Memorias del Marqués de Bradomín, Ramón María del Valle- Inclán

Narración en prosa, en forma au­tobiográfica, de Ramón María del Valle- Inclán (1869-1936). Se imaginan narradas por un noble aventurero que vivió a prin­cipios del siglo XIX, y están divididas en cuatro Sonatas, que toman los nombres de las estaciones: Sonata de Otoño (1902), So­nata de Estío (1903), Sonata de Primavera (1904) y Sonata de Invierno (1905).

En la Sonata de Primavera, Bradomín, al servi­cio de la Guardia Noble del Papa, es en­viado al Colegio Clementino en Ligura, di­rigido por Monseñor Stefano Gaetani, a quien encuentra agonizante. El prelado se confiesa públicamente, luego muere y se describen sus espléndidos funerales. Brado­mín es más tarde acogido en el palacio de la Princesa Gaetani, rodeada como en una Corte de Amor por sus cuatro bellísimas hijas. Se enamora ardientemente de la ma­yor, María Rosario, que está a punto de hacerse religiosa: nace un profundo y vio­lento conflicto entre la pasión voluptuosa y romántica de nuestro nuevo Casanova y la religiosidad mística y fanática de la muchacha. La aventura continúa y se com­plica en una sombría atmósfera de fana­tismo y de superstición. El mayordomo atenta contra la vida del marqués, que ha conseguido penetrar en la habitación de María Rosario; luego le roba un anillo que, fundido con los sortilegios de una bruja, debía quitarle la fuerza viril. Bradomín lo recupera con ayuda de un monje. El rela­to  concluye trágicamente, después de un diálogo apasionado entre él y la muchacha, a quien intenta seducir con todas las artes donjuanescas de la sensualidad mística y patética — diálogo interrumpido por la caída desde una ventana de la hermana menor de María Rosario, la cual se vuelve loca, reconociendo en dicha desgracia el poder diabólico del impenitente don Juan. El grito final: « ¡Fue Satanás!», resuena monó­tono y -pavoroso en el palacio y en el alma desengañada del enamorado.

La Sonata de Estío se desarrolla en tierra mexicana soleada, exuberante, pintoresca, entre el sue­ño de antiguas civilizaciones y las pasio­nes de una multitud híbrida y abigarrada de bandidos, indios y extranjeros de todas las razas. El nuevo amor del marqués tiene como objeto un tipo fascinador de mujer criolla, inconstante e incestuosa, en quien la juventud y la belleza de las formas vi­bran con profunda lujuria que no carece de un hálito de religiosidad sensual y su­persticiosa. Las impuras bodas se celebran en un convento, donde el marqués hace pasar a la joven, la «Niña Chole», por su mujer. Pero el padre, su amante, la rapta. Luego, Bradomín la vuelve a encontrar, después de una descripción de una cabal­gada a orillas del lago del Tixul, danzando desnuda ante las llamas de las hogueras nocturnas. Sigue adelante con el desengaño en el corazón, pero, tras una noche de combate, en la que muere el bandido más valeroso de México, la india regresa, ya a salvo, y otras bodas sellan la reconcilia­ción, apagando con la cínica y sensual dulzura del perdón todo recuerdo de trai­ción e infidelidad.

La Sonata de Otoño bor­da una delirante historia de amor en el dulce y soñador país gallego. Bradomín es llamado al palacio de Brandeso por su pri­ma Concha, que fue su amante y ahora está enferma de tisis. El relato es rico en figuras y episodios amables y divertidos, como el paje niño y sabihondo, las hijitas de Concha que juegan con las palomas, la caída del caballo de don Juan Manuel, no­ble extraño y testarudo. La trama central es una serie extenuante y voluptuosa de diálogos de amor, encendidos por una mez­cla amarga y morbosa de nostalgia, paisaje, lujuria carnal y enfermedad mortal, hasta que la mujer muere en la profunda noche de perdición y de horror. Nuestro héroe, que se dirige a avisar a su otra prima, Isa­bel, en su habitación, no puede resistir a la tentación de amarla; luego vuelve a to­mar el cuerpo de la muerta para devolverlo a su habitación en trágico paseo nocturno por los salones de palacio. En la Sonata de Invierno, Bradomín es ya viejo, pero con el corazón todavía joven y ardiente, aunque maltrecho y reflexivo debido a las canas. Se destacan aquí, además, sus altas cualidades de combatiente y de héroe al servicio de la causa carlista. Para obede­cer las órdenes de don Carlos, no duda en cruzar un río vigilado por los alfonsinos: herido en el brazo izquierdo, se recobra en un hospital de monjas y sufre la ampu­tación del miembro sin lamentarse.

La úl­tima historia de amor es lastimosa y pa­tética: la muchacha que le asiste y a quien ama siendo correspondido, resulta al fin que es su hija. La figura de Bradomín asciende aquí a un sincero acento trágico, donde el destino perverso del hombre le lleva a convertir en voluptuosidad senil incluso el dulce instinto paterno, que hasta le hace adivinar, en la fealdad de su hija, algunos elementos físicos simbólicos del candor y la inocencia interiores. La niña se suicida. El relato termina con la despedida defini­tiva que Bradomín da al amor, personi­ficado en la insaciable condesa de Volfani, pura imagen femenina de la lujuria mez­clada con el fanatismo y el sacrificio.

El autor dice del marqués que era «feo, ca­tólico y sentimental». Es evidente su filiación respecto a don Juan (v.), Casanova (v.) y Childe Harold (v.). Pero todo ello junto con el superhombre romántico de Barbey d’Aurevilly y de D’Annunzio no explican por completo el personaje, que resulta, en definitiva, un tanto artificioso e idealizado por la fantasía del autor. Se advierte en el fondo la naturaleza española barroca, incendiaria y picaresca, que se ex­tiende de Tirso a Lorca y de Goya a Pi­casso. Pero, observado en la intimidad, su­tiles e invisibles elementos catárticos del catolicismo y de la tradición, que le eran congénitos, recorren a cada instante la re­presentación y figuración del libertinaje, del escepticismo, de la extravagancia y de la voluptuosidad. Los temas románticos de la sangre, de la muerte, de la carne, de la nada, de la perversión sacrílega, aunque empujados por la ficción al límite extremo de lo horrible y del capricho sensual, es­tán siempre sostenidos por una secreta pie­dad, una inmaculada y heroica lealtad, y un sentido preciso, aunque grosero y esti­lizado, de la trascendencia de los signifi­cados éticos de la acción.

La prosa de Valle-Inclán es purísima y se despliega en un especial ritmo prieto, continuo, en toda la gama de los afectos y las escenas de paisaje. Es inimitable su arte de escorzar figuras, cortar los diálogos y apurar en una especie de plasticidad interna las corres­pondencias entre el alma amante y los jar­dines, el cielo, los astros, los ecos de la tierra. Arte nostálgicamente matizado por ideas caballerescas, medievales y terrorífi­cas, íntimamente exenta de misticismos fá­ciles, por el contrario, macabra y realista, sinceramente estremecida por una mirada atenta a la verdad de los objetos y de los sentimientos.

O. Macro

Memorias de Judas, Ferdinando Petruccelli della Gattina

[Memorie di Giuda]. Novela de Ferdinando Petruccelli della Gattina (1815-1890), publicada en 1870.

El apóstol Judas, identificado con un agi­tador político contemporáneo del mismo nombre, dirige la conspiración judía con­tra el dominio romano y promueve la po­pularidad de Jesús para servir sus propios fines. Pero el Rabí de Nazareth le esquiva con sus predicaciones de amor y de igual­dad, que decepcionan al particularismo na­cionalista. Judas trata, sin embargo, de im­pedir la ruina cierta del profeta y coopera a liberarle de la cruz antes de su muerte, que ocurrirá en un refugio solitario de Ro­ma tres años más tarde. En torno a los dos personajes se desarrolla una intriga com­plicadísima de aventuras extravagantes y novelescas: las diferencias entre la hermosa y feroz Claudia y Pilatos su marido, aman­te de Ida, hermana de Jesús, amada a su vez por Judas cuando la sencilla y tierna María de Magdala le abandona para seguir la doctrina del Rabí; los tratos de Claudia con Judas y los conspiradores para conse­guir a Pilatos, excitando sus ambiciones; la reconciliación de los cónyuges, que cues­ta la vida a Ida, arrojada a las murenas, y decide el fracaso de la conjura.

Judas, her­moso y rubio, de aspecto afeminado, pre­nuncia la moda literaria del escéptico aman­te de sensaciones; Jesús, «ágil y delga­do, de tez biliosa y bronceada», está re­presentado en la aspereza de las polémicas más que en su dulzura serena; Pilatos se convierte en un sentimental romántico. En el fondo brilla el mundo multicolor de los judíos de todas las sectas y condiciones, entre los que destaca, fuertemente caracte­rizado, el pícaro Bar Abbas. «Donde entra­ba, entraba el ruido… Todos se reunían a su alrededor para festejarle. Empezaba ha­ciendo reír y acababan azotándole». Histo­ria y Biblia (v.), Evangelios apócrifos (v. Apócrifos del N. T.), literatura volteriana, Vida de Jesús (v.) de Renán, son las fuen­tes de esta fantástica reconstrucción, su­mida en interminables discusiones eruditas y rica de escenas abigarradas, voluptuosas y trágicas. Son evidentes la afición a volver del revés las situaciones tradicionales y el gusto por la paradoja brillante. El libro ocupa un lugar absolutamente aparte en la literatura historiconovelesca de la época; el idioma y el estilo revelan quizá dema­siado que fue pensado y redactado en francés.

P. Onnis

Memorias, François de La Rochefoucauld

[Mémoires]. Se publicaron en 1662; la primera parte, que quedó inédita, apareció en 1817. Se extienden de 1624 a 1652. Después de un rápido esbozo de los acontecimientos que señalaron sus años de infancia, François de La Rochefoucauld (1613-1680) em­pieza a hablar de sí mismo, de su ingreso en la Corte (1629), de donde, hostil a Ri­chelieu y devoto de la reina Ana de Aus­tria, es alejado (1636); durante breve tiem­po permanece preso en la Bastilla (1637) y es luego desterrado a Verteuil hasta 1639. Muerto Richelieu (1642) y Luis XIII (1643), se dirige más abiertamente a la reina y es uno de los opositores del nuevo ministro Mazarino. Al afianzarse éste con el favor de la soberana, La Rochefoucauld, casi en desgracia ante ella, indignado por dicha ingratitud, trata de imponerse del modo más peligroso, combatiendo a la reina y a Mazarino (1646): su amor por Mme. de Longueville le incita y domina.

Así, tiene un papel importante en la lucha de la «Fronda» (1648-1652), conducida por el Parlamento, el pueblo y los grandes seño­res contra el poderío real; combate, es he­rido gravemente en 1652, en París, en la Puerta San Antonio, y se encuentra sobre todo complicado en las mil intrigas que están detrás de aquel movimiento peligroso para la unidad del Estado Vencida la «Fronda», La Rochefoucauld, retirado de la vida pública, escribió sus Memorias, cierta­mente interesantes (sus contemporáneos las apreciaron mucho) y preciosas para la his­toria de dichos años. El tono es sobrio, austero, a menudo muy vivo; el autor, que en los años últimos y más dramáticos habla en tercera persona de sí mismo, disimula bas­tante bien su intención apologética. No oculta lo que había de pobremente ambi­cioso en la oposición de los Grandes a la autoridad regia, ni el motivo menos noble que inducía al mismo La Rochefoucauld: ansia decepcionada de honores, rencillas, pasiones galantes y aventureras. En la cró­nica secreta, entre los bastidores de la «Fronda», se supera como retratista feliz, agudo investigador del alma, que hace pre­sentir al moralista. Con las Memorias pue­de relacionarse la Apología escrita en 1649 y publicada en 1855. En ésta, las razones personalísimas de oposición a Mazarino son confesadas más francamente, según el prin­cipio de la propia utilidad, que recuerda de cerca las Máximas (v.). [Trad. española de Cipriano Rivas Cherif (Madrid, 1919)].

V. Lugli

Memorias de la Vida de Giosue Carducci, Giuseppe Chiarini

[Memorie della vita di Giosue Carducci (1825-1907) raccolte da un amico]. Obra de Giuseppe Chiarini (1833-1908), pu­blicada en 1907, a la muerte del poeta; se trata de una nueva edición, muy pronto di­vulgada, de Giosue Carducci: impressioni e ricordi (1901).

La exposición discreta de los hechos biográficos y los acontecimientos en que está entretejida la obra polémica de Carducci, presta hoy todavía mucho inte­rés a este libro por sus anécdotas, reflexio­nes ingeniosas y aclaraciones esenciales pa­ra el tema. La misma amistad y familiari­dad con el poeta permite a Chiarini pre­sentar la vida de él en la continuidad de una acción conducida con tenacidad y sin­ceridad. Valiéndose de recuerdos, testimo­nios antiguos y recientes, cartas y conversaciones, ofrece la visión más clara de toda una existencia de lucha y de sentimiento patrio. Algunas páginas son excelentes por la emoción que las domina (en la evoca­ción de la juventud de Giosue y en la na­rración de sus últimos años, añadida en el apéndice a la nueva edición de 1907), y por la seguridad de participar con su gran amigo en una atmósfera bella en heroísmo y sobriedad. Por el carácter bondadoso del biógrafo esta obra se mantiene en una se­rena consideración de la sociedad contem­poránea: Carducci es sentido en su huma­nidad, en su sincera entrega a los ideales de la patria y de la poesía y al mismo tiem­po en la altivez de su carácter. Dentro de los límites de una narración toda ella guia­da por una familiaridad que no es nunca desaliño ni vulgar facilidad, esta obra no penetra en lo íntimo de la personalidad ni de la poesía de Carducci, pero con sus tes­imonios, con sus juicios precisos, crea la sugestiva atmósfera en que se ha formado el mundo carducciano. Algunas partes muy sutiles de la narración están vinculadas a la particular característica de Chiarini de presentar con elegancia acciones, figuras y ambientes.

C. Cordié

Memorias, Hortensia y María Mancini

La vida de las «Ilustres aventure­ras» — como decía rotundamente el título de una reimpresión de las Memorias hecha en Colonia — está tan entrelazada con las vicisitudes de la corte de Francia y de la sociedad italiana y española que con gran dificultad se consigue distinguir lo verda­dero de lo falso entre calumnias, leyendas y apologías.

Sobrinas del cardenal Mazarino, Hortensia y María, así como sus her­manas Laura (llamada también Vittoria), Olimpia y María Ana, y su hermano, des­pués duque de Nevers, conocen muy pronto esplendores, amistades y parentescos de ex­cepción; pero también experimentan la mordedura de la envidia y las enemistades de los cortesanos. Por esto, hacia 1675, las Memorias de la duquesa de Mazarino [Mé­moires de la Duchesse de Mazarin] (esto es, de Hortensia), redactadas por el Abbé de Saint-Réal, despertaron un gran interés entre sus contemporáneos, hasta el punto de incitar a una compilación apócrifa (1676) de Memorias [Mémoires] atribuidas a su hermana María, la condestable Colonna. – Pero ésta replicó en persona con una obra con el título de La verdad en su preciso punto [La vérité dans son jour] y des­pués, con la ayuda de un literato, Saint- Bermoád, que escribió la presentación de la obra, con la Apología, o las Verdaderas memorias de Madame María Mancini, Con­destable de Colonna, escritas por ella misma [Apologie, ou les véritables Mémoires de Madame Maria Mancini, Connétable de Co­lonne, escrits par elle-même] y publicada en Leiden, en 1678.

Las Memorias de las dos hermanas, con un apéndice de otro do­cumento y memorias de la época y también con páginas de las Memorias apócrifas de María, han sido reeditadas con anotaciones históricas en París, en 1929, al cuidado de Pierre Camo. En sus Memorias, Hortensia (1647-1688) aspira a defenderse de la male­dicencia, atribuyendo el carácter novelesco de su existencia más al desgraciado desti­no que a su inclinación. Nacida en Roma, es llevada a Francia, en 1653, a la edad de seis años, y más tarde se casa con Armand de la Meilleraye de la Porte (1632-1712), hecho duque de Mazarino por el poderoso tío de Hortensia, el cardenal del mismo nombre, con ocasión del matrimonio. Pero pronto varias aventuras clamorosas turban aquella unión: primero la simpatía por un eunuco, un cantante italiano, y después otras relaciones ponen en mal lugar a la bella dama. El marido, celoso del hermano de ella, no lo soporta; después de varios escándalos, ella, por orden superior, es encerrada en un convento; intenta una fuga peligrosa, pero vuelve a su prisión. Los reprimidos episodios del matrimonio tuvie­ron nueva continuación, también con deli­beraciones judiciales, pero por el ascendien­te del duque en la preparación de un proceso, Hortensia no halló nada mejor que huir a Roma, a casa de su hermana María.

De regreso a Francia para obtener una pen­sión de su tío, se ve obligada nuevamente a la vida de convento, pero Luis XIV intenta restablecer las paces entre ella y el duque. Hortensia se niega y, huésped del duque de Saboya, escribe las memorias en defensa de su conducta. (Después reside en Ingla­terra, entre nuevas aventuras, hasta su muerte). Las Memorias de su hermana Ma­ría (1640-1715?) son mucho más amplias y complejas. También ella, romana de na­cimiento, después de haber pasado en un convento dos años para prepararse a la vida monacal, es conducida a París con su hermana; introducida en la Corte, muy pronto se relaciona íntimamente con el rey Luis XIV, y sólo por razones de estado el cardenal Mazarino impide un matrimonio de amor. Después es concedida por esposa a Lorenzo Onofrio Colonna, gran condes­table del reino de Nápoles (m. 1689), que la conduce a Italia. Entre fiestas y diver­siones transcurre su nueva vida; pero, des­pués de haber dado algunos hijos a su ma­rido, le induce a separarse de ella por apa­rentes motivos de salud. Con la llegada de su hermana Hortensia, resuelve también ella abandonar el techo conyugal, y para ello huye a Civitavecchia, donde, en una em­barcación, tras escapar a duras penas a los piratas, puede escapar y llega a Provenza. Se dirige a París, donde espera pro­tección del soberano; pero recibe la pro­hibición de acercarse a la capital; además, su marido la persigue con sus indagaciones, y es detenida en Bruselas y conducida por las autoridades españolas a Madrid, y en­cerrada en un convento. Allí nuevas aven­turas, también galantes, la empujan a la fuga; recluida en otro convento, nuevamen­te escapa a las indagaciones, pero en vano intenta defenderse con un cuchillo y es encarcelada sin miramientos. Al fin debe resignarse a ser novicia, pero luego consi­gue evadirse y entrar secretamente en Fran­cia y después en Italia, donde se extingue tristemente.

Las Memorias de estas herma­nas son, pues, notables, si no por el intento de defenderse de las acusaciones de lige­reza y de infidelidad conyugal, a lo menos por el vigor de la narración y la evocación de costumbres y figuras de la sociedad del «siglo de Luis XIV».

C. Cordié