«Podemos disfrutar del presente al mismo tiempo que somos insensibles a los achaques y la decadencia; pero el presente, como una nota musical, no es nada sino parte de lo que ha pasado y de lo que está por venir.» Esto escribía Walter Savage Landor en el siglo xIx. Brian Aldiss, prosista y poeta de fecundidad amenazada por la entropía, ha dicho que esta cita le parece resonante, y en verdad el sombrío sentimiento de Landor parece estar subyacente en mucho del juego sexual superficial de la a veces desesperada joie de vivre de la ficción de Aldiss. Esto nunca fue más evidente que en su principal novela de literatura fantástica El tapiz de Malacia (The Malacia Tapestry).
Fue Bedalar quien habló después, con voz ensoñadora.
–Alguien me dijo que Satán ha decidido cerrar el mundo y que los magos están de acuerdo. Lo que sucederá no será desagradable, pero la vida ordinaria empezará a andar cada vez más lentamente, hasta que se detenga del todo.
–Como se detiene un reloj –sugirió Armida.
–Más bien como un tapiz –dijo Bedalar–. Quiero decir que un día como hoy, es posible que las cosas se agoten, se detengan y jamás vuelvan a moverse, de modo que nosotros, y todo, quedemos ahí colgados como un tapiz en el aire, para siempre jamás.
Armida y Bedalar son dos bellas jóvenes de ilustre cuna, cortejadas por los jóvenes actores, «saltimbanquis en un paisaje urbano», Perian de Chirolo y Guy de Lambant. De Chirolo es el narrador de la novela, un encantador joven despreocupado que se mueve con toda comodidad por una ciudad llena de riquezas y atractivo, miseria y peste. Malacia existió durante milenios, aparentemente sin cambios sociales. Es vagamente levantina y de una atmósfera medieval tardía (Bizancio es un vecino, los turcos son el enemigo, y la gente habla de la diosa Minerva y otros personajes de la mitología grecorromana, pero también
beben café). Los adivinos y sacerdotes abundan; todas las innovaciones mecánicas y las nuevas ideas están proscritas. Más notable aún es que por las calles andan dinosaurios domesticados, que son aceptados como los «antepasados» del populacho de la ciudad; hombres y mujeres con alas revolotean por el cielo de las bóvedas a las agujas. Malacia es un vasto mercado y recinto ferial: actores, empresarios, titiriteros, artistas y artesanos compiten todos por los favores de la aristocracia. Ésta es una sociedad alegre pero estática, que cuelga (según las palabras de Bedalar) como un tapiz.
Para atraer a la encantadora Armida, De Chirolo se enre-da con un excéntrico inventor socialista, quien persuade al joven de que actúe en una obra de teatro «mercurizada» que será grabada mediante una nueva máquina maravillosa, el «zahnoscopio». El inventor espera que esta rudimentaria forma de cine tenga un impacto revolucionario sobre la vida de Malacia. Sobrevienen los inevitables problemas. Es una novela larga y bien orquestada, y en toda ella Aldiss explora el tema del artista como intermediario en el continuo comercio entre la fecundidad y la entropía. La historia es contada a un ritmo tranquilo, y hay en ella mucho humor. En su punto culminante, De Chirolo va a la finca de la familia de Armida a cazar una «mandíbula del demonio» (es decir, un Tyrannosaurus rex) y consigue conocerse a sí mismo. No se hace ningún intento de situar Malacia en algún universo lógico alternativo. El libro es una deliberada fantasía del anacronismo, un popurrí ahistórico. Es en parte una obra de fantasía heroica –a fin de cuentas, el protagonista mata un «dragón», y con ayuda de la «magia»–, pero es también una novela social, un cuento de amor y esnobismo, de hipergamia y tensión de clases. Sus ricos pasajes descriptivos deben algo a Dickens y a Mervyn Peake. Brian Aldiss (nacido en 1925), autor de muchos relatos de ciencia ficción y novelas cómico–realistas, nunca volvió a escribir nada semejante.
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Heinlein fue el decano de los escritores de ciencia ficción norteamericanos, distinguido particularmente por su descripción realista, por no decir dura, de los desarrollos tecnológicos en un futuro cercano. Sin embargo, como ya hemos visto al comentar La desagradable profesión de Jonathan Hoag [21], también sentía inclinación por lo fantástico. En su vejez, escribió una serie de novelas que son más de literatura fantástica que de ciencia ficción, un ejemplo reciente de las cuales es Job: A Comedy of Justice (1984), influida por James Branch–Cabell. La primera y quizá la más popular de sus obras fantásticas de su período tardío fue Ruta de gloria (Glory Road), un intento de elaborar una obra de aventuras afable, alegre y de estilo desconocido para los años sesenta, un juego escapista que evoca un mundo «donde no hay contaminación, ni problemas de trán-sito, ni explosión demográfica … ni guerra fría, ni bombas H, ni publicidad televisiva, ni conferencias en la cumbre, ni ayuda extranjera, ni impuestos ocultos, ni impuesto de la renta».
El desconocido Salman Rushdie (nacido en 1947, en la India) presentó esta novela para aspirar a un premio Gollancz de ciencia ficción en 1974. No ganó porque se la consideró como una obra puramente fantástica más que de ciencia ficción; pero los editores barruntaron que habían hecho un notable descubrimiento y gustosamente publicaron el libro un año más tarde. En ese entonces fue en gran medida ignorado, aunque Ursula Le Guin lo describió como «hermoso, divertido e interminablemente sorprendente». Seis años más tarde Rushdie ganó el principal premio literario de Gran Bretaña, el premio Booker de ficción, por su segunda novela, Hijos de la medianoche (1981), y fue considerado un escritor importante. Grimus tiene escasa semejanza con las obras posteriores del autor, pero sigue siendo un interesante relato fantástico por derecho propio: es divertido, filosófico, excéntrico, lírico, juvenil y siempre muy imaginativo. Recuerda un poco El doctor Hoffman y las infernales máquinas del deseo [52], con un pequeño agregado del ingenioso espíritu bromista de Kurt Vonnegut.
«Aunque no es una «fantasía isabelina» ni una novela histórica, esta obra tiene cierta relación con La reina de las hadas», declara Michael Moorcock en una nota del autor. Más obvia aún es la deuda que esta sorprendente novela tiene con Mervyn Peake, particularmente en su descripción inicial del colosal palacio de la reina Gloriana (recuerdos de Gormenghast):
Este enorme esfuerzo, la primera obra publicada por su joven autor norteamericano, apareció en tres volúmenes titulados La ruina del Amo Execrable, La guerra de Illearth y El poder que preserva (seguidos por tres volúmenes más en Segundas crónicas, pero no me referiré a ellos aquí). No hay ninguna duda de que pertenece a la escuela de J. R. R. Tolkien. De todas las trilogías de fantasía épica que han aparecido en los treinta y tantos años transcurridos desde El Señor de los Anillos, la de Donaldson ha sido la de mayor éxito comercial, y muchos lectores sostendrán también que es la mejor. Mi impresión es que se trata de una obra innegablemente impresionante, aunque desigual. Donaldson nos brinda una subcreación entera: el mundo del País, donde el héroe (mágicamente desplazado desde nuestra Tierra) se embarca en una intensa búsqueda para derrotar a los poderes corruptos del mal personificados por el Infame Señor Despectivo. Aunque el País tiene una semejanza más que superficial con la Tierra Media, el mismo Thomas Co-venant es un personaje mucho más moderno que cualquiera de los de Tolkien: es descrito como un personaje solitario cargado de angustia, que no tiene confianza en sí mismo y sufre la terri-ble enfermedad de la lepra. En los tres volúmenes, nunca está seguro de si su experiencia del País es o no una especie de ilusión terminal, el sueño de una mente enferma en un cuerpo achacoso.