Orestes, Eurípides

Tragedia de Eurípides (480-406 a. de C.), representada en 408, la última que el poeta compuso en Ate­nas.

Desarrolla escénicamente el destino de Orestes (v.), después de la muerte de su madre; argumento afín al de las Euménides (v.) de Esquilo, y también de la Ifigenia en Tauride (v.), del mismo Eurípides, pero tratado de manera muy diferente por cada una de estas tragedias.

La escena se des­arrolla en Argos, donde, como Electra (v.) expone en el prólogo, Orestes se ha que­dado después del matricidio, exigido por el dios de Delfos, y ejecutado con ayuda de la propia Electra y de Pílades (v.) su amigo.

Inmediatamente después de cometida su ac­ción, Orestes ha sido presa de las Erinias, que lo atormentan con ataques terribles de locura. Sale de ellos sumiéndose en pesado sueño, y, cuando se despierta, recobra su juicio y llora su desventura.

Poco después tiene otro ataque. Y así hace ya seis días que el infeliz yace afligido de su mal sin tomar alimento. Electra está sentada junto a él y lo asiste. Es el día que el pueblo de Argos ha establecido para juzgar por vota­ción pública aquel matricidio.

Electra teme la condena a muerte y sólo pone una espe­ranza en la circunstancia de que aquel día ha de llegar a Argos Menelao (v.), hermano de Agamenón (v.), que vuelve, después de largo errar, de la guerra de Troya.

Le ha precedido Helena (v.), que ha llegado de noche, para no ser vista por los argivos, pues teme la hostilidad popular que ve en ella la causa de la guerra troyana. Llega junto a Electra, que vela a su hermano dor­mido. Se informa de su desventura y des­pués dirige a Electra el ruego inoportuno de llevar a la tumba de Clitemnestra las ofrendas fúnebres en su nombre.

A Electra le parece imposible llevar ofertas fúnebres a la tumba de su madre en cuya muerte ha colaborado, y aconseja enviar a Hermione (v.), la joven hija de Helena- con quien Clitemnestra había hecho las veces de ma­dre. Helena acepta.

Las dos mujeres que se han tratado con velada hostilidad se sepa­ran. Llega el coro, compuesto de mujeres argivas, y Electra le ruega que no despierte a Orestes, cuyo mal atroz lamenta. Y he aquí que el sueño abandona al infeliz.

Está agotado, con espuma en la boca, los ojos apagados, las guedejas erizadas y revueltas. Su hermana le asiste piadosamente y le in­forma de la nueva esperanza que ha des­pertado la llegada de Menelao. Mientras habla ella, Orestes tiene otro ataque.

Ve a las Furias acercársele con ojos terribles: hasta su hermana le parece una furia. Se calma poco a poco y deplora su desven­tura y su acción. El mandato del dios fue un mal y hasta su padre, si él hubiese podido interrogarle, le hubiera contestado que no se vengara de aquel modo. Mientras Electra se aleja, el coro, en un estásimo, invoca de las Erinias reposo para él.

Ahora llega Menelao, que se ha enterado ya de la des­ventura de Agamenón y de la muerte de Clitemnestra por mano de su hijo. Entre él y Orestes tiene lugar un coloquio en que el joven le informa de las circunstancias del delito, de su estado actual — es odiado por toda la ciudad y será lapidado — y le pide socorro en nombre de Agamenón.

Menelao se muestra con él benévolo, aunque sea por medio de alguna frase maliciosa. Para modificar su actitud llega Tindaro, el padre de Clitemnestra y de Helena. Ha venido a sos­tener la acusación de Orestes ante el tribu­nal de los argivos.

Le asombra que Menelao hable con el matricida: no defiende a su hija, que ciertamente fue culpable, sino a la justicia que prohíbe, según él, la venganza individual, y manda remitirse al juicio de los tribunales.

Esto era lo que debía haber hecho Orestes y echar a su madre de su casa. Éste se defiende, pero Tindaro se irrita más, sin convencer a Menelao, que dice ser su amigo, pero afirma no poder ayudarle, porque teme la hostilidad de los argivos.

A Orestes no le queda ya sino su amigo Pílades, el cual, expulsado por Estrofio, su padre, por haber tomado parte en el delito, llega ahora para compartir su suerte. Píla­des le aconseja que se presente ante el tri­bunal popular; ésta es, todavía, una espe­ranza de salvación.

Después de un estásimo que deplora el matricidio, Electra se entera por un mensajero que Orestes ha sido con­denado a muerte por la asamblea popular, junto con ella. Como gracia les ha sido concedido matarse por su propia mano, en vez de ser lapidados.

Una sola persona, un cam­pesino juicioso, ha tomado enérgicamente la defensa de Orestes diciendo que su acción ha sido sagrada. Es evidente en este relato el propósito de Eurípides de pintar hostil­mente la desenfrenada estupidez de una asamblea popular de su tiempo.

Electra ex­presa en su canto la desesperación. Parece no haber ya salvación para los hermanos. En este punto interviene Pílades y propone matar a Helena, que está escondida en la casa. No será delito el matar a una mujer deshonesta causa de tantas desgracias.

Y ahora Electra ve surgir de improviso, del nuevo delito, una posibilidad de salvación para todos. Ella sabe que Hermione deberá dentro de poco regresar de la tumba de Clitemnestra. Que Orestes se apodere de la muchacha y, si Menelao quiere vindicar a Helena, amenace con matarla.

Los tres im­ploran ayuda y buen éxito de Agamenón, por quien han matado y padecido. Electra y el coro, que es favorable a ella, se ponen al acecho para esperar a Hermione. En tanto en el interior de la casa se oyen los gritos de Helena, que pide socorro.

Llega Her­mione y, después de unas pocas palabras engañadoras de Electra, es apresada por Orestes y Pílades que la arrastran a la casa. Mientras, el coro, incitado por Electra, in­tenta cubrir con la danza y el canto los gemidos que llegan del interior del palacio, llega un esclavo frigio, y cuenta con bárbaro exceso de gritos y gemidos, que Orestes y Pílades han entrado en la casa, en actitud de suplicantes han alejado a los criados y después se han arrojado encima de Helena para matarla, pero ella ha desaparecido mis­teriosamente de sus manos.

El criado ha salido precipitadamente de la casa loco de miedo. Le persigue Orestes, le obliga a callarse, y le arrastra dentro. Al poco rato se levanta una humareda de la cúspide del pa­lacio. Orestes y Pílades han preparado antor­chas para prender fuego a la casa y han subido al techo llevándose a Hermione.

Llega Menelao amenazando venganza por la muerte de Helena, pero se ve obligado a permane­cer fuera de la casa, que está cerrada por dentro. Orestes desde lo alto del techo lo amenaza con degollar a Hermione y pegar fuego a la casa si no persuade a los argivos a absolverlo y aceptarlo de nuevo como rey.

Cada vez más invadido de una furia de des­trucción, Orestes da orden, rompiendo toda tregua, de incendiar el techo. Pero he aquí al «deus ex machina» (v.) que resuelve el conflicto. Aparece Apolo y revela que Hele­na ha sido salvada de la muerte y ele­vada entre los dioses. Que Menelao obedezca a Orestes y lo salve.

Que Orestes se vaya a Atenas a purificarse y vuelva luego para recuperar su dignidad de rey para unir­se en matrimonio con Hermione. Según la orden de Apolo, se hacen las paces. El dra­ma es, desde el punto de vista de la inter­pretación moral del mito, el más extraño y desconcertante quizás que Eurípides es­cribiera.

El poeta indudablemente rechaza como abominable, en cualquier caso, el matricidio y condena una religión que llega a admitir su necesidad. Pero no se con­cilia con esta idea segura suya el hecho de que en la asamblea popular que juzga a Orestes, su más encarnizado acusador sea un demagogo despreciable, y lo defienda y lo alabe el único hombre de juicio y de vir­tud.

La verdad es probablemente que mitos como éstos han perdido de tal modo signi­ficado para Eurípides, que él ya no los dis­cute seriamente, aunque el conflicto dé opi­niones que despiertan y excitan como siem­pre su ingenio, y algunas de estas opiniones coincidan con la suya. Tales mitos son para Eurípides causas juzgadas, y por esto valen sólo como hipótesis, como puntos de par­tida para el juego dramático y dialéctico, por el contraste entre las figuras que él pinta con el más desconsolado y resuelto pesimismo.

«Fuera de Pílades, todos son malos», observa ya un crítico antiguo y nosotros no estaríamos dispuestos a hacer siquiera esta excepción. Esta actitud permite represen­taciones agudas, vivas, interesantes y bien construidas escénicamente, pero permanece exterior y no permite adhesión al sufrimien­to de los personajes por sí mismos.

Sólo en las primeras escenas, la enfermedad de Orestes y el dolor de Electra, esta adhesión es alcanzada en una poesía bella y triste; pero cualquiera comprende que esas escenas se desprenden del resto del drama y no al­canzan un mínimo de fusión con él. [Trad. española de Eduardo Mier y Barbery en Obras completas, tomo I (Madrid, 1909)].

A. Setti

Orendel, Anónimo

Poema alemán compuesto en torno al 1187, o sea después de la caída de Jerusalén en manos de Saladino, de autor desconocido, tal vez un eclesiástico, y per­teneciente a la serie de los «poemas de ju­glares» (poemas de «spielmann»), que fue­ron compuestos por eclesiásticos o caballeros y que, por estar destinados a la recitación de juglares, eran algo groseros y exa­gerados.

En el Orendel los versos de cua­tro pies no tienen medida rígidamente al­ternada ni rima pura. Al igual que en otros poemas del género, como Oswald, Rey Rogério (v.), Salman y Morolf (v.), hay también en el Orendel el tema principal de una ex­pedición a Tierra Santa que da ocasión a numerosas aventuras de viaje.

El rey Oren­del (v.) naufraga con su nave y se pone al servicio del pescador Ises. Con su trabajo logra procurarse una «túnica gris», por lo que desde entonces es designado también con el nombre de «túnica gris». Este ves­tido está formado con el manto inconsútil de Cristo y, pasando por peligrosas vicisi­tudes, debe ser llevado a Tréveris.

Orendel halla tiempo también para enamorar a la bella Bride que, según las repeticiones habituales en esta épica, es varias veces rap­tada y liberada. Al fin Orendel llega a ser rey de Jerusalén; su mujer Bride en­tiende de guerra y de armas y ayuda a su esposo devotamente. Cuando todos los peli­gros han sido superados, Dios manda llevar por un ángel a los dos cónyuges la orden de observar castidad.

Entonces Orendel y Bride, resignados, siguen la voluntad de Dios consagrándose a la vida religiosa. Junto al relato de las aventuras de estos dos devotos héroes, ornada de toda suerte de milagros (María y los Arcángeles intervienen siem­pre en la acción con su ayuda), se muestra claramente en el Orendel el intento reli­gioso de restablecer el crédito de las reli­quias de Tréveris en competencia con las de Estrasburgo y Maguncia. Con el gigante nórdico Aurvandill nuestro héroe sólo tiene en común el nombre.

M. Pensa

El Orden Natural y Esencial de las Sociedades Políticas, Mercier de la Rivière

[L’ordre naturel et essentiel des sociétés politiques]. Obra publicada en 1767 por Mercier de la Rivière (1721-1793). Teoriza acerca de la doctrina política y económica del doctor François Quesnay.

El orden natural de las sociedades políticas está fundado sobre la propiedad privada, base y garantía de la se­guridad y de la libertad de cada cual. Las leyes positivas no tienen nada que aña­dir a las naturales; la función de las pri­meras consiste en declarar y hacer explí­cito el dictado de las segundas, que, por lo demás, se muestra evidente para quien se detiene a considerar a la luz de la razón los principios de justicia según los cuales la divinidad ha ordenado el universo.

El interés personal desenvolviéndose en liber­tad, multiplica la producción e imprime a la sociedad un movimiento hacia las mejores condiciones posibles. El orden positivo debe realizar una libertad semejante potencia- dora del interés personal, no obstaculizando con arbitrarias trabas, la riqueza, ni tam­poco en el terreno fiscal, el impulso que deriva de la benéfica prosecución del pro­pio interés.

Para que el orden positivo coin­cida con el natural es suficiente un déspota ilustrado que, como ministro e imagen de la divinidad, traduzca en acto los designios de ella desarrollando su actividad de único legislador. El soberano participará en los frutos de la producción, gratuitamente do­nados por la Naturaleza, percibiendo un impuesto único sobre la tierra.

La obra de Mercier de la Rivière facilitó la difusión de la doctrina fisiocrática; proporcionó al autor la invitación a la corte de Catalina de Rusia’; pero al acentuar las simpatías de la escuela por el despotismo ilustrado, au­mentó las sospechas que contra los seguido­res de Quesnay alimentaban los enciclope­distas y sus partidarios.

A. Fanfani

Orden, Aurelius Augustinus

[De Ordine]. Disputa filo­sófica de carácter académico de Aurelius Augustinus (San Agustín, 354-430), com­puesta en el retiro de Cassiciacum hacia fines del 386 e impresa por primera vez en Basilea en 1489-1495.

El tema discutido en­tre Agustín y sus amigos Trigecio, Licencia y Alipio, con la participación de su madre Mónica y de su hermano Navigio, fue el magno problema de «si en el orden de la Divina Providencia entran todos los bienes, y los males». El relato de ella en dos libros va dedicado a Cenobia.

Se llega en el pri­mer libro a la conclusión de que, desde el momento en que todas las cosas están regi­das por la Divina Providencia, y no ocurre nada sin una causa, nada está fuera del orden (ni el mal, porque está plenamente en el orden que Dios lo deteste, y que ame el bien) y que el orden conduce a Dios.

La definición del orden, en el segundo libro, conduce a dos discusiones; la una se re­suelve en varias cuestiones: cómo está con Dios el sabio que se conoce a sí mismo y conoce las cosas, y por lo tanto a Dios; si también las acciones perversas humanas entran en la ordenación divina (en la dis­cusión de la cual se encuentra el conocido pasaje: «aufer meretrices de rebus humanis, turbaveris omnia libidinibus»); si el mal toma su origen del orden divino, o fuera de él («la vida de los necios, aunque en ellos inconstante no ordenada en modo alguno, es reconducida al orden por la Di­vina Providencia» y ésta la hace contribuir al ornamento del universo).

Santa Mónica concluye de este modo: «Yo no creo que haya podido producirse cosa alguna fuera de la ordenación divina, porque el mal mis­mo no ha nacido por orden de Dios; pero la justicia divina (demostrada en la discu­sión como anterior a la existencia del mal) no toleró que permaneciese desordenado, y lo volvió y redujo al orden debido». La se­gunda, que más que discusión es exposición didáctica y exhortativa de San Agustín a sus jóvenes oyentes, se abre con una noble preceptiva ética, como norma de vida para la juventud — aunque no sale del cuadro del estoicismo — y continúa con un completo programa didáctico; siempre por debajo del denominador común del «serva ordinem et ordo servabit te».

En distintos capítulos, San Agustín da preceptos acerca del estudio de la gramática, de la didáctica y la retó­rica, la poesía y la música, la geometría y la astronomía. Sólo las disciplinas liberales nos permitirán resolver o iluminar numero­sas cuestiones acerca de las cosas materiales y de la génesis del mal moral, y por qué Dios creó un mundo en el que se introdujo el mal: nos ayudarán a conocer nuestra alma, pero no al sumo Dios, que es mejor conocido ignorado.

E investiga de qué modo el alma llega al conocimiento de sí y de su propia unidad; y por qué ella supera a los animales brutos, y cómo se eleva a la visión de Dios. La discusión tiene amplios parénte­sis de escenas familiares, de incidentes joco­sos, de vivaces movimientos: retrato perfecto de vida académica y familiar al mismo tiem­po.

El genio de San Agustín, frío y minucio­samente analítico hasta la sutileza sofística, y al mismo tiempo apasionado investigador de la verdad con todas las fibras del alma, aquí se muestra velado siempre por la pre­ocupación retórica y académica, no purifi­cado todavía y refinado por una madura conciencia religiosa, por una pasión vigo­rosa por los problemas que interesarán a sus responsabilidades oficiales de sacerdote y de obispo.

G. Pioli

Ordenación de los Estudios de la Compañía de Jesús, Claudio Acquaviva

[Ratio ai que Institutio studiorum Societatis Jesu]. Es la carta escolar pedagógica de la Compañía de Jesús.

Fue publicada en Nápoles en 1598 con este título; pero fue precedida por otras dos relaciones, una de 1585 y otra de 1591, esto es, de la redacción originaria propuesta por el general Claudio Acquaviva (1543-1598) y de la aumentada con las adiciones y mo­dificaciones de las diversas provincias de la orden.

Este código ha permanecido inmu­table en su espíritu fundamental a pesar de las modificaciones aportadas a las ordena­ciones escolares en los diversos países si­guiendo el progreso de los tiempos. La Ra­tio es, a la vez, un código pedagógico y un plan de estudios.

En treinta capítulos con­tiene las normas prácticas, es decir, las «Reglas» para los superiores, para los profe­sores y para los alumnos. Comienza con las reglas del «Provincial», del cual dependen los colegios de una provincia de la orden.

Siguen las reglas del «Rector» de cada co­legio; después las del «Prefecto de los estu­dios» que preside los cursos superiores. Vie­nen después las reglas de los Profesores: primero, las comunes a todos los profesores de las facultades superiores; luego las pro­pias de cada disciplina.

De aquí se pasa a los estudios inferiores; y se dan las reglas, primero para el prefecto de los estudios in­feriores y después para los profesores, de modo análogo al de los cursos superiores; en primer lugar las reglas comunes a todos, y después las reglas para los profesores de las disciplinas particulares.

Después hay re­glas para los «Exámenes finales», las «Opo­siciones» y los «Premios». Los últimos diez capítulos contienen reglas para los «Esco­lásticos» de la Compañía, después para los’ que repiten privadamente la teología du­rante un bienio; a continuación para el ayu­dante del maestro y para los alumnos exter­nos de la Compañía; y finalmente, las reglas de la Academia en sus diversas formas, o sea de las reuniones de estudiosos que se proponen ejercicios especiales referentes a los estudios.

En la redacción de estas reglas se ha configurado también la ordenación de los estudios. Consta de tres cursos: el «hu­manístico», el «filosófico» y el «teológico». El curso humanístico, llamado también de «estudios inferiores», comprende cinco cla­ses: «Gramática elemental», «Gramática me­dia», «Gramática superior», «Humanidades» y «Retórica».

La principal característica del ‘ curso humanístico está constituida por la enseñanza del latín y del griego que se ex­tiende a todas las clases; desde la primera hasta la quinta, llamada retórica, porque tiende a formar la perfecta elocuencia, prin­cipalmente en la oratoria.

El curso filosófico se desarrolla en tres años, de la siguiente forma: primer año: lógica e introducción a la física; segundo año: física y matemá­tica de Euclides; tercer año: psicología, metafísica y filosofía moral.

Finalmente, el curso teológico se desarrolla en cuatro años. Para cada uno de estos cursos hay minu­ciosas prescripciones referentes al desen­volvimiento del programa, año por año, el procedimiento de las lecciones, el modo de darlas los alumnos, los deberes escritos, las discusiones mensuales, los exámenes, las promociones y los premios.

La ordenación escolar de la Ratio está conforme con el espíritu de la época en lo que se refiere al curso humanístico, y para los estudios superiores es fruto, ya de la inspiración personal del fundador de la Compañía, Ig­nacio de Loyola, y de sus experiencias en la Universidad de París, ya de las experiencias y estudios de otros autorizados miembros de la Orden.

En cuanto al espíritu peda­gógico de la Ratio es innegable la influencia de las corrientes de pensamiento educativo y didáctico que informaron el siglo XVI e irradiaron desde los principales centros de* cultura europeos, especialmente de la Uni­versidad de París.

Pero también se advierte una línea constructiva que de las clases de los estudios inferiores llega hasta los supe­riores, sin disiparse nunca en los pormeno­res, con una continuidad de diseño y una clara visión de conjunto, que atestiguan una madura conciencia pedagógica depurada en profunda reflexión. Su ideal pedagógico, por otra parte, se muestra algo forzado dentro de contornos demasiado rígidos de un sis­tema solidificado en reglas perentorias.

Pero hay que tener presente que la Ratio mira sólo a la Compañía de Jesús y por lo tanto, no se refiere a la educación del género hu­mano. El haber resistido al flujo del tiem­po, contemporizando con las exigencias so­ciales de los diversos países, muestra que la Ratio se basa en ciertas intenciones funda­mentales del proceso educativo, que el pro­greso pedagógico no ha cancelado, sino acla­rado y desarrollado en su perenne dialéc­tica.

M. Maresca