Las Ocho Visiones del Lago de Biwa, Max Dauthendey

[Die acht Gesichter am Biwa-See]. Ocho narraciones de Max Dauthendey (1867-1918) publicadas en 1911.

Cada narración tiene como punto de partida un momento fugaz, una luz, una tonalidad del lago japo­nés de Biwa: la barca de vela inspira la historia de la pequeña Hanake, que, ele­gida por el príncipe imperial, se entrega al mensajero de éste; la lluvia nocturna es el tema de las vicisitudes de Kiri, pobre pes­cador que se eleva, en la leyenda, a semi­diós; la campana del templo sugiere el tema del hombre que descubrió la misteriosa len­gua de la corteza de los árboles y prefirió el amor de la mujer de la risa cantarina a la inmortalidad; el cielo y el sol sirven de fondo a la trágica lucha entre dos riva­les en amor; la luna de otoño es el motivo que inspira la novela de Ojos de Liebre, que sabe contar tres mil historias acerca de la luna; el crepúsculo vespertino, la his­toria de la mujer que se enamoró del ar­quero visto una vez en el templo, y lo divi­nizó; la nieve al anochecer, el escenario en que se mueve el actor japonés que enlo­queció de dolor por la muerte de su joven esposa europea.

Paisaje y sentimiento de amor juegan entre ilusión y realidad, sím­bolo y verdad, en estas narraciones perfec­tamente acabadas y diseñadas con exqui­sita delicadeza de contornos: evocación, no reconstrucción de paisajes y tipos japoneses, refracciones mejor dicho, de luz oriental a través del prisma de una sensibilidad eu­ropea.

G. F. Ajroldi

Oda a Barcelona, Jacint Verdaguer

Con esta denomi­nación es conocido el famoso poema del escritor catalán Jacint Verdaguer (1845- 1902), titulado A Barcelona.

Su lema son las palabras que Cervantes escribió en elogio de Barcelona al calificarla, entre otras cosas, de «archivo de la cortesía». El poema consta de ciento ochenta y cuatro versos alejan­drinos y fue premiado en 1883 en los Jue­gos Florales de la Ciudad Condal.

Aquel mismo año los catalanes y aragoneses de Manila obsequiaron a Verdaguer con una edición de la oda a la que añadieron una traducción castellana de Mas i Olzet. El poema fue luego incorporado al volumen Patria (1888).

Existe una traducción fran­cesa de 1883, debida a Jean Vilarrasa, y otra rumana de 1887 por Jaon Damn. El poema irrumpe con la leyenda de Alcides, que en la oda es representado por Montjuïc velando, como aquél, por su hija que aquí simboliza Barcelona.

El poeta canta el mar, fiel servidor de la ciudad, y ensalza las colinas que la ciñen y se dan las manos. El Tibidabo se compara a la Acrópolis y el poeta ve a Monteada como una gigan­tesca lanza clavada por un héroe antiguo.

Enumera con morosidad poética los nombres de Valldaura, Hebrón, Prat, Agudells, Pedralbes. Y las iglesias del Pi, de Santa Ma­ría, de Sant Pere de las Puelles. Y los ríos, y los varones ilustres que se formaron en Barcelona o partieron de ella para sus gran­des gestas guerreras o espirituales: Roger de Llúria, Campeny, Balmes, Colón, Fortuny.

Evoca la memoria de los condes de Provenza y de Atenas, de estirpe barcelo­nesa, y recuerda que la bandera española procede de los palos catalano-aragoneses. Encomia el crecimiento tenaz y esplendo­roso de la ciudad que la ha obligado a sal­tar ya las murallas. Canta «tos casals que creixen com arbres amb saó» y elogia el sentido espiritual de la ciudad porque «en­tre tallers i fábriques té campanars i agulles/com dits que entre boirades de fum signen el cel».

Maragall habló con razón de la constante «antropomorfización de la na­turaleza» en la poesía verdagueriana de raíz geológica. Al conjuro dominante del poeta, los bosques, las colinas, los ríos y los dio­ses olvidados se mueven y hablan con la normalidad de los humanos, y las grandes masas, sin perder su grandeza, se rebajan a la altura de nuestras pobres medidas.

Así sucede en la oda, escrita entre L’Atlantida (v.) y el Canigó (v.) y que representa una cierta transición de la épica a la lírica. Maragall en su «Oda nova a Barcelona» (v. Poesías) replicó de una manera más realista a la visión alucinada y fantástica de Verdaguer.

A. Manent

Ocho Cuestiones Sobre la Auto¬ridad del Sumo Pontífice, Guillermo de Ockham

[Ocio quaestiones super potestate ac dignatate papali]. Tratado teologicopolítico del pensador, filósofo y teólogo franciscano inglés Guillermo de Ockham (alrededor de 1290-1349). Compuesto en 1339-1342.

Es la obra más cesarista publicada en el período del conflicto entre Juan XXII y Luis el Bávaro, a cuya protección aquel religioso franciscano había recurrido junto con el general de los Reli­giosos Menores, Miguel de Cesena, y otros huidos de Aviñón, donde habían sido some­tidos a proceso por herejía.

Ockham había puesto su pluma al servicio del emperador con las palabras que puso en su boca Tritemio: «O iinperator, defende me gladio, et ego defendam te verbo»; y después de haber combatido en escritos precedentes los «erro­res doctrinales» de Juan XXII, ataca ahora el problema más general de las relaciones entre la Iglesia y el Imperio, especialmente el origen de la jurisdicción imperial.

Aun prohibiéndose tomar posición declarada, y poniendo en evidencia con gran habilidad dialéctica el «pro» y el «contra» de toda opinión, él no consigue disimular su adhe­sión a la tesis imperialista. Por no ser el imperio germánico más que la continuación del imperio pagano, el Papa no tenía otro derecho que el de coronar al Emperador, quedando, pues, excluidos el de recibir de éste el juramento de fidelidad, de eximir a los súbditos de la obediencia, etc.

Las ocho cuestiones son: compatibilidad de las su­premas potestades religiosa e imperial; si la potestad imperial proviene o no inmedia­tamente de Dios; si todo el poder imperial depende del Papa; si hay diferencia entre el Imperio romano y el reino de Germania; si la sagrada unción y coronación confieren el poder imperial, o son sólo ceremonias alusivas a la autoridad imperial; si el mo­narca está sujeto a su «coronator»; si la real posesión del poder imperial depende de la coronación; si al rey de los romanos la elección hecha por los príncipes confiere tanta autoridad como a un príncipe here­ditario se la confiere la sucesión.

Ockham llega hasta el punto de negar al concilio y al Papa la infalibilidad; a admitir como principio que se pueden crear en la Iglesia varios papas, uno independiente de otro, y a afirmar que pertenece a la universali­dad de los fieles el derecho de decidir en última apelación en las materias más im­portantes, hasta en cuestiones de fe. A estas cuestiones politicoteológicas el autor mezcla la otra sobre la «pobreza de Cristo» que inspiró otros escritos de Ockham.

Es sa­bido, aunque Juan XXII hubiese tomado posiciones contra la corriente espiritual «de los franciscanos», que el Capítulo de la Or­den reunido en Perusa en 1322 había de­clarado proposición «sana y católica y fiel» la de que «Cristo y sus Apóstoles nada ha­bían poseído en propiedad»; en respuesta a la cual el Papa había suprimido la ficción legal que hacía propietaria a la Santa Sede de los bienes de la Orden franciscana, atri­buyendo a ésta su propiedad y calificando de herética la proposición proclamada en Perusa. De aquí la rebelión de una parte de la Orden franciscana, y del general Mi­guel de Cesena, excomulgado con Ockham y Bonagrazia de Bérgamo, pero apoyados por Marsilio de Padua y Juan de Jandun.

G. Pioli

Ocúpate de Amelia, George Feydeau

[Occupe-toi d’Amélie]. «Vaudeville» en tres actes y cuatro cuadros de George Feydeau (1862-1921), estrenado en París, en el Théâtre des Nou­veautés, en 1908.

Es la obra maestra de este autor. He aquí su argumento: la bella Amelia Pochet, alias Amelia d’Avranches, es lo que en 1900 se llamaba una «cocotte». Después de haber sido la camarera de Ma­dame Irène de Trémilly, una unión feliz le ha permitido obtener el bienestar y una vivienda en la calle Rivoli.

Ella habita allí en buen entendimiento con su amante, Étienne de Mielledieu, su padre, su hermano y dos o tres comparsas que viven a su costa. En el transcurso del primer acto vemos llegar a Irène, que con estupefac­ción reconoce a su antigua camarera.

Irene acaba de conocer, por la lectura de una carta, que su amante, Marcel Courbois, iba a casarse con Amelia. Marcel se halla en una situación financiera difícil. Para reco­brar una suma de 1.200.000 francos, confiada por su padre a su padrino, el rico nego­ciante en diamantes Van Putzéboum, de na­cionalidad belga — que no debía devolvér­sela hasta el día de su matrimonio —, se ha decidido a casarse con Amelia.

Por lo menos así piensa hacérselo creer a su pa­drino. Algunos días más tarde, debiendo abandonar a su amante para hacer sus «vein­tiocho días», Étienne la confía a Marcel. «Ocúpate de Amelia», le dice, y parte con el espíritu tranquilo. Pero Marcel interpreta tan al pie de la letra el encargo de su amigo que pasa la noche en compañía de Amelia.

Étienne, que queda libre mucho antes de lo que había imaginado, regresa inopinadamente para enterarse con furor del abuso de confianza de que ha sido víc­tima. Decide entonces vengarse. Puesto que el falso matrimonio entre Amelia y Marcel debe llevarse a cabo, y ellos, a pesar de la noche transcurrida juntos, siguen con­siderándolo como un subterfugio, Étienne se las compone para transformarlo en un verdadero matrimonio y Amelia se verá así unida a Marcel.

La ceremonia se desarrolla como está prevista. Étienne los ha precipi­tado uno en brazos del otro para toda la vida: su honor está vengado. En el último acto, Marcel, habiendo descubierto la superchería, obliga a Étienne a quitarse los pantalones y le hace prender por un falso comisario atrapado en flagrante delito de adulterio, lo cual le permite recobrar a Irène y dejar a Étienne y Amelia. Así, pues, todo concluye bien.

Se ha dicho, con justicia, que los «vaudevilles» de Feydeau eran autén­ticos «mecanismos de relojería». En efecto, el autor hace gala de un rigor y de una precisión implacables en el modo de mover los personajes y en la composición de las situaciones, no dejándose jamás arrastrar ni sorprender por ellos, sino, al contrario, conduciéndoles de la mano, firmemente, hacia una solución plausible.

Añádase a ello un diálogo vivo, chispeante, directo, precipitado, plagado de palabras y recursos del autor a menudo cómicos, que hacen perdonar la psicología, pobre a veces, de los personajes.

Ochikubo Monogatari, Minamoto-no Shitagō

[Historia de la princesa Ochikubo]. Obra de la literatura japonesa antigua, en cuatro volúmenes. Es de autor anónimo, si bien algunos críticos la atribuyen a Minamoto-no Shitagō (911- 983); también es dudosa la época de su composición; pero el Ochikubo Monogotari debe ser contemporáneo o posterior al Utsubo Monogatari (v.) y ciertamente ante­rior al Makura-no Sōshi (v.), porque está citado en éste.

El Ochikubo Monogatari es la mejor y más notable de las llamadas «mamago monogatari» [historias de hijas­tras], que fueron muy abundantes en una época en la que en el Japón el hombre podía tener más de una mujer, por lo que las relaciones, generalmente tirantes, entre hijastras y madrastras, y los incidentes que a menudo se derivan de ello, inspiraron toda una literatura narrativa que se conoce con este nombre.

La obra cuenta lo ocurrido a la hija de un dignatario, muchacha de rara belleza e inteligencia, cuyas dotes le atrajeron el odio de la madrastra, que la hizo encerrar en una especie de sótano («ochikubo», y de aquí el nombre de la muchacha). De su encierro la sacó un joven y poderoso señor, que se casó con ella. Después de muchas peripecias, la bondad y la gentileza de la pareja terminó por ablandar a la propia madrastra, que parecía irreductible, de modo que se arrepintió y los esposos vivieron felices.

La narración es valiosa como testimonio de los usos y costumbres de la época. Desde el punto de vista moral y psicológico es notable la viva y real descripción del_ espíritu heroico y caballeresco de Shōsho (el esposo de la muchacha) y la belleza del sentimiento humanitario que olvida todos los rencores y corresponde con bondad al mal recibido. [Traducción inglesa de W. Whitehouse, Ochikubo Monogotari, or the Tale of Lady Ochikubo (Londres, 1934)].

Y. Kawamura