Castigo sin venganza, Félix Lope de Vega Carpio

Anteriormente la novela de Bandello había inspirado a Félix Lope de Vega Carpio (1562-1635) uno de sus más poderosos dramas, el Castigo sin venganza, tragedia en tres actos escrita en 1631 y publicada en 1634.

El duque de Ferrara, viejo libertino al que consideraciones de tipo político inducen a contraer matrimonio, envía a su hijo ilegitimo Federico, al que ama sobremanera, a recibir a la novia, Casandra, hija del marqués de Mantua.

Entre Federico y Casandra nace súbitamente una vivísima simpatía. Federico busca pretextos para evitar el matrimonio proyectado con su prima Aurora, que le ama apasionadamente; ésta, a falta de otro recurso, intenta atraerlo por los celos, dejándose cortejar por el marqués de Mantua. Inútilmente, pues Federico está atormentado por su nuevo e imposible amor.

Casandra, abandonada por su marido, que ha vuelto a su vida disoluta, se en­trega al amor de Federico, con remordi­miento, pero al mismo tiempo con decisión. Una ausencia del Duque procura a los dos amantes un período de felicidad, de la que Aurora es la primera en darse cuenta, im­pulsada por los celos.

Cuando el Duque vuelve de la guerra triunfante y cubierto de laureles, decidido por fin a cambiar de vida y deseoso de tener hijos legítimos, Federico, que sigue siendo su predilecto, intenta sustraerse al amor demasiado pe­ligroso de Casandra y pide a su padre permiso para casarse con Aurora.

Pero Aurora, ofendida por su primera negativa, acepta ahora la proposición del marqués de Mantua, y Casandra está decidida a impedir que Federico se case, aunque haya de costarle la vida. Una denuncia secreta despierta las sospechas del Duque.

No quie­re creerlo, pero un coloquio que sorprende entre Federico y Casandra desvanece todas sus dudas. En este diálogo Federico mani­fiesta la intención de abandonar a Casandra, mientras ésta le echa en cara, apasionada­mente, su cobardía. Federico cede una vez más a Casandra, que se promete ya un nuevo período de felicidad, sin preocuparse por el peligro que arrostra.

El Duque, ce­rrado en sí mismo, va vagabundeando ha­blando solo, como hombre que busca algo que ha perdido. Está preparando no la ven­ganza (nos podemos vengar de la esposa, dice, más para matar, a un hijo, ¿qué cora­zón no desfallecería?), sino el castigo que­rido por el cielo: castigo que debe mante­nerse secreto, porque enterrar el deshonor es como no haberlo sufrido. Ata y amor­daza a su esposa, la cubre con una tela y ordena a su hijo que mate a aquella per­sona, afirmando que se trata de un cons­pirador que atentaba a su vida.

Cuando Fe­derico, después de haber titubeado, ejecuta la orden, el Duque lo hace arrestar y matar por sus cortesanos, afirmando que ha ase­sinado a su madrastra para asegurarse la sucesión. No es este trágico final, por otra parte artísticamente necesario, lo que da la grandeza a la obra, aunque sí explica el título.

El poeta encuentra acentos de gran fuerza psicológica en la pintura de los per­sonajes, que aparecen avasallados por un destino que los domina. La mortal melan­colía de Federico, la pasión arrolladora de Casandra, que reúne las características de Fedra y de Francesca da Rimini, la figura profundamente viva del Duque, los celos de Aurora, confluyen en una verdad huma­na difícilmente igualable, sólo turbada por citas mitológicas y por detalles barrocos.

F. Meregalli

Sin duda el Castigo sin venganza es una de las grandes creaciones de Lope, ya que por encima de este convencional, externo y duro final, destaca el drama de Casandra y Federico, tanto más vigoroso en su na­turalidad y fatalidad. (K. Vossler)