Mensaje Sobre la Cura Magnética, Friedrich Anton Mesmer

[Sendschreiben an einem auswärti­gen Artz über die Magnektur. Sendschreiben über die Magnektur]. Escritos del médico alemán Friedrich Anton Mesmer (1734- 1815), fundador de la teoría del «magnetismo animal» o mesmerismo. En estas dos cartas publicadas, aparecidas en Viena en 1775, el autor explica las razones que le condujeron a experimentar el magnetismo en medicina. Un fluido imperceptible, que penetra todas las cosas (magnetismo mi­neral), regula la vida del mundo por una ley de atracción-repulsión y de equilibrio constante. Este fluido penetra igualmente en el cuerpo del hombre, ejerciendo una acción directa sobre el organismo, mante­niéndole de este modo — bajo influencias astrales particulares — en una perfecta ar­monía (magnetismo animal). Siempre que causas extrañas al sujeto turban el equili­brio de las atracciones, o un influjo dife­rente se mezcla al del organismo, existe una enfermedad, que se puede curar y ha­cer desaparecer combatiendo el influjo nocivo en su propio terreno. El médico pro­voca así en el paciente un movimiento de los fluidos a fin de restablecer la armonía preexistente. Estos textos, desprovistos de todo valor literario, aportaron la mayor di­fusión al renombre que alcanzó Mesmer, conocido por sus curas magnéticas tanto en Viena como en París.

Menosprecio del Mundo y de la Filosofía Secular, San Eucherio

[De contemptu mundi et saecularis philosophiae]. En 432, San Eucherio (370?-450), obispo de Lyon, envió esta carta exhortativa a su pariente Valentiniano, el cual, por entonces alto funcionario imperial, llegó más tardé a ser prefecto del pretorio de todas las Galias. La carta es una continua alabanza, como el Elogio del eremita (v.), de la vida soli­taria llevada pobremente, lejos del mundo y de sus pompas. Como en aquélla, hay en esta carta también una larga serie de ejemplos que ilustran la tesis de que se ha de huir tanto de las riquezas como de los altos cargos del Estado; los nombres de San Clemente cónsul, San Gregorio Tau­maturgo, San Gregorio Nacianceno, San Paulino de Nola, San Ambrosio de Milán, demuestran suficientemente que para con­seguir la salvación eterna hay que des­preciar el mundo. Eucherio no podía es­coger persona menos apta para sus fines que Valentiniano; ni, por otra parte, Va­lentiniano podía prestar oídos al sabio obispo; ambas existencias estaban diame­tralmente alejadas: la una, dedicada por completo a la religión; la otra, a la po­lítica.

F. Della Corte

El Mensaje, Honoré de Balzac

[Le Message]. Narración de Honoré de Balzac (1799-1850), publi­cada en 1832. Obra en sí muy sutil, nota­ble sobre todo por la energía y la finura de algunos puntos. El protagonista, que habla en primera persona, durante un via­je en diligencia de París a Moulins traba conversación con un simpático vizconde, joven de su edad; la conversación se torna cada vez más íntima, y pronto viene a pa­rar en confesiones recíprocas. El vizconde habla con afligida elocuencia del amor que le une a una bella dama, ya madura, de exquisita condición; y cuando las cosas llegan a este punto, sobreviene un trágico accidente de viaje y el desventurado joven cae debajo del coche, que ha volcado, re­sultando mortalmente herido. Apenas le queda tiempo para encargar a su impro­visado amigo una triste y delicada misión: que procure avisar de su muerte, con las debidas precauciones, a la mujer de su co­razón. El narrador acepta con profunda emoción aquel encargo, consigue introdu­cirse en la quinta de la dama, que es una condesa de Montpersan, y parte luego de haber cumplido su triste cometido, llevando consigo una inolvidable imagen de mujer enamorada y transida de dolor.

En esta narración hallamos una curiosa mezcla de sentimentalismo novelesco y de realismo; dos elementos en cuya síntesis se basa el arte del mejor Balzac, pero que aquí apa­recen separados y contrastados. Con todo, la natural habilidad del escritor lo conduce a superar ágilmente los límites de su gran tema; la figura de Juliette de Montpersan es evocada con una serie de rasgos magis­trales, seguros y penetrantes, como si real­mente surgiese poco a poco de lo incógnito, para imponerse a la fantasía del lector con toda su sugestiva humanidad.

M. Bonfantini

Men Rodríguez de Sanabria, Manuel Fernández y González

No­vela histórica del más fecundo y notable de los escritores «por entregas» español, Manuel Fernández y González (1821-1888), publicada en 1853. Se desarrolla en el rei­nado de don Pedro el Cruel o el Justiciero, de Castilla, y el protagonista, de una fide­lidad pasmosa- al monarca, interviene en guerras, intrigas, amores, dramáticos suce­sos, junto a figuras femeninas encantadoras (como Isabel, Beatriz, la hermana bastarda del rey), y otras de carácter diabólico (co­mo Leila, la vengadora). Doña Blanca, la reina infeliz, esposa de don Pedro; doña María de Padilla, también esposa del mis­mo rey, pero en secreto, son criaturas que el autor destaca con ternura. Los empeños tremendos entre don Pedro y sus nobles siempre sublevados o intrigantes, a la vez que con sus hermanos bastardos, a algunos de los cuales tiene que sacrificar para afir­marse en su trono, aunque al fin muere a manos de don Enrique de Trastamara, en­tre veras y fecundas imaginaciones, desfi­lan ante el lector que se encuentra dueño de un magnífico campo de aventuras con el carácter de «históricas».

Es lástima que un escritor de la fluida vena de Fernández y González no cuidara sus escritos y nos dejara una obra que además de interesan­te sería serena y bien construida; pero le perjudican la velocidad con que componía sus novelas y el superficial barniz de do­cumentación con que las revestía. La no­vela se lee, no obstante sus defectos, por las muchas virtudes que contiene: ame­nidad, fantasía, historia manejada con agi­lidad y sin miedo a la inverosimilitud, des­cripciones arqueológicas, etc., prestando to­do ello un impulso vital a las páginas de Men Rodríguez de Sanabria, joven caba­llero lleno de virtudes, de belleza natural, de arrogante espíritu, cuya vida se interrumpe para continuar — ya muerto don Pedro de Castilla por la mano fratricida de don Enrique — en otra novela que el autor nos promete al terminar ésta.

C. Conde

El Menor de Edad, Ivanovič Fonvizin

[Nedorosl’]. Co­media rusa de Denis Ivanovič Fonvizin (Von Vizin, 1745-1792), representada por primera vez en 1782, después de largas re­sistencias de la censura apoyada por las intrigas de la nobleza caricaturizada en la comedia. Como en la otra comedia de Fon­vizin, El Brigadier (v.), la intriga es secundaria ante la caracterización de los per­sonajes: sin embargo, hay en el Menor de edad una mayor tendencia a la comedia de enredo.

La señora Prostakova (v.) ha cen­trado en su hijo Mitrofan (Mitrofanuška, v.), un muchacho estúpido y viciado, los pocos buenos sentimientos que hay en el fondo de su alma. Tiene una pupila, So­fía, que vive en su casa y quisiera casarla con su hermano Skotinin, con tal de qui­társela de encima. Pero anuncian la llegada de un tío de la muchacha que se ha hecho millonario, un tal Starodum (v.), y urde entonces toda clase de intrigas para que Mítrofan se case con Sofía, la cual ama en cambio al joven oficial Milon. Las intrigas fracasan y la comedia termina con la vic­toria del amor de Sofía y Milon. Desde el punto de vista artístico, la comedia de Fon­vizin tiene los defectos generales del teatro de su época, entre ellos la escasa ligazón entre el desarrollo de la acción y los per­sonajes, y el abuso del «deus ex machina»; pero los defectos quedan ampliamente com­pensados por los méritos: precisión realista, viveza de acción y, sobre todo, colorido en el idioma.

Desde el punto de vista histó­rico, El menor de edad es un documento precioso, porque todas las cuestiones vivas de la época, en el campo social o moral, están más o menos señaladas y, gracias a las cualidades artísticas de la comedia, ad­quieren un valor humano universal que quizás escapó a los contemporáneos, a los que debió de hacer mayor impresión el lado cómico y caricaturesco de los tipos y de las situaciones, subrayado por las alu­siones contenidas en los nombres de los personajes: Starodum, el hombre a la an­tigua; Prostakov, el bobo astuto; Skotinin, el hombre bestial; Milon, el hombre que­rido y gentil; Pravdin, el sincero, etc. Trad. italiana de Fed. Verdinois (Lanciano, 1925).

E. Lo Gatto