[La Muse au cabaret]. En este libro, publicado en 1920, Raoul Ponchon (1848-1937) ha reunido lo mejor de su producción lírica. Son, en su mayoría, «chansons á boire»: género que se puede hacer remontar a la poesía lírica griega y a los antiguos poetas de Francia rebosantes de «esprit gaulois», sin excluir a Ronsard. Pero los verdaderos antecedentes de Ponchon hay que buscarlos en los pintorescos poetas libertinos del siglo XVII, de Régnier y Saint-Amant a La Fare; de ellos saca el autor el gusto por las imágenes subidas de tono, y la idea que la afición a la buena mesa y al buen vino, cuando llega heroicamente a ciertos extremos, es indicio de un alma enemiga de prejuicios y en jovial comunión con la naturaleza.
También se podrían recordar las célebres Canciones (v.) de Béranger. Pero hay que decir que Ponchon ha conocido a parnasianos y a simbolistas, ha pasado a través de una larga serie de experiencias literarias, y sabe unir a la trivialidad de muchos argumentos y a .su tono a sabiendas bonachón, un arte poético .refinado. Con todo, muchas de sus poesías tienen una apariencia muy vulgar: comentarios a la crónica diaria, bromas moralizantes, jugueteos dignos de una revista humorística.
Pero en muchas otras aparece vivo y original; llega, especialmente, a crear un personaje que es la imagen de sí mismo: un robusto anciano de setenta años que pasa valerosamente por la vida, riendo, sin desconocer las cosas de este mundo, pero decidido a imponer en toda ocasión su buen humor, viendo en el alcohol un compañero, traidor y peligroso a veces, pero alegre y lleno de recursos para quien sabe tratarlo. Mejores son las poesías líricas descriptivas, animadas por un pintoresco realismo que recuerda los cuentos de Courteline («Cabaret du dimanche», «Un apótre», «L’inondation de 1910»), especial-mente en la primera parte del volumen. No faltan fantasías macabras («Un amateur d’alcool», y toda la serie «Five o’ clock Absinthe»); mientras la última parte («Propos de Table») es mucho más variada y, por regla general, más débil.
De todos modos, son notables en esta última parte ciertos motivos satíricos que reflejan las conocidas polémicas romanticosimbolistas de los «artistas» contra los «filisteos», y que se dirigen la mayoría de las veces contra el famoso burguesismo del célebre crítico teatral Sarcey.
M. Bonfantini
