La Otra Nanetta, Fausto Maria Martini

[L’altra Nanetta]. Drama en tres actos del escritor italiano Fausto Maria Martini (1886-1931), estrenado en 1923.

Nanetta, seducida por Paolo y aban­donada con un hijo, ha podido reconstruir su vida junto a Giacomo Barzi, escritor, a quien, no por orgullo de mujer, sino por piedad de amante calla su pasado, confiando el niño a su hermana María, esposa y ma­dre feliz en un pueblo de Umbría.

Junto al espíritu selecto y profundo de Giacomo y por la conciencia de su propia inferiori­dad después de la culpa, se ha hecho hu­milde y devota: su vida está dedicada por completo al hombre que la ha salvado, ins­pirador de todos sus sueños. Pero esta mi­sión no es comprendida por los demás, que sólo ven en ella la víctima del egoísmo del intelectual y no aprueban su renuncia a la vida real.

La conciencia de la culpa la sume en un estado de continua exaltación y ambigüedad; de modo que, cuando Gia­como al escuchar de sus labios una expre­sión profunda, intuye sin conocerla la vida de su mujer y se dispone a crear sobre ella una figura artística a la que llama Nanetta («la otra Nanetta»), ésta quiere saber qué conclusión daría el escritor al drama de la pobre mujer, en el caso de que la nueva felicidad estuviese amenazada por el otro hombre, si volviera para verla de nuevo, amenazándola con revelárselo todo al ma­rido: pues ésta es precisamente la situación real en que se encuentra la Nanetta au­téntica, advertida por su hermana María del designio de Paolo.

Y cuando Giacomo opi­na, como artista, que ella debería defender su amor matándole, la mujer se desespera, porque se siente mucho más débil que la Nanetta ideal del drama. Como el peligro está precisamente ahí, a la puerta de su casa, y no se puede conjurar ni alejar, ella emplea el arma para suicidarse.

El drama alcanza en el último acto una atmósfera vibrante, mientras en los dos primeros el autor se ha desviado algo entreteniéndose en la intimidad y fuerza del arte, que es capaz de sobreponerse a la realidad mate­rial, creando una realidad nueva y per­fecta. La delicada y un tanto endeble vena de Martini tuvo que soportar el choque del victorioso experimento del texto pirandeliano con el «crepuscularismo».

G. Marzot

Otra Vez Obermann, Matthew Amold

[Obermann once more]. Poema corto inglés de Matthew Amold (1822-1883), inspirado en el Ober­mann (v.) de Sénancour y publicado en 1867.

El metro es el de balada con estrofas de cuatro versos y rima alterna. El poeta está en los Alpes suizos cuando se le apa­rece el espíritu de Obermann (v.) o sea de Sénancour. El melancólico héroe le hace una especie de evocación de la historia del inquieto espíritu europeo: el mundo pagano, externamente espléndido pero con el cora­zón de piedra, sólo podía inspirarle aversión y disgusto.

Un profundo cansancio y la saciedad del placer hacían de la vida hu­mana un infierno. Oriente invitó cierto día al victorioso mundo occidental a buscar una bebida para extinguir su sed, a buscarla en el alma.

Y Occidente obedeció; veló sus águilas, depositó el cetro, destrozó las flau­tas, rasgó los libros y buscó la soledad. Y entre las ruinas sonrió a Jesús, aquel tierno muchacho, aquel hombre coronado de espi­nas, siempre próximo a quien le invocaba como salvador.

Luego, faltó la fe y Él mu­rió. Se invocó un huracán para refrescar el aire y el huracán (la Revolución fran­cesa) vino y pasó. Pero el mundo está hecho pedazos: muertos los viejos dogmas, los ri­tos, el mismo orden social.

Hay que abrigar alguna nueva esperanza o el hombre habrá de debatirse para siempre en las penas. Pero mientras tanto, mientras lo que era viejo ha perecido y lo nuevo no ha nacido aún, ¿quién puede sentirse contento en un mundo desamparado? Obermann huyó hacia los Al­pes, soñando en el porvenir, y la posteridad ha olvidado su nombre; pero él, el poeta que por comunidad de sentimientos le siente próximo, no debe desesperar como aquél desespera.

El sol ha salido y ya ha pasado el invierno. Millones de hombres, cuya vida estaba entristecida por el hielo, tienen pensamientos, sonrisas y lágrimas. Que concurra el poeta con su obra a reali­zar una ola común de pensamiento y de alegría que restablezca al género humano. La visión desaparece mientras el poeta ve surgir gloriosa la mañana.

Este breve poe­ma, inspirado por la ternura hacia un her­mano del espíritu, por el amor a la naturaleza, está lleno de aspiración sincera hacia un mundo mejor y de melancolía atempe­rada por la esperanza. Arnold revela aquí tal vez, más que en ninguna otra de sus poesías, su yo más íntimo.

E. di Seregni

Otoño, Mykola Chvylovyj

[Osin’]. Recopilación de novelas cortas del escritor ucraniano Mykola Chvylovyj (1893-1933), publicada en 1924.

Más que en la novela Becadas (v.), donde la tesis política se impone algunas veces sobre el resto, en esta recopilación son de notar la fuerza y la agudeza de la introspección psicológica, que adquiere una particular eficacia en la novelita «Yo, romántico» («Ja, romantyka»), la mejor del volumen, y que fue incluso reeditada aparte en el «Litera- turno Naukovyj Vistnyk» de Lvov, en 1926.

Es una impresionante confesión, en parte autobiográfica, de un «chequista» jefe del tribunal rojo en una ciudad amenazada por el ejército contrarrevolucionario. El «che- quista», vinculado a su deber de fanático depositario de la idea, no hace nada por salvar la vida a ninguno de los verdaderos o presuntos enemigos del régimen, incluida su propia madre.

Sin embargo, en su co­razón cerrado al remordimiento y lleno sólo de su ciega fe, empieza a hacerse sentir, cada vez más fuerte, el recuerdo de la ma­dre muerta, cuya imagen, sin que él mismo sepa cómo, se confunde con la de la Virgen, madre piadosa de todos, símbolo de los superados y odiados prejuicios, de modo que su corazón inexorable las une en una misma ternura.

El estado de ánimo del «entusiasta de la revolución», preso en el engranaje de la justicia roja y dominado por el amor dé la sencilla y luminosa humanidad de la madre que odia la torva máquina que apa­siona al hijo, está conseguido con atenta graduación y ductilidad de estilo.

Con igual medida se describe la pasividad con que el protagonista, imbuido de moral revolucionaria, exige el sacrificio de los afectos más caros en nombre de un abstracto vínculo de fraternidad y amor universal, llegando a condenar como delito el amor de la madre, a quien, como ejecutor de la ley, mata después de haberla abrazado por últi­ma vez.

En torno a esta trágica figura apa­rece una multitud de personajes que llevan marcadas las señales de un mundo loco y cruel. Así, el débil Andrés o Andrjusa, que se encuentra entre los «chequistas» por error y trata siempre de escapar al frente; el feroz tártaro Tagabat con sus carcajadas diabólicas, y el anónimo Degenerado, «guar­dián fiel de la revolución».

Y ninguno de ellos comprende cómo «se ha dividido en dos» el yo del presidente demasiado román­tico. Como las demás novelitas del volumen, inspiradas en su mayor parte en la resurrección de Ucrania, está escrita en el estilo imaginativo, resplandeciente, expresionista, propio de Chvylovyj, que hizo escuela en la Ucrania moderna. Otra de las novelas se llama Los cuatro sables.

E. Onatskyi

Otoño de la Edad Media, Jan Huizinga

[Herfstji der Middeleuwen]. Obra del historiador ho­landés Jan Huizinga (1872-1945), publicada en Haarlem en 1919 (3.a ed. 1928). Gran cuadro de su época, comparable al de Burckhardt sobre la Cultura del Renacimiento (v.).

Pero Huizinga se distingue notable­mente de Burckhardt en el método y en las conclusiones. En lugar de seguir la vía de la tradicional «Kulturgeschichte», la historia de la civilización concebida como un con­junto de historia del arte e historia del pen­samiento, de la ciencia y de la fe; el historiador holandés indaga estados de ánimo, motivos sentimentales, aspiraciones, sueños.

Como ha sido definida por un crítico ita­liano, Cario Antoni, la obra de Huizinga «más que un cuadro es una gran vidriera historiada, donde comparecen los reyes, los santos, los obispos, los príncipes y los caba­lleros, las damas y las beguinas, el burgués y el campesino».

Es «El otoño de la Edad Media» (más exactamente, «la hora otoñal», «Herfstji»), lo que Huizinga ha querido mos­trarnos, «lo que fue, en su último período de vida, la civilización medieval, semejante a un árbol completamente desarrollado y cargado de frutos demasiado maduros».

«Escribiendo estas páginas — continúa el autor — nuestra mirada se volvía hacia la profundidad de un cielo vesperal, un cielo rojo de sangre, abrumado de lívida oscuri­dad y lleno de una falsa luz cobriza».

Aun­que necesariamente está presente en el «oto­ño» la idea de decadencia, tiene más bien este concepto una acepción de «madurez», de la madurez sentida como el momento más expresivo de una individualidad, ya que precisamente al acabar una época apa­recen más visibles sus caracteres sobresa­lientes.

Los caracteres que suelen conside­rarse típicos de la Edad Media, el sentido de lo sobrenatural, del pecado, de la muer­te, el culto del honor caballeresco, aparecen, a dicha luz otoñal, purificados en una abs­tracción casi simbólica.

La Edad Media de los torneos y de las cabalgatas fastuosas, de la caballería y de las generosas empresas, cesa de ser una realidad histórica, en su ocaso, para convertirse en una abstracta forma ideal de vida, la imagen ideal que de sí misma quiere forjar una sociedad. El examen de Huizinga está dedicado al Du­cado de Borgoña en su siglo de oro, de mediados del XIV a mediados del XVI.

«La sociedad de Borgoña se me presentaba como un todo unitario, y creí posible tra­tarla como un período cultural tan com­plejo como pudo serlo el siglo XV italiano».

Nacido del hermoso gesto de un rey, que regala a su valiente hijo menor un Estado, patria del Toisón de Oro y de la etiqueta cortesana, patria del «completo caballero» en quien Huizinga ve el prototipo del «cortigiano» italiano, del «gentilhomme» fran­cés y del «gentleman» inglés, el ducado de Borgoña aparece como representativo del «otoño de la Edad Media».

Ninguno de los rasgos que Huizinga describe es exclusivo de la sociedad borgoñona: la Corte y la Comunidad, la nobleza y la burguesía, los ideales y las supersticiones, son comunes a la Europa de la época.

Pero en Borgoña adquieren un relieve y un colorido que en otras partes no tienen: aquel mundo parti­cular borgoñón se eleva a significado gene­ral, se eleva a símbolo, a tipo de una época y de una civilización. [Trad. de María de Meyere (Madrid, 1930)].

F. Valsecchi

La Otra Isla de John Bull, George Bernard Shaw

[John Bull’s other Island]. Comedia de George Bernard Shaw (1856-1950), escrita en 1904 y publicada en 1907.

Dos ingenieros, Broad­bent y Doyle, socios, tienen caracteres opuestos. El primero de ellos es un inglés vulgar, con un gran sentido práctico, lleno de ideas convencionales en cuanto a polí­tica y, sobre todo, con una gran confianza en sí mismo, el verdadero tipo de John Bull (v.). En cambio, Doyle, un irlandés, es un soñador descontento de serlo, que quisiera vivir en un lugar en el que los hechos no fuesen tan crudos y los sueños no fueran irreales.

Guarda un mal recuerdo de su ciudad natal, Rosskullen, así como de la ignorancia, de la beatería y de la mediocridad sin esperanzas que en ella reinan. Sin embargo, allí vive una mujer, Nora, que fue el sueño de su juventud y que todavía le espera; mas él, siendo como es irresoluto, no tiene ninguna intención de casarse con ella.

Precisamente en esos momentos los dos ingenieros deben trasla­darse a Rosskullen, por negocios, por cuenta de un sindicato que se propone realizar amplias empresas de construcción (edifica­ción de grandes hoteles, terrenos de juego, etcétera).

Allí, Broadbent, con su ruda se­guridad, logra ganarse las simpatías de la población, que, a pesar de tenerle por un ingenuo, piensa hipócritamente en valerse de él como representante en el Parlamento.

Incluso Nora, y a pesar de su sensibilidad, se deja vencer por la fuerza de Broadbent, y accede a casarse con él, aunque entre tanto él la utiliza como agente electoral; todos se olvidan por completo del pobre Doyle.

Alrededor de los personajes princi­pales queda representado satíricamente el ambiente de Irlanda, «la otra isla», de la cual el autor, que también era irlandés, se burla de sus falsas virtudes, su snobismo, sus prejuicios. Un carácter digno de aten­ción es el del Padre Keegan, a quien sus coterráneos tienen por loco.

Cuando se ha­llaba ejerciendo de misionero en la India aceptó algunas ideas de la filosofía hindú y, disgustado con el mundo en que vive, cree que esta tierra es un infierno en el que satisfacemos las culpas de anteriores vidas.

También en este caso lo grotesco y lo paradójico son utilizados por el autor, que alterna las escenas sentimentales con escenas de una comicidad que bordea la farsa. Al igual que en otras obras, Bernard Shaw antepone a la comedia, como si fuera una introducción, unas originales conside­raciones acerca del problema irlandés, con­sideraciones que desde el punto de vista político han perdido algo de actualidad; pero el contenido humano de este peque­ño drama conserva todo su valor. [Trad. de Julio Brouta (Madrid, s. a.)].

E. di C. Seregni