Observaciones Acerca del Sistema Actual de Educación Pública, Antoine-Louis-Claude Destutt de Tracy

[Observations sur le sisteme actuel d’instruction publique]. Obra del filósofo fran­cés Antoine-Louis-Claude Destutt de Tracy (1754-1836), publicada en 1801. La obra, inspirada en sus Elementos de ideología (v.), en cuyo cuadro tenía cabida como es­tudio del problema pedagógico, se nos pre­senta como un estudio preliminar, en cuanto el autor hubiera querido completar el edificio de su reconstrucción filosófica, al me­nos en lo que se refiere a la Gramática,, la Moral, la Legislación y la Historia.

Sin em­bargo, la determinación de exponer algunos principios educativos en relación con el plan de estudios de las reformas escolares suscitadas por las diversas leyes de la Revo­lución y del Consulado, resulta bastante acorde con la manera de tratar con cierta exhaustividad las cuestiones que se relacio­nan con los diversos tipos de escuela, la elec­ción de los profesores, las materias que de­ben ser objeto de enseñanza, y la disciplina de los alumnos.

En Destutt de Tracy resulta interesante la exigencia de una ciencia que. sea preparación para la vida, hábito de pensamiento, actitud de moralidad filantrópica por el bienestar común. También desde ese punto de vista podemos comprender cómo las ideas del autor — aunque en la época napoleónica viviera encerrado en sus estu­dios y opuesto a la vida imperial — tuvie­ron más tarde una decisiva influencia en la legislación escolar de gran parte de Fran­cia, así como de los territorios sometidos a su dominio, desde las escuelas primarias a la enseñanza media y, en algunos aspec­tos, a la universitaria.

Por consiguiente, los principios que propugnaba el autor mostra­ban, en la variada orientación pedagógica de la época, un carácter enciclopédico que no siempre respondía a las exigencias de las mentes, mientras que por otras facetas reflejaba el fondo, aún sensista y de oposi­ción a la retórica de muchos programas imperiales, basados en favores concedidos al pueblo y en la carrera militar impuesta a los jóvenes.

C. Cordié

Observaciones Acerca de los Animales Vivos que se Encuentran en los Animales Vivos, Francesco Redi

[Osservazioni intomo agli animali viventi che si trovano negli animali viventi]. Obra de Francesco Redi (1626-1698), publicada en 1684, cuyo valor consiste esencialmente en la exac­titud de las descripciones de las especies, hasta el punto de que podemos fácilmente clasificarlas con nuestros actuales sistemas, y en la interpretación del fenómeno para­sitario determinado por la presencia de helmintos (lombrices) en los animales o en el hombre, siendo precisamente este último aspecto el que hace considerar la obra de Redi como el primer tratado de helmintolo­gía general y por lo tanto la primera base de aquella ciencia que hoy se llama para­sitología.

Se corresponde en cierto sentido con la obra de Bassi (v. Mal del signo, yesón o muscardina); con esta obra la pato­logía encuentra en los microorganismos la causa de muchas enfermedades, con la de Redi encuentra la explicación de otros fenó­menos patológicos en el parasitismo de los helmintos (en los animales). La exposición de la obra de Redi consiste en la descripción sucesiva y ordenada de cada una de las especies, las cuales no tienen todavía el nombre latino y son designadas con nom­bres vulgares. Al par de otras obras de Redi también ésta es notable por la pureza de su estilo, que hace de ella uno de los mejores modelos de prosa científica del siglo XVII.

E. Baldacci

Observaciones Acerca del Sentimiento de lo Bello y de lo Sublime, Immanuel Kant

[Beobachtungen über das Gefühl des Schónen und Erhabenen]. Obra filosó­fica de Immanuel Kant (1724-1804), publi­cada en 1764; por consiguiente, es anterior a la fase original constructiva del pensa­miento kantiano, fase que se inicia en 1770.

Está escrita con estilo fácil y brioso, bas­tante distinto del severo y pesado de sus obras posteriores; es muy rica en observa­ciones psicológicas personales, que Kant recogía en el círculo, variado y no profe­sional, de sus amigos. Las ideas directrices proceden de los moralistas ingleses, en espe­cial de Shaftesbury; también es muy acu­sada la influencia de Rousseau.

La estética, y la moral se hallan estrechamente relacio­nadas, y la descripción de los sentimientos estéticos (de lo bello y de lo sublime) puede servir también de introducción a una doc­trina moral, de tipo naturalista, antropoló­gico. Kant sostiene que la virtud se basa no en reglas especulativas sino en la conciencia de un sentimiento que vive en cada corazón humano: el sentimiento de la belleza y de la dignidad de la naturaleza humana.

Esta belleza nos inclina a un amor universal hacia los hombres, y esa dignidad a un res­peto universal de los mismos. Amor y respe­to son algo distinto de la simpatía y de la compasión: los primeros y no los segundos, son las verdaderas virtudes.

Los sentimien­tos estéticos se subdividen de diversas mane­ras; la tendencia natural hacia un determinado tipo de sentimiento varía según los temperamentos, los sexos, los pueblos, las épocas. El temperamento melancólico gusta de las impresiones sublimes; el sanguíneo prefiere las excitantes y conmovedoras; el colérico siente predilección por la magnifi­cencia exterior.

Al sexo masculino le es más propio el culto por las cosas sublimes, que hablan a la mente; en cambio, a las muje­res les es más propio el amor a la belleza. Cada sexo debe profundizar en sus caracte­rísticas propias, no debe confundirse con el otro, porque «lo que hace el hombre contra el curso de la naturaleza, siempre está mal hecho».

Para acrecentar y precisar las dife­rencias de los sexos ayudan, si están bien entendidas, sus relaciones: la mujer ama y despierta en el hombre la nobleza, mien­tras que el hombre suscita en la mujer la belleza. Kant le concede a la mujer cierta vanidad, que indudablemente es un defecto, pero un buen defecto que contribuye a hacerla atractiva como debe ser.

Kant, con­forme con el naturalismo de esta obra suya, admite que el impulso sexual es el fundamento de toda la rica floración espiritual que acompaña a esas relaciones: «la natu­raleza persigue su gran fin». En cuanto a los pueblos, el italiano y el francés son más sensibles a la belleza; el primero a la be­lleza que hechiza y conmueve, mientras que el francés se inclina más hacia la be­lleza graciosa y agradable.

En cambio, se sienten más inclinados hacia lo sublime, en sus tres tipos principales: los españoles, que aman lo aterrador; los ingleses, que tienen tendencia hacia lo noble; y los alemanes, que se dejan deslumbrar por lo espléndido. En cuanto a las épocas históricas, «los tiem­pos antiguos de los griegos y de los romanos mostraban señales evidentes de un puro sen­tido de lo bello, así como de lo sublime, en la poesía, en la escultura, en la arqui­tectura, en la legislación e incluso en las costumbres».

Después de la corrupción me­dieval, y a partir del Renacimiento, vuel­ven a florecer el gusto estético y la virtud, amenazados únicamente por la superficiali­dad y la dispersión. Aunque la obra tiene escasa importancia doctrinal, interesa sobre todo por su aportación al conocimiento del hombre Kant y, en menor escala, al cono­cimiento de la evolución de su pensamiento.

A. Galimberti

Observaciones Acerca de las Víboras, Francesco Redi

[Osservazioni intomo alie vipere]. Obra de Francesco Redi (1626-1698), publi­cada en Florencia en 1664. Redi, conocido como autor de Baco en Toscana (v.), tiene ciertamente méritos todavía mayores como hombre de ciencia.

Fue en efecto médico expertísimo, y benemérito por la simplificación aportada por él a la entonces más que complicada terapia; y en el campo de las ciencias naturales dejó huellas indele­bles, dirigiendo sus experimentos sagaces y seriamente efectuados, sobre todo a la solución de problemas biológicos.

En esta obra llena de fuerte y ágil brío, pinta admi­rablemente la escena (que precede al desenvolvimiento del tema), en que nos pa­rece estar viendo al impertérrito Jacopo Sozzi — el campesino toscano cazador de víboras — quien delante del Gran Duque y los serenísimos príncipes, «pudiendo ape­nas contener la risa, guiñando el ojo tomó una hiel de víbora y disolviéndola en medio vaso de agua fresca, se la tragó con ros­tro intrépido».

El tal Jacopo Sozzi, enca­rándose luego con la cuestión de la vene­nosidad del humor contenido en la bolsa de los dientes (humor inocuo cuando es in­gerido, estando íntegras las mucosas de la boca y del estómago), tomó una víbora de las más gruesas, extrañas y rabiosas, y le hizo arrojar en medio vaso de vino, no sólo todo el licor que en aquellas bolsas tenía, sino también toda la espuma y toda la baba que aquella serpiente, agitada, golpeada, ex­primida, irritada, pudo echar, y se bebió aquel vino como si hubiera sido julepe.

Había guiñado y reído el viborero, porque los sabios presentes, tan imbuidos como es­taban — hubiera dicho Galileo — de doc­trina libresca, se habían puesto a discutir e investigar la conducta ridícula del veneno viperino, y en qué parte del cuerpo tenían su mina, aseverando, entonces, uno de los más eruditos, que la virulencia de la hiel era ya «una cosa prejuzgada, como antes lo habían enseñado Galeno y Plinio, y Avicena, y Alí Abbas y Abucases, y después Cesalpino y el famoso Bálsamo».

Y no va­lían contra ciertas viejas teorías las afir­maciones de uno que había querido demos­trar, por medio de los animales, todo lo contrario. Y se repitieron experimentos en los animales en aquella reunión; y todos proporcionaron la prueba de la inocuidad de aquella hiel, aunque fuese puesta en una herida sangrante, Pero junto con estas ex­periencias hay otras en la misma obrita, que podríamos llamar colaterales; y notas de erudición innúmeras, y fábulas antiguas referidas por él y citas de dichos griegos.

Desde luego, esta obra sobre los experimen­tos realizados por él en 1664, halló no pocos impugnadores. Y a éstos hubo de contes­tar el autor con un escrito sobre las víbo­ras en el cual es de notar como Redi, siem­pre tan afable aun con sus adversarios, no se muestra nada orgulloso, ni demasiado confiado en sí mismo: de manera que leí­das las objeciones de sus contradictores le parece casi — escribe — haber soñado cuan­do efectuó sus experimentos y escribió acerca de ellos; con todo, había querido repetirlos una vez y otra hasta creer que son ya «certísimos e infalibles».

Aquellos adversarios franceses le habían dicho tener ellos por cosa indudable y experimentada (es decir, tal vez nueva para la experimen­tación tradicional) «que el veneno consiste sólo en la imaginación de la víbora irritada y encolerizada por la idea de la venganza que ella se ha figurado en su cabeza, me­diante la cual, movidos los espíritus por un movimiento violento, son impelidos por los nervios y por las fibras hacia las cavidades de los dientes; por las cuales, cavidades son llevados aquellos espíritus a infectar la san­gre del animal».

Tanto podía aún, en el mismo siglo del Verdadero renacimiento científico, el principio de autoridad y la manía de teorizar y querer explicar con la mente y con la fantasía lo que los ojos pueden mostrar mejor; y la aversión a rea­lizar el experimento que, científicamente iniciado por Leonardo — si no del todo nue­vo antes de él—, fue netamente instituido y fundado como método por Galileo y después sostenido por el italiano Redi y los seguidores de la escuela galileana.

M. Cardini

Observaciones Acerca de la «Reina de las Hadas» de Spenser, Thomas Warton

[Obsér­vanos on the Faerie Queene of Spenser]. Obra crítica del erudito y poeta inglés Thomas Warton, hijo (1728 – 1790), publicada en 1754 y reeditada, con adiciones, en 1762.

Se trata del primer estudio crítico impor­tante acerca de un poeta inglés que se haya publicado en Inglaterra. John Hughes (1677- 1720), fue el primero que examinó crítica­mente la obra de Spenser en los dos ensa­yos titulados Acerca de la poesía alegórica [On allegorical Poetry] y Observaciones acerca de la Reina de las Hadas [Remarks on the Faerie Queene], que preceden a su edición comentada de las obras de Spenser, de 1715; pero en estos ensayos, aun recono­ciendo que el poema spenseriano, por no ser un poema épico sino alegórico, no debía ser juzgado según las reglas clásicas de la poesía épica, no había sido capaz de hacer nada mejor que preparar unas nuevas re­glas en virtud de las cuales podría enjui­ciarse la poesía alegórica.

En cambio, War­ton fue mucho más revolucionario, pues afirmó que ninguna obra de arte podía ser juzgada aisladamente, es decir, prescindien­do de las condiciones bajo las cuales había sido creada y de las influencias que la ha­bían determinado, y sustituyó la preceptiva clásica por el método comparativo y la ave­riguación de las fuentes, anticipando así la crítica romántica y el método histórico. Desde el comienzo del libro, y tras adoptar posición tanto contra la crítica clásica como contra el compromiso entre antiguos y mo­dernos, afirmó que era absurdo juzgar a poetas como Ariosto y Spenser según unos preceptos que ellos no habían seguido.

Re­conoció que Spenser no había sido un poe­ta clásico, sino romántico, que no apeló a la razón, sino al sentimiento y que los mé­ritos de su poema no residen en el con­junto ni en las proporciones, sino en el inte­rés y en la variedad de los detalles. Al es­tudiar las fuentes, Warton examinó el am­biente, los predecesores y los libros que conocía el autor, con lo cual se ponía decididamente contra Pope, que le había repro­chado a Theobald el hecho de haber incluido un ensayo acerca de las fuentes en su edi­ción de las obras de Shakespeare.

Con gran­dísima erudición, en especial si la compa­ramos con la erudición de su época, War­ton no sólo examinó las novelas de caba­llería de las que se había alimentado Spen­ser, sino incluso las representaciones sagra­das y las «moralidades» de las que el poeta había sacado numerosas ideas, y también la obra de Chaucer, de la cual habían sido adoptados no sólo el estilo arcaizante, hecho reconocido por todos, sino también ideas y situaciones.

Warton también señaló que la mitología mágica de Spenser, que en la Faerie Queene sustituye a la clásica, al igual que las aventuras románticas sustituyen a las heroicas, derivaba no sólo de las novelas de caballería, sino también de las le­yendas populares celtas y orientales. Estas investigaciones iluminaron el poema de Spenser, poniendo de relieve aspectos nue­vos y casi transfigurándolo.

El libro de Warton, cuyo alcance no fue captado inme­diatamente en su totalidad, además de realzar la suerte del poema elisabetiano, sirvió para dar un apreciable impulso al estudio de la Edad Media y preparar el adveni­miento del Romanticismo.

B. Cellini