Akiwara-No-Nakihira

Nacido hacia 825, m. alrededor del 880. Su padre era el prín­cipe Abo (792-842), hijo del emperador Heijo (806-809).

Akiwara desempeñó varios cargos importantes en la corte. Cuando en 872 llegó una embajada del reino de P’o-hai (en Manchuria) al Japón, Akiwara fue el encargado de recibirla. Ha pasado a la historia como una especie de Petronio de la corte del antiguo Japón, refinado y señorial en sus maneras y en sus vestidos; poseía también un tempe­ramento exuberante y su vida fue un te­jido de interminables aventuras galantes, de las cuales sería una documentación el Ise Monogatari (v.), que la tradición le atri­buye.

Aparte de esta obra, cuya atribución parece discutible por muchos motivos, es indudable que fue verdaderamente un gran poeta. Sus versos, conceptuosos y llenos de ardor, son también ricos de imaginación y fluyen de una vena inagotable e impetuosa. En su prólogo al Kokin – Waka – Shu (v.), Ki – no – Tsurayuki los juzga del siguiente modo: «Ariwara-no-Narihira posee dema­siado sentimiento y muy pocas palabras, semejante a una flor marchita y sin color, que conserva, sin embargo, su propio per­fume».

Sus poesías se encuentran dispersas en gran número en las antologías oficiales; pero, además, se conoce una antología de Akiwara que el mismo intituló Nirihira Ason-shū.

Y. Kawamura

Arístides de Mileto

No tenemos nin­guna noticia directa sobre este escritor grie­go de la época helenística. Floreció proba­blemente entre los siglos III y II a. de C., y sólo nos queda de él un fragmento de su colección de cuentos titulada Milesias (v.), fábulas traducidas y retocadas en la­tín por L. Cornelio Sisenna, y llegadas también hasta nosotros en fragmentos en esta versión.

De tales fragmentos, y por los testimonios de Ovidio, de Luciano, de Apuleyo, se deduce que Arístides era un «fabulista» que narra historietas y anécdotas de todo género, que poseía un espíritu licencioso, deliberadamente obsceno, pero eficaz y di­vertido. Las «milesias» dieron origen a un género que llegó hasta Luciano y Apuleyo (v. Metamorfosis).

Aristófanes

El último gran poeta de la Grecia antigua, n. entre el año 450 y el 444 a. de C. Era hijo de Filipo Ateniense, pertenecía al demos de Cidatene y a la tribu de los Pandiónidas.

Los antiguos no se mostraban de acuerdo sobre su patria: se le hacía también natural de Lindo o de Camiro de Rodas, de Naucratis en Egipto y de Egina. Las dos primeras atribuciones pueden encontrar justificación en la falsa noticia de que Cleón hubiera promovido un proceso contra el poeta por usurpación del título de ciudadano; la última se originó con seguridad por una alusión jocosa de Los acarnienses (v. 654), de la que se de­duce que Aristófanes se consideraba en cierto modo natural de Egina y de que allí poseía bie­nes.

Era todavía muy joven cuando escribió sus primeras comedias, que se representa­ron con nombre de otros: él mismo lo ates­tigua en Las nubes (v. 530), cuando dice: «y yo (todavía era virgen y no podía dar a luz) abandoné a mi hijo y otra joven lo cogió y lo adoptó».

Así se representaron con el nombre de Calístrato Los banquetea- dores (427), en la que se burlaba de la educación práctico-legal de los jóvenes; Los babilonios (426), en la que se denuncia él mal gobierno de Atenas con los confedera­dos de la liga delioática, dirigida por Cleón con escasos miramientos, quien reaccionó contra el poeta acusándolo de injusticia con los ciudadanos, y Los acarnienses (425), la primera cronológicamente de las once comedias que han llegado hasta nosotros de las 44 que los antiguos le atribuían (v. Los acarnienses, Los caballeros, Las nubes, Las avispas, La paz, Las aves, Las tesmoforiazusas, Lisístrata, Las ranas, La asam­blea de las mujeres y Pluto).

Pero aunque, por razones desconocidas para nosotros, Aristófanes se sirvió de nombres de otros, en el 424 ponía en escena con su propio nombre Los caballeros, violento ataque contra Cleón, tanto más atrevido cuanto que el demagogo se encontraba en la cumbre de su fortuna y de su poderío. Del 423 son Las nubes: Sócrates, un Sócrates naturalmente fantás­tico, pero que quedaba escarnecido y ultra­jado en un divertido contraste entre la antigua y la nueva educación.

La pieza no agradó al público ateniense y obtuvo sólo el tercer premio: el autor, que la consi­deraba su obra maestra, la retocó más tarde, y ha llegado hasta nosotros en esta se­gunda redacción (que debe situarse entre el 422 y el 421), que nunca se representó. Al 422 pertenecen Las avispas, inmortal ca­ricatura de la manía de pleitear que domi­naba en la Atenas del siglo V: una farsa llena de brío que agradó tanto a Racine, que el refinado autor francés no vaciló en basarse en ella para sus Litigantes (v.).

Vivacidad y buen humor son las caracte­rísticas de La paz (421): volviendo al tema de Los acarnienses (el mismo tema en que se basaban las comedias perdidas, Los agri­cultores, Los olcades), Aristófanes se erige en me­lancólico cantor de la paz; la suspensión de hostilidades era el sentir general des­pués de la muerte en Anfípolis del ate­niense Cleón y del espartano Brásidas, los dos «martillos de la guerra», después de los tanteos del tratado de Nicias.

Triunfo de la fantasía, del estro, del capricho son Las aves (414). Verdaderamente, en esta comedia de temas múltiples y variados, exalta­ción de la felicidad, fabulosa representación de un país imaginario fundado por dos atenienses entre cielo y tierra con ayuda de las aves, irónica burla de las estupide­ces y ridiculeces humanas, abandono del alma a la naturaleza serena como si fuera un refugio, Aristófanes funde «las más altas cuali­dades de Rabelais con las supremas dotes de Shelley».

Y el poeta de la alegría abier­ta y sensual, el poeta rudo y áspero en su amor por la naturaleza y los animales, en esta radiante comedia dedica versos de la más alta espiritualidad a las aves: antes que Keats, exalta a las más alegres criatu­ras del mundo con aérea ligereza; el deseo de una vida distinta de la humana, despreo­cupada y feliz, le inspira los más hermo­sos cantos. No hubiera podido llegar el poeta a la levedad soñadora de Las aves inmediatamente de no haberse producido una atropellada serie de acontecimientos (en 413, la catástrofe de Sicilia; en el mismo año la ocupación de Deceleia por los esparta­nos; en 411 el golpe de Estado oligárquico en Atenas).

No en balde son del mismo año (411) Lisístrata, despreocupada protesta contra la guerra, en la que se encarga a Lisístrata que concluya la paz, y ésta, al frente de las mujeres, se sirve de originalísimos medios de persuasión, y Las tesmoforiazusas, brillantísima burla, con el pre­texto de la misoginia, de Eurípides y de sus tragedias. Un año antes del desastre ate­niense, puso Aristófanes en escena (405) Las ranas, comedia en la que trata el tema, para él tan caro, del sentido de la poesía: Dionisos desciende a los Infiernos para traer a la Tierra, carente ahora de trágicos, a Eurí­pides, pero vuelve con Esquilo, el verda­dero, el único maestro.

Pocos años antes, el poeta había reanudado su polémica lite­raria en Geritada, comedia de la que sólo nos quedan fragmentos: ahora proclamaba con claridad y nobleza su teoría pedagógica del arte. Quizá fue también la única oca­sión en que Aristófanes, hablando de política, diri­giera palabras serias a sus conciudadanos, recomendando en la parábasis la igualdad de derechos, la reconciliación, la amnistía; fue también una de las pocas veces en que el público ateniense decretara el honor de repetición para una comedia.

Las dos últi­mas obras de Aristófanes que han llegado hasta nosotros, La asamblea de las mujeres (392) y Pluto (388), reelaboración de un Pluto ya representado en 408, han sido calificadas de comedias sociales. Injustamente: tienen de social, en efecto, la polémica contra la injusta distribución de las riquezas; pero el comunismo de La asamblea de las mu­jeres es sólo un pretexto para hacer reír, y en el Pluto — no hay que olvidarlo cuan­do se ponen de relieve sus aspectos moralizadores — la Pobreza, maestra de todas las artes y amiga del género humano, acaba siendo ignominiosamente expulsada.

No hay testimonios del año de la muerte de Aristófanes: se puede situar con toda probabilidad alrede­dor del 385. Y cosa curiosa: del comedió­grafo que elevó a la categoría de protago­nista de sus obras al pueblo de Atenas en su quehacer cotidiano, del único de los an­tiguos poetas cómicos que desempeñó car­gos públicos (una inscripción lo hace apa­recer en la lista de los pritaneos a principios del siglo IV), sabemos muy poca cosa; escasas y poco seguras alusiones en las bio­grafías antiguas, las fechas de las come­dias que han llegado hasta nosotros, nom­bres y fechas de las comedias perdidas.

La figura de Aristófanes es compleja y varia, deslum­bradora en su polifacetismo. El moralista, que parece a veces poner su arte al servi­cio de una elevada idealidad, habla des­pués del vicio y de los viciosos con alegre indiferencia; el político que aparenta que­rer dirigir verdaderamente desde la escena la opinión pública, sólo se propone a me­nudo reírse de todo y de todos; el campeón, contra Sócrates y contra Eurípides, de la educación tradicional, no es menos sofista que los sofistas ni menos lírico que Eurípi­des.

El defensor, contra Sócrates y Eurí­pides, de la religión, se burla más de una vez de los dioses, representándolos en es­cena como seres brutales, avarientos, terribles. En sus comedias, a las chocarrerías triviales, a las bromas pesadas y de mal gusto, suceden los más suaves y alados cantos; a escenas grotescas, a burdas desver­güenzas, discusiones sutiles y elevadas, a los ataques más violentos y a las burlas más atroces, sinceros y orgullosos elogios de Atenas y de sus ciudadanos.

Un mundo variado, lleno de contrastes, que se nutre de una fuerza elemental y rarísima: la alegría; «la alegría de vivir», como ha escrito recien­temente un crítico, «que brota de lo más profundo de su corazón y que no tiene causa alguna, sino que por sí misma nace y por sí misma se extingue, y que no puede ser objeto de reflexión, porque la reflexión la destruiría». Burlón y fantástico, extraño y sublime, Aristófanes fue verdaderamente el último gran poeta de la juventud de Grecia.

Pla­tón se daba cuenta de ello cuando escribía: «buscando las Musas un templo permanente, encontraron el alma de Aristófanes»; lo comprendió muchos siglos más tarde Heine, cuando comparaba la poesía del griego a un árbol maravilloso al cual trepan los monos y en el que cantan los ruiseñores. Para las fuentes sobre la vida de Aristófanes (ade­más de las noticias que el poeta nos da de sí en las comedias, especialmente en las parábasis, nos informan sobre él dos bio­grafías en el Cod. Veneto Marciano 474; el Schol. en Plat. Ap. 19 c, una breve nota de la Suda, una de Thomas Magister en el Cod. Laurenz, XXXI, 4) cfr. J. van Leeuwen, Prolegomena ad Aristophanem, Leyden, 1908, páginas 168 y sig.

U. Albini

Enrico Aristeppo

Nacido probablemente en S. Severina (Calabria) hacia el 1105-1110, m. en Palermo en 1162. Formado en las es­cuelas de la abadía griega de Santa María del Patire, cerca de Rossano, vivió proba­blemente sin destacarse apenas hasta 1155 ó 1156, cuando, reuniendo el título y el cargo de archidiácono de Catania, entró oficialmente en la vida eclesiástica y polí­tica siciliana.

En aquellos últimos siete años de su vida supo, sin embargo, no sólo lo­grar sólida fama en el mundo de la cultura, sino alcanzar la cúspide de las ambiciones políticas, llegando a convertirse en primer ministro de Guillermo I a consecuencia de la conjura contra Majón de Bari. Tanta fortuna le fue fatal, sin embargo, ya que sos­pechando de él su soberano, lo arrojó en la cárcel, donde murió.

Buen conocedor del griego, fue el primero que tradujo al latín el Menón (1154) y el Fedón (1156) de Pla­tón (v. Versiones de Platón), la Apodíctica y el libro cuarto de la Meteorología de Aristóteles —introduciendo así el conocimiento de la física aristotélica en Occi­dente— y otras obras de Gregorio Nacianceno y de Diógenes Laercio.

En ocasión de una embajada, realizada al parecer en 1158, a Constantinopla, recibió como regalo del emperador un códice griego del Almagesto (v.) de Claudio Tolomeo e hizo de él la primera traducción latina. Es seguro que, sin él, la irradiación cultural que emanó de Sicilia en el siglo XII hubiera sido me­nos vigorosa y resonante.

C. Falconi

Aristarco de Samos

Astrónomo griego que vivió aproximadamente entre el 310 y el 230 a. de C. Perteneció a la escuela de Alejandría, adonde, después de la época de Aristóteles, se había trasladado desde Grecia el centro de los estudios bajo Alejandro el Grande, alrededor del 332 a. de C.

Realizó  observaciones astronómicas, como la refe­rente a los solsticios, y es famoso por haber sido de los primeros en sostener, juntamente con Heráclides Póntico, la opinión del mo­vimiento diurno de la Tierra en tomo a su eje, al mismo tiempo que giraba alrededor del Sol inmóvil en el centro del mundo, y asimismo defendió la tesis de que la Tierra gira alrededor del Sol siguiendo el círculo oblicuo del Zodíaco, de modo que la inclinación del eje rotatorio de la Tierra con respecto al plano de dicho círculo ex­plicaba las variaciones de las estaciones (v. Hipótesis).

Fue acusado de impiedad por Clemente Estoico «por haber turbado el reposo de Hestia», es decir, de la Tierra, considerada entonces por la mayoría como el centro del Universo. Aristarco había adelantado la hipótesis de que el Sol fuera mucho mayor que la Tierra, y estimó que su diá­metro sería unas siete veces mayor y su volumen unas trescientas veces, llevándole esto a pensar que la Tierra, siendo más pequeña, debía girar en torno a la «lumi­naria del Universo».

A. ideó, además, un método para determinar las distancias rela­tivas del Sol y de la Lima, que geométrica­mente es correcto y genial, pero con el que no se consiguen resultados aceptables dada la poca precisión de las observaciones de Aristarco, llevadas a cabo sin instrumentos.

G. Abetti