Paradoja Sobre el Comedíante, Denis Diderot

[Paradoxe sur le comedien]. Esta genial obrita, que permaneció inédita, como la mayor parte de los escritos literarios de Denis Diderot (1713-1784), fue redactada en 1773, y no se publicó hasta 1830.

Con un brío verdaderamente prodigioso, en medio de un centelleo de sentencias, anécdotas, agudísimas observaciones particulares, Di­derot nos presenta su pensamiento, al que él llama «paradójico», acerca del arte del comediante, así como acerca del escritor y de todas las artes en general.

Parte de un principio diametralmente opuesto al más corriente y comúnmente aceptado: confiando en el horaciano «si vis me flere, dolendum est primum ipsi tibí», la gente cree que un buen actor, para conmover y llegar a ser eficaz en un papel trágico, ha de estar él también sumido en la tristeza y casi fuera de sí por su dolor.

Nada más falso: una persona profundamente dolorida que esté privada de toda capacidad artística podrá manifestar instintivamente su dolor de manera que deje por completo indiferen­tes a los espectadores. Esto se debe a que aquella persona carece de facultad comuni­cativa, de aquella «capacidad de expresión» que es lo propio’ del artista.

Esta capacidad es, ciertamente, un don de la naturaleza, pero ha de ser cultivada por el estudio del oficio, y debe ser afinada y puesta en valor con una escrupulosa valoración de los me­dios y de los expedientes; un cálculo cui­dadísimo que el artista puede disponer de antemano y poner en obra sólo con frialdad de espíritu; si se dejase arrastrar; por la emoción no podría seguir con perfección su «papel».

El principio de la lucidez de mente indispensable al artista para poner en obra y ejecutar con perfección la obra de arte, como advierte el propio Diderot, puede y debe ser aplicado también a la literatura y a las demás artes en general. Hay en estas ideas una parte de exageración y algo de forzado, por lo demás, intencionadamente.

Pero es de notar que es éste el primer es­fuerzo consciente y razonado para poner de relieve la particular complejidad del hecho artístico, colocando así los fundamen­tos de una «estética intelectualista» destina­da a tener gran fortuna en el siglo XIX. En efecto, volveremos a encontrar estas ideas, después de la primera oleada del Ro­manticismo, en los parnasianos, en la esté­tica de Poe y en la de Baudelaire, que conocieron a Diderot y en él se inspiraron.

V. Lugli

Era menester para llegar a semejante gra­do de sinceridad consigo mismo, poseer el temperamento que Diderot describe como suyo: aquella necesidad de hablar de sí y de ponerse en escena, que es lo contrario, es menester decirlo, de la conducta moral y de la distinción personal. (Scherer)

Escribía como hablaba, fácilmente, ale­gremente, sin esfuerzo, sin interrupción… escribir o hablar es para él una función natural: lo hace sin ceremonias, para desahogarse el espíritu, y hay verdaderamente una falta de pudor en esta naturaleza des­envuelta, en este su improvisar a rienda suelta. (Lanson)

Paradojas, Ortensio Lando

[Paradossi]. Son treinta discursos de Ortensio Lando (1512?- 1553?), publicados en 1543, con los que se pretende demostrar, como atestigua muy bien el título, alguna «sentencia fuera de la opinión corriente» de aparente seriedad, con la aportación de una copiosa erudición y con el rigor de un razonamiento que, no tomando en cuenta las posibles objeciones, llega triunfalmente hasta la conclusión bus­cada.

Lando demuestra en ellos, entre otras cosas, que. es mejor ser pobre que rico, feo que hermoso, ignorante que docto, loco que cuerdo, que la guerra es mejor que la paz, la carestía que la abundancia, que «no es cosa mala que un príncipe pierda su Esta­do», y «mejor es nacer de gente humilde que de linaje preclaro e ilustre».

Evidente­mente, el autor no cree en todo lo que dice, ni quiere que lo crea el lector, pero la «pose» que adopta le permite dar a sus dis­cursos un desarrollo sabrosamente satírico; y no son pocos en las Paradojas los alfile­razos contra los príncipes, los eclesiásticos y los literatos de la época. Cuatro Parado­jas de tema específicamente literario están dirigidas contra Boccaccio, Aristóteles y Cicerón, y tienden a derribar los ídolos de la cultura contemporánea y a despertar las furiosas protestas de sus devotos.

Pero ni en éstas ni en otras hay que ver un propó­sito de crítica sistemática y ni siquiera una sátira coherente en nombre de un princi­pio superior sólidamente poseído. «Puedo decir que — escribe Lando en la paradoja sobre la locura—, el haberse difundido la voz de que mi persona participaba en cier­to grado de la locura, me ha granjeado comodidades y ventajas sin cuento.

Unos se reían de mí y yo tácitamente les enga­ñaba, y, gozando de los privilegios de la locura, me sentaba cuando otros que se tenían por correctos estaban de pie, me cu­bría cuando otros estaban con la cabeza’ descubierta, y a pierna suelta dormía cuan­do los demás no sin gran molestia velaban»; y añade que «el loco vive más libre que cualquiera, puede decir lo que quiera, tanto de los príncipes como de las personas pri­vadas, sin recibir puñaladas ni oír amena­zas», dando en esta página un retrato más genuino de sí mismo, tal como se presenta en las Paradojas y en otras obras suyas; un loco fingido, al que, como por otra parte sucede en esta clase de ficciones, no falta un fondo de auténtica locura.

Y, como últi­ma originalidad, fiel siempre a esta imagen suya, quiso hacer seguir las Paradojas de una Refutación, procediendo con el mismo método y sin dejar de injuriar a su «nau­seabundo autor», «Tersites de toda obra hermosa, acerbo amonestador, falto de jui­cio y de razón», «ingenio diabólico», sacan­do al mismo tiempo nuevo pretexto para sus sátiras, ¿as Paradojas, se entiende, no son, no podían ser ni una obra de arte ni la obra de un pensador, pero tienen una gran fluidez de estilo que las hace agradables, y son testimonio, además, de un tempera­mento singular, de sentimientos vivos en la época del autor. De manera que fueron imitadas y traducidas, y encontraron el favor del público italiano y extranjero.

M. Fubini

Paradox, Rey, Pío Baroja

Fantasía novelesca escrita en forma dialogada, original del escritor español Pío Baroja (2983-1956) y fechada en Madrid en enero de 1906.

El autor vuelve a presentar aquí a su personaje Silvestre Paradox (v. la novela de este título), cuyo nombre y apellido ya indican su carácter independiente, irónico y sentencioso. En esta obra se vale de él para hacer una crítica acerba y demoledora de la civilización cristiana y de la obra colonizadora de los países europeos en África.

Para ello traza una arbitraria aventura de Paradox, la cual comienza cuando éste, hallándose en un pueblecito valenciano, muestra a su amigo Avelino Diz de la Iglesia un re­corte de periódico según el cual el ban­quero judío Abraham Wolf se propone ha­cer un viaje de exploración por la costa occidental africana, para buscar un lugar donde establecer la patria israelita.

Paradox ha escrito a Wolf, y éste ha contestado invitando a los dos amigos a embarcar en la goleta «Cornucopia», que saldrá de Tánger hacia el Cananí. Tras unas escenas grotescas para presentar a unos cuantos tipos extra­vagantes, parte en la «cornucopia» el hete­rogéneo grupo que forman una hija de un general venezolano, un francés con su hija, un fabricante de Manchester, un naturalista alemán, un aventurero mutilado en varias guerras, un intérprete árabe y algún otro, con Diz y Paradox.

En el barco encuentran a un coronel que declara ser anarquista, un tal Mingote que va a ser recaudador de contribuciones del Cáhaní y un don Pelayo, antiguo e infiel secretario de Paradox, que va como administrador de Aduanas. Los diálogos a bordo son muy divertidos, hasta que se desata una horrorosa tempestad que desmoraliza a la tripulación, por lo que los pasajeros toman el mando de la nave.

Con­tienen la rebelión de los marineros, pero éstos se apoderan del bote de salvamento y desembarcan en la costa. Rescatado el abandonado bote, se valen de él y de una balsa para saltar a tierra, donde quedan en situación de náufragos. No tardan en apa­recer los negros, que los apresan, y con este episodio comienza la segunda parte de la novela.

Hay unas pintorescas escenas con el primer ministro, el gran sacerdote y el rey Kiri, en las que los europeos van ideando tretas para salvar la vida. Consiguen con­vencerlos para ir a buscar las cosas que han quedado en el lugar del naufragio. Dominan a la escolta que les han puesto y marchan con los negros que la forman a establecerse en la isla Afortunada.

En la parte más alta establecen una verdadera ciudadela, donde esperan y resisten el ata­que de las huestes del rey Kiri de Uganga. A partir de este momento empieza la colo­nización; Thonelgeben, el naturalista ale­mán, fabrica dinamita y hace surgir un lago; los negros están asombrados del poder de los blancos.

Y comienza la tercera parte cuando los de Uganga, ante estos hechos prodigiosos, se sublevan contra su rey Kiri, al que matan, y vienen a pedir protección a los europeos. Tras unas sabrosas discu­siones acerca de la constitución que se va a dar al país, es nombrado rey Paradox, a quien se corona con gran pompa, al estilo africano.

Llega la época de progreso, en la que el autor incluye intencionadas parodias de la política y la justicia. Un día, en la colina de enfrente surge un campamento militar; son tropas francesas, que arrasan la ciudad de Bu-Tata, capital del reino de Paradox I, y hacen una gran carnicería de indígenas. El grupo blanco es hecho prisio­nero.

En la Cámara francesa ‘hay una se­sión patriótica para festejar la gran vic­toria de Bu-Tata. Tres años después los colonizadores han introducido el alcoholis­mo y las enfermedades que los negros no conocían. Hay una violencia sorda e impla­cable entre indígenas y europeos, que se matan unos a otros. Y con esto llega el libro a su sarcástica conclusión.

Está es­crita la novela en breves capítulos como escenas dialogadas. A veces hablan los ele­mentos y los seres inanimados, para sub­rayar el pensamiento del autor. Y éste in­tercala algunos pasajes, entre ellos dos de los mejores trozos literarios de Baroja: el «Elogio sentimental del acordeón» y el «Elogio de los viejos caballos del tiovivo».

L. Monreal

Paradojas, Sebastian Franck

[Paradoxa]. Co­lección alemana de 280 proposiciones de una «filosofía divina y de una teología ale­mana», publicada en primera edición en 1534 por el místico, primero católico, luego protestante — acusado por fin de anabap­tismo— Sebastian Franck (1499-1542), quien en esta obra — lo mismo que en las otras restantes, en el Zeitbuch, en el Weltbuch, en el Guldin Arck, y también en la célebre colección de Proverbios alemanes (1532)—tiende a afirmar que la verda­dera divinidad sólo se revela en nues­tra intimidad, que la religión exterior no es importante y que por eso hay que ser tolerantes para con los que profesan otra fe.

La colección es una especie de catecismo de un Cristianismo libre, sin Iglesia; Cris­tianismo que Franck predicaba en un tiem­po en que alemania ardía con las luchas entre las dos iglesias cristianas, luchas lle­nas de ciego encarnizamiento y fanática intolerancia. El libro de Franck constitu­ye un documento importante de historia religiosa, incluso porque se anticipa a teo­rías posteriores.

M. Pensa

Las Paradojas, Marco Tulio Cicerón

[Paradoxa]. El título completo es: Las paradojas de los estoicos, dedicadas a Marco Bruto [Paradoxa stoicorum ad M. Brutum]. Breve obra de Marco Tulio Cicerón (106-43 a. de C.) compuesta en el año 46, más con inten­ción de divertirse acerca de absurdas afir­maciones estoicas y de imaginar, gracias a retóricos artificios, elegantes argumentacio­nes, que de demostrar realmente la verdad de su aserto. Las paradojas son seis y todas pertenecen a la filosofía moral:

1) que la honradez es el único bien;

2) que la virtud es suficiente para La felicidad;

3) que vicios y virtudes no conocen gradaciones;

4) que los necios son locos;

5) que sólo el sabio es hombre libre, y que todos los demás son esclavos;

6) que sólo el sabio es rico.

Estas mismas paradojas son refutadas por Cicerón en los Límites del bien y del mal (v.).

F. Della Corte