Parisina, George Gordon Byron

Poema de George Gordon Byron (1788-1824), publicado en 1816. Se inspira en el conocido y sangriento suceso que ensombreció el ducado de Nicolás III (1425), que ya había inspirado una de las más célebres Novelas (v.) de Bandello.

Pero la fuente de Byron es un fragmento del historiador Edward Gibbon (1737-1794), en las Antigüedades de la casa de Brunswick [Antiquities of the House of Brunswick, en Miscellaneous Works]: «Bajo el reinado de Nicolás III, Ferrara se vio ensangrentada por una tragedia doméstica.

Por el testimo­nio de una niñera y su propia observación, el marqués de Este descubrió los amores incestuosos de su esposa Parisina y de su bastardo Ugo, hermoso y valiente joven. Los dos fueron decapitados en el castillo, después de la sentencia promulgada por su respectivo padre y marido, que hizo pública su propia vergüenza y sobrevivió a esta ejecución».

Byron sustituyó el nombre de Nicolás por el de Azzo, porque «era más métrico»; e hizo que el destino final de Parisina quedase envuelto en el misterio, mientras Ugo era decapitado. [Trad. española por H. V. (Valparaíso, 1844) y en Obras completas, tomo II (Madrid, 1930)].

M. Pensa

La Parisiense, Henry Becque

[La Parisienne]. Co­media en tres actos de Henry Becque (1837- 1899), estrenada en París en 1885.

Clotilde, perteneciente a la pequeña burguesía, tiene un marido, Du Mesnil, y un amante, Lafon, antigua relación que se ha convertido en rutina, casi en un segundo marido, celoso, enojoso, que desde hace algún tiempo en­cuentra cambiada a la mujer, fría y dis­traída.

Sus sospechas no son infundadas; pero ella se defiende hábilmente, o renun­cia a defenderse, lo atormenta, lo confunde, hace de él lo que quiere. El capricho de Clo­tilde por el joven Simpson, termina pronto, porque él la abandona, y ella vuelve a La- fon, restableciendo con el marido el clásico triángulo.

Es una ligera borrasca después de la cual vuelve la calma, se restablece la normalidad. El leve paréntesis que la turba destaca lo que esta normalidad tiene de gro­tesco: el marido ignorante, seguro, sonrien­do al amigo Lafon, tan inquieto y descon­tento; éste, más exigente, más desconfiado que un marido, y la mujer, impertur­bable dentro de la encarnizada pugna, en el triángulo donde se ha construido su tranquilidad, siempre atenta a su deber, al marido, que, gracias a ella y a sus relaciones, alcanzará el trabajo y la posición deseadas.

Clotilde es el alma, la razón de la comedia, impregnada de una acerada ironía pero clara, firme, con una expresión siempre sen­cilla e intencionada, densa y epigramática. La situación, tensa y sobrecargada, es de una comicidad algo gruesa; pero su intenso y amargo significado brota de cada frase, de cada actitud de los tres personajes, ma­ravillosamente vivos.

Es una de las obras maestras del teatro del siglo XIX, consa­grada como tal por numerosas imitaciones. Sólo el título ha parecido poco feliz, a causa de su absurda e injusta generali­zación.

V. Lugli

Una fantasía que he escrito con muchí­simo gusto, para demostrar a las personas de ingenio que no somos más mentecatos que ellas. (Becque)

Castigo sin venganza, Félix Lope de Vega Carpio

Anteriormente la novela de Bandello había inspirado a Félix Lope de Vega Carpio (1562-1635) uno de sus más poderosos dramas, el Castigo sin venganza, tragedia en tres actos escrita en 1631 y publicada en 1634.

El duque de Ferrara, viejo libertino al que consideraciones de tipo político inducen a contraer matrimonio, envía a su hijo ilegitimo Federico, al que ama sobremanera, a recibir a la novia, Casandra, hija del marqués de Mantua.

Entre Federico y Casandra nace súbitamente una vivísima simpatía. Federico busca pretextos para evitar el matrimonio proyectado con su prima Aurora, que le ama apasionadamente; ésta, a falta de otro recurso, intenta atraerlo por los celos, dejándose cortejar por el marqués de Mantua. Inútilmente, pues Federico está atormentado por su nuevo e imposible amor.

Casandra, abandonada por su marido, que ha vuelto a su vida disoluta, se en­trega al amor de Federico, con remordi­miento, pero al mismo tiempo con decisión. Una ausencia del Duque procura a los dos amantes un período de felicidad, de la que Aurora es la primera en darse cuenta, im­pulsada por los celos.

Cuando el Duque vuelve de la guerra triunfante y cubierto de laureles, decidido por fin a cambiar de vida y deseoso de tener hijos legítimos, Federico, que sigue siendo su predilecto, intenta sustraerse al amor demasiado pe­ligroso de Casandra y pide a su padre permiso para casarse con Aurora.

Pero Aurora, ofendida por su primera negativa, acepta ahora la proposición del marqués de Mantua, y Casandra está decidida a impedir que Federico se case, aunque haya de costarle la vida. Una denuncia secreta despierta las sospechas del Duque.

No quie­re creerlo, pero un coloquio que sorprende entre Federico y Casandra desvanece todas sus dudas. En este diálogo Federico mani­fiesta la intención de abandonar a Casandra, mientras ésta le echa en cara, apasionada­mente, su cobardía. Federico cede una vez más a Casandra, que se promete ya un nuevo período de felicidad, sin preocuparse por el peligro que arrostra.

El Duque, ce­rrado en sí mismo, va vagabundeando ha­blando solo, como hombre que busca algo que ha perdido. Está preparando no la ven­ganza (nos podemos vengar de la esposa, dice, más para matar, a un hijo, ¿qué cora­zón no desfallecería?), sino el castigo que­rido por el cielo: castigo que debe mante­nerse secreto, porque enterrar el deshonor es como no haberlo sufrido. Ata y amor­daza a su esposa, la cubre con una tela y ordena a su hijo que mate a aquella per­sona, afirmando que se trata de un cons­pirador que atentaba a su vida.

Cuando Fe­derico, después de haber titubeado, ejecuta la orden, el Duque lo hace arrestar y matar por sus cortesanos, afirmando que ha ase­sinado a su madrastra para asegurarse la sucesión. No es este trágico final, por otra parte artísticamente necesario, lo que da la grandeza a la obra, aunque sí explica el título.

El poeta encuentra acentos de gran fuerza psicológica en la pintura de los per­sonajes, que aparecen avasallados por un destino que los domina. La mortal melan­colía de Federico, la pasión arrolladora de Casandra, que reúne las características de Fedra y de Francesca da Rimini, la figura profundamente viva del Duque, los celos de Aurora, confluyen en una verdad huma­na difícilmente igualable, sólo turbada por citas mitológicas y por detalles barrocos.

F. Meregalli

Sin duda el Castigo sin venganza es una de las grandes creaciones de Lope, ya que por encima de este convencional, externo y duro final, destaca el drama de Casandra y Federico, tanto más vigoroso en su na­turalidad y fatalidad. (K. Vossler)

Los Parentescos, Antón Francesco Grazzini

[I parentadi]. Co­media en cinco actos, en prosa, de Antón Francesco Grazzini, conocido por Lasca (1503-1584).

Fue publicada en 1582, pero compuesta mucho antes, probablemente ha­cia 1540. Lasca, que en los prólogos de la Bruja (v.), de los Celos (v.) y de la Ende­moniada (v.) se burlaba de los modernos que abusan de las situaciones convencionales de la antigua comedia, tales como los «reconocimientos» totalmente inverosímiles en el- mundo contemporáneo, no acertó a hacer otra cosa, en esta obra, sino insistir en aquellas situaciones, y no con el propó­sito de imitar a los antiguos, que él no conocía directamente, sino por una especie de pereza que le llevó a aceptar pasiva­mente los esquemas y tipos del teatro de su tiempo.

Y no sólo un «reconocimiento», sino un triple «reconocimiento» nos ofrece en esta comedia: el de los tres hijos de Lactancio, que el padre había perdido cuando niños, al caer éstos en manos de los cor­sarios, y que vivían en Florencia, ignorán­dose mutuamente; además, uno de los hijos, Comelio, es creído una mujer por todo el mundo, y de ella, que se hace llamar Cor­nelia, se enamora su hermano Fabio.

Pero las aventuras de los tres hijos de Lactan­cio forman solamente una parte — y no la mayor — de la comedia, puesto que el tema central lo constituyen las intrigas de un parásito (otro personaje típico de la come­dia clásica), un tal Frosino, el cual insinúa a Giammatteo (en cuya casa vive Comelio) que su esposa Cangenova lo traiciona y le convence para que se disfrace de mujer con el fin de sorprenderla, al mismo tiempo que insinúa en la mujer dudas parecidas respec­to a la fidelidad de su marido y la induce a disfrazarse de hombre para sorprender a Giammatteo.

Al proceder de este modo, Frosino, además de perseguir una vengan­za contra Giammatteo, quiere complacer a uno de sus protectores, Mario, enamorado de Cangenova, y conseguir que ésta, de gra­do o por fuerza, caiga en sus brazos.

No en vano exclama en cierto momento de la co­media: «Al fin he puesto demasiada carne en el fuego; ¡qué mezcolanza!, ¡qué extra­ña confusión!, ¡qué extraño laberinto!» Y ésta es la opinión del lector sobre sus in­trigas y sobre toda la comedia, que después de una acción confusa y enmarañada llega a la reconciliación de los dos cónyuges, a la boda de Cornelio con la hija de ellos, Lisabetta (que es la única que conoce la verdadera personalidad de Cornelio y es su amante), del otro hijo Ruperto con Por­cia, otra hija hallada de Lactancio, y final­mente de Fabio con una sobrina, a la que no se nombra, de Giammatteo.

Estos matri­monios dan el título a la obra, la comedia más gris que Lasca escribió, puesto que le faltan aquellos toques de humor, aquellas graciosas escenas que dan vida a las demás comedias incluso cuando la trabazón de la obra deja mucho que desear.

M. Fubini

Parerga y Paralipómena, Arthur Schopenhauer

[Parerga und Paralipomena]. Última obra del filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860), que, publicada en 1851, consiguió romper la indiferencia con que había sido mirada hasta entonces su filosofía.

Parerga es la obra más importante de Schopenhauer, después del Mundo como voluntad y representación (v.), de la que se considera, con razón, la legítima descendiente, puesto que ratifica, completa y desarrolla, desde ciertos puntos de vista, su exposición sistemática.

Al éxito de la obra contribuyeron sus extra­ordinarios méritos estilísticos, la fluidez y facilidad de forma, por lo que el mismo Schopenhauer solía considerar esta obra como una exposición popular de sus doc­trinas.

Destinada en parte a colmar algunas «omisiones» del Mundo como voluntad y representación, y en parte a expresar pen­samientos aislados, tiene la forma de una colección de ensayos, esbozos y artículos sobre las cuestiones más dispares: lógica, metafísica, moral, estética, política, derecho, literatura, psicología, mitología, etc., con algunos artículos de escaso valor objetivo, que no tienen con la filosofía más que una relación muy indirecta.

El primero de los dos volúmenes contiene los ensayos más notables, entre los cuales citaremos los agu­dos «Fragmentos sobre la historia de la filo­sofía», la sátira «Sobre la filosofía univer­sitaria», las interesantes «Investigaciones sobre las apariciones» y los profundos «Afo­rismos sobre la sabiduría de la vida».

La historia de la filosofía expuesta en los «Fragmentos» no es llevada según una rigu­rosa línea de continuidad, como por otra parte el título ya advierte; desde los pre- socráticos — a través de Sócrates, Plátón, Aristóteles, él Estoicismo, el Neoplatonis­mo, Scoto Erígena, con una ojeada a la Escolástica y Bacon —, Schopenhauer pasa a tratar de la filosofía moderna y en parti­cular de Spinoza; se detiene luego en Kant, al que dedica la mitad del ensayo, para terminar con algunas páginas sobre su pro­pia filosofía.

Además del interés que tienen sus agudas observaciones, los «Fragmen­tos» son, en conjunto, un elevado ejemplo del método científico, aplicado al estudio directo de los autores tratados. En la sáti­ra «Sobre la filosofía universitaria», Scho­penhauer desahoga en términos inequívo­cos su resentimiento hacia el dudoso valor científico y el escaso sentido moral de los profesores universitarios — aludiendo espe­cialmente a Hegel y a sus discípulos —, que ocupan las cátedras con la única intención de conseguir honores y procurarse unas ga­nancias, verdaderos sofistas modernos en el mercado de la ciencia.

Las «Investiga­ciones sobre las apariciones» presentan a un Schopenhauer intensamente compenetrado con los fenómenos espiritistas, en los cuales — y especialmente en los más complicados, como son las apariciones, que nos dan fe de la existencia de fuerzas misteriosas que ni siquiera sospechamos — encuentra una corroboración a su metafísica; según él, la explicación de tales fenómenos sólo es po­sible recurriendo al principio monista de la voluntad.

Los «Aforismos» contienen un conjunto de normas para la vida feliz, con­siderando aquí la vida no desde el punto de vista metafísico — pues entonces la única norma es el ascetismo —, sino desde un pun­to de vista meramente empírico. El filósofo invita primero a la consideración de lo que se es, o sea, al examen de lo que poseemos según las diferencias que la naturaleza ha establecido entre los hombres.

Lo que somos contribuye a nuestra felicidad muchísimo más que lo que tenemos, que constituye el segundo objeto de estudio de los «Aforis­mos», y bajo lo cual Schopenhauer entiende los bienes de toda clase, mientras sean ad­quiridos y no poseídos naturalmente. De aquí pasa al examen de lo que el hombre repre­senta, lo que es, en la consideración ajena, respecto a honor, jerarquía y gloria.

Final­mente Schopenhauer da unas máximas para vivir sabiamente, entre las que recordare­mos la advertencia a no hacernos ilusiones sobre la positividad del placer, porque éste sólo consiste en la ausencia de dolor, y la exhortación a la vida solitaria, propia de los hombres superiores; de hecho, la socia­bilidad va siempre acompañada de escasa capacidad intelectual y superficialidad de espíritu.

El segundo volumen de los Parerga comprende, además de unas pocas páginas de versos, 31 capítulos, los más notables de los cuales son: el VI, «Sobre la filosofía y ciencia de la naturaleza», en el que Scho­penhauer pronostica la reacción a la meta­física, entendida como pura especulación por parte de una metafísica real, que tome como punto de partida la experiencia y explique ésta desde un punto de vista más elevado que las ciencias naturales, dema­siado limitadas frente a la filosofía; el IX, «Sobre la doctrina del derecho y política», interesante por la actitud indiferente que Schopenhauer — en conformidad con las teorías budistas — asume ante las teorías y los acontecimientos políticos; el XV, «Sobre la religión», donde repite la oposición al teísmo, derivada también del conocimiento y aceptación del pensamiento hindú, y la interpretación de la religión sólo como for­ma de filosofía popular, que por consiguiente será abandonada en cuanto sea reconocido el advenimiento de la razón y, por tanto, de la filosofía; el XIX, «Sobre la metafísica de lo bello y la Estética», que amplía el ter­cer libro del Mundo como voluntad y re­presentación y pone de relieve aún más el valor catártico del arte.

Con los Parerga y Paralipomena, Schopenhauer no se propo­nía la penetración propiamente filosófica del Absoluto, sino el análisis del propio mundo empírico, que constituía el tema inagotable de su aguda y profunda investigación. De aquí la variedad de contenido de la obra, que desarrolla El mundo como volun­tad y representación, tomando como punto de partida cualquiera de sus temas.

A. Cecconi