El Mundo y Engaño, Anónimo

[Le Monde et Abits]. Se puede dar este título, tomado de los dos primeros personajes, a una larga «sottie» o pasquinada escénica muy popular en Francia en los siglos XV y XVI, cuya primera edición llevaba este título (París, 1508?): Sotise a huit personnaiges, c’est a savoir le Monde, Abuz, Sot Dissolu, Sot Glorieux, Sot Corrompu, Sot Trompeur, Sot Ignorant et Sotte folie (edición moderna en el Recueil general des sotties, París, 1904).

Fue estrenada probablemente en Toulouse en 1507 ó 1508. Contra las infundadas atribuciones a Pierre Gringore o Jehan Bouchet, debe ser considerado como autor de la obra el poeta y escritor francés André de la Vigne (nacido hacia 1468 y muer­to antes del 1527), cuyo estilo extraño, plagado de extravagancias de forma y de innumerables acrobatismos de palabras, pue­de reconocerse fácilmente en el texto. La obra, bajo un genérico tono gnómico que lo acerca un poco a la categoría teatral llamada de las «moralidades», tiene rasgos de audacísima polémica política; especial­mente la poderosa familia de los Amboise es el blanco de una serie de flechas envene­nadas.

El Mundo, ya viejo, se deja persua­dir por Engaño, para que se tome un poco de reposo y se duerma: se presentan los seis «sots» citados en el título; los cuatro primeros representan la Iglesia, la Fuerza pública, la Magistratura, el Gremio de los comerciantes; los dos últimos, es decir, Sot Ignorant y Sotte Folie, el pueblo; se pro­ponen construir un mundo nuevo, cuya base es, dado el desacuerdo de la compañía, la confusión, y en el cual las virtudes que deberían ser propias de las clases simbo­lizadas en la escena, son sustituidas por los vicios contrarios: la Devoción por la Hipocresía, la Obediencia por la Apostasía, la Oración por la Lubricidad, y así suce­sivamente; compuesto ya este mundo nue­vo, nuestros personajes se disponen a vivir a su gusto; pero los varones, enamorados todos de Sotte Folie, llegan a las manos, y en medio de la barahúnda, la obra, ape­nas comenzada, se malogra.

S. Pellegrini

El Mundo y el Individuo, Josiah Royce

[The World and the Individual]. Obra del filó­sofo norteamericano Josiah Royce (1855- 1916), publicada en Nueva York y en Lon­dres en 1900-1901. Afirma Royce que tres diversas concepciones de la religión natural están representadas en la historia del pen­samiento: la primera considera la religión como investigación del «camino que con­duce a Dios mediante la naturaleza», la segunda como un estado de conciencia cu­ya justificación está en «el lugar que ocu­pa entre las manifestaciones interiores de la naturaleza humana», la tercera implica los problemas metafísicos fundamentales y se apoya en la definición de Dios, del mun­do, del individuo finito y de las relaciones entre ellos.

La filosofía de la religión, se­gún esta última concepción, es una teoría del Ser. Las doctrinas objetivistas, que con­sideran la realidad (mundo y Dios) como independiente del pensamiento, nos ofrecen una interpretación del mundo como plura­lidad de seres existentes en sí (realismo), o una concepción de Dios como unidad del Ser, principio causal final de todas las exis­tencias particulares (misticismo y panteís­mo). Pero el racionalismo crítico ha de­mostrado la insostenibilidad de la metafí­sica ontológica: el objeto no es más que contenido de pensamiento, su ser e «idea». Por esto ha intentado sustituirlo por una teoría del valor, en virtud de la cual el ser es lo verdadero, lo que justifica las ideas y nos hace aptos para definir las ex­periencias determinadas, válidas o posibles.

Pero de este modo, poniendo en evidencia la universalidad del valor, ha descuidado el contenido más concreto, la forma definiti­vamente determinada de las ideas. Es me­nester llegar a una cuarta concepción del ser que implique la relación entre univer­salidad y determinación, entre subjetividad y objetividad, es decir, entre significado in­terior y exterior de las ideas. Puede ser definido de este modo: «Lo que existe y es real es, como tal, la completa incorpo­ración, en forma individual y satisfactoria­mente definitiva del significado interior de las ideas finitas». La idea, pues, no vive fuera de lo concreto, se incorpora en él, constituye su último significado, la tensión interior que conduce a lo concreto a rea­lizar significados cada vez más ricos. El individuo es una conciencia finita, una vo­luntad parcial, en que el contenido ideal no se ha desarrollado del todo; lo absoluto es su meta ideal, la completa explicación del significado unitario y supremo .de la Idea absoluta que se halla incorporada en toda cosa y en todo individuo.

Pero, de es­te modo, todo individuo es expresión de la conciencia, de la voluntad, del ser de Dios, en cuya unidad participa. La unidad del mundo se actúa, por lo tanto, desde el punto de vista final, como acto divino y divino conocimiento. La conciencia indivi­dual halla frente a sí, como un dato, lo real exterior; pero ella, en el acto de conoci­miento y de voluntad, realiza libremente su finalidad y la del mundo, y, por lo tan­to, determina poco a poco la unidad de lo absoluto. El ser del individuo es cosa más profunda que su mero poder de agente fí­sico: es una expresión del entendimiento divino. En este ser está la libertad, y pre­cisamente por causa de la total vida divina, el individuo es voluntad libre, realidad consciente y única en su esencia.

La unidad de la vida divina implica en todo ser finito la originalidad esencial de la cual es consciente el individuo. El mundo de Dios es, pues, el mundo del hombre libre. En esta obra, Royce desarrolla la concepción del yo único, esencialmente suprapersonal, que in­tegra las fragmentarias conciencias huma­nas, ya indicada en la Filosofía de la leal­tad (v.): en esta concepción de Dios co­mo espíritu del mundo, el autor percibe la organización de las conciencias finitas en la unidad absoluta, como los pensamien­tos en la unidad de la mente.

E. Codignola

El Mundo Espiritual, Wilhelm Dilthey

[Die geistige Welt]. Obra constituida por los volúme­nes V y VI de los Gesammelte Schriften del filósofo alemán Wilhelm Dilthey (1833-1912), publicados en Leipzig en 1926. Están com­prendidos en ellos numerosos estudios, com­puestos en épocas diversas, relativos a la fundamentación psicológica de las ciencias del espíritu y al examen de los problemas éticos, pedagógicos y estéticos.

Las ciencias del espíritu, como ciencias históricas, es­tán en relación con una realidad no construida abstractamente, como es el caso de las ciencias fisicomatemáticas, sino intuida, en vivida participación comprensiva: esto es, con la vida espiritual de los individuos particulares. El análisis de la estructura de esta vida, es decir, la psicología, es, por esto, el fundamento de las ciencias del es­píritu. Pero Dilthey, en sus Ideas sobre una psicología descriptiva y analítica [Ideen über einer beschreibenden und zergliedernen Psychologie, l.a ed., 1894], sostiene que la psicología contemporánea, a la que él llama explicativa y constructiva, deja fue­ra de ella a la realidad de la vida espiri­tual y que, fundándose sobre presuntos ele­mentos primarios o datos psicológicos a través de una serie de hipótesis injusti­ficadas, intenta construir una realidad más compleja sin conseguir nunca acercarse a r ella, impedida por los tácitos presupuestos metafísicos.

Es necesaria, por el contrario, una psicología que describa, analice la vida psicológica y reconozca su compleja uni­dad estructural. Ésta es característica en cada individuo, y representa un particular equilibrio propio, en función del ambiente y de la dirección de la cultura (Contribuciones al estudio de las individualidades [Beiträge zum Studium der Individualität, 1.a edición, 1896]), pero puede ser referida a algunos tipos generales de personalidad. Aquí aparece en Dilthey el motivo caracterológico que en los años siguientes, aun bajo otros influjos, tendrá amplio desen­volvimiento en el pensamiento alemán. Pero lo que, sobre todo, importa es el sentido de lo concreto unitario de la vida interior.

Sobre ella Dilthey insiste también en lo referente al problema del conocimiento (Contribuciones a la solución del problema del origen de nuestra creencia en la reali­dad del mundo exterior [Beiträge zur Lö­sung der Frage vom Ursprung unseres Glaubens an die Realität der Aussenwelt und sein Recht, l.a ed., 1890]). La realidad del mundo exterior no nos es dada por un juicio teórico sobre la causa de nuestras sensaciones, sino por la experiencia de toda la vida de la energía interior. El principio de la unidad teleológica estructural de la vida del espíritu domina también en las investigaciones de Dilthey sobre la peda­gogía (Sobre la posibilidad de una pedago­gía universal [Ueber die Möglichkeit einer allgemeingültigen Pädagogik, 1.a ed., 1888]) y sobre la estética (La fantasía del poeta [Die Einbildungskraft des Dichters, 1.a ed., 1887], Las tres épocas de la estética mo­derna [Die drei Epochen moderne Aesthetik und ihre heutige Aufgabe, l.a ed., 1892]).

El fin de la educación es la plenitud y ar­monía de la vida espiritual, en su íntimo acuerdo y en la relación con su mundo de cultura. Todos los problemas particulares van a parar a éste. También el arte es con­siderado en la integridad de su significado espiritual. Es la obra de toda una personalidad en la que se refleja una realidad de cultura, que determina el contenido y la forma de la obra de arte en su profunda unidad que es el estilo. La estética nueva no es ni la estética metafísica del idealis­mo, ni la estética experimental fechneriana; es una descripción y un análisis del proceso de contemplación y creación artística que debe aprovecharse de las con­fesiones de los propios artistas. Las leyes generales del arte deben referirse a la es­tructura universal de la vida espiritual, pero el gusto y la técnica varían según las épocas. Los escritos de Dilthey, al renun­ciar a la sistematización, presentan una ex­tremada riqueza de atisbos y motivos. En ningún pensador contemporáneo la rique­za, complejidad y estructuración de la vida- espiritual han tenido tan profundo relieve.

A. Banfi

Mundo Interior, Indra

[Ner Askhar]. Es una especie de novela autobiográfica del es­critor armenio Indra (Dirán Cekarian, 1875- 1923), publicada en 1903; constituye el úni­co ejemplo de este género en la literatura armenia.

La visión nocturna de una tem­pestad que se abate sobre un pinar conduce al autor, poeta solitario y meditativo, a con­siderar el misterio de la existencia y a volver con el pensamiento a las experiencias pasadas, a reconstruirlas en sus aspectos fantásticos, para demostrar la absoluta su­misión de las acciones humanas a leyes mis­teriosas y lejanas, cuya infinitud induce al hombre a considerarlas como la estructura estética y religiosa de todo el universo. La magia de la soledad hace vivir más intensa­mente los objetos que rodean a Indra; la visión de una piel de lobo yacente en el suelo es motivo de meditaciones sobre el contraste entre la serenidad animal y la impasibilidad que comporta la muerte.

Pe­netrando en este mosaico silogístico, el poe­ta estudia y resuelve problemas filosóficos y estéticos, sacando de ellos siempre en­señanzas estéticas; a continuación emite jui­cios sobre Buda, Cristo y Voltaire. Con estos elementos culturales alternan factores com­pletamente poéticos que conducen a la evocación de un amor lejano. La aparición de la femineidad en el libro lo ilumina de improviso con su intensa sustancia poéti­ca, y dicta algunas de las páginas más be­llas de la obra. Mundo interior experimen­ta fuertemente las influencias del simbolis­mo, pero infunde en las formas de esta dirección estética una religiosidad caracte­rística del autor y, en general, del espíritu armenio.

A. Piloian

El Mundo es Redondo, Alfredo Panzini

[Il mondo é rotondo]. Novela de Alfredo Panzini (1863-1939), publicada en 1921, aunque es­crita años antes, entre la Gran Guerra y el principio de la postguerra, por lo que refleja en forma fantástica aquella turba­ción o angustia espiritual que él sufrió en ese período y que tiene como documento más inmediato el Diario sentimental de la guerra (v.).

El protagonista es uno de los conocidos profesores panzinianos, uno de esos cultivadores de la sabiduría antigua, que en el poco sabio mundo moderno co­rren el riesgo de parecer chiflados: Beatus Renatus. Éste, encargado de inspeccionar las escuelas de Italia por encargo del señor ministro, recorre la península de norte a sur en severo atuendo de pedagogo, aunque en realidad está absorto y perdido en la melancolía de sus observaciones y sus con­tradictorios pensamientos. Por otra parte, los varios lances y encuentros de su viaje (la joven profesora que va buscando un estilo, pero que en realidad necesita un amante; los campesinos de la hostería de Pasquá; los oficiales que vuelven del fren­te; las prostitutas napolitanas; el albañil bolchevique; la gran imagen de Cristo pin­tada en el ábside de una iglesia que ame­naza ruina, etc.) no hacen más que agravar su melancolía y aumentar su trastorno men­tal.

De regreso por fin a su ciudad, se da cuenta de que, entretanto, hasta su honesta morada de solterón se ha contaminado; es decir, que su fea e ignorante criada Scolastica está en estado. Sin embargo, en lugar de echarla, Beatus acaba por cederle su propia cama; y cuando el niño muere, él, sin hacer caso de los malignos rumores de los vecinos, queda pensativo delante del misterio de la criatura, que es el misterio de la misma vida.

La narración, aunque en tercera persona, tiene el conocido ritmo del «viaje sentimental» panziniano; por al­gunas situaciones o episodios, parece in­cluso recordar la Linterna de Diógenes (v.) y el Viaje de un pobre literato, aunque con modos adecuados a un tiempo y cli­ma mucho más inquietos; los motivos lí­ricos e idílicos se hacen casi dramáticos, mientras la ironía casi llega a ser mofa. En este sentido, El mundo es redondo qui­zá sea el libro más amargo de Panzini. Sin embargo, precisamente esta pasionalidad y polémica dan a la mayor parte del libro algo de esquemático y documental, en el que la pura vena de la poesía panziniana a menudo se amanera.

A. Bocelli