[De Patientia], Entre los escritos ascéticos de Quinto Septimio Florencio Tertuliano (siglos II-III), éste es, sin duda, uno de los más finos y más sugestivos. El gran apologista de Cartago lo dictó entre los años 200 y 203.
Se podría decir que lo ha dirigido contra sí mismo, y reconoce, desde las primeras frases, que él, «siempre ardiendo en las llamas de la impaciencia», era tal vez el menos indicado para tratar aquel tema. Pero inmediatamente después, él mismo añade que disertar acerca de las virtudes que no se poseen, celebrar las cualidades de que se está miserablemente desposeído, es una manera como otra cualquiera de consolarse, a semejanza de los enfermos «que, careciendo de salud, no se cansan nunca de exaltar las ventajas de la salud».
Como buen enfermo de impaciencia, Tertuliano ha ofrecido el mejor de los panegíricos de la paciencia, desplegando una vez más todo el virtuosismo de sus recursos dialécticos y apologéticos. Comienza, pues, demostrando cómo el encomio más válido de la virtud de la paciencia nos lo da Dios mismo, haciéndonos comprobar por todo el decurso épico de su Providencia y de su Revelación, cómo su naturaleza está, por decirlo así, concentrada en la longanimidad misericordiosa, que tolera el pecado y hace llover sobre los justos y sobre los injustos.
Volviendo a uno de sus temas predilectos, Tertuliano saca argumento de las pruebas de resignación que dan los hombres en muchas manifestaciones de su vida, para afirmar perentoriamente que el deber superior del cristiano consiste en mostrarse paciente en todas las desgracias de la vida, en todas las cargas de la convivencia asociada.
Dispuestos, observa, a someterse a tantas restricciones pesadas «¿nos negaremos a prestar oídos a los mandatos de Aquel del cual únicamente somos súbditos, del Señor?». Con ímpetu, familiar a su argumentación religiosa, constantemente fundada, sobre la contraposición de las dos esferas de valores entre las cuales nos vemos combatidos, la de los valores divinos y la de los pseudo- valores satánicos, Tertuliano señala en Satán el corifeo de los impacientes, es decir, de los recalcitrantes a la ley de Dios y del Evangelio, y mientras por una parte demuestra que toda culpa moral puede referirse a la categoría de la impaciencia, por otra viene a significar que todas las virtudes tienen su fundamento en la virtud de la paciencia.
La página casi conclusiva de este tratadito, en que Tertuliano parafrasea el memorable himno del amor, desarrollado por San Pablo en el capítulo XIII de la primera Epístola a los Corintios, demostrando que todas las» propiedades del amor se traducen en propiedades de la paciencia y equivalen a ellas, es una página de eficacísima y finísima elocuencia.
E. Buonaiuti
