El sobre negro (Norman Manea)

el sobre negro

Lo reconozco: tengo un prejuicio a favor de la literatura rumana. Desde que leí el Lecho de Procusto, de Petrescu, busque alguna otra obra en este idioma. Y así fue como me encontré con el sobre negro, de Norman Manea.  

El sobre negro de Norman Manea, es una obra peculiar, densa , difícil, que trata de mostrarnos la situación de una sociedad y un país desde el agobiante declive de un personaje.
 Tolea, un antiguo profesor de instituto, algo más que alocado, nos cuenta con su propia vida y sus angustias la historia de desesperanza, de miseria moral y económica que atravesaban las personas que vivían, a principios de los años ochenta del pasado siglo, bajo la cruel dictadura comunista de Nicolae Ceaucescu.
Obligado a dejar la enseñanza y a trabajar de recepcionista en un hotel de ínfima categoría, Tolea se pregunta qué ha pasado en su vida y en su país para llegar a semejante punto. Y es entonces cuando la figura de su padre, que se suicidó cuarenta años atrás después de recibir un misterioso sobre negro, cobra más significado del que nunca antes había tenido en su vida. Su desgracia desentierra la de su padre y la acaba por convertir en una sola desgracia, junta, 8unida, maciza, como si fuesen la misma historia y cuarenta años no fueran más que un lapso artificial que hubiese transcurrido en pocos instantes sin ninguna separación que los distinguiese.
Desde ese supuesto planteamiento inicial, la resolución de dos hechos en la vida del protagonista, nos adentaremos en una narración deslavazada, aparentemente, que nos mostrará sensaciones y pequeñas escenas cotidianas, puerta abierta a la verdadera historia del libro: la sinrazón de la dictadura, la asfixia individual ante la falta de libertad, las intrincadas relaciones sociales de corrupción permanente, de sospecha permanente ante posibles confidentes o contrarrevolucionarios.

El caos de las vidas cotidianas se refleja en los cambios de narrador, casi párrafo a párrafo, en los que, por momentos, apenas sabemos quién nos está hablando, o si Tolea persigue la verdad o está poseído por su propia locura. Muestra de ello es también la permanente confusión de personajes, que, en el mismo escenario pueden ser dos o tres personajes distintos.

Corremos, al leer, el riesgo permanente de perdernos, pero, precisamente, creo que eso juega a favor del libro. Cuando comenzamos a pensar “¿qué me está metiendo este aquí en medio ahora?”, dejamos de pensarlo cuando disfrutamos de la narración pura y dura, en sí misma, sin que nos importe si ayuda o no a comprender la trama. O cuando el relato se dispara en un sentido que no era el que estábamos leyendo y todo se vuelve ensoñación o posibilidad de locura, precisamente eso es lo acertado de la novela: si el personaje está loco, ¿qué mejor manera de mostrarlo?

En ese sentido, no cabe engañar a nadie: es un libro difícil, sin una trama clara y con un hilo conductor claro y en el que se le deja al lector el esfuerzo de averiguar hasta qué punto suceden las cosas que se narran o son sólo escenas en la mente de los protagonistas.

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1Q84, de Haruki Murakami

1q84

El famoso autor japonés, aclamado por algunas de sus obras anteriores como Kafka en la orilla o Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, ha sacado una nueva novela, y una vez más nos sorprende con su peculiar estilo narrativo.

En japonés, la letra q y el número 9 son homófonos, los dos se pronuncian kyu, de manera que 1Q84 es, sin serlo, 1984, una fecha de ecos orwellianos. Esa variación en la grafía refleja la sutil alteración del mundo en que habitan los personajes de esta novela, que es, también sin serlo, el Japón de 1984. En ese mundo en apariencia normal y reconocible se mueven Aomame, una mujer independiente, instructora en un gimnasio, y Tengo, un profesor de matemáticas. Ambos rondan los treinta años, ambos llevan vidas solitarias y ambos perciben a su modo leves desajustes en su entorno, que los conducirán de manera inexorable a un destino común. Y ambos son más de lo que parecen: la bella Aomame es una asesina; el anodino Tengo, un aspirante a novelista al que su editor ha encargado un trabajo relacionado con La crisálida del aire, una enigmática obra dictada por una esquiva adolescente. Y, como telón de fondo de la historia, el universo de las sectas religiosas, el maltrato y la corrupción, un universo enrarecido que el narrador escarba con precisión orwelliana.

Estas son las críticas aparecidas hasta el momento en distintos medios:
Abc Cultural

 

“Advertencia: Murakami –al igual que los Beatles– produce adicción, provoca numerosos efectos secundarios y su modo de narrar tiene algo de hipnótico y opiáceo.”Rodrigo Fresán, El País 
“¿Cómo hace Murakami para ser al mismo tiempo cinematográfico y literario, inocente y entendido, metafísico y casual? ¿De dónde saca el talento?”Juan Gabriel Vásquez, El País
“¿Cómo consigue Murakami hacer poesía cuando escribe de la vida y las emociones contemporáneas? Me rindo de admiración.”Independent on Sunday
“El autor de culto que más libros vende en el mundo.”Público 
“El más grande de nuestros narradores vivos.”Daniel Handler, The Village Voice
“Para desengancharse de Murakami lo más importante es reconocer la adicción y luego pedir ayuda. O contagiársela a otro lector.”Antonio Orejudo
“Lo suyo posee la textura imposible pero verosímil de los mejores sueños.”Rodrigo Fresán, El País
“Sin duda, uno de los grandes creadores de nuestra época.”Andrés Ibáñez, Abc
“Es difícil precisar en qué consiste el encanto irresistible de Murakami sobre millones de lectores sofisticados. Leerlo es una experiencia estética no siempre traducible a conceptos racionales.”Eduardo Lago, El Boomeran(g)
“Leer a Murakami constituye una verdadera experiencia.”Germán Gullón, El Cultural (El Mundo)

 

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Vida y destino (Vasili Grossman)

Vida y destino, Vasili Grossman

Dos prisioneros rusos, muertos de hambre, cubiertos de miedo y piojos, hablan entre sí en un campo de internamiento nazi. -¡Qué bien estamos aquí! Imagina que estuviésemos en Siberia, en manos de los nuestros. A estos al menos los podemos odiar.

Así empieza una obra minumental sobre la batalla de Stalingrado vista desde el lado ruso, con una visión tan salvajemente realista que no es de extrañar que el libro no pudiese ser publicado hasta muchos años después de la muerte de su autor.

En 1985 Seix Barral publicó una primera versión en castellano de esta novela,traducida no del ruso sino del francés. La edición pasó casi completamente inadvertida, por lo que el desconocimiento de Vassili Grossman y su obra siguió pesando en el mundo de habla hispana, quizás porque el momento no era el más favorable desde el punto de vista ideológico, con una especie de extrñao Zeitgeis apuntalando los maltrechos muros de la URSS para retrasar su inevitable caída. Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores subsanó posteriormente esta  deficiencia al lanzar una traducción íntegra de Vida y destino desde su idioma original, en momentos en que las circunstancias históricas favorecen la recepción de la obra de Grossman, tras la derrota completa del bloque comunista.
 

Vida y destino responde al vasto plan de abarcar el mundo conocido de su autor en una coyuntura tan crucial como fuera la batalla de Stalingrado, decisiva en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Se trata de una ‘novela total’, ambiciosa modalidad que ha hecho escuela en la literatura rusa. Dostoievski, Tolstói, Pasternak, Bulgákov, Solyenitzin, en menor medida Turguéniev y Sholojov; son los nombres más representativos de esta tradición, a la que ahora sabemos se suma Vassili Grossman. Y lo ha hecho del modo más propio: cultivando un estilo llano y natural, carente de artificios esteticistas pero con algunos efectos teatrales muy cercanos al gusto ruso por lo trágico.

Vida y Destino es, en efecto, una de esas obras río en las que todo fluye y en las que parece que nada importa. Y cuando decimos que nada importa nos referimos a que el autor parece adoptar a veces el punto de vista de la naturalñeza, que simplemente deja correr los acontecimientos, sin preocuparse demasiuado de quién vive y quién muere, porque ese es el destino inevitable de todo y de todos. 

El arraigo de esta tradición debe mucho a la circunstancia de que la literatura pueda constituir una excelente manera de dar cuenta de épocas convulsas, a falta de otras vías.  La Rusia de los últimos siglos ha sabido de este problema, como muchos otros países; lo que en ella ha potenciado a la literatura como forma de representación social y proveedora de orden es un relativo rezago en otras áreas culturales que pudieran responder al apremio aludido, con similar eficacia a la prestada por la novela. Y en Rusia han sido artífices de la novela, tal vez mejor que filósofos, sociólogos o científicos,quienes han asumido el ingente deber de captar el espíritu de una época y trazar el retrato de la misma. Desde Oblomov al Don apacible, desde Guerra y Paz al Archipiélago Gulag, los escritores rusos nos presentan apersonajes en busca d eun destino que no sale a su encuentro, sino que se muestra esquivo, perezoso, sin querer convertirse en fatalidad.

En Vida y destino se yuxtaponen la grandeza terrible de lo épico y lo conmovedor de la cotidianeidad. Épica más bien sórdida y atroz, en este caso, puesto que concierne a una de las guerras más despiadadas de la historia, aquella que sacrificó a millones de alemanes y soviéticos en nombre de unos regímenes e ideologías que son vergüenza de la humanidad. Y una cotidianeidad asaltada y despedazada por la contingencia histórica, pero rehecha sobre la misma complejidad de la naturaleza humana, manifiesta tanto en las grandilocuentes justificaciones de la abominable matanza como en los pequeños instantes en que el hombre común despliega las más corrientes de sus facultades. Lo familiar, lo humano, lo incomprensible, tiene mucho de romántico en esta novela, donde de vez en cuando, a borbotones, la irracionalidad de lo humano se antepone a toda lógica y todo razonamiento.

El universo de personajes de la novela es representativo de una variedad posible de categorías humanas y situaciones en que se ven envueltas. Hay de todo: generales y soldados,comunistas recalcitrantes y disidentes, valientes y cobardes y mucho más. Nunca se trata de tipos humanos monolíticos o acartonados. En Vida y destino no hay lugar para simplismos ni para la caricatura. El mezquino puede en cualquier momento mostrarse magnánimo como el que más. El hombre de talante íntegro es susceptible de quebrarse y cometer una villanía. El comedido puede volverse imprudente, y el imprudente mostrarse comedido. Tampoco hay maniqueísmos: los pocos alemanes que habitan la novela no son una encarnación apócrifa del mal, sino que se muestran tan vulnerables como cualquier ser humano. Lo mismo que Krímov, un comisario comunista que de victimario se torna víctima de la paranoia estalinista. Grossman es aquí heredero de Balzac y nos muestra una comedia humana que poco tiene de comedia pero que lo tiene todo de humana.

Vasili Grossmann

La amplitud y diversidad en los personajes tiene su correlato en la gama de escenarios en que ellos se desenvuelven.La novela tiene su vórtice en la batalla de Stalingrado, pero no se reduce a un mero relato bélico, sino que comprende situaciones paralelas en lugares distintos, tan heterogéneos como un campo alemán para prisioneros de guerra, un campo de trabajo forzado soviético, la estepa caucásica, la prisión moscovita de la Lubianka, un instituto científico, etc. La mirada panorámica de Grossman refleja la multitud de circunstancias que concurren en la decisiva instancia en que las dos mayores potencias totalitarias de Europa concentran su esfuerzo bélico en la ciudad del Volga. Y entre tanto, en la retaguardia, continúan las pequeñas mezquindades de quienes hacen equilibrismos sobre el alambre de la ortodoxia política, los que buscan pequeños ascensos, denuncian a sus vecinos o se enfrentan a verdaderas epopeyas para conseguir una habitación un poco más grande, o un poco más de combustible para la estufa.

Es cierto que la novela tiene como una de sus dimensiones principales la denuncia radical del totalitarismo. Respecto del fascismo –término genérico empleado por el autor-, la denuncia es patente en la representación del martirio de los judíos, eficaz en un par de pasajes que se encuentran entre los más dramáticos de la novela: el de la carta de la madre judía de uno de los protagonistas, Viktor Pávlovich Shtrum,a cuyas manos llega después de asesinada su madre por los nazis; y el del acarreo de una cantidad de judíos a un campo de exterminio. Su destino final es una cámara de gas, en la que otro personaje, Sofía Ósipovna Levinton, consuma al fin su naturaleza maternal con un niño al que ha conocido hace poco.Pero también esta denuncia procede según la modalidad de incisos discursivos en los que el autor declara la guerra al fascismo, contraponiéndolo explícitamente a toda aspiración libertaria y humanitaria. El fascismo –en este sentido- es el enemigo ya no tanto del comunismo soviético como de la patria gran-rusa y de la humanidad toda, incluidos los propios alemanes (sus primeras víctimas).

Por otra parte, la denuncia del régimen soviético es de tipo ‘interno’, consecuentemente con el hecho de que sea el comunismo estalinista la versión de totalitarismo que se ha apoderado de Rusia y su imperio plurinacional y se erija, de este modo, en su enemigo endógeno –así como el fascismo es su enemigo externo-. Grossman nos muestra la perversidad del estalinismo desde la entraña misma del régimen, supresor de libertades y derechos y corruptor de toda relación humana: el del estalinismo es un ambiente emponzoñado por la constante persecución y delación de la individualidad, siempre acosada por el miedo, la doblez y el servilismo. Sin formulaciones discursivas ni sentencias condenatorias, por demás imposibles en el contexto de la época, la tiranía estalinistaes objeto de la acusación que subyace en la certera descripción desus rigores. Tan certera que el régimen impidió la publicación de la novela –y un editor llegó a decirle a su autor que este impedimento se extendería por doscientos años. Por fortuna no ha sido así-.

Pero la novela no consiste en un simple instrumento de denuncia que reduzca su valor al de un burdo folleto de propaganda ideológica. En ella el propósito utilitario circunstancial –universal, si se trata de la crítica del totalitarismo- se imbrica con la intención primordial de retratar, desde las posibilidades ofrecidas por el arte novelístico, un vapuleado fragmento de humanidad, en el que hay sitio –como siempre ocurre allí donde haya seres humanos- para toda clase de pasiones y sentimientos. Así por ejemplo, Shtrum, inserto en la vorágine de la guerra y el despotismo, tiene tiempo para enamorarse de la esposa de un colega que también se ha enamorado de él y prefiere permanecer leal a su marido. Lo que sugerido de esta manera pudiera parecer argumento de culebrón, en la novela se reviste de la mayor naturalidad. Grossman trata este tema con la dosis precisa de arte y realismo, y en sabia mixtura con los demás elementos de una novela que se nos muestra inmensa como la vida. No sólo calidez sino también verismo, nada menos, es lo que se obtiene con esta delicada historia de amor frustrado. Y esta es sólo una de las vívidas demostraciones de humanidad con que nos topamos en la lectura de Vida y destino.

En esta novela, ningún régimen ni ninguna ideología salen bien parados. Todos aparecen como enemigos del hombre y de sus pequeñas cosas. El fascismo co mosntruo y el comunismo com monstruo, encarnados en un antagonismo que el autor nos sabe mostrar como falso a fuerza de constantes paralelismos. A menudo es difícil saber a qué mosntruo se refiere hasta que nos e mencionan los nombres porque todos, de un lado y del otro, fascistas y comunistas, son un mismo enemigod e la gente que quiere sólo vivir.

Esta reseña es una modificación de la aparecida en : http://www.hislibris.com/vida-y-destino-vasili-grossman/

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Ay, Babilonia, de PAT FRANK

babiloEsta historia acerca del holocausto nuclear y sus consecuencias in­mediatas ha sido siempre bien acogida en los Estados Unidos, aun­que no parece haber impresionado demasiado en otros lugares del mundo. Quizá porque describe un cuadro muy norteamericano (y hoy pasado de moda) de la catástrofe nuclear. Es un drama nortea­mericano, un himno a la autosuficiencia y a las virtudes de la vida en una ciudad pequeña. En esta novela, la guerra atómica es libera­dora: lo convierte a uno en un hombre. Seguramente esta idea re­sulta repugnante a la mayor parte de los europeos de la dé-cada del ochenta, pero es un libro hábilmente escrito y curiosa-mente con­vincente.

El héroe, Randy Bragg, es un holgazán privilegiado que vive en una casa grande y vieja en Fort Repose, en la Florida central. El jar­dín de Bragg «reluce con flores de fuego y buganvillas, hibiscos, ca­melias y gardenias y parras». Una vecina, una solterona que trabaja en la central telefónica local, cree que es «un ermitaño, y un esnob, y un amante de los negros». Un día, Randy recibe un telegrama de su hermano, oficial de inteligencia del Comando Estratégico del Aire. El telegrama contiene la frase codificada «Ay, Babilonia», que significa que los soviéticos están a punto de lanzar un ataque nu­clear preventivo contra los Estados Unidos.

Randy pasa todo un día almacenando alimentos (y bebidas al­cohólicas), alertando a su novia y a un médico local, y preparán-dose para la llegada de una cuñada y dos sobrinos. Tras recoger a sus pa­rientes en un aeropuerto situado a unas cuantas horas de coche, cae en un sueño profundo, del que lo despiertan un zumbido distante y luces extrañas en el cielo. La guerra ha comenzado: Miami y otros objetivos de Florida ya han sido alcanzados. «Al mirar un resplan­dor en el sur, Randy fue testigo, desde una distancia de unos tres­cientos kilómetros, de la incineración de un millón de personas.» Otra bomba estalla a corta distancia y uno de los niños queda tem­poralmente ciego. Después, el caos.

El autor utiliza palabras severas sobre la ineficacia de los pre-pa­rativos para una guerra: «Este caos no es resultado de la inefica-cia de la Defensa Civil. Lo que ocurrió, simplemente, es que no había un sistema de defensa eficaz contra la guerra termonuclear. Jamás se había anunciado públicamente cuáles eran las zonas de evacua­ción para ciudades enteras, las zonas libres del «peligro de propa­gación»». Sin embargo, los habitantes de Fort Repose son afortuna­dos. Para ellos los principales problemas son los ataques al corazón, la carencia de refugios, la fuga de convictos, la falta de energía. La mayor parte de la radiación y sus graves consecuencias parecen pa­sarlos por alto.

Aquí comienza el idilio bucólico, y Randy se convierte en líder, tanto de los hombres como de las mujeres. Deja la bebida, y se recu­pera físicamente. Como dirigente de una pequeña comuni-dad des­pués de un desastre que ha acabado con el gobierno, la vida no es para él demasiado difícil. Al fin y al cabo los impuestos no son ya motivo de preocupación. Randy organiza eventualmente una tropa de vigilancia para mantener la ley y el orden en Fort Repose. A me­dida que pasan los meses, la vida se restablece alrededor de una tranquila rutina de trabajo y de diversiones sencillas: cazan y pes­can, cultivan cereales y naranjas, y buscan sal. Exactamente un año después del día de las Bombas, reciben noticias del mundo exte­rior: los Estados Unidos han ganado la guerra, pero eso ya no im­porta. Pat Frank (cuyo verdadero nombre es Harry Hart, nacido en 1907) narra todo esto con gran pericia. Su libro tiene un encanto pa­recido al de La Tierra permanece, de George Stewart, aunque sin el vuelo y la grandeza de esa obra.

Ay, Babilonia es una típica y agradable fantasía, propia de su época. Hoy sería imposible escribir una novela tan optimista sobre la guerra nuclear.

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Héroes y villanos (ANGELA CARTER)

Héroes y villanos

«Marianne vivía en una torre blanca de acero y cemento. Se aso­maba a la ventana y, en el otoño, veía una resplandeciente colina de maíz y huertos donde los árboles crujían con manzanas rojas; en primavera, los campos se desplegaban como banderas, pri­mero castañas, luego verdes. Más allá de las tierras de labranza no había más que pantanos, unas indiferentes ruinas de piedra y, a lo lejos, las manchas borrosas de los bosques que, en ciertas noches tormentosas de fines de agosto, parecían avanzar y amenazar a la comunidad…» En ese bosque, que ocupaba la mayor parte de ese terreno salvaje en un futuro no tan lejano, viven los Bárbaros, hombres y mujeres aterradores ataviados con tatuajes, pinturas de guerra y toscos ornamentos. También vagan por allí animales peligrosos, sobre las ruinas de las carreteras y de los edificios de la preguerra. Por unos pocos y pequeños indicios, nos enteramos de que la escena está ambientada en un mundo que ha sobrevivido a un cataclismo nuclear (la enfermera de Marianne tiene seis dedos en cada mano; obviamente, es una mutante). Los soldados que defienden la comunidad llevan armas, y todavía quedan algunos camiones de petróleo, pero estos detalles tienen escasa importan­cia. Es, sustancialmente, un escenario desnudo, casi primitivo, para una historia de amor y odio, civilización y barbarie, orden y caos, héroes y villanos, escrita desde la perspectiva de una mujer joven.

Angela Carter (nacida en 1940) es una distinguida novelista bri­tánica, no vinculada regularmente con el campo de la ciencia fic­ción. Todo lo que escribe desborda imaginación y lleva sus temas hasta las últimas consecuencias. Héroes y villanos (Heroes and Villains) está precedido por una cita del crítico Leslie A. Fiedler: «El modo gótico es esencialmente una forma de parodia, una manera de arre­meter contra los clichés exagerándolos hasta el límite de lo gro­tesco». Esto vale para todas las novelas de Angela Carter, y en espe­cial para sus últimas obras, tales como Las infernales máquinas del deseo del doctor Hoffman (1972) y La pasión de la Nueva Eva (1977). Toda su obra es de una sola pieza. Sin embargo, he elegido Héroes y villanos porque es el libro que desde el punto de vista formal más la acerca a la cf.

Marianne escapa de la comunidad estúpidamente opresora de los profesores: evidentemente, los restos de una vieja universidad, donde a duras penas se mantiene vivo un academicis-mo vacío. Se encuentra con un joven bárbaro llamado Joya, quien la lleva a tra­vés de los bosques a un campamento ubicado en el centro de un edificio en ruinas: «Esta casa era un gigantesco memorial en piedra ruinosa, una compilación de innumerables estilos olvidados y a los que ahora la devoradora red de hiedra, el terciopelo de musgo y la podredumbre de los hongos daban una cierta verde unidad… El bosque se encaramaba a los tejados hundidos, y las malas hierbas amarillas, purpúreas, malezas y arbustos arraigaban entre los hue­cos de las tejas. Por las ventanas entraba y salía el follaje, como si el bosque hubiese acampado dentro, y estuviese cobrando fuerzas para la erupción verde que un día haría saltar las paredes hacia el cielo, de vuelta a la naturaleza».

Joya viola a Marianne. La vida en la tribu bárbara es dura y está plagada de enfermedades. Pero resulta que Joya tiene un «tutor», un profesor exiliado con quien Marianne tiene conversaciones cul­tas. Ella le pregunta por qué no ha enseñado a leer a Joya, y el hom­bre responde: «Quise mantenerlo en un estado de energía cruda». Finalmente, Marianne se casa con Joya, no involuntariamente, en una extravagante y compleja ceremonia («La antigua capilla estaba repleta de salvajes envueltos en harapos y pieles»). Quizá todo esto tendría que leerse como una alegoría de las relaciones entre los se­xos en la sociedad contemporánea, una alternativa muy poco gentil a la novela doméstica convencional. Pero a diferencia de la tenden­cia general de las alegorías, este libro es notable por la brillante in­mediatez de las imágenes, asombrosamente claras, y la compleja profundidad de su erotismo, lo que hace de él algo más que un mero y caprichoso ejemplo de fantasía literaria.

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