Observaciones Acerca del Hombre: su Estructura, sus Deberes y sus Esperanzas, David Hartley

[Observations on Man: His Frame, His Duty and His Expectations). Obra del médico inglés David Hartley (1705-1757), publicada en 1749, que ejerció gran influen­cia en el siglo XIX, dando lugar en cierta, manera a la psicología fisiológica y a la teoría psicológica de la asociación, ya elaborada por Locke y Hume.

Las Observa­ciones parten de una revisión del signifi­cado de la palabra «idea» que para Locke y sus seguidores significaba tanto las imágenes sensoriales como las ideas; para Hartley, las sensaciones no son iguales que to­dos los demás contenidos mentales, que son los únicos a los que él aplica el vocablo «idea». Entre las ideas distingue unas que «se parecen» a las sensaciones («ideas de sensación») y otras «ideas intelectuales».

Las primeras son las «ideas simples» de Locke, los elementos que integran las demás ideas. Dado que por «idea» se entienden todos los hechos psíquicos, también los sen­timientos, los placeres y los dolores son «ideas», o, mejor dicho, cada idea va acom­pañada de cierto placer o dolor. Por el he­cho de que una lesión del cerebro o de los nervios produce desórdenes de las funcio­nes psíquicas, Hartley llega a la conclu­sión de que el cerebro y los nervios son el «instrumento inmediato» que «presenta» las ideas al pensamiento.

Y como la impresión de un objeto exterior produce una sensa­ción persistente, Hartley, recogiendo la teo­ría que había expuesto Newton, sostiene que la acción de los objetos exteriores hace vibrar el éter encerrado en la sustancia nerviosa y, por consiguiente, produce en las pequeñísimas partículas de los nervios vibraciones que se transmiten a las partí­culas del cerebro. Estas vibraciones son de tipo muy variado; incluso pueden ser tan débiles que no se propaguen, y entonces no se produce sensación; sólo se notan las vibraciones más fuertes.

Evidentemente, esta teoría nos llevaría al materialismo, pero Hartley sostiene únicamente que las vibraciones «van acompañadas» de fenóme­nos psíquicos, sin pretender que las vibra­ciones y las ideas tengan la misma natura­leza, o que las ideas estén producidas por el movimiento de la materia. De este mo­do, preanuncia el paralelismo psicofísico, que muchos psicólogos del siglo XIX adoptarán como hipótesis fundamental.

Las vi­braciones explican la asociación, ya que la repetición frecuente de sensaciones, es decir, de vibraciones, imprime huellas o residuos («vibracioncillas») que podemos denominar ideas simples, y que dejan pre­disposiciones en la sustancia medular o ce­rebral. Ahora bien, cuando ya han tenido lugar algunas vibraciones, a menudo simul­táneas o que se suceden inmediatamente, una de ellas, por la predisposición de la sustancia cerebral a las vibraciones con ella relacionadas, basta para engendrar to­das las sensaciones asociadas.

La teoría de las vibraciones explica también los movi­mientos voluntarios: los movimientos musculares no son sino vibraciones de los músculos, continuación o efecto de las vi­braciones nerviosas cuando éstas son lo suficientemente fuertes. A continuación, Hartley pasa a, explicar, a base de la teoría de las vibraciones y de la asociación, todos los fenómenos psíquicos: el tacto, el gusto, el olfato, la vista, el oído, no son más que vibraciones, que, por asociación, producen ideas agradables o desagradables; además, las vibraciones también explican los fenó­menos fisiológicos concomitantes o consi­guientes a fenómenos psíquicos: los movi­mientos acelerados del corazón y de la respiración, la risa, etc.

Los hechos psíqui­cos más complejos (entendimiento, memoria, afecto, imaginación) los explica Hartley a base de sus principios: el lenguaje no es más que la mutua producción de dos series de vibraciones asociadas por la costumbre. El asentimiento racional a determinada ver­dad es simplemente rapidez en asociar a la palabra «verdad» (es decir, a las vibra­ciones provocadas por ella) otra serie de vibraciones originadas por determinada pro­posición.

El asentimiento «práctico» es la rapidez para actuar como consecuencia de un asentimiento intelectual, o sea, trans­formar las vibraciones nerviosas en vibra­ciones musculares. En cuanto a los afectos, la teoría explica los placeres y los dolores de la imaginación, de la ambición, del in­terés personal, de la simpatía; y también explica el sentimiento religioso y el sentido moral como originados por placeres y dolo­res asociados.

Primeramente el hombre tiene una idea visible, definida, de Dios; pero luego esta idea desaparece sin que ninguna otra la sustituya, y la palabra Dios evoca afectos, sentimientos, rodeados por un halo de misterio, no relacionados con determinadas ideas de sensación. La idola­tría es simplemente un estadio infantil en cuanto a la concepción de lo divino.

La doctrina de Hartley, desarrollada según teo­remas y corolarios, se presenta como una explicación de todos los hechos espirituales con un aire de rigor científico y siguiendo fielmente la tradicional teoría del empiris­mo. Esta doctrina habría de ser divulgada por Priestley y, de esta manera, transmi­tida a los psicólogos positivistas.

M. M. Rossi

El Obrero de Ocho Años, Jules Simon

[L’ou­vrier de huit ans]. Obra polémica del fran­cés Jules Simon (1814-1896), publicada en 1864. El autor, que había reivindicado vigo­rosamente en su libro La obrera [L’ouvriè­re], editada en 1861, los derechos humanos de la mujer que trabaja, se detiene en esta segunda obra, de manera particular, a tra­tar de la situación de los niños sometidos en los talleres a un trabajo superior a sus fuerzas, y pide que sea revisada la ley referente a los aprendices.

De otro modo, el muchacho comenzará muy pronto a con­cebir odio hacia la sociedad que lo explota, y se convertirá en el obrero rebelde de mañana. Jules Simón, en su aguda y apa­sionada crítica de las leyes dictatoriales del Segundo Imperio, quería sustituir la lucha de clases por una mutua inteligencia entre el capital y el trabajo; las nuevas conquis­tas sociales no darán su fruto sino cuando el pueblo tenga escuelas donde pueda ser rectamente educado y obtenga una retribución más justa por su trabajo.

Refirién­dose después a las leyes inglesas acerca del trabajo de los niños y a la enseñanza profesional francesa, el autor concluye su obra deseando un mayor sentido de huma­nidad y de responsabilidad en los hombres de gobierno.

C. Cordié

Observaciones Acerca de la Lengua Francesa, Claude Vaugelas

[Remarques sur la langue française]. Libro de Claude Vaugelas (1585- 1659), publicado en 1647. En el terreno lin­güístico ejerció tal autoridad en su época, que «parler Vaugelas» fue sinónimo de ha­blar correcto.

Con sus observaciones, el autor no pretende fijar rígidas leyes gra­maticales; considera que el único maestro que debe seguirse es el uso, pero como existe un uso incorrecto, propio de la mayoría, y otro bueno, propio de la «élite», quiere presentar los documentos de esta última, que él aprendió durante treinta y cinco años de vivir en el mundo elegante de la Corte, asistiendo al Hôtel Rambouil­let, uso que viene confirmado por la auto­ridad de los mejores escritores de la época.

Incluso la razón debe inclinarse ante el uso; al que no se le pueden oponer compa­raciones con otros idiomas, ni siquiera con el griego y con el latín, ya que cada idioma es señor de su propio dominio. Con ello, tras haber expuesto los principios genera­les, recoge sus observaciones sobre la pro­nunciación, las construcciones sintácticas, las locuciones y las palabras, que clasifica en populares, técnicas, prácticas, «déshonnétes», etc., no ciñéndose a un plan pre­establecido, al igual que no había seguido un método, sino según se le presentaba la ocasión.

Eso explica que en la obra haya repeticiones, injustificadas generalizaciones e incluso falsas interpretaciones de hechos verdaderos. Mediante su doctrina del uso, y siguiendo a Malherbe, reacciona — como este último — contra la corriente latinizante que deforma el espontáneo desarrollo del idioma; pero al considerar correcto única­mente el uso en determinadas clases socia­les, obstaculizaba la aportación vivificadora del lenguaje popular.

Aunque reconocía que la lengua viva está en continuo cam­bio y que sus preceptos solamente eran válidos para determinado período de tiem­po, sus prejuicios, exagerados por sus con­tinuadores y también por un conjunto de causas históricas, trajeron como consecuen­cia que en la gramática francesa se divul­garan y establecieran reglas falsas y arbi­trarias, de las que involuntariamente se convirtió en responsable, hasta el extremo de que parecía personificar la mezquina tiranía de la «bienséance» contra la libertad de expresión del artista.

B. Treves

Obritas Morales, Pandolfo Collenuccio

No­table documento de la vida espiritual del Humanismo, estas Obritas morales, escritas en latín y en lengua vulgar durante los últimos años de la vida de Pandolfo Collenuccio (1444-1504), fueron publicadas por separado a partir aproximadamente de 1497 en adelante.

No se publicaron reunidas hasta 1929, en Bari, al cuidado de A. Gaviotti, junto con las Poesías latinas y en lengua vulgar de Collenuccio. Es importante el grupo de los Cuatro apólogos [Apologi quattuor], publicados desde 1497 a 1510 y recopilados por Beato Renano en 1514: «Agenoria», en que Murcea y Agenoria, que presiden la una a la Pereza y la Inercia, y la otra a la Diligencia y la Labo­riosidad, ofrecen materia para un apólogo en que se razona acerca de las cualidades humanas: el Fraude y la Hipocresía son censurados, y se exalta el Trabajo, la Vir­tud y el Arte; es más, por decreto de Júpiter se predice un cambio de cosas en el mundo; «Misopena», en que un filósofo discurre con dos jóvenes, Crisio y Sofía (esto es, Amigo del oro y Sabiduría), acerca de la necesidad de poseer una recta filosofía para la vida, en la práctica cotidiana, y no sólo en la formulación de los propósitos: si es menester que los hombres obedezcan a la necesidad inexorable, es justo que hombres ilustres y poderosos presten socorro a la virtud, que ha sido abandonada por la For­tuna; «La verdad» [«Alithia»] en que se afirma que quien combate por la verdad debe despreciar tanto la calumnia vulgar como la vanidad; el hijo de la Indignación, el severo Momo que a todos reprende, es, por esto, digno de encomio y de adoración por parte de los hombres honrados; «Bombardo», que predice como inminente el ím­petu de un instrumento bélico nuevo tan terrible que no puede encontrarse otro pa­recido.

A estos apólogos, en latín y a tono con un franco estoicismo, hay que añadir dos escritos en lengua vulgar, el Filotimos y el Espejo de Esopo. El primero, com­puesto en 1497, fue publicado aquel mismo año: discutiendo la Cabeza y el Sombrero se duelen de la fortuna y discurren acerca de la vanidad del mundo; finalmente llega Hércules para dirimir la disputa, elogiando tanto las virtudes intelectivas (artes, cien­cia, prudencia, intelecto y sabiduría) como las morales (liberalidad y magnanimidad).

El Espejo de Esopo, compuesto sin duda después de 1497 y publicado en 1526, consta de varios razonamientos entre Hércules, Esopo, Blacico, Luciano y el Rey. Partiendo del apólogo esópico de la castaña que sopla en el fuego contra el pastor, se razona acer­ca de Esopo, expulsado de la Corte a pesar de las verdades por él enunciadas en de­fensa de la virtud. Se trata del contraste entre la apariencia y la realidad, y todos los razonamientos de los personajes del diálogo están fundados en la sencillez de sus vidas y la falsedad que las rodea. El Rey, que acaba por comprender la probidad de Esopo, le alaba y quiere tenerlo en su Corte.

Estas Obritas morales, a tono con una concepción rigurosa de la existencia, son natural precedente de la pensativa y dolorosa canción A la muerte (v.) y del trágico asesinato de que fue víctima Collenuccio por obra de un ingrato señor.

C. Cordié

Obra Tercera, Roger Bacon

[Opus tertium]. Tratado del filósofo inglés Roger Bacon (alrededor de 1214-1274?) enviado por el autor al papa Clemente V, en 1268, para completar lo que había escrito ya en la Obra Mayor (v.) y en la Obra menor (v.); y por esto es lamen­table que se haya perdido una mitad.

Fue publicado por Brewer en Opera hactenus inedita e incluida en Rerum Britannicarum medii aevi Scriptores (Londres, 1859). Los fragmentos que nos han llegado son en par­te biográficos, concernientes a las obras del escritor; en otros son abordadas las más arduas cuestiones metafísicas y temas de ciencias naturales y de filosofía moral.

Ha­llamos aquí motivos propios del pensa­miento de Bacon: la insistencia en la nece­sidad de que la predicación tenga por base, no la elocuencia, sino una ciencia sólida, sin la cual será como «una espada aguda en manos de un loco»; que los teólogos aprendan las lenguas griega, hebrea, árabe «pero con método adecuado, por falta del cual se encuentran pocos teólogos que las posean»; la aplicación de los resultados de las ciencias experimentales a las Sagradas Escrituras; la independencia de juicio ante Aristóteles, cuya traducción latina censura en alto grado; la remisión al experimento paciente y reiterado, base para la formula­ción de principios y de medios de los que se origina la explicación racional de los hechos; la tentativa de reducir a principios matemáticos todas las acciones recíprocas de los cuerpos y de los agentes naturales; la apelación al Papa para que reforme el calendario «después de la corrupción de los textos sagrados, la cosa más intolerable que pueda existir»; la sugerencia de que, para eliminar las incertidumbres de la cronolo­gía bíblica, se recurra a la astronomía, que ofrece en la constancia de las revoluciones de los cuerpos celestes las más exactas me­didas del tiempo; la súplica al Papa con objeto de que constituya una comisión de doctos para la revisión de la Biblia (v.) latina llamada «Vulgata», llena de errores agravados por las tentativas de los «correc­tores corruptores» del siglo XIII, privados de sentido crítico y no armados de la cul­tura necesaria, en especial lingüística e his­tórica, acompañada por numerosos ensayos de aquellas revisiones; la denuncia de los errores científicos de que están llenas las obras de Alejandro de Hales y de San Al­berto Magno, a pesar de su fama inmensa, especialmente del segundo.

Lo que queda del Opus tertium es suficiente para justi­ficar el juicio que de Roger Bacon dio Humboldt: «El mayor genio de la Edad Media». Además de las tres Obras, Bacon habla a menudo de un Escrito principal suyo, como de una obra de gran volumen, de la cual los tres escritos nombrados no eran más que «preámbulos» y preparación, y en la cual se proponía estudiar en tratados separados las ciencias particulares.

No se sabe que hubiera logrado realizar este vasto plan de una enciclopedia, cuya fisonomía general había de ser la de una obra en cuatro volúmenes: el primero, acerca de la gramática de las varias lenguas y la lógica; el segundo, acerca de la matemática, la geometría, la astronomía y la música; el tercero, acerca de las ciencias naturales, la perspectiva, la astrología, las leyes de la gravedad, la alquimia, la agricultura, la medicina y las ciencias experimentales; el cuarto, acerca de la metafísica y la moral. Tal vez algunos tratados, hoy insertos en los tres libros mencionados anteriormente, formaban parte de esta última obra.

G. Pioli