Fuente de la Vida, Sélomó Ibn Gabirol

[Fons vitae]. Diá­logo filosófico entre maestro y discípulo, de Sélomó Ibn Gabirol, más conocido con el nombre de Avicebrón (1020-1058), poeta y filósofo español, a quien durante muchos siglos se le consideró cristiano, aunque hoy se le considera como el «Platón judío». La obra fue traducida al latín de un original árabe (luego perdido), en 1150, por un gru­po presidido por el arzobispo de Toledo, don Raimundo. Debe su importancia al he­cho de haber sido Avicebrón el primer ex­positor sistemático del neoplatonismo en Europa, llevando a cabo de esta manera una función análoga a la que mil años atrás otro judío, Filón, había ejercido como in­termediario entre la filosofía helénica, es­pecialmente platónica, y el mundo oriental; ambos con escasa influencia en los ambien­tes judíos, y notable en cambio sobre el Cristianismo primitivo (Filón), y sobre la escolástica cristiana medieval (Avicebrón). La Fuente de la vida es, según Avicebrón, la materia, base de la existencia y fuente de vida en todo ser creado.

El diálogo cons­ta de cinco tratados que desarrollan los si­guientes temas: la materia y la forma en general y su relación en las substancias corpóreas; la substancia que sostiene la cor­poreidad del mundo; pruebas de la existen­cia de substancias simples, intermediarias entre Dios y el mundo físico; pruebas que estas substancias simples, o inteligibles, tam­bién están constituidas de materia y forma; la materia universal y la forma universal. La tesis dominante es que todos los seres creados están constituidos de materia y de forma, no sólo las substancias corpóreas, sino también las simples o espirituales, que sirven de eslabón entre la substancia pri­mera (Dios) y la substancia que se divide en las nueve categorías (el mundo físico). La materia y la forma se encuentran siem­pre en la relación de quien sostiene y quien es sostenido, de calificado y cualidad, subs­trato y atributo: la misma materia se da en todo el universo, desde las más altas formas de la espiritualidad a los más bajos límites del mundo físico; pero cuanto más se aleja la materia de su primer origen, menos espiritual es. La materia universal es el substrato de todo lo que existe. Esta universalidad de la materia es la aporta­ción más original de la filosofía de Avice­brón. Para éste, todo lo que existe se puede reducir a tres categorías: substancia pri­mera, materia y forma, mundo. La voluntad de Dios, su palabra creadora, no hace de intermediario; no es ni atributo ni subs­tancia separada.

Se ha dicho que con esta teoría, mezcla de platonismo, empedoclismo y monoteísmo judío, Avicebrón se pro­ponía reconciliar esta última concepción con el neoplatonismo, pero hay que observar que él, contrariamente a la escolástica, in­cluso la judía, para la que la filosofía era la «ancilla» de la teología, mantuvo su es­peculación filosófica inmune de toda mezcla teológica y bíblica. De ahí que se convir­tiera en manzana de discordia entre los franciscanos platónicos y los dominicos aristotélicos, dirigidos por San Alberto Mag­no y Santo Tomás de Aquino. Guillermo de Auvernia habla de él como del más «noble de todos los filósofos» cristianos; y Alejan­dro de Hales y San Buenaventura acepta­ron su doctrina de la constitución de las substancias espirituales de materia y for­ma; su más celoso defensor fue Duns Scoto, para llegar más tarde a Giordano Bruno. Santo Tomás se opuso a tres de sus teorías: universalidad de la materia, pluralidad de las formas en un ser físico (pues admitía «formas separadas» desprovistas de materia) y el poder de actividad de las substancias físicas, afirmado por Avicebrón y recha­zado por Santo Tomás. Jourdain ha escrito que la filosofía del siglo XIII no es inteli­gible sin conocer la filosofía de Avicebrón y su influencia.

G. Pioli

La Fuente de Bachcisarai, Alejandro Pushkin

[Bachcisarajskij fontan]. Poema de Alejandro Pushkin (Alexandr Sergeevic Pushkin, 1799- 1837), escrito en 1822, inmediatamente des­pués de su destierro al Cáucaso. El poema se resiente de la imitación que Pushkin, siendo aún estudiante, hizo de Ossian y de Parny, y es evidente la influencia de Byron.

La acción ocurre en un harén descrito con colores orientales y románticos, al estilo del que Byron usó para describir el harén, en la segunda parte de su Don Juan (v.). En­tre las odaliscas del sultán Gireij, vive prisionera la princesa polaca María, por amor de la cual Gireij ha dejado a su fa­vorita Zarema. En aquel mundo de sensua­lidad musulmana, María ha creado en su habitación un refugio de cristiana castidad y pasa sus días dedicada a la oración, do­minada por la nostalgia de la patria le­jana. El sultán no osa profanar la inocen­cia de su prisionera y se consume de me­lancolía y esperanza. Zarima, por su parte, no tolera el abandono y, roída por los ce­los, apuñala a su rival. Por orden de Gireij, los guardianes del harén ahogan a Zarema y, como recuerdo del hecho, hace cons­truir una fuente llamada de «las lágrimas», donde se lee, grabada en el mármol, la triste historia de María.

Pushkin tomó la decoración exterior del Cáucaso e hizo con ella una «mise en scène» grandiosa pero fría, alejada del alma de su evocador. En su destierro, el poeta soñaba con los amo­res de San Petersburgo e intentaba sublimizarlos en su poema. Mientras tanto, se perfeccionaban sus yambos y se consolida­ba su seguridad de expresión: un verdade­ro período de preparación para las obras mayores. [Trad. española de Alexis Marcoff, con el título El surtidor de Bakchisa- ray, en Obras escogidas, tomo I (Barcelona, 1942)]. G. Kraisky

… la poesía de Pushkin es la historia de un altísimo ideal que busca la luz, senti­miento sincero y libertad. La inusitada ri­queza de sus imágenes poéticas ha sido una revelación. Él ha extendido el horizonte de la poesía rusa más allá de las fronteras nacionales. La ha hecho universal. (Pypin)

La Fuente del Blanco Pie, Petko R. Slavéjkov

[Izvorát na Bélonoga]. Breve poema del poeta búlgaro Petko R. Slavéjkov (1827-1895), tomado de una leyenda popular. Se basa en el motivo, común a la producción popu­lar balcánica, de la sombra humana em­paredada que lleva inexorablemente a la muerte. La bella Gergana, muchacha del pueblo, virtuosa y fiel a su enamorado Nikola, rechaza con tal vehemencia los re­querimientos y promesas de un visir turco, que termina por despertar la admiración del propio visir, el cual, en lugar de disgustarse por el desprecio, deja libre a la muchacha y la colma de dones, ordenando que en su honor se construya una fuente. Desgraciadamente, al construir la fuente, la sombra de la muchacha queda emparedada, y la pobrecilla enferma y muere de con­sunción. El poemita, cuya forma es tam­bién reflejo del estilo del canto popular, es la obra poética más lograda de Slavéjkov. Trad. italiana de Enrico Damiani en la «Rivista di Letterature Slave» (I, 1927).

E. Damiani

Fuente Canora, Paolo Nirvánas

Co­lección de poesías líricas que toma su nom­bre de la apolínea Castalia, del escritor neogriego Paolo Nirvánas (Pietro Apostolidis, 1866-1937). Publicado en 1921, el breve volumen representa un paréntesis poético en la obra del escritor, especialmente co­nocido como prosista, novelista, dramatur­go (v. El arquitecto Marthas) y cronista de la vida cotidiana en la prensa de Ate­nas. Sus poesías recuerdan, por la forma tetrástica, el antiguo epigrama. Cada una de ellas encierra un paisaje o un estado de ánimo, y, más a menudo, las dos cosas al mismo tiempo. La feliz brevedad y el sabio arte del estilo son adecuados para captar en el breve giro de la cuarteta impresiones y sentimientos fugaces. La mayoría pare­cen impresiones de viaje, de cuando Nir­vánas era médico en la armada griega: por ejemplo, «Creta»: «Desde el azul abismo surges a mi encuentro, ¡oh Creta! / Tren­zan para ti las nubes del anochecer una guirnalda dorada / Y el sol, poniéndose tras el Psilorites, / Del cielo la sangre mezcla con tu sangre, ¡oh Creta!» (alusión a las luchas que la gran isla griega sostuvo, por aquel entonces, contra los turcos para lograr su independencia).

B. Lavagnini

La Fuente Bandusia, Vasile Alecsandri

[Fántana Blanduziei]. Poema dramático rumano en tres partes de Vasile Alecsandri (1821-1890), re­presentado en 1884. Horacio, retirándose a una villa suya cerca de Tívoli, enojado por haber perdido el manuscrito del Arte Poé­tica (v.), se enamora de la esclava Geta, hija del noble Daco, a la que el poeta en­contró cerca de la fuente Bandusia. Pero Geta ama al esclavo celta Galo y, al saber que Scauro, dueño de ambos, ha prometido a su amada Neera que dará la libertad al primer esclavo al que ella encuentre sa­liendo de un banquete en el que partici­pará también Horacio, hace rebelarse a sus compañeros y encierran en una bodega al jefe de los siervos, Hebro, que, enterado también de la promesa, quisiera aprovecharla.

Geta, empero, es entregada por Scauro a Horacio, que la ha ganado en un certa­men poético, y cuando Scauro se entera de que fue ella quien provocó la rebelión de los esclavos, quiere comprarla de nuevo para vengarse. Geta, para no caer en sus manos, intenta suicidarse: Horacio la salva y le revela su amor; ella le contesta que ama a otro, y es despedida por el poeta. Con Galo se va a la fuente Bandusia, donde encuentra entre la hierba el manuscrito del Arte Poética. Mientras los dos jóvenes re­gresan juntos, Horacio, impulsado por sus celos, quisiera matarlos; pero, al ver en sus manos su precioso manuscrito perdido, los perdona y les concede la libertad. Este dra­ma obtuvo en sus tiempos un éxito de ex­cepcional importancia, debido a que intro­dujo en el naciente teatro nacional, si bien en forma romántica, los temas clásicos tan amados de los rumanos por el recuerdo de sus orígenes latinos.

G. Lupi