Memorias, Manuel Godoy y Álvarez de Faria

Obra del político español, favorito de los reyes Carlos IV y María Luisa, Manuel Godoy y Álvarez de Faria (1767-1851), publicada en Madrid (1836-1842) y en París, según versión fran­cesa de J. G. d’Esmerard, en 1839. Apare­cieron con el título siguiente: Memorias de don Manuel Godoy, príncipe de la Paz, o sea, cuenta dada de su vida política para servir a la Historia del reinado del señor don Carlos IV, en seis volúmenes. Se han atribuido al abate don Mariano Sicilia. Es una defensa de Godoy y de los reyes, y para ello se insertan documentos bien se­leccionados. Sin embargo, estas Memorias son de gran interés para la historia diplo­mática de fines del siglo XVIII y princi­pios del XIX. Cada uno de los volúmenes, dividido en capítulos, lleva al final un apén­dice de documentos.

J. Regla

Memorias, Carlo Goldoni

[Mémoires de M. Goldoni, pour servir à l’histoire de sa vie, et à celle de son théâtre]. Publicadas en 1787, en francés, las Memorias de Carlo Goldoni (1707-1793) llegan hasta el año mismo de su publicación, y se cierran con palabras llenas de serena bondad.

Están compuestas de tres partes, respectivamen­te de 53, 46 y 40 capítulos. En la primera, el autor describe sus años infantiles (y asis­timos a la formación de su vocación), tra­za las figuras de sus padres, recuerda sus estudios, sus primeras tentativas teatra­les, sus primeros amores, sus viajes, sus estancias en diversas ciudades, su matrimo­nio. En esta parte son particularmente no­tables los capítulos que recuerdan la ex­periencia de Goldoni abogado, su perma­nencia en Milán, el encuentro en Génova y el fulminante matrimonio con Nicoletta Connio. En la segunda parte, casi entera­mente dedicada a los resúmenes de sus co­medias, es interesante seguir la formación, entre las obras secundarias, de sus obras maestras, y conocer la vida de los cómicos italianos, a cuya historia aportan estos capítulos una preciosa contribución. La tercera y última parte está dedicada a su permanencia en Francia, y su valor no re­side soló en las observaciones que Goldoni halla ocasión de hacer sobre los actores y el teatro franceses (por ejemplo, su juicio acerca del Misántropo, v., de Molière, en el capítulo quinto), sino también en la pintura de la fastuosa Corte y de sus per­sonajes.

Goldoni, que vivió en París bajo los reinados de Luis XV y de Luis XVI, y en sus últimos años fue profesor, en la Corte, de lengua italiana, nos deja en estas memorias, dedicadas a Luis XVI, una de las más vivaces descripciones de la épo­ca que precedió a la Revolución francesa. Sin embargo, por lo general, se ha obser­vado que la última parte tiene menos va­lor que las precedentes, porque el escritor, a pesar de seguir siendo tan sincero como siempre, se ve obligado a introducir en la narración de su propia vida alabanzas para sus protectores de Versalles. Los méritos comunes a todo el libro son, a pesar de los errores de memoria, la veracidad ab­soluta de la narración, el escrúpulo de Goldoni en ser fiel a la verdad, hasta en los pormenores menos importantes. La segunda parte es la más importante para la historia del teatro, en especial porque la gran reforma efectuada por Goldoni es vivida en medio de las reacciones de los partidarios de una y otra tendencias. Si el poeta hubiese tenido otro temperamento, esta segunda parte habría sido toda polé­mica; hace pensar por reacción en el tem­peramento de un Baretti o de un Alfieri. Pero Goldoni, aun cuando experimenta amargura o dolor, no tiene nunca acentos ásperos. Parece que se esfuerce por ver únicamente el lado bueno de los hombres, y lo mejor de la vida.

G. Falco

Memorias de Foch, Ferdinand Foch

[Mémoires]. Fueron publicadas por el mariscal de Francia Ferdinand Foch (1851-1929), en 1929. En la narración de los acontecimientos bélicos en que el autor tomó parte durante los años 1914 y 1918, y que constituyen la parte más importante de la voluminosa obra, el editor francés, para llenar una laguna, insertó unas setenta páginas en las que recuerda los acontecimientos en los que tomó parte Foch en 1915, 1916 y 1917.

Al estallar la guerra, Foch mandaba el XX Cuerpo de Ejército; después de la retirada de la Meurthe, al final del primer mes de gue­rra, pasó al mando del IX Ejército, a cuyo frente tomó parte importante en la victo­riosa batalla del Marne. Luego, en el con­tinuo guerrear en campo abierto y en las trincheras, Foch describe todas las batallas que se sucedieron durante los primeros cin­co meses de guerra en los campos de Fran­cia septentrional y de Flandes, sacando de ello la enseñanza de que, mientras la tác­tica defensiva había alcanzado un alto nivel, la ofensiva había quedado rezaga­da. Esto explica que se produjera el largo período de inmovilidad con la guerra de posiciones. Aquí se produce la interrupción que indicamos. Cuando Foch reemprende el relato estamos ya en marzo de 1918. Pocas semanas más tarde quedaba investido del cargo de coordinador de las operaciones, para ser nombrado muy pronto comandan­te supremo de los Ejércitos Aliados en Francia. Aparte de las inmediatas diver­gencias con los diferentes jefes de los ejér­citos aliados y con el mismo presidente del gobierno francés, Clemenceau, los inicios de su mando supremo fueron poco felices: la ofensiva alemana desencadenaba sus tre­mendos mazazos y, entre marzo y julio de 1918, continuó ganando terreno en Flandes, en el Somme y en el Marne. «Apenas ter­minó la ofensiva alemana», escribe Foch, «aleccionados por los hechos recientes, un deber imperioso nos esperaba: fortificar y hacer segura la situación presente y pre­parar las futuras operaciones de los ejér­citos aliados». De dichas enseñanzas, así como de la preparación de la contraofen­siva, se ocupa extensamente el mariscal en los capítulos siguientes.

No faltan tampoco desacuerdos e incidentes entre Foch y otros generales; pero, en conjunto, la preparación fue llevada adelante con gran energía, y la contraofensiva iniciada en julio obligó al enemigo a pedir el armisticio en noviem­bre. En este punto, Foch se pregunta si, aceptando el armisticio, los ejércitos alia­dos habían cumplido su deber. Por su cuen­ta, comprueba que suspendieron las ope­raciones en una situación militar lo bas­tante segura para impedir al enemigo toda resistencia a las intenciones de los gobier­nos victoriosos y a sus condiciones de paz. Acampando a orillas del Rin, podían impo­ner a alemania las condiciones más seve­ras. Aquí terminan las memorias de Foch. Su pensamiento iba más lejos: hubiera querido llevar hasta el Rin las fronteras permanentes de alemania. Éste fue el mo­tivo más grave de las diferencias entre el mariscal y el presidente del Consejo fran­cés, Clemenceau. El mariscal hizo sus con­fidencias a un periodista, Récouly, que las publicó bajo el título Le mémorial de Foch, a lo que Clemenceau replicó vigorosamente con su libro Grandeza y miseria de una victoria (v.).

G. Mira

Memorias, fray Servando Teresa de Mier

Con este título y prólogo de Alfonso Reyes se pu­blicaron la Apología y Relaciones de la vida del escritor mexicano fray Servando Teresa de Mier (1765-1827).

El primero de los mencionados escritos se refiere a los incidentes y procesos que se le siguieron a Mier por cierto sermón sobre la Virgen de Guadalupe que predicó el 12 de diciem­bre de 1794 ante el virrey, la Audiencia y el arzobispo, y que este último, por consi­derar atrevida y hasta impía la tesis en él sostenida sobre la aparición de la Madre de Dios a Juan Diego, mandó encarcelar a su autor y desterrarlo a España por diez años. En la Apología trata fray Servando los extremos que siguen: 1.° Antecedentes y consiguientes del sermón hasta la aper­tura del proceso; 2.° Las pasiones se conjuran para procesar a la inocencia; 3.° Las pasiones bajo el disfraz de censores calum­nian a la inocencia; 4.° Las pasiones acri­minan la inocencia con una petición fis­cal, que ella misma no era sino un crimen horrendo; 5.° Y lo condenan con una sen­tencia digna de semejante tribunal, pero en que se tuvo la cruel irrisión de llamar piedad y clemencia a la pena más absurda y atroz; 6.° Informes reservados enviados al rey, al general de su orden y al prior de las Caldas (nombre del convento en que fue recluido el autor).

En las Relaciones narra fray Servando cuanto le ocurrió en Europa desde su llegada a España en 1795 hasta su huida a Portugal. De las Memorias, además de la edición sin año, aludida al principio de este artículo y publicada en Madrid, en la Biblioteca Ayacucho, que dirigía Rufino Blanco Fombona, existe la siguiente: Memorias de Fray Servando. Es­critas por el mismo en las cárceles de la Inquisición de la ciudad de México, el año de 1819 (Monterrey, 1946). 2 vols.

A. Millares Carlo

Memorias de D’artagnan, Gatien Courtil de Sandraz

[Mémoi­res de Mr. d’Artagnan, capitaine-lieutenant de la première compagnie des Mousquetai­res du Roi, contenant quantité de choses particulières et secrètes qui se sont passées sous le règne de Louis-le-Grand].

Obra en tres volúmenes de cerca de 1.800 páginas, de Gatien Courtil de Sandraz (1647-1712), publicada en 1700, reeditada al año siguien­te y de nuevo en 1704. Antes de ser el héroe de los Tres Mosqueteros (v.), de Veinte años después (v.) y del Vizconde de Bragelonne (v.), d’Artagnan (v.) fue un personaje real, y es posible trazar su vida con suficiente precisión, pues no fal­tan los documentos. En realidad, d’Arta­gnan, nacido en 1623 en Lupiac, en Gas­cuña, se llamaba Charles de Batz-Castelmore; el nombre que tomó cuando se di­rigió a París para hacer fortuna y que Alexandre Dumas había de hacer famoso, es el nombre de unas tierras pertenecientes a la familia de su madre, que era una Montesquiou-Fézensac. La carrera de las armas para d’Artagnan empezó alrededor de los diecisiete años, y puede decirse que durante más de un cuarto de siglo no las abandonó; así, pasando de batalla en ba­talla, de asedio en asedio, haciéndose notar cada vez que se presentaba la ocasión, as­cendió fácilmente de grado en grado, de modo que le hallamos como lugarteniente de la compañía de los mosqueteros en 1658, capitán, es decir, jefe, de la misma com­pañía en 1667, brigadier de caballería al­gunos años más tarde y gobernador de Lille en 1672. Ciertamente hubiese recibido el bastón de mariscal — aquel bastón de mariscal que Dumas le concedió generosa­mente en la última página del Vizconde de Bragelonne — de no haber muerto en el sitio de Maestricht el 25 de mayo de 1673, dirigiendo un furioso ataque de sus mos­queteros para recobrar una posición con­quistada por los holandeses.

Durante toda su vida, d’Artagnan fue un fiel servidor del rey y, como tal, fue empleado en mi­siones delicadas y secretas, la mayor par­te de las cuales, por su misma naturaleza, escapan al control y a las investigaciones del historiador. Es cierto que estuvo va­rias veces en correspondencia directa con los ministros de Luis XIV, con Mazarino en especial, y con Louvois. Pero algunas de sus cartas, dirigidas a Louvois, nos re­velan que, si bien sabía manejar la espada como pocos, era absolutamente incapaz de servirse de la pluma, ni para redactar un breve billete. De hecho sus Memorias son apócrifas, escritas y publicadas un cuarto de siglo después de la muerte del mosquetero, por el fecundísimo polígrafo Courtil de Sandraz. Pero ello no significa que sean del todo falsas: en ellas los hechos verda­deros alternan y se combinan agradable­mente con los de pura invención, y se ha observado que aquellos cuya autenticidad está comprobada, son a menudo los más ex­traordinarios e increíbles. Courtil, antes de ser escritor, había sido soldado, como su héroe. Émile Henriot supone, incluso, que ambos hombres, el mosquetero y su futuro historiador, se conocieron, y que el pri­mero narró al segundo «les événements les plus caractéristiques de sa vie amoureuse, intrigante et guerrière».

Para Ale­xandre Dumas y para su colaborador Adrien Maquet a quien, como ya es sabido, se debe la primera versión de los Tres mos­queteros, la obra de Courtil fue una mina. En ella no sólo conocieron a d’Artagnan, sino también a sus tres inseparables amigos Athos (v.), Porthos (v.) y Aramis (v.), que también vivieron, vistieron la casaca de los mosqueteros y se llamaron: el primero, Sillégue d’Athos; el segundo, Isaac Portau, y el tercero, Henri d’Aramitz; este último, además, era sobrino del capitán De Tréville, comandante de los mosqueteros, que también era un personaje real. Del libro de Courtil, Dumas extrajo numerosos epi­sodios y adaptó otros. Gatien Courtil de Sandraz está olvidado; todo el mérito de la obra que envuelve el nombre del mos­quetero d’Artagnan, le ha tocado en suerte a Dumas. Pero el autor de las Memorias de d’Artagnan es un escritor notable, aun­que desordenado. Hay en el libro retratos, como el de la terrible Milady (v.), a los que la pluma suntuosa de Dumas tuvo que añadir muy poco y, en general, los per­sonajes históricos que aparecen en sus ya amarillentas páginas, un Mazarino, un Luis XIII, un Cinq-Mars y así sucesiva­mente, están vistos con ojos agudos y sin prejuicios que saben captar los rasgos esenciales. Ciertamente, durante páginas y pá­ginas, el asunto tratado resulta monótono y opaco; pero en 1928, una edición parisien­se muy recortada de las Memorias de d’Ar­tagnan con un prefacio de Gérard Gailly, demostró que, entre las muchas obras pro­ducidas por Courtil durante treinta años de incansable actividad literaria, podrían escogerse muchas páginas vivas y artísti­camente meritorias.

C. Giardini