Panatenaico, Isócrates

En 343 a. de C., a los noventa y cuatro años, Isócrates (436-338 a. de C.) comenzó a compo­ner este discurso, que había de estar prepa­rado para la celebración de las Grandes Panateneas (de ahí su título).

Pero al lle­gar a una tercera parte de su trabajo le atacó una grave enfermedad: su discurso no fue terminado hasta 339, no sin dudas y arrepentimientos de los cuales su propio au­tor nos informa. Y la venerable edad del retor (o filósofo como él mismo se llamaba) dejó su sello en toda la obra y en el estilo, no ciertamente límpido y armónico como en sus obras precedentes, ni en la composición, bastante confusa y vacilante.

Por lo demás, su mismo autor se queja varias veces de la dificultad que los años oponen a su trabajo: algunas señales de esto llegan a ser conmo­vedoras, como en el pasaje en que narra haberse visto obligado varias veces a que­mar su escrito, y haber desistido «por com­pasión a su propia vejez y al trabajo que le había costado».

Su discurso es prolijo y no carece de repeticiones; y con todo, per­manece, admirable, la frescura de espíritu en el atormentado anciano. Como en los demás de Isócrates, es del género epidíctico, y, como el Panegírico (v.) y el Filipo (v.), se ocupa en el problema político que apa­sionó toda la vida del autor: la restitución de la concordia entre los griegos, bajo la hegemonía de Atenas y la cruzada contra los persas.

Pero derrumbada ya la potencia política de Esparta con la derrota de Leuctra (371), la polémica de Isócrates contra los exaltadores de las instituciones espartanas es mucho más áspera que anteriormente y se extiende, entre muchas repeticiones, por toda la obra, atacando no sólo la historia de éstos, sino hasta el mito que, por lo de­más, para Isócrates como para todos los griegos era historia.

El único elogiado es Agamenón, jefe de la guerra contra el bár­baro; y junto a él es puesto el mítico rey de Atenas, Teseo. Éste es alabado en la segun­da parte, dedicada a justificar la política de Atenas comparada con la imperialista de Esparta.

La última parte, la más original y la más difícil de comprender, narra, sirvién­dose además de la forma dialogada, las dis­cusiones de Isócrates con sus discípulos a propósito de este discurso, la polémica con uno de ellos, admirador de Esparta, las du­das originadas en el escritor, y su solución.

La oscuridad de esta última parte, para mu­chos historiadores modernos, parece haber sido intencionada: Isócrates quería dar a entender que la salvación de Grecia había venido de aquel Filipo de Macedonia que con tan felices empresas había ganado para su propio país que entrase en el número de las potencias griegas, después de haber sido tenido por bárbaro: la paz de Filócrates (346) le hacía, efectivamente, árbitro de toda la Grecia.

Y Filipo, según Isócrates, debería tomar ejemplo de Agamenón y Teseo, imi­tándolos en el respeto por las libertades griegas y por la gloria de Atenas, y en su plan de guerra contra los bárbaros. Si ésta era verdaderamente la intención de Isócrates, no consiguió darle cuerpo claramente. La invitación a Filipo queda muy escon­dida detrás del entusiasta elogio de Atenas.

Al año siguiente de la publicación del dis­curso, en 338, la falange macedónica ani­quilaba en los campos de Queronea a los hoplitas de Atenas, la grandeza de ésta, y con ella los sueños del fatigado anciano.

A. Passerini

Panatenaico, Elio Aristides

Largo discurso de Elio Arístides, retor griego que floreció en la segunda mitad del siglo II, que con el Encomio de Roma (v.), figura entre las más célebres de sus cincuenta y cinco composiciones oratorias que han lle­gado hasta nosotros.

Después de haber ala­bado la posición geográfica y el clima de Atenas, el autor cuenta en tono de elevada exaltación su historia desde sus orígenes hasta la época de Queronea (algunas noti­cias que nos proporciona tienen cierta im­portancia histórica), imitando el modelo oratorio de Isócrates: con todo, como en el Encomio de Roma, no faltan en este dis­curso rasgos personales.

La oración está compuesta con ocasión y en alabanza del resurgir de Atenas favorecida por los empe­radores, y se enlaza con toda la tendencia aticista de la segunda sofística. En su estilo Arístides sigue los más célebres modelos áticos (se advierte en él la influencia de Isócrates, pero su ideal oratorio es Demóstenes) y alcanza en algunos pasajes una fuerza y una elegancia que justifican su fama entre sus coetáneos y entre la poste­ridad.

Su lenguaje es, para su tiempo, nota­blemente puro, hasta el punto de que más tarde su obra fue considerada como modelo de aticismo. El Panatenaico gozó de gran fama y fue leído y comentado en las escue­las hasta muy entrada la época bizantina.

C. Schick

El Pan Ajeno, Turguenev

[Nakhlébnik]. Comedia en dos actos de Turguenev (Ivan Sergeevič Turgenev, 1818-1883), publicada en 1848. «Todos nosotros hemos salido del Abrigo (v.) de Gogol», gustaba decir Dostoievski.

Sea verdad o no, esta obra en efecto tiene ese origen. Pintando las costumbres de la pequeña nobleza campesina, el autor evoca la historia de un viejo y pobre gentilhombre, llamado Kusovkin, reducido al triste papel de bufón, durante toda su vida, en casa de unos vecinos ricos, que le han ofrecido su hospitalidad.

La señora Korin, insultada por su marido, en un momento de extravío se entrega a Kusovkin. Una hija, Olga, nace después de la muerte de Korin. La comedia comienza con la llegada de Olga y el hom­bre que va a casarse con ella.

Kusovkin se siente feliz y emocionado; pero por des­gracia, un vecino necio y malvado le per­sigue durante toda la comida con sus bur­las groseras y humillantes. Le hace beber y se ríe de él. Humillado cruelmente, pierde la cabeza y revela los lazos que le unen a Olga. Retractándose a la mañana siguiente, choca con la desconfianza y desprecio del marido, que le toma por un timador y le ofrece una cantidad de dinero para que se marche.

El pobre hombre rehúsa el dinero. Entonces Olga, en una conversación dolo- rosa e infinitamente conmovedora, conoce de él la verdad. Ella le trata como padre y por amor a su hija, Kusovkin reitera su retractación ante todo el mundo, acepta el dinero y desaparece para siempre. El pan ajeno evoca en algunos momentos la angus­tia humana más extrema, sin que llegue, sin embargo, a caer en el melodrama.

La come­dia ofrece suficientes cualidades para figu­rar siempre en uno de los primeros lugares de la escena rusa.

El Pan-Americanismo y el Pan-Hispanismo, Elíseo Giberga

Discurso del cubano Elíseo Giberga (1854-1916), fechado el 13 de enero de 1916. Tiene un claro antecedente en un discurso pronunciado en la Casa de América de Barcelona, la noche del 24 de octubre de 1912, en un homenaje que se le rindió.

Un pasaje de este discurso de Gi­berga nos da la síntesis de una doctrina que es como una nueva fase del que pudié­ramos llamar el patriotismo «racial» de Giberga: «De la conservación del espíritu común y de la lengua común, que de él es efecto y manifestación, y a mantenerlo contribuye, ha de depender en gran parte el’ porvenir de la América latina.

Se enla­zan y completan, pues, el panamericanismo y el panhispanismo. Uno y otro en distintos campos y por distintos medios han de con­currir al vigor y grandeza de los pueblos que han fundado nuestra raza en su in­menso dominio americano y por tanto al vigor y grandeza de la raza considerada en conjunto, el uno manteniendo incólume la integridad y la independencia de aquéllos (los estados iberoamericanos), el otro con­servando la unidad espiritual por evitar la mayor disgregación y la consiguiente anu­lación de nuestros pueblos, y sin la cual no habría América.

Porque no sería América aquella en que triunfe y domine de modo exclusivo el espíritu anglosajón, y que sólo por él fuese inspirado y moldeado».

J. M.a Chacón y Calvo

El Panadero de Venecia, Francesco dall’Ongaro

[Il fomaretto di Venezia]. Drama histórico en cinco actos de Francesco dall’Ongaro (1808-1873). Fue representado por vez primera en 1855, con éxito extraordinario en el teatro Carignano de Turín, por la Compañía real sarda.

El tema lo ofrecieron las actas judiciales, venecianas de 1507, que registran una con­dena capital contra un muchacho panadero a quien erróneamente se creyó reo de homi­cidio; los detalles del asunto, sacados de la tradición popular que había guardado un, recuerdo del hecho, son pintados con vivos colores en un complejo juegos de pasiones, que tiene por fondo la Venecia oligárquica.

La escena comienza con el descubrimiento de un cadáver cerca de la vivienda del patricio Lorenzo Barbo, miembro del Con­sejo de los Diez. Se ignora el autor del de­lito, pero una desgraciada serie de coinci­dencias induce a la gente a acusar al joven Pietro, hijo de un panadero, quien nume­rosas veces había mostrado rencor respecto al muerto, Alvise Gnoso.

Éste era un don Juan harto conocido, quien, después de ha­ber atentado contra el honor de la hermana del joven panadero, ahora parecía acosar con insistencia a su prometida, Amelia, camarera de los Barbo. En realidad la muer­te ha sido cometida por el propio Lorenzo Barbo, el cual teniendo la certeza de una relación pecaminosa entre su mujer Clemenza y el muerto, a favor de las. tinieblas había vengado su honor.

Pero entretanto, durante los interrogatorios, las pruebas de la culpabilidad del joven panadero aparecen más evidentes todavía, por la torpe decla­ración de Amelia, que preocupada por no traicionar a su dueño, finge haber sido ella misma el motivo de las visitas nocturnas de Alvise en la casa de Barbo.

En espera de la sentencia el pobre Pietro, confiando que por fin triunfe la verdad, rechaza los medios que Lorenzo le ofrece para huir, en un compromiso entre el remordimiento de dejar que condenen a un inocente y el deseo de salvarse a sí mismo a la vez que la reputación de su familia; y tan sólo cuando en un breve coloquio con Clemenza comprende que su desaparición puede sal­var a la señora, consiente en disfrazarse y buscar un refugio lejos de su adorada Vene­cia.

Pero ya es tarde; vuelven a apresarlo y entre tormentos le es arrancada la falsa confesión. Lorenzo en un momento de tar­dío arrepentimiento pretende que el cole­gio de los Diez sea disuelto, y el proceso sufra un aplazamiento; la justicia, no obs­tante, no puede ya suspender su curso, y el panadero será condenado a muerte.

Cuando se haya hecho luz sobre el delito, el des­graciado padre no podrá sino exclamar: «Pero él murió. Jueces, ¿quién me lo de­vuelve?» El drama, inspirado por una emo­ción que mantiene todavía el calor po­pular, no carece de fuerza. La historia del joven panadero volverá a correr entre el pueblo y continuará divulgándose hasta nuestros días en numerosas redacciones anó­nimas, tendiendo siempre a convertirse en un aviso contra la injusticia social.

T. Momigliano