Es el más admirado de los discursos de Isócrates (436-338 a. de C.). Publicado en 380, no fue nunca pronunciado, pues su autor no tenía ni la fuerza física ni la moral necesarias para dominar a las muchedumbres.
Su discurso se supone pronunciado en una olímpica, es decir, ante los griegos que acudían a las solemnes celebraciones de Olimpia. Hacía seis años que se había pactado, por obra de Esparta, la paz de Antálcidas, según la cual el rey de Persia garantizaba la libertad de las ciudades griegas, mientras quedase reconocido su dominio en el Asia Menor.
Esparta había debido aceptarla para asegurar su predominio en Grecia; logrado con la victoria en la guerra del Peloponeso (431-404) y ahora amenazado por las victorias atenienses de Aliartos y Cnido (394). Isócrates, en cuya escuela hombres destinados a ser políticos o escritores de nota, aprendían con la retórica el amor a la libertad griega, sintió profundamente la humillación que aquella paz significaba para los griegos, y con su Panegírico se propone volverlos a la generosa política que había hecho grande a Grecia.
Pero la grandeza de Grecia se mostraba para Isócrates indisolublemente unida a la de Atenas, bajo cuya hegemonía los griegos habían vencido a los bárbaros, dueños ahora de sus libertades. La primera parte del discurso contiene una exaltación de los beneficios alcanzados por Atenas, la ciudad predilecta de Démeter, patrona del vivir civil, iniciadora de la colonización griega, inventora de las leyes, del comercio, de las artes, de la «filosofía», que «nos enseñó a obrar y a ser benignos con los demás»; por ella «el nombre de los griegos no es ya el de una estirpe, sino el de la civilización».
Además, desde los tiempos míticos de Adrasto, Atenas ha protegido a los débiles especialmente contra los bárbaros: lo demuestran las guerras persas, cuando todos los griegos se sometieron de buen grado a la hegemonía de Atenas. Isócrates pasa luego a justificar el imperialismo de Atenas, que aseguró la paz, la concordia y la gloria, hasta que la ambición de Esparta precipitó a Grecia en una serie de luchas.
La descripción de las desgracias presentes forma dramático contraste con la precedente celebración de la paz ateniense; pero el escritor vuelve a las muestras de alegría en la última parte de su discurso, cuando, exhortados los griegos a volver a los antiguos ideales, pinta la gloria y el provecho que obtendrán de una renovada cruzada contra el bárbaro.
Esta alocución es conmovedora: es el manifiesto de una profunda fe en la misión civilizadora de Atenas y de los griegos. Algunos, también, han encontrado en ella el presagio de la historia futura, que había de ver a Grecia, unificada por Macedonia, extenderse por Oriente, bajo la guía de Alejandro.
Isócrates pensará en Macedonia más tarde (v. Filipo y Panatenaico); con todo ni aun entonces renunciará al sueño de la libertad griega y de la hegemonía ateniense. En realidad este discurso es, sobre todo, una exaltación de Atenas: Isócrates, más que un profeta, era un soñador vuelto hacia el pasado. [Trad. española de Antonio Ranz Romanillos en Oraciones y cartas (Madrid, 1789) reproducida después en la Biblioteca Clásica Hernando (Madrid, 1891)].
A. Passerini
Orador nítido, elegante; más apto para la discusión que para la pugna; fácil en su invención, estudioso de lo honesto, tan diligente en componer que su excesivo cuidado merece ser imitado. (Quintiliano)
Si por Jenofonte y Herodoto conocemos lo que fue la sencillez y la suavidad, y por Tucídides y Demóstenes la fuerza y el nervio de aquella antigua lengua griega, por Isócrates conocemos cuál era su elegancia y gentileza. (Leopardi)

