Lucas Alamán

Este historiador y polí­tico mexicano n. en Guanajuato en 1792 y m. en 1853. Es una de las figuras literarias más interesantes de su país, tanto por la calidad de su prosa cuanto por la seriedad de sus métodos de investigación como his­toriador.

Tuvo una formación humanística y científica, que completó en un largo viaje por Europa; base de su formación fueron las Ciencias Naturales y las lenguas clá­sicas. Político conservador, fue en su país diputado y ministro de Relaciones Exterio­res, cargo que desempeñaba en el Gobierno del presidente Santa Anna cuando la muer­te cortó su carrera literaria y política.

Es uno de los escritores mexicanos más dis­cutidos; sus Disertaciones sobre la historia de México (v.) y su Historia de México (v.) son obras de capital importancia para el conocimiento del desarrollo histórico de este país.

Nadie se atreve a negar las calidades de su prosa ni las excelencias de sus dotes de historiador; sin embargo, no ocurre lo mismo cuando se examina su objetividad. Alamán es un hombre de acendrado sentido his­pánico, lo que lo lleva a encuadrar los hechos de la conquista, de la colonización y de la insurgencia en un marco ajeno al odio y a la hostilidad con que suelen tratar dichos temas los historiadores que preten­den por ello calificarse de mexicanistas.

No admitiremos, por ello, que la obra de Alamán esté desprovista de pasión, pero es induda­ble que frente a las siniestras corrientes de la «leyenda negra» y a las de la exal­tada mexicanidad que niega sistemáticamen­te todos los valores españoles, se levanta majestuosa y señera la figura de este gran historiador, pletórica de valores hispánicos y universales.

Si la objetividad se concibe en términos absolutos, Alamán no es un historiador objetivo; mas si se admite que la condición humana no puede desprenderse de las calidades y afectos que la caracteri­zan, llegaremos a la conclusión de que se trata de un historiador que busca el má­ximo de objetividad dentro de sus orien­taciones.

J. Sapiña

Alain

Seudónimo de Émile – Auguste Chartier, n. en Martagne (Perche) el 3 de marzo de 1868; m. en el Vésinet, junto a París, el 2 de junio de 1951.

Discípulo, en el Liceo Michelet, de Jules Lagneau, el aus­tero pensador que había introducido un acento de moralismo ascético en la línea del pensamiento idealista francés, post­kantiano y postfichteano, sintióse primero atraído por la filosofía; y habiendo entrado en la Escuela Normal superior, salió de ella como profesor de dicha disciplina.

Pero bien pronto abandonó la filosofía «técnica» en sentido estricto, de la que había comen­zado a escribir ensayos en la Revue de Métaphysique et de Morale, para colaborar en periódicos radicales de provincias y para intervenir en la lucha política, en la cual, en la época del «affaire» se alineó en pri­mera fila entre los defensores de Dreyfus.

También figuró por aquel tiempo entre los promotores de las primeras universidades populares y pronunció conferencias para obreros y campesinos. Fue el período de la «revuelta activa» de Alain, que terminó con el estallido de la primera guerra mun­dial, cuando — aun siendo pacifista con­vencido y quizá por tal razón — partió voluntario para el frente como simple sol- dado de artillería.

Herido en una acción, fue desmovilizado en 1917 y volvió a su cátedra del Liceo Henri IV de París, para la que había sido nombrado a finales de 1909. Mientras tanto, desde 1906 habían co­menzado a salir los primeros Propos (v. Divagaciones).

De la guerra trajo un libro, Mars ou La guerre jugée (1921), en el que se encuentran violentamente afirmadas sus tesis pacifistas. Años más tarde publicó su obra fundamental de fenomenología del arte y estética, Sistema de las Bellas Artes (1926, v.).

En el período de entre guerras, el nom­bre de este autor se afirmó como uno de los más importantes ensayistas y moralistas de la Francia contemporánea, dentro de la tra­dición de Montaigne y Descartes. Publica entonces numerosos volúmenes, redactados casi todos bajo la forma de «divagaciones» (v. Ideas). Figuran entre los principales de ellos, Le citoyen contre les pouvoirs, Pro­pos sur L’éducation, Les idées et les âges, Les Dieux, etc.

A la cátedra del Liceo Henri IV, donde su enseñanza oral ejerció una influencia profundamente formativa sobre entusiastas alumnos, unió la tribuna europea de la Nouvelle Revue Française, en la que su «propos» mensual confirió a Alain una autoridad comparable a la de un Gide, un Valéry o un Thibaudet.

Jubilado en 1933, se encerró en su pequeña villa del Vésinet, consagrándose a la lectura de los grandes textos clásicos de la filosofía y de las letras (Descartes, Kant, Hegel, Balzac, Dickens, Stendhal, etc.), a los que dedicó importantes ensayos, y a la reelaboración de sus temas filosóficos y morales. En 1951, pocos meses antes de su muerte, había sido concedido al octogenario pensador el Grand Prix National des Lettres.

S. Solmi

Alain de Lille

(Alanus de Insulis). N. en Lille entre 1115 y 1118, m. en Citeaux en 1202-1203. Adornado por sus contem­poráneos con el título de «grande» y por la posteridad con el de «doctor universal», es quizá el máximo representante del huma­nismo francés del siglo XII, y al mismo tiempo, de aquella sumisión de la ciencia a la fe, típica de la época, por lo cual, llegado al ápice de su carrera y de la gloria, en lugar de esperar premios terre­nales entró como simple monje en la aba­día de Citeaux.

Había estudiado en Chartres y en París, asimilando sobre todo las ideas neoplatónicas, muy difundidas en su tiempo, y añadiendo a ellas elementos aris­totélicos derivados de Boecio, en un mo­saico, más que una síntesis, de la primera escolástica.

Durante su enseñanza en la Uni­versidad parisiense, de la que también fue rector (aunque desempeñó asimismo cáte­dra en Montpellier), redactó sus Regulae de sacra theologia y su De fide catholica contra haereticos: cuatro libros —respecti­vamente dedicados a la refutación de los albigenses, de los valdenses, de los hebreos y de los árabes— escritos con la intención de mantenerse fiel a la interpretación ra­cional de la Escritura y de los Padres, «quia auctoritas — decía agudamente — cereum habet nasum», y a todos es grato modelár­selo a su propio gusto.

Escribió también una obra voluminosa de interés canónico: el Líber poenitentialis. Pero su mayor influjo sobre la posteridad lo ejerció como poeta: con el Liber parabolarum y sobre todo con el Anticlaudiano (v.) —un viaje por los siete cielos montado en el carro de los sen­tidos y guiado primero por la Teología y luego por la Fe —, del que probablemente extrajo inspiración el Dante, y con las Lamentaciones de la naturaleza (v.), que inspiró, aunque en un sentido totalmente distinto, a los autores del Román de la Rose (v.). Anteriormente se le había atribuido también la obrita Del arte o De los artícu­los de la fe católica (v.), que hoy se atri­buye generalmente a Nicolás de Amiens.

C. Falconi

Aksapāda Gautama

La tradición in­dia hace de Gautama y de Aksapāda (o Aksacarana) una sola persona: Gautama se­ría el nombre gentilicio y Aksapāda, que significa «el que tiene los ojos en los pies», el sobrenombre vinculado a una leyenda según la cual, caído Gautama en un pozo mientras estaba absorto en la meditación, habría recibido de un dios la facultad de ver con los pies, a fin de que no pudiera repetirse tal incidente.

Según algunos, sin embargo, se trataría de dos personas dife­rentes: la primera, en efecto, identificable con el Gaotema recordado en el Avesta (v.), sería el fundador del sistema filosófico Nyāya; la segunda, más reciente, sería el autor del Nyāyasūtra (v.), sistema de lógica for­mal en el que se analizan los diferentes medios adecuados al conocimiento, y cuya redacción definitiva se remonta quizás al siglo IV d. de C.

O. Botto

Janis Akuraters

Nacido el 13 de enero de 1876 en Dignaja (Letonia), m. el 25 de julio de 1937 en Riga. Transcurrió su in­fancia en un ambiente agreste, del que el escritor conservó nítidas impresiones apa­recidas después en su obra maestra en pro­sa El verano de un criadito (v.).

De ánimo inquieto y ardiente, compartió la enseñanza con la actividad literaria y hacia 1905 era uno de los más conocidos y atrevidos indi­vidualistas neorrománticos. Pero aquélla fue también la época de las conspiraciones anti- zaristas fomentadas por los intelectuales letones por motivos nacionales.

El joven Akuraters se adhirió a ellas, y hubo de sufrir perse­cuciones políticas y un duro destierro en Noruega. En el período bélico combatió en las trincheras, y como fervoroso patriota dio abundantes muestras de su valor.

Cuan­do se formó la Letonia independiente en 1919, fue miembro de la Asamblea Consti­tuyente, y ocupó después puestos eminentes en las instituciones culturales de Riga. Pero ni siquiera en este período de bienestar, interrumpido por breves viajes al extran­jero, se aplacó su espíritu altivo y román­tico: trató de llegar a las cumbres del im­presionismo a través de la más diversa emotividad.

Aun viviendo intensamente la vida, permaneció siempre fiel a su juvenil credo poético, pretendiendo que el sueño de la vida es mucho más bello que la mis­ma vida.

M. Rasupe