Michaelmas (ALGIS BUDRYS)

Michaelmas

Al igual que Homo plus, de Pohl, esta novela aborda el tema de la in-teligencia artificial, cuya importancia e imperiosidad crecen año tras año.  También se refiere a la tecnología aplicada de las comunicaciones, y nos ofrece una de las mejores descripciones de la futura Ciudad Global.  El héroe, Laurent Michaelmas, es un periodista de la era electrónica, un reportero ambulante de radio, TV y holovi-sión.  En realidad, es mucho más que eso.  Otrora técnico de com-putación, es creador y dueño de un complejo programa que domina efectivamente el mundo, aunque ese mundo del año 2000 no se percate de que es gobernado.  El programa de Michaelmas se llama Domino.  Es un ente artificial que vive y se mueve en los medios informatizados de comunicación que cubren el globo.  Domino le habla a Michaelmas a través de un transmisor del tamaño de un maletín que el periodista lleva siempre consigo.  También puede ponerse en contacto con él por medio de un pequeño receptor que le han instalado en el cráneo.  De esa manera, Michaelmas está informado de todo lo que ocurre en todas partes; además, es capaz de influir sobre los acontecimientos instruyendo a Domino para que tergiverse convenientemente los mensajes que circulan por el sistema.  Todo esto se resume en una impresionante fantasía de omnipotencia y de poder.

¿Por qué el héroe se llama Michaelmas?  Según el Dictionary of Phrase and Fable, de Brewer, Saint Michael fue en algún momento «el espíritu que presidía el planeta Mercurio y que había dado al hombre el don de la prudencia».  Mercurio, por supuesto, era un mensajero alado, y Laurent Michaelmas pregona prudencia (y paz) al mundo.  Ha conseguido que el Este y el Oeste alcanzaran una detente; ha conseguido aliviar casi todos los conflictos inter-nacionales y la pobreza y la desesperación del Tercer Mundo.  En cierto sentido, ha creado un mundo en el que nunca más habrá conflictos, como uno de los periodistas de los viejos tiempos reprocha a Michaelmas, sin saber que está hablando con Dios Todopoderoso.

El símbolo de todos los triunfos de Michaelmas es la UNAC, la United Nations Astronautics Commission, a través de la cual los Estados Unidos, la Unión Soviética y otras naciones cooperan pací-ficamente en la exploración del espacio.  La trama de la novela com-prende un intento de destruir la UNAC por medio de un escándalo inventado.  Alguien, o algo, ha hecho aparecer a los soviéticos como responsables de un atentado contra la vida de un importante astro-nauta norteamericano.  Michaelmas vuela a Europa a fin de cubrir la historia, y averiguar, con la ayuda de Domino, quién está detrás de ese peligroso intento de desestabilización.  Mientras se desplaza por los ordenadores de un sanatorio suizo, Domino tropieza con una amenazante presencia, que posiblemente sea otra inteligencia artificial, o incluso un extraterrestre.

Michaelmas es una novela seductora y repleta de maravillo-sos detalles.  Es evidente que Algys está bien enterado de cómo los medios de comunicación pueden manipular los acontecimientos del mundo.  No obstante, tengo mis dudas tanto acerca de la credibilidad del libro como de su posible moralidad.  Nos pide que creamos que un hombre, con la ayuda de una perversa máquina inteligente, puede dominar realmente el mundo, y nos invita a aceptar todo esto como una propuesta deseable.  En el caso de Michaelmas, el poder absoluto no lo corrompe; al contrario, le permite convertirse en santo.  Dando por sentado que podemos creer en la posibilidad de una inteligencia artificial como la de Domino, también se nos pide que aceptemos que esa poderosa entidad estará al servicio de la especie humana.  ¿Qué impide que Domino desplace al estimado Michaelmas?  Budrys no responde a esta pregunta; en cambio, su novela expresa una conmovedora confianza en la capacidad del ser humano para estar siempre en la cima, por grandes que sean la admiración y el temor que despierta la tecnología.

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Pavana (KEITH ROBERTS)

Pavana

A la mayoría de los escritores de ciencia ficción les gusta deslumbrarnos (o asombrarnos) con sus conocimientos técnicos, ya se trate de astrofísica, sociología, psicología o cualquier otra cosa. Keith Roberts (nacido en 1935) no es una excepción, pero en su caso los tecnicismos son atípicos: «Sobre el banco, frente al monje, había una losa de piedra caliza de unos sesenta centímetros de largo por diez o más de espesor. Junto a ella, dos cajas de arena de plata; el hermano John estaba atareado puliendo la superficie de la piedra, para lo cual volcaba la arena en una moledora circular de hierro, que luego hacía girar con cierta habilidad, de modo que remoli­neaba una emulsión de agua y abrasivos sobre la losa. El trabajo era agotador y exigente; cuando estuviera acabado, en la piedra no te­nía que quedar ninguna curva, en ninguna dirección. Cada tanto, buscaba alguna concavidad apoyando una regla de acero sobre la superficie. Después de unas horas, la losa estaba casi lista, y en la etapa más difícil. La textura granulada que dejaba la moledora también tenía que estar libre de imperfecciones…».

El hermano John está preparando la losa para la prensa de un taller de litografía, una imprenta que produce octavillas y anuncios, como el que muestra el «dibujo de una rolliza muchacha campe­sina que sostiene un manojo de cebada y la inscripción Cerveza de los cosecheros; destilada bajo licencia en el monasterio de Saint Adhelm, Sherborne, Dorset». Este libro abunda en hermosas descripciones de una tecnología ya obsoleta, sobre todo en la primera parte («Primer Compás»), donde se nos presenta a Jesse Strange, el orgulloso propietario de una flota de locomotoras de vapor. Son máquinas que ruedan sobre carreteras, no sobre raíles, y que son el principal medio de transporte pesado en esa Inglaterra del 1968 d.C: «Tal vez algún día el motor de petróleo pueda llegar a algo… Pero antes habrá que vencer la objeción de la Iglesia. La Bula de 1910, Petro­leum Veto, había limitado la capacidad de los motores de explosión a 150 cc, y desde entonces los transportes de vapor no habían teni­do verdadera competencia. Los vehículos de petróleo se han visto forzados a incorporar grandes velas para desplazarse mejor…».

Los lectores adivinarán, por esta extraña mezcla de lo antiguo y lo moderno, de lo religioso y lo comercial, que Pavana (Pavane) es otra novela de mundos alternativos. Está ambientada en la co­rriente temporal en que la reina Isabel I es asesinada (1588), en que Felipe II de España conquista Inglaterra, y la consiguiente «Guerra de los Enrique» termina con el triunfo de la Santa Alianza y la Iglesia recupera su antiguo poder. La característica principal de ese mundo es el poder opresivo de la Iglesia Católica, un poder que ha ahogado la investigación científica y el progreso tecnológico. No obstante, ha habido algunos cambios, y hombres como Jesse Strange y el hermano John son sus agentes. La lucha entre la Iglesia y las fuerzas incipientes del progreso material está llegando a su cul­minación.

La novela no tiene una sola historia lineal, sino seis largas histo­rias, un prólogo y una coda (cada uno de los capítulos apareció pri­mero por separado en la revista británica de cf Impulse, de corta vida, de la cual Keith Roberts era editor gerente). Los «Compases» del libro están marcados con precisión y con mucho vigor, y ca­da uno de ellos es una obra maestra en miniatura. Se desarrollan como una danza solemne con vívidos disfraces, o como una pavana. La «Coda» es muy elocuente. En una era futura de monorraíles y estaciones de energía eléctrica –mucho después de haberse ga­nado la prolongada batalla y de haber forzado el repliegue de la Iglesia–, se nos ofrece un pantallazo de nuestra propia época, do­minada por un ritmo frenético de cambios. Parece ser que la Iglesia tenía un conocimiento anticipado de nuestro mundo y había inten­tado –con éxito– impedir su advenimiento: «La Iglesia sabía que el Progreso no se detendría: pero podía retrasarlo … dándole tiempo al hombre para que se acercara a la Razón verdadera; ése fue el don de la Iglesia a este mundo. Y fue inapreciable. ¿Oprimió? ¿Ahorcó y quemó? Sí, un poco. Pero no hubo Belsen. Ni Buchenwald. Ni Passchendaele».

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El programa final (MICHAEL MOORCOCK)

El programa final

Algunos capítulos de esta novela aparecieron en New Worlds entre 1965 y 1966. Michael Moorcock (nacido en 1939), más conocido en esa época por sus cuentos de espada y hechicería sobre Elric de Melniboné, escribió esta novela en un mes. A pesar de la rapidez, fue su primera novela «seria», y también, adecuadamente, su pri­mera novela de humor, pero le costó varios años encontrar un edi­tor dispuesto a publicarla. A quienes leyeron el manuscrito debió de parecerles una obra excéntrica, incluso incomprensible. Sin em­bargo, cuando finalmente el libro apareció en Gran Bretaña en edi­ción encuadernada en tela, The Times Literary Supplement señaló: «El efecto total –¿a qué otra novela de ciencia ficción de catástro­fe podría aplicársele el término?– tiene encanto…». El programa final (The Final Programme) ha seguido fascinando a los lectores, y lo mismo las tres novelas siguientes, cada vez más ambiciosas: A Cure for Cancer (1971), The English Assassin (1972) y The Condition of Muzak (1977). Los cuatro libros se publicaron luego, única­mente en los Estados Unidos, en un solo volumen titulado The Cor­nelius Chronicles.

La primera edición de The Final Programme contenía esta dedi­catoria: «A Jimmy Ballard, Bill Burroughs y los Beatles, que son quienes están señalando el camino». Esta mezcla de nombres insi­núa el clima de la novela. El personaje principal, Jerry Cornelius, es un joven de pelo largo, drogadicto y de sexualidad no definida. Se dice que ha sido jesuita, y ha escrito un libro titulado En busca del tiempo a través de la decadencia de Occidente. Le entusiasman los coches veloces y los barcos potentes y aprecia la música rock de The Who, The Moody Blues y The Animals («Jerry sólo escuchaba lo me­jor»). Lleva una «pistola–jeringa» y no tiene ningún inconveniente en utilizarla. Figura quimérica de aparente amoralidad, Jerry Cor­nelius es un intento consciente de Moorcock de crear un héroe mí­tico y acorde con la época. Tiene aspecto de camaleón y es imposi­ble retenerlo y clasificarlo, pues se mueve despreocupadamente en un mundo caótico.

La primera parte del libro es el relato ágil y violento de una incursión a la antigua casa de Jerry en el norte de Francia. Jerry, en complicidad con la peligrosa señorita Brunner, quiere vengarse de su detestable hermano, quien mantiene prisionera a la hermana de ambos. En la segunda parte, la acción vuelve a Londres, donde Jerry se siente verdaderamente en su casa: «En esos días el mundo estaba dominado por las armas, la guitarra y las jeringas, más se­xuales que el sexo, en el que la buena mano derecha se había vuelto el principal órgano sexual masculino…».

Algo muy viril, y que sugiere la inocencia suspicaz que tanto ca­racterizó la década del sesenta. La historia, que muy deliberada­mente carece de sentido, involucra ahora a Jerry en un viaje a Lapland, donde la señorita Brunner está construyendo un ordenador en cavernas subterráneas que los nazis han dejado abandonadas. Esa máquina desarrollará el «programa final», integrando la suma total del conocimiento humano. Otra vez en Londres, Jerry da una fiesta que es el escenario de la tercera parte de la novela. La fiesta dura meses y a ella asisten «lesbianas turcas y persas con enormes ojos seductores como de tristes gatos castrados», así como también un grupo pop llamado «El pinchazo profundo», un «albino autocompasivo» (éstos como referencias), y muchos, muchos otros.

El libro termina con la creación de un nuevo y artificial Mesías, una fusión hermafrodita de Jerry y la señorita Brunner, que con­duce a la población de Europa a su trágico destino en el mar. «Un mundo atractivo –reflexiona el Mesías una vez cumplida su ta­rea–, un mundo muy atractivo.» El programa final sólo puede ser descrita, no analizada. Gran parte de la novela, en especial los dos últimos tercios, es realmente entretenida, aunque desconcertante. No es en realidad una sátira, ni parece cínica: es una comedia de de­sesperación, una novela de arte pop, toda superficies y apariencias, que capta bellamente el estado de ánimo de su tiempo.

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Berlin Noir I. Philip Kerr. «Violetas de marzo»

La novelas sobre nazis escritas por anglosajones ya me ponen en guardia, pero aún así, como esta me la regaló un amigo, decidí leerla. No es pesada. Se acaba pronto. Por ahñí, punto a favor
Esta novela, primera en lo que se pensó como una trilogía y va ya por tetralogía, trata de reflejar lo que era la vida en el Berlín dominado por los nazis, pero antes del comienzo de la Guerra. Es el momento de los juegos olímpicos, en 1936 y sñí, habéis acertado: no se salta ni un tópico, ni un Jesse Owens ni una puñetera obviedad de camino trillado: las contiene todas. Sin falta.

La idea en sí me pareció atractiva y me acerqué al libro con mente abierta y ganas de imbuirme en aquel ambiente difícil. La primera desilusión fue comprobar que el autor no estaba demasiado interesado en nada que no tuviese que ver con los tópicos conocidos por todo el mundo. Mi impresión después de unos cuantos patinazos graves (como llamar Marga a la mujer de Goebbels, en vez de Magda) fue que el autor se había documentado para escribir el libro viendo tres películas malas y cuatro documentales de la propaganda americana, y eso me molestó bastante.

Por lo demás, la trama avanza bastante lentamente, sin rumbo fijo ni dirección, y a simple golpe de comparación. Porque en cuanto a estilo, no se me ocurre otra manera de describirlo que decir que esta sería la obra que escribiera Chiquito de la Calzada si en vez de dedicarse al humor se hubiera dedicado a la novela negra. Comparación tras comparación, venga a cuento, o no, con medida y sin ella, y desgranando uno a uno, sin piedad, los tópico de lo malos que son los nazis, lo asquerosa que es la vida en un sitio donde ellos gobiernan y lo repugnante que es la gente que se afilia al partido.

 La novela es fría, maniquea, con personajes burdos, mal trazados y escenarios impensables. Las chicas quieren proque sí al detectuive, al que unasveces lepegan proque sí y otras veces le obedecen o le quieren porque les da la gana. Este, en resumen, es el rigos lógico del libro.

 Al final parece que se endereza un poco en algunas escenas con cierto gancho, pero la conclusión es que cualquier porquería de novela puede ser mejor novela que esta. Tengo las otras dos de Berlín Noir y estoy por regalarlas.

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Cántico a San Leibowitz (WALTER M. MILLER)

leibowitzAl igual que James Blish, Walter M. Miller (nacido en 1923) es un escritor de cf interesado por el cristianismo, pero se diferencian en que Miller es un creyente, no un agnóstico como Blish. Cántico a San Leibowitz (A Canticle for Leibowitz) es su única novela. Cuando se pu­blicó por primera vez no fue calificada como «cf», a pesar de que sus tres partes aparecieron originalmente (abreviadas) como novelas cortas en Magazine of Fantasy and Science Fiction. Miller escribió un buen número de cuentos para revistas norteamericanas de cf a lo largo de la década del cincuenta; las mejores aparecieron juntas en Condicionalmente humano (1962) y The View from the Stars (1964), pero cuando completó su novela dejó de escribir totalmente.

La historia comienza en los antiguos Estados Unidos de Amé­rica del Norte, seis siglos después de una devastadora guerra nu­clear. La primera parte de la novela se refiere a un incitante descu­brimiento hecho por el hermano Francis Gerard, un monje novicio. Al escarbar ciertas ruinas, encuentra un refugio contra la polución radiactiva que contiene unas pocas reliquias del beato I. E. Leibo­witz, legendario fundador de la Orden. El objeto más valioso es el anteproyecto de un viaje exploratorio, aunque entre las reliquias también encuentra una lista de alimentos y programas de carreras de caballos (ignora de qué se trata). Casi todos los libros y docu­mentos han sido destruidos durante la «Era de la Simplificación» que siguió a la guerra nuclear. Los hallazgos del hermano Francis, aunque fragmentarios, representan un valioso descubrimiento para los monjes, quienes, lenta y penosamente, a veces a ciegas, tratan de rescatar y preservar el disperso conocimiento del pasado. Fran­cis se pasa quince años copiando ese precioso documento, e ilu­minando su copia con oro batido, a pesar de que ignora por com­pleto lo que pueda significar. Luego parte en peregrinaje hacia Nueva Roma, y en el camino le roban la obra de su vida. Pero Lei­bowitz –un ex especialista en armas que un día aborreció los li­bros– es canonizado. Los descubrimientos de Francis no han sido inútiles.

Es una fábula conmovedora, llena de pasión y de humor. La segunda parte del libro retoma la historia seiscientos años más tarde. Es una época de renacimiento, y de guerras entre los principa­dos. Al monasterio de San Leibowitz llega el más importante espe­cialista en ciencias naturales de entonces, un erudito aristócrata llamado Thon Taddeo. Se asombra al saber que los monjes han construido un arco galvánico, alimentado por los músculos de los novicios. Y se asombra aun más cuando examina la Memorabilia de Leibowitz: antiguos textos y anteproyectos, fragmentos de escri­tos científicos, ecuaciones matemáticas, que datan de mediados del siglo XX. Sobre la base de estos materiales, y confiando en su propio genio fríamente intelectual, Taddeo predice: «Dentro de un siglo, los hombres volarán por el aire en pájaros mecánicos. Carros de metal correrán a lo largo de carreteras de piedra construidas por el hombre. Habrá edificios de treinta plantas, buques que navegarán bajo el agua, máquinas para hacer todos los trabajos».

En la última parte de la novela, otros seis siglos después, las pre­dicciones de Taddeo han sido superadas. Una vez más, el mundo es capaz de fabricar armas nucleares, y de librar guerras en el espacio exterior. Cuando las bombas empiezan a caer, el último abad de la Orden Leibowitziana decide que algunos de los monjes abando­nen el planeta en una nave estelar, llevándose consigo la ya monu­mental Memorabilia. La historia se repite: el abad muere en medio de las ruinas del monasterio, mientras los monjes de San Leibowitz, y la fe cristiana, huyen para sobrevivir en el mundo de otra estrella. Es un final conmovedor para una novela excelente-mente escrita, rica en personajes y en detalles irónicos, y al mismo tiempo diver­tida y triste. Aunque algunos lectores critiquen su desenfadado contenido religioso, y especialmente su insistencia en la naturaleza caída de la humanidad, Cántico a San Leibowitz es una de las más importantes obras de la ciencia ficción moderna.

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