Onna Daigaku, Kaibara Ekken

[La gran enseñanza para la mujer]. Obra de la literatura japo­nesa, escrita en un volumen y atribuida al filósofo moralista Kaibara Ekken (1630- 1714), aunque hoy es corriente considerarla como una obra posterior a él, siguiendo el modelo de sus otras obras morales e imitan­do su estilo.

Sea como sea, el Onna Dai­gaku es el código moral que dominó abso­lutamente en la educación de las muchachas japonesas desde las generaciones preceden­tes. a la Restauración (1868) y, como tal, tiene importancia para el estudio de la posición de la mujer en la sociedad de en­tonces, en la que ocupaba un lugar secunda­rio con respecto al hombre.

Durante la era Meiji (1868-1912), a consecuencia de la re­volución de ideas aportada por la adopción de la civilización occidental en el Japón, el Onna Daigaku encontró fuertes oposito­res y perdió por fin toda importancia con la gradual elevación social de la mujer. Se trata, de todos modos, de una obra brevísi­ma, escrita en estilo extremadamente llano y fácil, como corresponde a un texto desti­nado a la mayor difusión entre la juventud femenina.

Se ha traducido varias veces a idiomas europeos, por ejemplo, por M. Révon, en Anthologie de la Littérature Japonaise (París, 1918).

S. Nogami

Ollantay, Ricardo Rojas

Del antiguo drama incaico deriva la tra­gedia en cuatro actos, en verso, Ollantay, del argentino Ricardo Rojas (n. 1882), estre­nada en 1938.

Ollantay, que aquí lleva el subtítulo de «tragedia de los Andes», es una de las últimas manifestaciones de la tendencia «indígena» en las diversas litera­turas hispanoamericanas, y como tal merece la máxima atención. No contentos con tomar su inspiración del actual folklore indígena, los escritores hispanoamericanos tratan de valerse del folklore histórico y de la mitología de los pueblos que les han precedido en el dominio del vasto continente. Ollantay tiene gran dignidad literaria.

A. R. Ferrarin

El Ombligo del Mundo, Ramón Pérez de Ayala

Volumen de narraciones del poeta y novelista espa­ñol Ramón Pérez de Ayala (n. 1881), cuyos títulos son: «El ombligo del mundo» (pró­logo), «Grano de pimienta y mil perdones», «La triste Adriana», «Don Rodrigo y don Recaredo», «Clib» y «El profesor auxiliar».

En ellas, como en toda la obra narrativa del ilustre autor, el estudio de los personajes y de su ambiente es perfecto. Se entremez­clan a las novelas, poemas del mismo nove­lista, con alusiones al espíritu que informa aquéllas.

En realidad, el autor filosofa am­pliamente a través de sus personajes, lo que convierte en largos soliloquios muchas de sus manifestaciones ante el lector. La crea­ción de las figuras literarias de don Ramón Pérez de Ayala es quizás en este libro en donde más parece trabajo en durísimo car­tón piedra.

Caricaturescas son, en general, las dichas criaturas engendradas por el filo­sófico autor de Belarmino y Apolonio (v.), acaso su obra maestra, teniendo tantas. «La triste Adriana» es una admirable novelita, como lo es «El profesor auxiliar», que con­mueve por su espíritu y hasta por su amar­ga forma.

Lo más terrible de todo es que el autor hiende, taja certeramente en la dura carne de una sociedad española — con­siderada en todos sus estratos — carente de piedad casi siempre y con pujos y aires de insolencia irredenta. Solana es el pintor que equilibra la obra de Pérez de Ayala en el plano del arte figurativo.

C. Conde

Omoo, Hermán Melville

Relato de aventuras en los mares del Sur, del escritor norteamericano Hermán Melville (1819-1891), publicado en 1847 como continuación de Typee (v.), al que es superior por la variedad de los casos na­rrados y por una exposición más franca y libre.

Mientras Melville vivía en el valle de Typee y empezaba a estar algo cansado de su ya prolongada estancia entre caníbales, se había dirigido hacia aquellos parajes una ballenera australiana que estaba escasa de tripulación.

El capitán Guy, al enterarse de la existencia de Melville, satisfecho de en­contrar refuerzos para su tripulación, envió una barca para buscarlo. Después de diver­sas peripecias, Melville se encontró a bordo de la «Julia», donde hizo amistad con un curioso tipo de trotamundos, el médico de a bordo, llamado el doctor Fantasmalargo (doctor Long Ghost) por su figura enteca.

En el navío del capitán Guy se olfateaba la rebelión, que se hizo evidente cuando aquél enfermó. Entonces la tripulación obli­gó al segundo de a bordo a dirigir la proa hacia la isla más próxima, Tahití. Llegados a Papeete, la chusma pidió ser desembar­cada; intervino el cónsul inglés, y una parte de los sublevados fue llevada a la fuerza a la «Reine Blanche», un navío de guerra francés.

Era en los primeros tiempos de la ocupación francesa de Tahití, bajo Luis Felipe; pasados algunos días de prisión en la «Reine Blanche», el cónsul Wilson hizo trasladar a los rebeldes, entre los cuales estaban tanto Melville como el doctor, a una especie de cárcel de campaña, confia­dos a un carcelero bonachón.

Allí permane­cieron todos ellos un mes y medio aproxi­madamente, primero en las celdas, luego con mayor libertad. El inquieto Melville y su compañero, pasadas algunas semanas en aquella pseudocárcel, decidieron escapar, pero, tras haber vivido y cazado algo con los colonos de una isla próxima, los incorre­gibles vagabundos se despidieron de ellos y se refugiaron entre los salvajes.

Ésta es la parte más hermosa del libro; se ponen en contacto con poblaciones que han man­tenido vírgenes sus costumbres, excepto una envoltura bastante superficial de cristianis­mo. El comercio con los blancos no ha co­rrompido todavía la raza; son magníficos salvajes, parecidos a los que Bougainville y Cook encontraron en aquellas islas sesenta años antes y que hicieron famosa de repente a Tahití como un paraíso terrenal.

Humil­des, sencillos, hospitalarios, acogen con be­nevolencia curiosa y amistosa a los descalzos y demacrados vagabundos. Más tarde, la llegada de un velero americano, al embar­car a los dos fugitivos, pondrá fin a la aven­tura. Hay en las páginas de Omoo (como en las de Typee) un soplo de libertad pri­mordial, de virginidad edénica, que encanta y que cuarenta años más tarde atraerá so­bre las huellas de Melville al gran escritor inglés Robert Louis Stevenson, cuya Isla del Tesoro (v.), como muchos relatos y libros de viajes, se desarrollan en las Islas del Sur.

Más tarde, Pierre Loti, el pintor Gauguin, Somerset Maugham, Simenon y otros continuarán esta tradición artístico – literaria, de la que Melville fue el iniciador. Si Stevenson es un artista más refinado, le queda a Melville, aun con ciertas rudezas e intermitencias de dones estilísticos, el mérito del descubrimiento así como el sen­tido de autenticidad y de entusiasmo propio de los iniciadores.

P. G. Conii

Quizás el Melville de Omoo es el más feliz, y sin duda el más despreocupado. Tan pronto coge la vida como viene y, verda­dero epicúreo, se come al mundo de un bocado, como carece realmente de preocu­paciones y se divierte deambulando con aquel pillastre del doctor Fantasmalargo; no se preocupa de lo que hace, ni de ideas ni de moralidad; siempre irónico, como cuadra a un epicúreo. (D. H. Lawrence)

Sus polinesias en el baño, en la siesta o entregadas a la bacanal son muy seductoras, y se advierte que está enamorado de ellas. Al retratarlas, a menudo ha firmado autén­ticos Gauguin. (R. Michaud)

La Olla de Oro, Ernst Theodor Amadeus Hoffmann

[Der goldene Topf]. Narración de Ernst Theodor Amadeus Hoffmann (1776 – 1822), incluida en el tercer volumen de las Fantasías a la manera de Callot (v.), publicado en 1814.

El estudiante Anselmo, lo mismo que los protagonistas de la Princesa Brambilla (v.), se halla inde­ciso entre la aspiración a una razonable felicidad burguesa y el impulso hacia una vida excepcional y libre: la primera está encarnada para él en la boda con la gra­ciosa Verónica, la hija del corector Paulmann; la segunda, en la unión con Ser­pentina, la ambigua y deliciosa hija del archivero Lindhorst; ser misterioso éste, ora empleado regio, ora salamandra, ora autori­tario como un rey, ora enigmático como un mago, siempre irónico; del mismo modo que su hija, que tan pronto diríase una muchacha bellísima, como una viborilla deslizándose entre las ramas de un árbol.

Precisa­mente se apareció ella por primera vez a Anselmo mientras él, a la orilla del Elba, meditaba tristemente sobre la mala pasada que le había jugado su bolsa, impidiéndole participar en la fiesta de la Ascensión. Cons­tituye la obra uno de los primeros pasos de Hoffmann, uno de los en que, gracias a su mágica pluma, la distancia entre las cosas animadas y las inanimadas se atenúa hasta desaparecer, produciéndose la exteriorización casi musical de imágenes, de sonidos, de colores, de perfumes y hasta de emocio­nes.

«Anselmo fue interrumpido en su soli­loquio por un extraño roce que salía de entre las hierbas y llegaba hasta las ramitas y las hojas del árbol de saúco. Unas veces parecía como si el viento de la tarde sacu­diese las hojas; otras, que los pajarillos bisbisasen entre las ramas saltando aquí y allá agitando las alas.

Luego fue un bisbiseo y un susurro. Parecía que las flores sona­ran como si de ellas pendiesen campanillitas de cristal». En cierto momento le pareció al joven como si entre las ramas sonasen palabras leves y veladas: «Miró hacia arriba y vio entre el verde oro de las hojas tres pequeñas serpientes relucientes que se ha­bían enroscado a las ramas y que alargaban sus cabecitas hacia el sol poniente».

Cuando una de las serpientes miró a Anselmo con dulces ojos humanos, se sintió él preso de irresistible fascinación. Por eso aceptó con alegría la propuesta del archivero para ir a su casa a copiar ciertos preciosos manus­critos. Todo es prodigioso en aquella casa: desde el vaso de oro en la sala azul al jar­dín con papagayos parlanchines; pero es sobre todo preciosa la metamorfosis de una muchacha plena de fascinación, en la ser­piente descubierta entre las ramas del saucal.

Pero Verónica no renuncia tan fácil­mente a su estudiante. Recurre a la hechicera Lisa, que representa el poder má­gico opuesto al del archivero, como en el Pequeño Zaches (v.) el doctor Próspero Albano opone su fuerza arcana a la de la canonesa Rosabelverde. Pero los sortilegios de Lisa no sirven para nada. Y Verónica, resignada, se casa con el antiguo rival de Anselmo, convertido entretanto en consejero de la Corte, en tanto que Anselmo se casa con Serpentina y la sigue a su feudo de los países de Atlántida.

Al que encuentre enig­mática la narración, Hoffmann mismo le revela el sentido: « ¿Qué otra cosa es la feli­cidad de Anselmo sino la vida en el seno de la poesía, a la que el sagrado acuerdo entre todas las criaturas se revela como el sentido más profundo de la naturaleza?».

B. Allason