Más que el Amor, Gabriele D’Annunzio

[Più che l’amore]. Tragedia En dos actos, en prosa, de Gabriele D’Annunzio (1863-1938), representada en 19Ò6 por Ermete Zacconi y publicada al año siguiente. Como siempre — en La Ciudad muerta (v.), en la Gioconda (v.), en El Fuego (v.), en la Laus vitae (v.)— el tema sobrehumano, «per se», falla en la poesía de D’Annunzio, actuando sólo en las pausas que se intercalan en ella: así esta tragedia resulta pobre, precisamente por la claridad a que reduce la ideología en la figura de Conrado Brando (v.), el héroe que querría ser explorador y, careciendo de los recur­sos necesarios, se convierte en asesino para procurárselos.

Persuadido de la grandeza más que moral del gesto que ensalza en su personaje, D»Annunzio se esfuerza por al­canzar en esta obra una concisión lapidaria de estilo que se convierte * en una nueva manera de énfasis, y esta ilusión es la cau­sa de que en el discurso preliminar del vo­lumen invoque nada menos que el ejemplo de Esquilo. En verdad, lo que predomina en su espíritu, al escribir, es la manía po­lémica de escandalizar con la ideología sobrehumana a los mismos que en la representación quedaron en efecto escandaliza­dos; por eso ni siquiera los motivos sua­ves, que como siempre rodean el motivo erótico (la muchacha que el héroe aban­dona encinta, el hermano de ella que ahoga su indignación admirando su dulzura), lo­gran concretarse en la fantasía del poeta lo bastante para vivificarla, ni tan sólo epi­sódicamente. El único interés de la obra, ya que la pasión del héroe es la pasión de África, son los signos de la pasión africana que no murió en Italia con la derrota de Adua, y que sugiere palabras en las que D’Annunzio buscará treinta años después, con sólo añadirles un presagio, el título de un libro suyo de impulso patriótico, Te tengo, África: «Tengo mi pensamiento, ten­go también mi imperio, una palabra roma­na que hay que convertir en italiana: Teneo te, África».

E. De Michelis

Massimilla Doni, Honoré de Balzac

Novela de Honoré de Balzac (1799-1850), publicada en 1839, incluida más tarde en la Comedia humana (v.), parte 2.a, «Estudios filosóficos». Junto con la otra titulada Gambara (v.), nos ofre­ce la imagen que el escritor francés se ha­bía formado de Italia, en el período que precede el Risorgimento: noble, empobre­cida, absorta en las lánguidas dulzuras del sentimiento y de la música, Massimilla, de antigua familia florentina, esposa del du­que de Cattaneo, de Venecia, se enamora de Emilio Memmi, príncipe arruinado de Várese, y, al enviudar, se une a él y con él vive en París. El trasfondo de este idi­lio lo constituyen, al principio, los espec­táculos de ópera representados en el teatro «Fenice», y, más tarde en París, el encuen­tro de Paolo Gambara, músico maniático, que ha acabado cantando por la calle con su mujer Mariannina. Se trata, pues, de un clima italiano amanerado, como en otro as­pecto lo había introducido Mme. de Staël con su Corinna (v.), y, en el fondo, de una simple variación sobre .motivos que se iban haciendo proverbiales hasta el punto de volver insegura la firme mano de Balzac.

F. Neri

Materia y Memoria, Henri Bergson

[Matière et mé­moire. Essai sur la relation du corps à l’esprit]. Obra filosófica de Henri Bergson (1859-1941), publicada en 1896. Bergson pre­tende mostrar la relación que existe entre los dos términos opuestos de espíritu y ma­teria, de cuya coordinación nace la expe­riencia.

La dificultad de resolver el dua­lismo y la oposición de estos dos términos estriba en el concepto, común al materia­lismo y al idealismo, que hace de lo moral una copia de lo físico: en tal caso es inexplicable por qué y cómo se produce esta repetición consciente de los fenómenos ma­teriales. En cuanto al dualismo vulgar que ve en los movimientos cerebrales la causa de la representación consciente, conduce en último análisis a una u otra de las teo­rías antes citadas; de otro modo terminará por ver en el cuerpo y en el espíritu dos traducciones paralelas (y sin recíproca in­fluencia) de un mismo objeto, y anulará con ello la libertad. Estas tres hipótesis tie­nen un fondo común: consideran las opera­ciones del espíritu, percepción y memoria, como operaciones del conocimiento puro, olvidando sus relaciones con la acción. Para Bergson, en cambio, la percepción reside más bien en las cosas que en el individuo; sus centros perceptivos no son sino el es­bozo de la acción que hace posible la re­acción ante los estímulos externos. La per­cepción es, por consiguiente, una selección mediante la cual se elimina todo aquello que no es manejable en el plano de la acción. La relación que se produce entre el fenómeno y la realidad no es, por lo tanto, la de la semejanza con la realidad, sino, más bien, la de la parte con el todo.

El error fundamental del realismo consiste en considerar el espacio homogéneo como una forma que precede al objeto y en el que éste se halla situado. Con frecuencia ello es consecuencia de una función de nuestro cerebro, que espacializa la per­cepción para poderla adaptar a las necesi­dades de la acción. El cuerpo, siendo ex­tenso, puede obrar sobre sí mismo en igual medida que sobre los demás cuerpos (y por tal motivo se nos presenta a la vez como sensación y como imagen); por esto, en la percepción pura se mezclan dos elemen­tos subjetivos: la captación (en cuanto el cuerpo se percibe a sí mismo) y la memo­ria. Ésta se considera, erróneamente, como el producto de una acumulación de los re­cuerdos en la materia cortical, mientras el cerebro es el órgano que los lleva a la ac­ción, escogiéndolos entre el flujo espiritual de la memoria, para materializarse al con­tacto de la percepción presente. Entre los recuerdos y las percepciones existe una di­ferencia esencial de naturaleza, y no sólo de grado; en realidad, la memoria consiste en una progresión del estado actual con la que nos sitúa en el pasado y en un esta­do en que el recuerdo se materializa como percepción presente, alcanzando el último de los diversos planos de la conciencia, es decir, aquel en que se proyecta el cuerpo. El presente, en realidad, no es algo más in­tenso que el pasado, sino el estado de ac­ción del cuerpo; mientras el pasado es algo que ya no actúa, pero que puede obrar in­sertándose en el presente, donde el recuer­do, actualizándose, se transforma en per­cepción.

La percepción pura es un ideal; toda percepción de cierta duración parti­cipa de la memoria; la percepción concreta resulta, así, de una síntesis del recuerdo puro y de la percepción pura, y se explica con lo que Bergson llama «recuerdo ima­gen». Con ello se ha reducido a los lími­tes más estrictos el problema de la unión de alma y cuerpo. La oposición de estos dos principios que ofrece el dualismo se resuelve con la triple oposición de lo in- extenso a lo extenso, de la cualidad a la cantidad y de la libertad a la necesidad. Estas oposiciones se resuelven, en primer lugar, sustituyendo el concepto de extensión por el de lo «extensivo» que, consolidándo­se mediante un espacio abstracto, da lugar a la extensión de la materia y, sutilizán­dose, en cambio, origina todas las sensa­ciones inextensivas de la conciencia; en se­gundo lugar, reconociendo en el movimiento un germen de conciencia, que posibilita comprender cómo entre los cambios menos heterogéneos (movimientos en el espacio) y los más heterogéneos (estados de con­ciencia) se presenta no una diferencia de naturaleza, sino, simplemente, una diferen­cia de ritmo de la duración, una diferencia de tensión interior; finalmente, reconocien­do que la libertad surge de la necesidad, que gobierna el universo material, siguiendo el progreso de la materia viva, el cual con­siste en una diferenciación de funciones que lleva a la formación y a la complica­ción gradual de un sistema nervioso capaz de orientar la acción por vías diversas. En esta obra, a la cual realzan la pureza y vigor del estilo, tiene gran importancia, so­bre todo, la aplicación genial del pragma­tismo por la que se reconoce a la función cerebroespinal un valor práctico más que teórico.

G. Alliney

Más Pesa el Rey que la Sangre, Luis Vélez de Guevara

Drama en tres actos de Luis Vélez de Guevara (1579-1644), que exalta la figura his­tórica de Alonso Pérez de Guzmán (1246- 1309), el cual estuvo al servicio del sultán marroquí, a condición de no tener que combatir contra el rey de Castilla; y des­pués conquistó para Sancho IV el Bravo, rey de Castilla, la ciudad de Tarifa, que defendió más tarde (1293) contra el rebelde infante don Juan, aliado con el nuevo sul­tán Ibn Yagub, sin ceder ni ante la ame­naza de que le matarían a su propio hijo, que se hallaba en el campo adversario.

La amenaza se cumplió, y a Alonso se le con­cedió por su lealtad el título de «Bueno», con el que ha pasado a la historia. En el drama, Alonso se ve obligado a dejar Cas­tilla, a causa de la animosidad que contra él demuestra el rey Sancho por haber Alon­so seguido el bando de los primos del rey en su lucha contra éste. Alonso se va a África junto a Aben Jacob, después de confiar su hijo Pedro al hermano del rey, Enrique, que también se propone desterrar­se por diferencias con su soberano. Alonso se ofrece a servir a Aben Jacob, siempre que no tenga que combatir con el rey de Castilla: «que, aunque agraviado / vengo de sus disfavores, / los nobles han de cum­plir / siempre sus obligaciones; / que son ofensas de reyes, / de los vasallos crisoles». Grandes méritos contrajo Alonso, pero el rey moro sospechó de él, y el héroe se vio obligado a volver a Castilla: llegó a Tarifa, donde encontró a su mujer, que iba a su encuentro. Nombrado jefe de Tarifa, sos­tuvo el asedio contra Aben Jacob, en cuyo campo militaba Enrique, aliado con el in­fiel; Enrique hizo apresar a Pedro, y para persuadir a Alonso a que entregase Tarifa, lo llevó bajo las murallas, maniatado. «¿Adónde / lleváis maniatado, Infante, / ese cordero inocente, / que aun apenas ba­lar sabe?», pregunta Alonso.

Enrique le expresa su cruel propósito, y entonces Alon­so, puesto en la balanza el amor de padre y su deber de súbdito y de soldado, decla­ra que «más pesa el Rey que la sangre». Y para que el enemigo no crea que un es­pañol pueda ni siquiera dudar en la elec­ción, lanza desde la muralla su puñal, para el caso en que el enemigo carezca de arma para llevar a cabo su propósito. Pedro lla­ma desde abajo: «Padre». «Ya no es / tiempo, Pedro, de llamarme / con ese nom­bre que obliga / a terneza los diamantes. / Morid como caballero, / que aunque ha de derramarse / en vuestra sangre la mía, / más pesa el Rey que la sangre». «Padre y señor, no penséis / que con el nombre de padre / quise enterneceros, no, / como mu­chacho y cobarde; / llamaros fue solamen­te / para, deciros que voy / contento entre estos alarbes, / a morir por Dios, por vos, / por el Rey y por mi madre». Alonso no se atreve a hablar de lo ocurrido a su mujer. Mientras come, oye un grito que le hace temer que la ciudad se halle en peligro. En lugar de esto, el grito ha sido produ­cido por el espectáculo del holocausto de «su Isaac» ocurrido bajo los muros. «Que, vive Dios, que cuidé / que entraba la villa el moro. / Volvámonos a acabar / de co­mer». Pero no puede contener las lágri­mas y se ve obligado a comunicar la muer­te de Pedro a su mujer. Llega el rey San­cho, venera los despojos del joven héroe «degollado y el puñal hincado junto a él lleno de sangre», y recompensa al padre.

En el drama, reaparecen los motivos del teatro de Lope de Vega, pero de modo más adecuado a la realidad psicológica y con una estructura de los caracteres más repo­sada. Vélez de Guevara tiene acentos muy cálidos para representar la dulzura de la vida familiar, subrayada como no es co­rriente en el teatro español (María es digna de su marido Alonso y de su hijo Pedro) para que el sacrificio aparezca más elevado y noble.

F. Meregalli

Más Dulce que el Veneno, Fëdor Sologùb

[Slàšče jada]. Novela breve de Fëdor Sologùb (Fëdor Kuzmic Teternikov, 1863-1927), publi­cada en Moscú en 1911. La exaltación del poder liberador de la muerte es el motivo de esta novela, que revela gráficamente el pesimismo orgiástico de su autor. La nos­talgia de la muerte, el progresivo desasi­miento de los lazos terrenos, son los temas preferidos de Sologùb; y los que abrigan tales sentimientos son a menudo los niños, sobre todo los niños anormales, frágiles seres enfermizos, precozmente mustios, tan precoces que intuyen lo que los adultos lle­gan a conocer sólo después de muchas lu­chas y desilusiones. La vida, pues, no es más que apariencia y engaño, y sólo la muerte es verdad.

El pequeño Kòlja es un muchacho rubio, dócil, obediente, que vive plácidamente junto a su madre. Pero ésta, demasiado embebida en los cuidados terre­nos, no se preocupa del alma del niño; éste cae bajo la influencia maléfica de un mu­chacho de la vecindad, Vánja, y su exis­tencia entra entonces en un círculo tene­broso. Vánja es un tipo siniestro y, sin embargo, fascinador, lleno de un escepti­cismo que cultiva con monstruosa precoci­dad. Poco a poco, destruye todas las cer­tidumbres de que vive el inocente e inex­perto Kòlja, y que constituyen el fondo de la misteriosa belleza del alma de todos los niños. Luego le insinúa el deseo de morir, con una especie de hipnotismo satánico que emana de su torva persona. Todo comienza a marchitarse a los ojos de Kòlja, su co­razón se aparta de todo lo que le era que­rido. Hasta la esperanza en Dios, la última a que Kólja se aferra como a una luminosa e inconfundible certeza de vida, termina siendo rota y escarnecida. Por fin, una no­che que Kòlja ha huido de casa por insti­gación de su compañero, en un momento de suprema desesperación se arroja al río. Ván­ja, asustado de esta decisión imprevista, tras un momento de vacilación sigue el ejemplo de Kòlja. Aunque esta novela sea en conjunto inferior a la primera de Solo­gùb, El Demonio mezquino (v.), que le hizo célebre, el hipnotismo demoníaco que ema­na de la persona de Vánja, expuesto de mo­do admirable, da al libro un realismo y una fuerza que imponen al lector la visión an­gustiosa de un mundo de tinieblas sin sa­lida posible.

O. S. Resnevich