­lando en sus héroes ejemplos de virtud; supo, empero, animar con un soplo de sim­patía humana sus ejemplos históricos, espe­cialmente al tratar de Escipición el Mayor y de Julio César, del que dió la biografía más cumplida y más rica, no limitándose a hacer obra de compilador, sino que trató de fundir los relatos de los distintos auto­res en que se inspiraba, discutiendo la ma­yor o menor verosimilitud de sus relatos, con una intención de crítica histórica que aparece en todo su volumen en la biografía de César. También puso algo de sí mismo en sus personajes, en los cuales vio, además de unos modelos de virtud, unos hombres conscientes de su propia humanidad y por ello no ignorantes de aquella melancolía que él sentía surgir de lo más íntimo y de la contemplación de las vicisitudes humanas.

M. Fubini

A Petrarca no le sienta bien el hábito de Cicerón; aun sus propios contemporáneos, al oírle, aplaudían y reían. No sentían al hombre en todo aquel estruendo cicero­niano. El hombre estaba allí, pero más pa­recido al anacoreta y al santo que a Livio y a Cicerón,’ más inclinado a las fantasías y los éxtasis que a la acción. (De Sanctis)

En el juicio se siente un criterio de mo­derna independencia. (F. Flora)

Hombres Entre Piedras, Cecilia Tormay

[Emberek a kövek között], Primera novela de la es­critora húngara Cecilia Tormay (1876-1936),- publicada en 1911. Es el análisis profundo y delicado del alma de una campesina croa­ta del Carso que pasa del turbado asombro de criatura selvática al amor y, por últi­mo, al sacrificio.

Jella, huérfana de madre, que tenía fama de mujer ligera, vive ence­rrada en una recelosa soledad. Pero su gra­cia montaraz excita a un brutal vecino suyo, y al encontrarla un día en el campo, quiere violarla. Jella, aun sin comprender, huye y no vuelve más a la aldea. La mu­chacha anda errante por las austeras sole­dades del Carso, hasta que cierto día llega a una estación ferroviaria y conoce otra especie de gente: a un caminero húngaro. Al contacto de aquel mundo más humano y civilizado, su tosquedad se atenúa y la muchacha se queda con el viejo caminero, Pedro Balogh. La llegada de otro caminero joven le hace conocer el amor y Jella se abandona a la pasión que en ella surge con todo el ardor de una hija de la naturaleza. Pero aquel amor salvaje no puede satisfacer al amante que aspira a formar una familia burguesamente ordenada y marcha a esco­ger una mujer a su pueblo natal, en la llanura húngara, donde vive la gente labo­riosa, tranquila y normal. Jella entonces se precipita bajo el tren en que viajan los esposos.

La novela, traducida el 1913 en la «Revue de París», dió a la autora fama mundial. El paisaje del Carso, que la autora ama como una segunda patria, da a la no­vela una atmósfera de espasmo y de sufri­miento. El drama brota del choque entre dos mundos, del contraste entre dos paisa­jes diversos y sobre la roca trágica la auto­ra hace abrirse las flores de la belleza y de la realidad.

G. Hankiss

Hombres e Ideas de Nuestro Tiempo, Francisco García Calderón

En este libro, publicado en Valencia, en 1907, con un prólogo de Emilio Boutroux, el ensayista peruano Francisco García Calderón (1883-1953) reúne diecisiete artículos, cuatro inéditos y los restantes aparecidos en revistas y diarios sudamericanos entre 1904 y 1907.

Ellos versan sobre temas filo­sóficos, sociales, jurídicos y políticos. El tra­tamiento de este amplio repertorio temático permite distinguir tres grupos de artículos: los dedicados a presentar y analizar la figu­ra, las ideas o la obra de un escritor con­temporáneo, como es el caso de los ensayos sobre Gabriel Tarde o Renouvier y el dis­curso sobre Menéndez Pidal y la cultura española; los que estudian alguna faceta es­pecialmente significativa de la vida intelec­tual, política y social de Europa y América a comienzos del siglo XX (v. gr. los artícu­los titulados «La crisis moderna de la mo­ral», «Guillermo II, monarca representativo» y «El fenómeno religioso en los Estados Unidos»); y, finalmente, aquellos artículos que traducen la preocupación y el interés del autor por los problemas relativos a la evolución espiritual del Perú, así los titu­lados: «La nueva generación intelectual del Perú» y «Por ignoradas rutas». Pese a este dispar contenido, el libro no carece de uni­dad interna: un mismo espíritu crítico y una misma intención divulgadora, atenta a las novedades de la cultura occidental, animan todas sus páginas y hacen que traduzca, con matices diversos, la inquietud y la vocación de una clara inteligencia. En ellas, además, se destacan ya las virtudes estilísticas que han ganado a García Calderón un lugar principal dentro del ensayismo latinoame­ricano.

A. Salazar Bondy

Hombres, Animales, Países, Fernando Paolieri

[Uomini, bestie, paesi]. Colección de bocetos de Fernando Paolieri (1878 – 1928), publicada como obra póstuma en 1936. El mundo lu­gareño de los Cuentos toscanos (v.) vuelve en estas prosas agudas que saben provocar con elementos comunes y sencillos la carca­jada bondadosa y humana. Tipos de obreros y campesinos, pequeños burgueses, gente bondadosa y por lo general dibujada con espontaneidad por un espíritu lleno de sen­cillez y bondad, inclinado a captar el as­pecto jocundo de la vida, aunque en sus contrastes aparece de cuando en cuando la sonrisa amarga sugerida por una mayor ex­periencia. Entre las veintiséis narraciones inéditas, cuatro son las más significativas.

En «El célebre tenor», el autor recibe la vi­sita de un individuo que, alabándose de su trato con los más grandes artistas líricos, y con los directores de orquesta, declara querer dar un concierto aquella misma no­che en la Impruneta. Después de haber conseguido sonsacar dinero al escritor, aquel tipo se marcha. En el «Ojo de Martín», un jugador desgraciado, sumido en la miseria, se ve obligado a partir para América; cuan­do, al cabo de veinticinco años, vuelve a su pueblo, todos piensan que es rico, y como Martín va a menudo a visitar al notario, amigos y parientes piensan que ha hecho testamento y esperan heredarlo: pero des­pués de la muerte de Martín, abierto el sobre de su testamento, no encuentran allí nada, y entonces se descubre que Martín iba a casa del notario exclusivamente para la acostumbrada partida de cartas. En la «Caza de becadas» el autor se deja guiar por un sujeto que se alaba de ser conocedor de toda clase de vericuetos en el bosque; los hombres acaban extraviándose y con el es­tómago vacío; la narración da pretexto a la descripción de los lugares y ambientes pre­dilectos de Paolieri. En los «Carboneros del murallón» el autor compara la laboriosa vida de los carboneros de antaño, que guia­ban docenas de borricos por entre terribles desfiladeros, en las peores noches, con el trabajo de hoy, facilitado por los medios modernos de transporte.

Los demás bocetos de interés y trama variados se basan en ge­neral, sobre pinturas de la vida campestre y una vez más dan justa idea del talento de este autor toscano, que se halla dentro de la tradición que va de Fucini a Sanminiatelli.

C. Cordié

La pincelada franca y amplia, que es una de las cualidades del estilo de Paolieri, se toma a veces una ráfaga lírica que pasa, agitándola, sobre la descripción. Pocos sien­ten la vida vegetal y animal como la siente y reproduce aquel diestro toscano. El hom­bre, en sus narraciones, se mueve siempre en un paisaje que no es menos importante que él, y a menudo se afana entre animales, me atrevería a decir, más vivos que él; de ahí una comunidad y un intercambio de sensaciones, con bellísimos efectos, que tras­ciende de la narración a la estrofa, concen­tradora lírica del espíritu de la propia in­vención épica de las líneas capitales de la figuración exterior. (Mazzoni)

Los Hombres Alegres, Robert Louis Stevenson

[The Merry Men]. Novela de Robert Louis Stevenson (1850-1894), publicada en 1887. Los «hombres alegres» son las olas que rompen contra los arrecifes de una isla de la Escocia occiden­tal; y la novela responde maravillosamente al sentido de soledad y pavor de aquellos lugares casi desiertos. Por confesión del propio autor, la historia no es sino un gra­dual desarrollo, convertido en vida, de los sentimientos que aquellas islas hicieron na­cer en él. La novela se desarrolla hablando siempre en primera persona; el paisaje es evocado con gran poder descriptivo; el mar es cantado con misterio nórdico y sin efu­siones. El tío del protagonista, que está pro­metido a su prima, ha cometido un delito cuando estaba borracho. Aunque religioso, abrumado por los remordimientos, termina arrojándose al mar, perseguido por un ex­traño ser.

A. Camerino

Su acierto alcanza la misma maestría en el Diablo en la redoma que en el cuento Hombres alegres… Stevenson posee el toque del águafortista que con su buril graba la viva plancha de la mente del lector, dejan­do una huella indestructible, y, gracias a esa maestría, nos traslada a los límites de aquella luz crepuscular que flota en tomo al plano normal sobre el que discurre la vida humana. (E. F. Benson)