«El unicornio vivía en un bosque lila, y ella vivía totalmente sola. Era muy vieja, aunque ella no lo sabía, y ya no tenía el color despreocupado de la espuma del mar, sino más bien el color de la nieve que cae en una noche iluminada por la luna. Pero sus ojos aún eran tranquilos e incansables, y aún se movía como una sombra en el mar.» Así empieza esta novela de cuento de hadas que ha encantado a muchos lectores y ha llegado a ser objeto de culto. Aparentemente simple y casi infantil en su línea narrativa, está escrita en una prosa límpida que consigue expresar complejidades de adultos. Y como Un lugar agradable y tranquilo [24] de Beagle, contiene una buena dosis de amable humor. Cuenta cómo el último unicornio salió de su bosque en busca de otros de su especie, una búsqueda aparentemente sin esperanza, pues se encuentra con un mundo tristemente caído cuyos habitantes ya no tienen ojos para lo maravilloso. La mayoría de la gente lo «ve» como un tipo peculiar de caballo.
Pero algunos reconocen su verdadera naturaleza. Uno de ellos es el propietario con aspecto de bruja de la Feria de Medianoche de Mommy Fortuna, un triste circo ambulante cuyo lema publicitario es «seres de la noche llevados a la luz». Las jaulas de Mommy Fortuna contenían una variada colección de melancólicos animales –un león, un cocodrilo, un perro sarnoso, un mono, una boa constrictor y otros–, pero cuando se los contemplaba desde cierto ángulo, estos pobres animales adquirían la apariencia de una mantícora con cola de escorpión, un dragón llameante, Cerbero el perro de tres cabezas y la serpiente Midgard. (Esto hace recordar un poco al lector la pequeña extraña novela de literatura fantástica de Charles G. Finney El circo del doctor Lao, 1935.) Por un momento el uni-cornio es atrapado dentro de los barrotes de una jaula de la feria, pero pronto escapa de allí con la ayuda de un nuevo amigo, Schmendrick el Mago: «Así huyeron juntos durante la noche, paso a paso, el hombre de negro y el animal blanco con cuerno. El mago se deslizó tan cerca del unicornio como se atrevió, pues más allá se movían hambrientas sombras …».
Schmendrick es un maestro de las artes mágicas torpe y propenso a los accidentes («Debo de haber hecho mal las co-sas», dice cuando uno de sus hechizos no tiene ningún efecto), pero demuestra ser un buen compañero del unicornio en su búsqueda de la tierra del rey Haggard, donde –se le ha dicho– puede que vivan aún algunas de sus «gentes». La inverosímil pareja acepta que Molly Grue se incorpore a esta picaresca búsqueda; Molly, es una tosca prófuga que demuestra tener un corazón de oro. «Los unicornios son para los comienzos –se queja el celoso Schmendrick–, para la inocencia y la pureza, para la inexperiencia … para las jóvenes». En otras palabras, los unicornios son para las vírgenes, pero: «Molly estaba acariciando la garganta del unicornio tan tímidamente como si fuese ciega. Secó sus sucias lágrimas sobre las blancas crines. «No sabes mucho de unicornios», dijo». Bajo la influencia de la bella criatura, Molly parece hacerse más joven y despreocupada. Luego los viajeros llegan al reino del rey Haggard, que resulta ser un páramo desolado y al que el unicornio y sus amigos ayudarán a recuperar. El último unicornio lucha con un gran toro rojo, y lo arrastra al mar, liberando así a todos sus congéne-res de un solo cuerno, que vuelven a sus claros en los bosques de la tierra renacida.
A pesar del éxito comercial de esta alegre fábula, Peter S. Beagle ha escrito pocas obras de ficción. Sus últimas historias de tipo fantástico son Farrell y Lila, la mujer–lobo (1974), una pequeña novela, y The Folk of the Air (1986), una novela muy extensa. Sin embargo, es uno de los más influyentes escritores modernos de literatura fantástica: junto con Úrsula Le Guin (véase la entrada siguiente), contribuyó a consolidar el género y a preparar el camino para el gran auge de la literatura fantástica que se convirtió en una parte vital del ámbito editorial norteamericano en los años setenta.
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Este título puede ser interpretado de muchos modos: lo «pequeño» y lo «grande» son el campo y la ciudad, lo interno y lo externo, lo privado y lo público, lo mágico y lo humano. Y mucho más. El subtítulo fue puesto por el editor en la página del índice: allí nos enteramos de que la obra realmente se llama Pequeño, grande o El parlamento de las hadas (Little, Big; or, The Fairies’ Parliament). En verdad, trata de las hadas y del país de las hadas, la saga de una familia y una
Esta novela fue recibida como el libro más importante de Burroughs desde El almuerzo desnudo (1959). Fue descrita como una suerte de obra maestra por críticos tan diversos como Peter Ackroyd, Christopher Isherwood y Ken Kesey. Esto quizá se debió a que la narración era más directa y «lineal», menos fragmentaria que en obras anteriores como Expreso Nova (1964) y The Wild Boys (1971). Sin embargo, es con todo una novela de partes dispares: hilos narrativos entrelazados, cada uno de los cuales adquiere primacía y luego desaparece, sin un comienzo, una parte media y un final claros. Pero uno no espera lo convencional de Burroughs (nacido en 1914): es uno de esos que «transmiten sus informes a medianoche desde las obscuras carreteras de nuestras espinas dorsales» (en memorables palabras de J. G. Ballard). En algunos aspectos es el mejor escri-tor de literatura fantástica de la segunda mitad del siglo xx, el cartógrafo de nuestras más horribles pesadillas.
Esta intensa fantasía sobre las posibilidades de la liberación de las mujeres es una novela malvada, «malvada» en su honestidad sobre los impulsos eróticos y sádicos, y los modos en que esos impulsos subvierten todos nuestros sueños utópicos. Puesta contra el marco de fondo de unos Estados Unidos de América en derrumbe, es una obra de puro terrorismo horripilante. Su tema tiene una ligera semejanza con Myra Breckinridge (1968) de Gore Vidal: el personaje principal, Evelyn, empieza siendo un hombre pero lo convierte en una mujer (y una mujer bella, además) una mujer cirujana que está loca, pero en mi opinión ésta es una novela mucho más impresionante.
Como 1984, tampoco este libro se publicó con el rótulo de «ciencia ficción», pese a lo cual ha llegado a considerárselo como una de las grandes novelas norteamericanas del género. Y no cabe duda de que es ciencia ficción. En este caso, la ciencia que tan eficazmente sostiene la narración es la ecología (que en 1949 distaba mucho de ser una palabra de moda). George Rippey Stewart (1895–1980) enseñó inglés en la Universidad de California y escribió más de treinta libros, desde novelas históricas hasta estudios eruditos de toponimia. Tenía un inagotable interés por la historia y la geografía de los Estados Unidos, así como una profunda comprensión de las maneras en que el medio ha moldeado la actividad humana. Sus novelas Storm (1941) y Fire (1948) tratan de los esfuerzos de los norteamericanos para enfrentar las catástrofes naturales. En la mejor de sus obras, La Tierra permanece (Earth Abides), describe con todo detalle el tiempo posterior a un desastre inusual: una misteriosa plaga mata a la inmensa mayoría de la raza humana.