Origen e Historia de los Romanos, Jordanes

[De summa temporum vel origine actibusque gentis Romanae]. Compendio de his­toria compuesto por el escritor godo Jordanes (siglo VI), autor del Origen e histo­ria de los getas (v.), en 551-552, y dedicado al papa Virgilio.

Comprende las genealogías desde Adán a Abraham, de los reyes asirios, de los medas, de los persas, de los Tolomeos hasta Cleopatra, y luego, con mayor abun­dancia de detalles, la historia de Roma des­de sus orígenes hasta Justiniano. Al desva­necerse, con la muerte de Germano, so­brino de Justiniano, emparentados con la familia de Teodorico, su esperanza de re­nacimiento de la dinastía goda de los Ama­les, Jordanes casi identifica en esta obra la historia de Roma con la historia univer­sal.

No hallamos en ella ninguna unidad de pensamiento, sino trozos sueltos, tomados de fuentes diversas (Eusebio, San Jerónimo, Floro, Eutropio, Orosio, Festo, Marcelino Comes, etc., y para su parte más reciente, su propia obra Origen e historia de los getas.

Como todas estas obras han llegado hasta nosotros, el Origen de los romanos no tiene siquiera el valor de documento histórico, que se reconoce en cambio al Origen e historia de los getas. Con todo, gozó de gran notoriedad en la Edad Media y bebieron en ellas muchos historiadores, como Pablo Diácono y Otón de Frisinga.

C. Schick

El Origen de la Familia, de la Pro¬piedad Privada y del Estado, Friedrich Engels

[Der Ursprung der Familie, des Privateigentums und des Staats], Publicada en 1884 por Friedrich Engels (1820-1895), esta obra traza una visión de conjunto de la evolu­ción de las sociedades humanas.

Engels in­serta aquí una serie de observaciones inédi­tas de Karl Marx y basa su generalización en un. cotejo entre las ideas fundamentales del Capital (v.) y las investigaciones de un cierto número de sociólogos, principalmente las del americano Morgan.

Combatiendo las teorías tradicionales, según las cuales la familia monógama moderna, la propiedad privada y el Estado son las formas perma­nentes de la existencia social, Engels las estudia como resultados históricos en rela­ción con la evolución de los datos de pro­ducción. Se manifiesta principalmente con­tra la teoría que hace de la familia monó­gama el núcleo primitivo en torno al cual la sociedad y el Estado debieron ir crista­lizando poco a poco.

¿Cuáles son las prin­cipales etapas mencionadas por Engels? En primer lugar, partiendo de la sociedad comunista primitiva, el momento en que el crecimiento de la producción exigió unas nuevas fuerzas de trabajo y provocó la transformación de los prisioneros de guerra en esclavos. «De la primera gran división social del trabajo», escribe Engels, «nació la primera gran escisión de la sociedad en dos clases: señores y esclavos, explotadores y explotados».

Cuando los oficios se separa­ron de la agricultura ocurrió la segunda gran división del trabajo, que hizo de la esclavitud un elemento esencial del sistema social. Apareció después la producción para la venta, es decir, la producción directa para el intercambio, y muy pronto la mo­neda metálica, es decir, la «mercancía de las mercancías».

Junto a la división entre hom­bres ricos y esclavos apareció la división entre ricos y pobres: quedó establecida la primera base para la institución de la reale­za y la nobleza hereditaria. Más tarde, una nueva clase hizo su aparición — los merca­deres — y muy pronto esta nueva aristo­cracia del dinero rechazó a la vieja nobleza de raza, antes de dominarla.

Las relaciones sexuales evolucionaron asimismo en el cua­dro de esta transformación general de la sociedad. Tras la ruina de la filiación ma­ternal y la aparición del patriarcado (esta «gran defección histórica del sexo femeni­no», como dice Engels), la mujer no tiene más que una condición por debajo de su si­tuación anterior.

La «familia», fundada so­bre la base del cultivo del suelo, se caracte­riza por el poder paternal y la incorporación de los esclavos. Tal es el caso de la familia monógama griega (pero, como observa En­gels, monógama tan sólo para la mujer); es «la primera forma de familia fundada sobre las condiciones no naturales sino eco­nómicas, a saber: el triunfo de la propiedad individual sobre el comunismo espontáneo primitivo».

Y así, esta forma de la familia, lejos de ser la base de la sociedad primitiva, es uno de los elementos de disgregación, pues disocia la «gens». Constituye asimismo la aparición de una clase privilegiada que se reserva hereditariamente las funciones concedidas a los elegidos de la «gens» y forma la base del nacimiento y desarrollo del Estado como fuerza especial de coacción.

Con la aparición del intercambio, los pro­ductores pierden el control de sus productos, que se transforman en mercancía. El Estado recluta una fuerza armada a su servicio, al principio entre los esclavos.

Luego, al acusarse cada vez más la división del tra­bajo y producirse la invasión brutal del dinero, la multiplicación de esclavos y ex­tranjeros o «metecos» (que no pertenecen a ninguna comunidad tradicional que se funde sobre la filiación), con la transforma­ción de la propiedad de hacienda en valor de comercio, la usura, los impuestos, el crecimiento del aparato administrativo y la repartición territorial de los hombres, es el Estado de clase lo que se manifiesta en la historia.

De este modo, según Engels, tanto la propiedad privada y el Estado como la familia monógama de tipo occidental tradicional, aparecieron en un momento determinado de la historia humana y deben, por lo tanto, desaparecer en el instante mismo en que desaparezcan las causas que presidieron su nacimiento. Engels observa sobre todo que «la libertad de la mujer… exige la supresión de la familia individual como unidad económica».

Estigmatiza el autor esta estructura social que «se funda sobre la esclavitud doméstica, declarada o disimulada, de la mujer». Evoca la fase superior del comunismo, en la que el amor individual moderno, desconocido anterior­mente, encontrará su plena satisfacción.

Así, con la propiedad privada, desaparece­rán las formas de la familia basadas en la explotación y la opresión, y también el Estado, ese monstruo tiránico: «La sociedad que», escribe Engels, «reorganice la produc­ción sobre las bases de una asociación libre y equitativa de los productores, desplazará la compleja máquina del Estado al lugar que desde ese instante le corresponderá para siempre: a un museo de antigüedades, junto al torno y al hacha de bronce».

Origen de las Plantas Cultivadas, Alphonse-Louis-Pierre-Pyramus de Candolle

[Origine des plantes cultivées]. Con­junto de documentos de carácter monográ­fico, publicado en París en 1883, por Alphonse-Louis-Pierre-Pyramus de Candolle (1806-1893) sobre el origen de las especies vegetales cultivadas, esto es, sobre el centro geográfico de formación, con una investi­gación de los primeros tiempos de su cul­tivo, y de los principales hechos relativos a su dispersión y difusión.

La obra está di­vidida en cuatro partes. En la primera se hallan las noticias generales y los métodos usados para descubrir o comprobar el ori­gen de las plantas. Estos métodos consisten en pruebas y deducciones de carácter botá­nico, arqueológico, paleontológico, histórico y lingüístico, diversamente comparados unos con otros.

La segunda parte se refiere al estudio de cada una de las especies dividi­das según la utilización que el hombre hace de sus órganos: plantas cultivadas por sus tubérculos, por su madera, por sus hojas, etcétera. En total el autor nos da noticia de cerca de trescientas especies.

La tercera parte es un breve resumen con indicaciones analíticas sobre las variaciones del número total de plantas cultivadas durante las va­rias épocas de la civilización humana. Este volumen tiene carácter compilador, estadís­tico y fitogeográfico.

E. Baldacci

Sobre el Origen de las Especies Por Medio de la Selección Natural o La Conservación de las Razas más Favorecidas en la Lucha Por la Existencia, Charles Darwin

[On the origin of species by means of natural selection, or the preservation of favoured races in the struggle for Life]. Obra del biólogo inglés Charles Darwin (1809-1882), publicada en 1859, y traducida a todas las len­guas.

Ha influido sobre todo en el progreso de las ciencias biológicas, permitiendo a la teoría del evolucionismo, esto es, de la des­cendencia de toda especie a partir de otras menos evolucionadas, sustituir a la teoría creacionista, de la que Cuvier había sido el último defensor.

El autor parte del estu­dio de la variabilidad de la especie ya en estado doméstico, ya en estado de naturaleza, y del conocimiento empírico de esta variabilidad se eleva a investigar sus cau­sas. Define el concepto de lucha por la existencia, que tiene significado muy am­plio, dando de él una casuística explicativa y, posteriormente, el de selección natural, entendiendo con esto el fenómeno por el cual se obtiene la conservación de las va­riaciones favorables y la eliminación de las desviaciones nocivas, por muerte o supe­ración de los individuos dotados de tales características.

Esta selección es incons­ciente y determinada por muchos factores, a los cuales se debe precisamente la suso­dicha variabilidad de los organismos vi­vientes. Con la selección natural actúa la «elección sexual», esto es, la preferencia obtenida por los machos más fuertes o más bellos en su emparejamiento. Darwin enu­mera después las leyes de las variaciones y las dificultades que se encuentran en ad­mitir la teoría de la evolución por selección natural.

Pasa revista después a los instin­tos en relación con su evolución, y concede amplio desarrollo al hibridismo en relación a lo que entonces se conocía acerca de éste. Dedica varios capítulos a los estudios geológicos y paleontológicos y a la distri­bución geográfica de los organismos en cuanto pueden servir de ayuda o de crítica para su teoría.

Finalmente trata de la cla­sificación y de las afinidades entre seres vivientes, y resume después los puntos prin­cipales de su tratado. La teoría de Darwin tiene de común con la teoría evolucionista de Lamarck solamente la comprobación del transformismo de las especies animales y vegetales, al paso que se diferencia pro­fundamente de ella en la investigación y atribución de las causas.

En efecto, mien­tras para Lamarck predominan los factores externos o ambientales, para Darwin predominan los factores internos del organismo. Se puede decir — queriendo llegar a una conclusión valorativa acerca de esta obra — que la identificación de esos agentes inte­riores no es válida; con todo, la ciencia moderna ha progresado por este camino más que por el indicado por Lamarck, por­que en los factores internos halla lugar el patrimonio hereditario, modernamente en­tendido como sistema de elementos corpus­culares capaces de modificación.

Darwin, poco inclinado a las generalizaciones, se pasó la vida en la investigación de los hechos, y sólo después de un atento y rigu­roso examen de ellos formuló conclusiones teóricas. Por esto su obra no se ha derrum­bado, aunque muchos entre los modernos científicos no aceptan la explicación por él formulada acerca de las causas de la varia­bilidad (selección natural, elección sexual). [Trad. española de Enrique Godínez (Ma­drid, 1877) varias veces reimpresa, primera publicada en España con autorización ex­presa del autor. Posteriormente es preciso mencionar la versión de A. López White (Valencia, 1903), y superior a ésta, la de Antonio de Zulueta (Madrid, 1921)].

E. Baldacci

¡Es la obra de un genio, es una síntesis atrevidísima de hechos que hasta hoy ha­bían permanecido aislados e incomprendidos! (Mantegazza)

Orgullo y Prejuicio, Jane Austen

[Pride and Prejudice]. Novela de la escritora inglesa Jane Austen (1775-1817), publicada anónima en 1813. Un joven muy rico, Carlos Bingley, alquila una posesión en Hertfordshire, po­niendo en gran agitación a todas las fami­lias de la vecindad, que ven en él un exce­lente partido para sus hijas.

Bingley se enamora, en efecto, de Juana, la mayor de las cinco hermanas Bennet. Pero la familia de Juana es de condición modesta y sus medios son harto escasos; además, la se­ñora Bennet, con sus maneras vulgares y su falta de tacto, deja en mal lugar a sus hijas.

Las dos hermanas de Bingley, apoya­das por el amigo íntimo de éste, Fitz- William Darcy, para alejarlo de Juana le aseguran que la joven no comparte su afecto, y le convencen de que se aleje acto seguido de aquel país. Entretanto, Darcy, a pesar de su orgullo y de sus prejuicios, comienza a experimentar una viva simpatía por la hermana de Juana, Isabel, y pide su mano, aunque sin ocultar el sacrificio de su orgullo que aquella declaración le cuesta.

Isabel, indignada, le rechaza. Cuando, des­pués, se encuentran de nuevo, en el norte de Inglaterra, por donde Isabel viaja con sus tíos, Darcy hace cuanto puede por de­mostrarle que ha comprendido lo absurdo de sus pasados prejuicios y de su vano orgullo, y cuando Lidia, una de las herma­nas menores de Isabel, huye con Jorge Wickham, joven y simpático oficial, aunque de sentimientos poco rectos, Darcy logra seguir la pista a los fugitivos, obliga al joven a casarse con Lidia y se preocupa de su porvenir.

Mientras tanto Bingley y Juana se prometen; poco después Darcy e Isabel, a pesar de la oposición de la orgullosa tía del joven, lady Catalina de Bourgh, siguen su ejemplo. Las novelas de Jane Austen han sido justamente llamadas «novelas de la vida doméstica».

Los acontecimientos tienen en ellas relativa importancia; su ver­dadero interés se centra en el estudio de los caracteres, de los cuales la autora, guiada por segura intuición, revela las debilidades, las pequeñas miserias, la vanidad, con una serena indulgencia que atenúa su sátira pe­netrante. Orgullo y prejuicio es una de las primeras novelas de Jane Austen.

Comen­zada en 1796, fue ofrecida, con el título de First Impressions, a un editor de Landres, que la rechazó. Ésta es la novela más po­pular de su autora, considerada por la mayor parte de los críticos como su obra maestra. En ella todos los elementos del arte equilibrado y sobrio de la escritora alcanzan su mejor expresión.

El cuadro de la vida provinciana inglesa, con sus enco­nadas rivalidades, sus habladurías, sus mezquindades, es perfecto. La obra debe gran parte de su popularidad al brío y a la penetración con que son delineados algunos personajes cómicos, como el ame­nísimo pastor Collins, uno de los más céle­bres figurones de la literatura inglesa y en el cual el orgullo llega hasta el más ingenuo candor, o la pobre Mrs. Bennet, preocupada constantemente por sus nervios y por colocar bien a sus hijas.

Figuras trazadas con pocos y sencillos rasgos, pero tan eficaces que alcanzan un relieve que las hace inolvidables. [Trad. española de José J. de Urríes y Azara (Madrid. 1924)]. S. Rosati

Jane Austen es, en su género, tan pode­rosa como Walter Scott en el suyo. Pero ella, en los resultados prácticos, no es nunca débil dentro de su género, y Scott lo es muy a menudo. (Chesterton)

Su sátira figura entre las más coherentes de toda la literatura. (V. Woolf)