Point Omega, Don DeLillo

Point Omega, de don delillo

Point Omega, de don delillo

Simon & Schuster, Inc., 2010, 117 pp.
La crítica, en los Estados Unidos, Canadá e Inglaterra, se rinde de manera unánime ante esta breve novela de DeLillo. Uno de los críticos dice: «Una original novela de ideas». Otro: «Un frío, inquietante, y magistralmente compuesto, estudio sobre culpa, pérdida y arrepentimiento; es, posiblemente, lo mejor que DeLillo ha escrito hasta hoy».
Yo leo la novela y doy mi percepción (creo que en ella el autor habla en extenso sobre percepciones de la realidad). Algunos van a gustar de ella. Otros, no. ¿Qué puedo hacer? Soy fiel a mis creencias.
Para comenzar, la novela se ajusta a los parámetros clásicos con elegancia académica. Empieza y termina en el mismo escenario. La trama o “Plot”, se teje a partir de las inquietudes de la primera parte (¿prefacio?), y avanza gracias a la introducción de varios conflictos sucesivos. Los personajes están claramente definidos y aún en el caso de algunos que aparecen en cierta forma como difusos, turbios (Dennis, el amigo de Jessie, quien podría ser también el anónimo espectador en la sala del museo, o en cualquier caso, Jessie misma, la hija de Elster, el amoral académico), son necesarios a la expectación que me da la impresión el autor desea despertar en sus lectores. La longitud, 117 pp., es absolutamente suficiente para contar esta historia en la que las ideas, como fantasmas vivos entre la bruma, toman por asalto su lugar como personajes de la novela. Por último, el lenguaje que utiliza DeLillo es naturalmente bello, simple, educado, propio y al alcance de cualquiera. Desde este punto de vista, es una novela amigable, un libro para ser leído por cualquier persona que le guste leer y razonar.
La historia tiene dos partes, una novela de 4 capítulos que comienza en la página 17 y avanza hasta la 100, y un continuo de Prefacio (Anonimato), fechado 3 de septiembre que va de la página 3 a la 15 y un Epílogo (Anonimato 2), fechado 4 de septiembre que principia en la página 101 y termina en la 117. Integro estos dos segmentos en uno, porque ambos son contados por un narrador omnisciente, ocurren en el mismo espacio físico, una sala de exhibición del Museo de Arte Moderno de Nueva York (en la que se proyecta la famosa película, “Psicosis”, lentificada de tal manera que su proyección dure 24 horas), y son relatados durante dos días consecutivos. Hay una totalidad que articula estos dos anonimatos: Un bello texto constituido fundamentalmente por una serie de disquisiciones, raciocinios, preguntas filosóficas, variaciones metafísicas y meditaciones (Ideas), sobre la percepción de la realidad, el tiempo, el movimiento y el espacio interior. El narrador especula con la posibilidad de que ambas perspectivas (cualesquiera que sea su esencia), la de la izquierda y la de la derecha, sean válidas. En la página 4, refiriéndose a un espectador anónimo, de pie en esa sala del museo, dice: “Pero, ¿puede él llamar la mano izquierda, la mano equivocada? Porque, ¿qué hace a este lado del telón, aún en lo más mínimo, menos verdadero que el otro?”
De igual manera, estas dos partes, del 3 y 4 de septiembre, le dan al narrador la oportunidad de observar al espectador solitario que contempla la película ralentizada, dentro de la penumbra ocasionada por el reflejo de la proyección del film sobre una gran pantalla, sin diálogo ni música. El narrador omnisciente observa, cavila, especula sobre este hombre y sus probables pensamientos, ideas, ambiciones, deseos ocultos, entre ellos uno muy específico, que lo imagina como deseando que alguien, una mujer tal vez, le hable, le haga preguntas a las que él pueda contestar y de esa manera poder tener una compañera con la que pueda comentar y confrontar percepciones, pero el museo cierra por el día (3 de setiembre), y todos deben salir, incluso el solitario espectador.
La novela comienza entonces, vienen y pasan los capítulos 1, 2, 3 y 4, en los que la trama consiste en una larga entrevista filmada por un cineasta de documentales, Jim Finley, para enlazarse, después de los 4 capítulos, con el epílogo fechado 4 de septiembre (Anonimato 2), cuya mecánica narrativa es muy parecida al Anonimato del prefacio y que se diferencia tan solo porque una joven mujer se aproxima al espectador solitario, en la oscuridad de la sala de proyección de Psicosis ralentizada, y le hace una sorpresiva pregunta que el hombre, presa del desconcierto, demora en responder, lo que le sirve al narrador para dar información que establezca una similitud de conducta entre el espectador solitario y Norman Bates (Antony Perkings), hosco, solitario, tímido en extremo. El espectador vence su primer susto y responde, se establece un diálogo tenso y distante, que al mismo tiempo les permite a los dos (a él y a la mujer que pregunta), una cierta identificación espiritual. En este segundo Anonimato se puede encontrar parte de la información, velada por cierto, que necesitamos para identificar a ambos personajes, la mujer de la pregunta: (A), y el espectador anónimo: (B). El resto de dicha información la podrá encontrar el lector, en los diálogos, dentro de los 4 capítulos, de Jim Finley, el cineasta con la hija de su entrevistado, Jessie. Pero es claro que ambos personajes (A y B), se pueden identificar claramente, solo después de leer el segundo Anonimato.
La novela (los 4 capítulos), trascurre en el Desierto de Anza-Borrego, unas horas al noreste de la ciudad de San Diego, California, pero los personajes, que son de Nueva York y viven allí, han ido al desierto por unos días, tan solo. Allí se supone que Jim Finley (el narrador de los 4 capítulos, en primera persona), va a filmar una larga y continua entrevista a Elster, el académico al servicio del poder, en la que el cineasta desea que el entrevistado hable sin ser preguntado, un largo discurso de varios días que Jim considera algo natural, y el entrevistado, por el contrario, entiende como la solicitud de una confesión y un acto de contrición o pedido de perdón que parece desear, pero a la que se opone rotundamente. Ambos son hombres cansados del mundo en que viven. Jim es joven, 35 años, y el entrevistado es mayor, setenta y tres.
Apenas ingresados en la novela, el narrador nos prepara presentando algunos conceptos que son necesarios para entender mejor al personaje, Richard Elster, quien habla, nos sugiere, que la percepción de la realidad es “la intensa búsqueda del significado de las cosas; lo cual puede fabricar, al final, cualquier significado loable”. Elster es el hombre aparentemente amoral, el académico al servicio del aparato de poder que fabrica las guerras, una tras otra, en USA, aparato al que Elster, con su manejo de la lengua, su conocimiento de la literatura universal, su dominio de la historia, la filosofía, la lógica, irá proporcionando el disfraz conceptual que de manera sofisticada enmascara, disimula, deforma, las mentiras del gobierno (“Enhanced Interrogation Techniques”): Técnicas expandidas de interrogación, nombre clave, en lugar de tortura. “El gobierno es una empresa criminal”, dice Elster. “Mentir es necesario. El estado tiene que mentir. En la guerra, o en su preparación, no existe mentira que no se pueda defender”, dice, no bien iniciada su conversación con el narrador. Aquí se centra la crítica que DeLillo hace a la situación actual de los EEUU, a las dos guerras que sostiene por 10 años y esto, creo yo, le da al libro, en una primera lectura, un aire de ensayo periodístico, Richard Elster tiene un cierto parecido al Dr. Hoenikker de la novela Cat´s Cradle. Si comparáramos esta novela de DeLillo, con “Cat´s cradle”, de Vonnegut, podríamos notar una similitud en la intención de crítica, pero también la diferencia en la universalidad de la misma. Al leer PO, me quedo con una sensación de desconfianza, de sospecha, porque si se asume que los únicos que delinquen desde el gobierno para enriquecerse con la producción y venta de material bélico son los norteamericanos, creo que DeLillo deja de lado sospechosamente la Historia de la Humanidad. Desde los egipcios, pasando por los asirios, caldeos, fenicios, los griegos y posteriormente el gran Alejandro, hablando de Macedonia-Grecia, todos, sin excepción, hicieron textualmente lo mismo: Mentiras, invenciones, envenenamientos, destrucción de templos, matrimonios de conveniencia, asesinatos masivos (hay varios casos concretos de ciudades arrasadas y todos sus habitantes exterminados, incluidos los pets, es el caso de Branxie o en inglés, Branchidae, ciudad que quedaba en lo que ahora es Afganistán ). Y así continúa la historia y tenemos Hiroshima (75,000 muertos en un solo bombazo), y Dresden, una ciudad sin valor militar, la “Florencia deL Elba” (totalmente destruida y 165,000 muertos, quemados con NAPALM). Por eso me gusta un poco más Cat´s Cradle. Vonnegut crea todo un mundo, una religión, un sistema político, etc., y luego lo destruye, destruye el planeta Tierra (que es lo que estamos esperando nosotros, hoy 21 de mayo), para terminar echado de espaldas en la cumbre del cerro McAbe, usando su libro como almohada y haciendo una trompetilla a “quién tú ya sabes.”.
DeLillo parece criticar la mentira gubernamental en una época. Se centra en los “métodos expandidos de interrogación”, una mentira que por su dimensión y la falta total e inexplicable de confrontación por parte de todos los elementos de una “democracia” (USA), es una vergüenza colectiva y por ello el escritor nos obliga a prestar atención “expandida” sobre este tema, como principal y total.
Sin embargo, en una segunda lectura, se puede apreciar una crítica más sutil y profunda, que apunta hacia el sistema en su totalidad. Detecto, por los diálogos y razonamientos, a DeLillo insinuando que en esta época moderna, la familia, en lugar de formarse por el trasvase de la historia de sus antepasados, por los lazos de afecto entre padres e hijos y entre hermanos, la comunión de genes, experiencias y bienes materiales, el soporte mutuo y el entendimiento compasivo, se constituye más bien por la obligación que un grupo de personas adquiere, involuntariamente, de tener que vivir juntas en un espacio reducido, por un tiempo que está limitado solo por la habilidad de sus miembros para adquirir una autonomía que les permita abandonar al grupo; el divorcio, la emancipación, el abandono plano y simple. Este dibujo de la familia moderna se hace más cruel, por lo verdadero, con la inclusión de dos personas con vestigios claros de autismo (se calcula que en la actualidad nace un 30% de niños autistas en USA y los expertos, ahora, empiezan a decir que la causa está en la polución ambiental, que nosotros sospechamos es ocasionada por la avaricia del Capitalismo global, regional o personal, da lo mismo), Jessie, la hija de Elster, y el solitario, eterno-espectador, frente a la película lentificada, que vagan por el mundo sin ser atendidos o escuchados (como miles de jóvenes en USA que han hablado con sus padres, dos o tres veces en su entera vida), ausentes de sensibilidad o preocupaciones, dedicados a la búsqueda incesante de puntos de coincidencia entre la realidad en que ellos viven y la de los demás, que no terminan de entender por completo.
La temática de la entrevista, motivo central de los 4 capítulos, cae (se fundamenta y da origen al nombre de la novela), en la filosofía evolucionista del padre jesuita Teilhard de Chardain, específicamente en la opción en que la recta (la línea recta, que nace en el punto cero de un eje de coordenadas, para crecer con una pendiente de 45 grados, que representa el camino entre ? y ?), se convierte en una parábola declinante al comenzar la cuarta fase de su famoso eje de coordenadas para caer en picada, en lugar de continuar subiendo a razón de 45º, para descender, más bien hacia el eje de las “Xs”, que en su linealidad representa el tiempo y que a la vez es el nivel en que se encuentra la materia no organizada; las partículas de energía, la destrucción de todo lo logrado hasta ese punto.
Chardain construye su teoría a partir del postulado de Cristo: “Yo soy al alfa y el Omega, y él, Teilhard, cree que esta marcha ascendente que carga a cuestas a la “Vida” (todo lo que palpita en el universo), mediante la evolución, desde su origen de materia inerte no organizada (de partículas de energía: Alfa), hasta convertirse en un ser con capacidad de reflexionar sobre sí mismo. Una entidad conciente de su existencia, de su origen y de su posible fin en el “Punto Omega”, en que se unirá con el espíritu de Cristo. A este “Punto Omega” se podrá arribar después de continuar creciendo (con la misma pendiente se 45 grados), durante toda la cuarta fase, apoyándose para ello en “La Fuerza unificadora” que es posible gracias a la “Energía del Amor”.
La opción de la parábola descendente, que Richard Elster dice está ocurriendo a nuestra civilización en este momento, deja de ser la línea que crece constantemente en busca del Omega y se clava en el vacío. Una teoría de un pesimismo incalculable.
La novela “Point Omega”, es pues una hermosa disquisición sobre la precipitada carrera autodestructiva en que está empeñado el ser humano a nivel: a) individual (todos los personajes tienen, de una u otra manera una vida disforme o disfuncional); b) familiar (los tres personajes (Jim, Elster y su hija Jessie), que producen el diálogo en la casa del desierto, interactúan allí, por que se hallan obligados a vivir en un espacio circunscrito, no porque sean una familia y sin embargo, por las circunstancias a que se van enfrentando empiezan a devenir en una cuasi familia; c) social (la mayoría de los miembros de nuestra sociedad se retuerce en una vida subordinada al “Ministerio de las noticias y del tráfico”, según Elster); d) a nivel global (es decir, a la Vida misma como esencia de toda la creación, amenazada por las guerras y todos los cambios que ocasiona el hombre); en último término, e) a nivel moral, ético y sentimental (la destrucción de la familia, el abandono intelectual de los hijos, la guerra, el terrorismo de estado y la destrucción del medio ambiente, como consecuencia de la desesperada avaricia del neo-capitalismo-guerrero).
Elster dice en un momento dado: “En la guerra las cosas son transitorias. Miras algo que está allí y en una fracción de segundo ya no lo ves.” Lo mismo pasa con la novela. La miras, te conmueves y como es breve, ya la terminaste. El problema es que de este tema se conversa, en USA, todos los días; en el lugar de trabajo, en la TV, en el cine. Los “Talkingt Heads” del Cable TV, se han peleado a toda hora sobre esta inquietud, los últimos 5 años y el sistema capitalista americano está tan bien diseñado que como consecuencia la masa de trabajadores se halla saturada de ese específico tema que causa en ella, la masa, el mismo efecto que producen en los seres vivientes las vacunas. Lo que se diga al respecto ya no es un peligro para el aparto de poder. Cae en oídos sordos.
“Point Omega me da la impresión de ser una perfecta obra de artesanía literaria. Es como una porcelana china confeccionada respetando el “canon” de la alfarería oriental. Es posible admirar de ella, la forma en que está fabricada; es estéticamente bella, pero no dice nada nuevo ni conmovedor, como consecuencia. Estoy convencido que para los críticos del mundo entero es una NOVELA genial, pero para un ignorante como yo, que se vuelve loco para producir HISTORIAS que le rompan todos los esquemas a sus lectores, que conmuevan y produzcan reacción (no importa si es a favor o en contra), que insinúen una realidad, por los hechos narrados y porque ellos producen sensaciones (similares a las leídas), en los lectores, es tan solo un excelente ejercicio literario; un texto para aprobar el EXAMEN ante los críticos, especialmente los de Estocolmo.
Esta es mi percepción y me mantengo en ella, pase lo que pase. Lean la novela. Piensen, razonen, elaboren y encuentren su propia conclusión, en lugar de sacar el machete y el hacha para cortarme en pedazos.
Un abrazo fraterno,
Manuel Aguirre

LA MADRE DE LOLITA. Un análisis de los Nabokov.

lolita

Fotograma de la película

Vladimir Nabokov fue famoso en Cornell, donde enseñó entre 1948 y 1959. Lo fue por varias razones, pero ninguna de ellas tuvo que ver con la literatura. Poca gente conocía lo que había escrito y muy pocos habían leído su obra. Destrozar a Dostoievski frente a doscientos estudiantes universitarios causó una enorme impresión, como también la aserción de que los buenos libros no deben hacernos pensar sino estremecernos. La fama se derivaba, también, del hecho de que el profesor nunca llegaba solo a la sala. Llegaba al campus conducido por la señora Nabokov, lo cruzaba con ella, y de vez en cuando llegaba a clases del brazo de ella, que le llevaba los libros. De hecho, el hombre que habló tan frecuentemente de su aislamiento, fue uno de los hombres más acompañados de la historia: especialmente en Cornell, donde se le vio siempre en compañía de su esposa. Y eso lo hizo legendario. La señora Nabokov se sentaba en la primera fila de la sala o, más a menudo, en el estrado, a la izquierda de su marido. Rara vez perdía una clase, y llegó hasta a ocupar el lugar de su marido frente a los estudiantes cuando Nabokov enfermaba. A menudo corregía ella misma los exámenes. Pero no hablaba cuando su marido estaba en la sala. Poca gente sabía algo de ella. Cuando Nabokov se refería a ella, lo hacía maliciosamente, llamándola su asistente. Solía decir entonces: «Ahora mi asistente moverá la pizarra al otro lado de la sala», «Mi asistente les entregará las tarjetas de examen», «Quizás mi asistente encuentre la página que busco», «Mi asistente dibujará un rostro ovalado [Emma Bovary] en la pizarra». Y la señora Nabokov lo hacía. Las acotaciones no aparecen en las lecturas publicadas.

Vera Nabokov era una mujer sorprendente, de pelo blanco y piel de porcelana, de figura fina y delgada. La discrepancia entre el pelo y el joven rostro era particularmente dramática. Era «mnemónica», como escribió Nabokov sobre Clare en ‘The Real Life of Sebastian Knight’, «dotada sutilmente del don de ser recordada». Y es aquí donde comienza el problema. De acuerdo a sus colegas de la facultad y a los estudiantes de Cornell, ella era luminosa, principesca, la elegancia personificada, «la mujer adulta más bella que mis ojos han visto»; o bien, una mujer patética, sin gracia, famélica, la Bruja Más Malvada del Occidente. A esos estudiantes y eméritos les hice la pregunta obvia: ¨Qué hacía, sesión tras sesión, la señora Nabokov en las clases de su marido? Las respuestas debían ser introducidas recordando que fue Nabokov mismo quien llamó al rumor la poesía de la verdad.
*La señora Nabokov estaba ahí para recordarnos que estábamos en presencia de la grandeza, y que no debíamos abusar de ese privilegio con nuestra falta de atención.
*Porque Nabokov tenía problemas del corazón. Ella lo acompañaba siempre con una ampolla de medicinas, dispuesta a intervenir en el momento oportuno.
*Esa no era su esposa, sino su madre.
*Porque Nabokov era alérgico a la tiza y porque no le gustaba su propia letra.
*Para ahuyentar a las alumnas. [Esto fue antes de la publicación de ‘Lolita’].
*Porque ella era su enciclopedia, en caso de que él olvidara algo.
*Porque él no tenía idea de lo que diría y, como no tenía memoria, ella tenía que escribir todo para que él recordara qué preguntar en los exámenes.
*El era ciego, y ella un lazarillo, lo que explica por qué llegaban a veces del brazo.
*Ella era ventrílocua.
*Ella llevaba una pistola en el bolso, y lo acompañaba para defenderlo.
Nadie está seguro sobre quién ponía las notas a los exámenes, y algunos ex estudiantes admitieron haber llegado a dominar el hábito de sonreír a la señora Nabokov, en la presunción de que su genialidad se dejaría ver en las notas. A menudo fue ella misma quien puso las notas, aunque esto no explica qué hacía en clases.
En la sala, era una presencia misteriosa y amenazante; era terriblemente rigurosa, pero estaba lejos de ser un ogro cuando se trataba de poner notas. Después de todo, Nabokov tenía sus propios asistentes, uno de los cuales recuerda haber leído y evaluado, aplicando una rigurosa escala de notas, ciento cincuenta exámenes.
Después de leer un examen dos o tres veces, llevaba la pila de tarjetas al despacho del profesor Nabokov, con la esperanza de poder conversar con el gran hombre. La señora Nabokov recibía los exámenes en la puerta, como si fuese un centinela entre el asistente y su marido. Los tomaba, subía inmediatamente todas las notas, y despachaba al asistente.

VERA NABOKOV CONOCIO A SU MARIDO en Berlín, en 1923. Tenía entonces 21 años. Había nacido en San Petersburgo como la segunda hija de un rico industrial judío que estaba a punto – cuando su hija vio por primera vez a su futuro marido – de perder lo que quedaba de su fortuna. Su familia dejó Rusia probablemente en 1921. Cuando la pareja se conoció, Nabokov tenía 24 años, era poeta y escribía en ruso; Vera Slonim conocía y admiraba su obra antes de conocerlo. Tenía sus propias aspiraciones literarias, que dejó rápidamente de lado, a menos que casarse con Nabokov en 1925 también cuente. Los dos sobrevivieron feliz aunque pobremente, con el dinero que ganaba ella trabajando como secretaria y con sus traducciones comerciales. Nabokov, por su parte, era, como dijo de sí mismo, «una escuela para señoritas», instructor de tenis y figurante de películas. Hacia mediados de los años treinta, estaba claro que los Nabokov (1) no volverían a Rusia en nada que se pareciera a un futuro cercano y (2) debían dejar alemania. Pasaron tres meses extremadamente difíciles en Francia, la mayor parte del tiempo en el sur, y se embarcaron hacia América. Para cuando embarcaron, como se lee al final de ‘Speak, Memory’, se habían derrumbado detrás de los Nabokovs tres mundos míticos y florecientes. Se habían aventurado ya tres veces a través del espejo.
Cuando llegaron a los Estados Unidos, Vera Nabokov tenía 33 años, un hijo de seis, un dominio deficiente del inglés, y un marido sin esperanza de obtener un trabajo fijo. De acuerdo a la leyenda, los Nabokov tenían sólo un billete de cien dólares en el bolsillo, que la señora Nabokov casi regala en su primer taxi en Nueva York, cuando creyó que debía al taxista 99 dólares en lugar de 99 centavos. Pero el taxista era un hombre honesto. Los padres de Vera habían muerto en Berlín; los otros parientes y amigos se encontraban en Europa, en estados diversos de peligro. Su alemán era excelente, su francés casi perfecto – fue probablemente su primera lengua – pero en su diario de vida admite que no le era fácil seguir en inglés cualquier tipo de conversación. El apartamento de los Nabokovs – en un edificio de piedra rojiza en la calle West Eighty-seventh – fue recordado por ella como «atroz de chico». Siempre leemos con fruición estos detalles familiares a la luz de Vladimir Nabokov y su obra, que para la señora Nabokov se traducen de otra manera, ya que nunca dejó de maravillarse con la laboriosidad del ama de casa norteamericana. Le escribió a su cuñada, exagerando, que como ama de casa no era mala, sino simplemente horrenda.
En los ocho años que tomó a los Nabokovs inmigrantes transformarse en norteamericanos, y a Vladimir en llegar a ser miembro de la facultad de Cornell, continuaron sobreviviendo casi de la misma manera que en Berlín. La señora Nabokov daba lecciones privadas de francés a algunas víctimas involuntarias que eran enviadas por sus padres, gente dispuesta a hacer cuanto pudieran por ayudar a los Nabokovs pero que sabían que ellos no aceptarían caridad. Ella trabajó como secretaria de varios profesores de lenguas de Harvard. Ayudaba a su marido a reescribir sus lecturas sobre literatura rusa, de modo que pudiera leerlas tres veces a la semana en Wellesley. Y se ocupaba, como lo había hecho desde los días en que eran novietes, como Clare lo hace en ‘Sebastian Knight’, de los asuntos literarios de Nabokov. Era la que primero leía todo lo que escribía Nabokov; ella suavizaba la prosa – cuando aún «estaba tibia y húmeda» -, aunque más tarde, cuando los estudiosos cuestionaron esto, ella negó todo tipo de injerencia.
Sin embargo, su letra se encuentra ahí, y es difícil no imaginar que Vera era en realidad la ficticia Clare, levantando una página de la máquina de escribir y declarando, «No, mi amor, no puedes decirlo así en inglés… Sí, por ejemplo», diría, y propondría una sugerencia precisa. (Veintiséis años más tarde, su marido describiría el papel de Vera en su vida literaria con palabras casi idénticas, como si estuviese citando su propia novela). Se ocupaba de ofrecer el trabajo de su marido a los editores, pasaba a máquina sus lecturas, e investigaba para él. Una vez llegó a ser la conservadora de facto de los lepidópteros en el Museo de Zoología Comparativa de Harvard. Meses después de su llegada al país, después de haber publicado su primer poema en ‘The New Yorker’, Nabokov se quejó de sus «horribles dificultades y problemas en manejar una lengua nueva». Al mismo tiempo, el inglés de la señora Nabokov se hacía más firme, más fluido, aunque sonaría siempre algo tieso. Ella decía que era el lenguaje que ella escribía con más facilidad y la lengua en la que respondía a sus correspondientes rusos.
A los pocos años de su llegada a los Estados Unidos, ella se ocupaba sin ayuda de nadie de las relaciones con los editores. Se debía esto en parte a que Nabokov se pasaba el tiempo mostrando mariposas en el museo o enseñando en Wellesley. Pero en realidad era lo que quería hacer. (En una lista de las cosas que Nabokov se jactaba de no haber aprendido nunca, se encuentran: escribir a máquina, conducir, hablar alemán, encontrar un objeto perdido, responder al teléfono, doblar planos, abrir paraguas, darle la hora a un filisteo. Es fácil imaginar en qué gastaba su tiempo la señora Nabokov). Muchas de sus cartas comenzaban así: «Vladimir comenzó esta carta pero tuvo que dedicarse apresuradamente a otra cosa y me pidió que siguiera yo». Hacía todo lo que podía para que su marido no existiera en el tiempo sino sólo en el arte, y así le evitó el destino de tantos de sus propios personajes, encarcelados en sus varias pasiones. Su genialidad estaba destinada al trabajo, no a la vida (algo que la señora Nabokov tenía que explicar regularmente a los parientes de su marido, cuyas cartas se las pasaba a ella para que se ocupase de responderlas). Esto condujo a una comprensible confusión acerca de la autoría, una confusión que se hizo peor con los años.
De una manera perfectamente nabokoviana, las dos identidades comenzaron a confundirse en el papel. Las cartas llegaban dirigidas a toda suerte de entidades: «Queridos VV», «Querida VerVolodya», «Querido Autor y Señora Nabokov». Muchas de los personajes distintivos de la narrativa de Nabokov – los dobles, los imitadores, los gemelos siameses, las imágenes del espejo, las imágenes distorsionadas del espejo, los reflejos en el cristal de la ventana, las parodias de sí mismo – se manifestaban ya en el esquema ideado por los Nabokovs para vérselas con el mundo, un esquema que podía dejar a un correspondiente sintiéndose como un libro: apabullado por una enredada y espléndida broma confidencial.
En los años cincuenta, Vera le escribió a un amigo de Wellesley:
«A V. le pidieron que sugiriera un candidato para la Guggenheim y creo que hice una carta muy adecuada, mencionando tus altas calificaciones. Por supuesto, V. la firmó, y la respuesta fue entusiasta». Este tango de pronombres fue usado con muy buenos resultados. Con dos voces a su disposición, los Nabokovs podían suavizar una observación o hacerla dos veces más cortante. La señora Nabokov le podía escribir a un editor que su marido pensaba que ella podía insinuar que ellos pusieran algunos anuncios – anuncios grandes, montones de anuncios. Y al mismo tiempo podía transformarlo en alguien distante y hacer sus juicios más divinos:
«Mi marido me pide que le diga que él piensa que ‘Ulises’ es, de lejos, la novela inglesa más grande del siglo, pero que detesta ‘Finnegans Wake'». Cuando ella necesitaba una voz más neutral, escribía como J.G. Smith, una secretaria ficticia de Cornell, que compartía la letra con la señora Nabokov.
A menudo escribía y firmaba las cartas de su marido, pero por lo general estaba claro que ella las había escrito. Pero también Nabokov se hacía pasar por Vera: muchas de sus cartas fueron escritas por él usando la tercera persona, en el tono más seco de su esposa, y dejaba que la señora Nabokov las pasara a máquina y firmara. Usaba su identidad, aunque ella nunca intentó utilizar la de él. Como su esposa estaba siempre a su lado, podía hablar en la primera persona del plural. Y, como a menudo la correspondencia no era con Nabokov sino sobre él, se creó un ser totalmente nuevo: un monumento llamado VN, alguien que ni siquiera era Nabokov. A él le gustaba explicar que el Nabokov vivo, el Nabokov que respiraba y que tomaba desayuno, era un pariente pobre del autor, y le encantaba referirse a sí mismo como «la persona que habitualmente personifico en Montreux». Este distante e inabordable VN fue, de muchas maneras, una construcción de Vera Nabokov. ¨De qué otro modo habría podido Nabokov fundar este estatuesco otro yo? Con la ayuda de Vera, el Vladimir Nabokov real desaparecía. Este juego de manos culminó en otro truco ilusorio del espejo, uno merecedor de ‘Despair’: se decía en Montreux que Vera era el negro de su marido, porque era a ella a quien se veía en el escritorio.
Vladimir escribía sólo cuando estaba en cama, o parado frente a su atril, o en la bañera.

¿DONDE APARECE VERA NABOKOV EN LA LITERATURA? En todas partes y en ninguna. Ella fue claramente más una musa que un modelo: es más su influencia que su imagen la que se cierne sobre las páginas. Ella queda menos manifiesta como autor que como inspiración e instigación. Es mencionada en el título original de ‘Speak, Memory’, ‘Conclusive Evidence’, con las dos V que a Nabokov le gustaban tanto, y, por cierto, en la página dedicatoria de casi todos sus libros. Es más fácil documentarla como la mano que guía que como musa, aunque Nabokov le reconoció este último papel en algunas entrevistas, y Brian Boyd habla de esto extensamente en su maravillosa biografía. ‘Speak, Memory’ ha sido interpretado como un homenaje a Vera; ‘Look at the Harlequins!’, escrito muchos años más tarde, exige ser leído de la misma manera.
Ciertamente, algunos de los años más productivos en la vida de Nabokov fueron aquellos inmediatamente posteriores al matrimonio.
Entre 1925 y 1935, escribió como si estuviese afiebrado. Cuando Vera Slonim conoció a Vladimir Nabokov, este era poeta; terminó su primera novela a los meses del matrimonio, y su octava ocho años después, antes del fin de la década. Nabokov recordaba un sueño que había tenido en 1924 en que se veía sentado al piano junto a Vera, pasando las páginas de una partitura. Cuarenta años después tuvo un sueño similar, en el que se ve dictando una novela a Vera, tan consciente de que lo hace «para agradarla y sorprenderla» que es repentinamente capaz de hablar en voz alta y con gran elocuencia. De todas formas, la podemos ver más claramente guiando la obra de su marido si la imaginamos en Cornell tal como se decía, llevándolo del brazo para animarlo a entrar en clase. En 1944, cuando mucha de la energía de Nabokov se invertía más en su trabajo lepidóptero que en sus escritos literarios, Nabokov le escribió a Edmund Wilson: «Vera ha tenido una seria conversación conmigo a propósito de la novela. Después de haberla sacado, de mala gana, de debajo de mis manuscritos sobre mariposas, he descubierto dos cosas: la primera, que la novela está bien, y la segunda, que las primeras veinte páginas deben ser pasadas a máquina otra vez, lo que haré con la mayor rapidez». (La novela se tituló ‘Bend Sinister’. Wilson comentó, luego de leerla: «Mi única posible objeción sería que tú, a veces, escribes frases ligeramente enredadas»). Sabemos que la señora Nabokov se impuso cuando su marido le anunció que planeaba escribir una novela sobre unos gemelos siameses; en lugar de ella, tenemos el cuento ‘Scenes from the Life of a Double Monster’. Sabemos que para ‘Speak, Memory’, ella escribió sus propios recuerdos de los primeros días de su hijo Dmitri, a petición de Nabokov. El ambicioso proyecto de traducir a Pushkin comenzó a insistencia de Vera. Nabokov se había quejado amargamente acerca de las traducciones existentes; y ella, inocentemente, sugirió que lo intentase él mismo. Aquí casi destronó a la esposa de Tolstoy. Puede que no haya transcrito innumerables veces ‘La guerra y la paz’, pero sí pasó a máquina las trescientas páginas del manuscrito de ‘Onegin’, y se pasó horas investigando para las notas.
¨Le gustaba a ella lo que hacía? Debe de haber tenido sus dudas.
En 1959, después de que Nabokov hubiese terminado una modesta traducción en la que ella había colaborado, le escribió a un amigo: «Juro que esta será la última traducción que le dejo hacer en mi vida». Trabajarían aún cinco años más antes de terminar ‘Onegin’.
La famosa ‘Lolita’ no habría sido concebida jamás sin la señora Nabokov: si ella no hubiese existido en la época de su publicación americana, su marido habría tenido que inventarla, tanto identificaba la gente a Vladimir Nabokov con Humbert Humbert. En los ágapes en torno a la publicación, los admiradores le dijeron al matrimonio Nabokov que ellos no habían esperado exactamente que el autor se apareciese con una esposa de treinta y tres años y de pelo blanco. «Sí», respondería ella, sonriendo, imperturbable:
«Por eso estoy aquí». Por lo menos dos veces, Nabokov se propuso echar su novela al incinerador de Ithaca, tal como John Shade con sus manuscritos en ‘Pale Fire’. Su mujer lo detuvo. Ella era la mujer que conducía el Oldsmobile donde, en el asiento trasero, él escribió la novela; ella fue la mujer que durmió en todos los cuartos en que lo hizo Humbert Humbert. Ella hizo todos los arreglos para su publicación. Una vez, ella recorrió Nueva York con una bolsa de papel marrón en la mano en la que se encontraba el manuscrito que su marido había descrito a su editor como una «bomba de tiempo». ¨Hay algún rastro de la señora Nabokov en la novela? No, pero sus huellas se encuentran en todas partes.
(Algunas personas han insistido en buscarlas. Después de que Lionel Trilling conoció a los Nabokovs, en Ithaca, le dijo a su esposa que tenía el vago presentimiento de que Vera Nabokov era Lolita).
Cuando la señora Nabokov aparece en la narrativa, lo hace más a menudo como su anti-yo que como ella misma. Las esposas que aparecen en la obra de Nabokov son mujeres que ya se han ido o que están prontas a hacerlo: son esposas muertas, caprichosas, extraviadas, idiotas, vulgares, abandonadas, inútiles, intrigantes. En comparación, Clare, en ‘Sebastian Knight’, parece ser una reencarnación tardía de un personaje que aparece en la obra de Nabokov después de que Vera y Vladimir se conocieran. En ‘Sounds’, una corta historia de septiembre de 1953, Nabokov introduce a una mujer radiante, delicada, de manos delgadas, de ojos claros y mirada evasiva, con una cabellera que se confunde con la luz del sol. Esa descripción física se aplica igualmente bien a Zina, de ‘The Gift’, la primera novela que cualquiera que haya conocido a los Nabokovs en Berlín mencionará cuando se hable de Vera. Las voces narrativas de Nabokov pueden ser apasionados admiradores de secretarias inteligentes, entre las cuales la descripción de Clare corresponde más estrechamente a la de la señora Nabokov.
«Pero lo mejor de todo era que ella era una de esas raras mujeres que no dan las cosas por sentadas y que ven las cosas cotidianas no solamente como espejos familiares de su propia femineidad. Tenía imaginación – el vigor del alma – y esta tenía una cualidad particularmente fuerte, casi masculina. Poseía, también, ese sentido real de la belleza que tiene menos que ver con el arte que con la constante agilidad para discernir la aureola alrededor de una sartén o la similaridad entre un sauce llorón y un terrier Skye. Y, finalmente, estaba dotada de un fino sentido del humor.
No sorprendía que ella calzara tan bien en su mundo».
Sibyl Shade se parece a la señora Nabokov de manera superficial; una doble de Vera hace una corta aparición del brazo de un escritor en ‘King, Queen, Knave’. Pero solamente el ‘Tú’ de ‘Speak, Memory’ y de ‘Look at the Harlequins!’ – el ‘Tú’ sobre el cual Nabokov rehusó rotundamente responder – reflejan verdaderamente a su mujer.
Mientras que Nabokov mismo admitía que a menudo aparecía, en los espejos de su obra, una especie de imagen reflejada de Vera, la señora Nabokov negaba categóricamente cualquier semejanza. Por supuesto, yo no soy Zina, protestaría ella: Zina es solamente mitad-judía, y yo lo soy enteramente. De la misma manera, a Nabokov le gustaba negar cualquier semejanza entre sus personajes y él: ­Pero él identificó mal a una mariposa! A mí no me ocurriría jamás. ­Pero él habla mejor alemán que francés!, por lo tanto yo no soy ese personaje. Para complicar las cosas, la señora Nabokov, tan puntillosa en todo lo que concernía a su marido, hacía lo posible por ser vaga, evasiva o directamente imprecisa. Cuando le preguntaban cómo había conocido a su marido, no titubeaba en responder, incluso a un buen amigo: «No me acuerdo». En una ocasión, cuando Nabokov comenzó a revelarle a un estudioso americano cómo se habían conocido, Vera interrumpió la historia de su marido con una virulenta pregunta: «¨De dónde es usted, de la KGB?» Otras esposas han sido exiliadas de los libros de historia; esta se exilió enérgicamente a sí misma.
No hay necesidad de elaborar sobre los correlatos ficticios porque, primero, mientras nos ocupamos activamente de encontrar a Vera en las novelas, tenemos la impresionante versión de él en sus cartas. Y en la vida misma, Nabokov era de muchas maneras su propia contraparte fictiva. Como advirtió uno de sus editores favoritos: «Es una idea falsa imaginar que existe un Nabokov real». Se inventaba a sí mismo, estaba constantemente imitándose, era tanto en la vida como en el papel un actor actuando, un conspirador conspirando. Y el acto del mago, a medida que se desarrollaba con los años, necesitaba de una asistente.
El resentimiento hacia la señora Nabokov se acumuló en igual proporción que la mística. ¨Quién era esta Aguila Gris en la sala, se preguntaban los estudiantes, mientras que los miembros de la facultad – muy conscientes de que Nabokov no había sacado el doctorado, no tenía estudiantes graduados ni mechones y, hacia los años cincuenta, sí tenía matrículas altamente envidiables – se irritaban con la rutina del marido y su esposa. Cuando Nabokov fue considerado para una ocupación en otro lugar – y él buscó otra colocación durante un año después de llegar a Cornell -, un ex colega puso freno a la idea, diciendo: «No se preocupen de contratarlo; su esposa lo hace todo».
Nabokov no hizo nada para contener este tipo de insolencias. Le dijo a sus estudiantes que Ph.D. quería decir ‘Departamento de filisteos’. Pasaba sus horas de recibo a Vera. E incluso se tomaba sus propias y buenas actuaciones de manera displicente. Cuando un amigo insistió en asistir a una de sus lecturas, Nabokov concedió, diciendo: «Bien, si insistes en tu masoquismo». Sus colegas se sentían celosos de su cantidad de estudiantes, desconcertados por su cazamariposas, atónitos ante la lealtad de la esposa. En esto último se hacían eco de Edmund Wilson, que odiaba que ella se metiera en los exámenes y su devoción. En su diario, Wilson se quejó: «Vera está siempre de lado de Volodya y uno la siente erizarse de hostilidad si, en su presencia, uno está en desacuerdo con él». A las esposas de otros escritores se les ha preguntado a bocajarro porqué no podían parecerse más a Vera, que era considerada el patrón oro, la Campeona Internacional del Concurso Esposa-de-Escritor, como dijo el novelista Herbert Gold.

 

SE HA DICHO QUE LOS NABOKOVS HICIERON de su matrimonio una obra de arte. Más exactamente, su matrimonio fue refinado por el arte del trabajo. La correspondencia editorial comenzó a aumentar después de la aparición de ‘Lolita’, cuando la señora Nabokov debió escribir cuatro cartas diarias a un solo editor. «Le escribí hoy, pero Vladimir me pide que lo haga otra vez», comenzaba una nota dirigida a Putnam’s en 1958. Muchas de esas cartas estaban apiladas como un helado napolitano: en inglés, en francés, en ruso. La máquina de escribir iba a todas partes, no para él sino para ella. No hay ninguna evidencia de que hayan salido alguna vez de vacaciones. Dmitri Nabokov observó: «El tiempo de atención que podía dedicar a la entretención pura, era muy limitado». A mediados de los años sesenta, cuando los Nabokovs se encontraban viajando por Italia, ella negociaba una cláusula en el contrato con Putnam’s en cada ciudad. Después de ‘Lolita’, el Nabokov público, la voz de Nabokov era Vera Nabokov. El estudiante que mencionó que ella era ventrílocua no estaba muy lejos de la verdad.
Cuando Nabokov quiso tener información sobre la versión fílmica de ‘Lolita’, le escribió a Stanley Kubrick varias veces. Vera firmó una carta: «Vladimir me pide que le diga que le alegraría hablar con usted, provisto que no le moleste que él hable a través de mí». Por alguna razón, VN se sintió obligado a escribir él mismo, o como si fuese él mismo: «Me gustaría hablar con usted, pero odio las conversaciones por teléfono, especialmente si son de larga distancia. Si usted habla con mi esposa, yo estaré a su lado durante la conversación». Nabokov raramente atendía el teléfono.
Se rumoreaba que su esposa lo tenía como rehén.
¨Cómo se sentía ella en esta situación? Se excusaba ante los amigos por el retraso en responder, pero rara vez permitió que las disculpas se transformaran en un tema. Así se la ve en 1963, tan cerca del borde como parece haberse aventurado: «Estoy completamente agotada con las cartas de Vladimir (quiero decir, con las que recibe y yo debo responder) y no se trata solamente del trabajo físico sino también de que quiere que yo tome todas las decisiones, que me exigen más tiempo aún que el pasar a máquina. Incluso cuando Dmitri era un bebé aún, tenía más tiempo de ocio que ahora. No creas que me quejo, pero no quiero que pienses que soy descuidada». Ella habitualmente enfatizaba lo poco calificada que estaba para el trabajo. Justo después de la publicación de ‘Lolita’, le escribió a un amigo acerca de la insoportable presión del trabajo – especialmente, dijo, porque su marido se negaba a mostrar el menor interés en sus propios negocios. «Además, no soy de ninguna manera una madame Sevigné, y escribir diez a quince cartas al día me deja exhausta».
Veinticinco años más tarde, después de que no había cambiado nada excepto la cantidad de trabajo, le dijo al mismo amigo que ella era una muy mala escritora de cartas, lo había sido toda la vida, pero que sin embargo en los últimos treinta o cuarenta años de su vida no había hecho otra cosa. Con un poco de pena, reconoció en determinado momento que todos sus nietos eran de letras. Pero se dedicaba a ellos con meticulosa atención. Pasaban los años y ella cada vez trabajaba más duramente. Corrigió la versión alemana de ‘Speak, Memory’, la francesa de ‘Strong Opinions’, la poesía de Nabokov en italiano, y comenzó a traducir ‘Pale Fire’ al ruso, después de la muerte de su marido. La última traducción fue difícil, le escribió a algunos amigos, pero a los ochenta años se sentía sola y mal de salud, y el trabajo la hacía feliz. Ese año, calculó ella para sus abogados, trabajó seis horas al día respondiendo la correspondencia, en negociaciones y en traducciones. Poca gente se ha dado cuenta de lo mucho que trabajó. A comienzos de los años setenta, el crítico literario Alfred Appel le dio un consejo: «No tienes que pedir excusas por atrasarte con la correspondencia de VN. Hay sólo una solución. Haz una huelga exigiendo mejores horarios y condiciones de trabajo.
Manifiéstate frente al Montreux Palace – el hotel que era su hogar en Suiza – con una pancarta, diciendo algo como ‘VN es injusto con los servicios auxiliares’. Seguro que surtirá algún efecto».
Por supuesto, ella no hizo nada de esto; las cartas personales están, en cambio, llenas de preocupación acerca de lo duro que está trabajando Nabokov, de lo difícil que es convencerlo de que descanse. Y ella estaba altamente calificada para el trabajo. Su ruso era, según su marido, «estupendo»; su memoria poética excepcional (entre otras muchas cosas, se sabía de memoria ‘Eugene Onegin’ y prácticamente toda la poesía de Nabokov); y era sumamente sensible a las frases bien hechas; parecía empecinada en vivir una vida fuera de la suya propia. Era el ayuda-de-campo ideal en la guerra contra el snobismo. Como Nabokov, era sinestésica, que en el caso de ambos quería decir la habilidad de ver y visualizar letras y sonidos en color. Fue una opción de esposa tan perfectamente lógica para Nabokov que el hecho de que se hubiera casado con ella por otra cosa que por razones prácticas era fácilmente pasado por alto. Compartía con su marido el cuidado por el detalle: en su diario de vida, Nabokov citaba frecuentemente sus oportunas y poéticas observaciones. Pocos vieron este lado de ella. Ella no mostraba su encanto en el papel; uno tenía que ganar primero su confianza antes de poder presenciar su humor, su ternura, sus ágiles giros lingüísticos. (Durante una visita que hicieron con unos amigos al Montreux Palace, Nabokov quiso poner azúcar a su café pero la volcó fuera de la taza. Vera le informó, con agudeza: «Querido, te acabas de azucarar los zapatos». Más a menudo, la gente sólo vio a la dura partidista, luchando por reconocimiento literario en un mundo de filisteos. No parece haberse dado cuenta de la mala voluntad de la gente, de su reputación matahari. Si sabía que una mujer vergonzosa, reservada hasta lo enfermizo y altamente honesta podía resultar irritable, distante e intransigente, no parece que le haya importado. La perfecta asistente del mago, podía ser aserruchada en dos sin perder ni la compostura ni la dignidad.
Su abogado se impresionó cuando – en el penumbroso bar del Pierre Hotel en 1967 – ella acosó al editor americano de su marido para que accediera a concesiones sin precedente. Lo hizo sin decir una palabra. El mismo abogado pensó que era casi una clarividente cuando ella insistió en aumentos por razón del costo de la vida en los contratos de su marido – aumentos que luego probaron ser altamente provechosos. El abogado no había estado en San Petersburgo ni en Berlín en los años veinte; la señora Nabokov sí.
Estaba acostumbrada a tocar fondo. En Nabokov marcó su obra; a ella le formó la personalidad.
Sus frustraciones eran las de vivir una vida metódica en un mundo desordenado, de producir textos perfectamente mecanografiados en un universo donde los tipógrafos son humanos. Juzgaba a la gente – y sobre todo a ella misma – de acuerdo a las normas de la literatura de su marido: normas que pocos de nosotros, y menos los editores, pueden satisfacer. Ella y Dmitri le dieron a Nabokov lo que el mundo había tratado de quitarle: estabilidad, privacidad y un ambiente de gusto europeo, de humor original, de opiniones fuertes y de un ruso exquisito e incorrompido. Durante muchos años, Nabokov fue un tesoro literario en busca de una nación; Vera fue algo así como el país en el cual él vivió. Juntos, ocuparon un reino aislado propio, el tipo de mundo de fuera de este mundo en el que los personajes de Nabokov a menudo encontraban solaz.
«Inseparables y autosuficientes, ellos dos forman una multitud», observó un antiguo estudiante de Cornell. ¨Qué podría haber sido más desorientador que esa larga serie de casas alquiladas en Ithaca, de gatos alquilados, de vajilla alquilada y fotos de familia alquiladas? No sorprende que Nabokov haya tratado todo esto como si no fuera real. Y lo era. Le gustaba insistir en su aislamiento, para probar que había sido la quimera de otro. Cuando un biógrafo le presentó una lista con la gente que esperaba entrevistar, Nabokov agregó algunas observaciones. Las notas dicen: «Le caigo mal / apenas lo conozco / un enemigo / lo conozco muy poco / desconocido / lo conozco apenas / no estoy seguro de conocerlo / nunca le vi / desconocido / un primo / un hombre con una gran imaginación, que me vio en 1916 la última vez / un producto de su imaginación».
Volvamos brevemente a la sala de clases de Cornell. Nunca sabremos exactamente qué estaba haciendo allí la señora Nabokov, tal como no sabremos nunca cuál era el papagayo de Flaubert. (Ella poseía un arma, pero no hay evidencias de que la haya portado consigo a clases; Nabokov gozaba en general de buena salud y no era alérgico a la tiza. Ella era una enciclopedia, pero también lo era él). Un indicio de una respuesta quizás se encuentre en ‘Bachmann’, un cuento de 1924. La estelar carrera del pianista Bachmann comienza el primer día en que su admiradora, la señora Perov, se sienta «muy recta y bien peinada» en la primera fila de uno de sus conciertos. Y termina la primera noche en que ella no aparece, cuando, después de sentarse al piano, él se da cuenta de que hay una butaca vacía en la primera fila. Un cornelliano parece apreciar el secreto de Bachmann al recordar las actuaciones del profesor Nabokov. «Era como si dictara la clase para ella», caviló el estudiante. Nabokov decía que la mejor audiencia que un artista puede imaginar es «un cuarto lleno de gente llevando la misma máscara que él». Refiriéndose a la señora Nabokov, le dijo a un entrevistador: «Ella y yo somos mi mejor audiencia. Debería decir, mi principal audiencia». ¨Para quién pudo haber estado escribiendo ese día en Cornell cuando apuntó en la pizarra los nombres de los cinco más grandes poetas rusos? Incluyó a alguien llamado Sirin, su propio pseudónimo de los años transcurridos en Berlín. «¨Quién es Sirin?», preguntó un estudiante intrépido. «Ah, Sirin. Voy a leer algo de él», dijo Nabokov, sin inmutarse y sin más explicación. Una mañana particularmente obscura en Ithaca, Nabokov comenzó a dictar clases en la obscuridad. A los pocos minutos, Vera se levantó de su silla en la primera fila para encender las luces del anfiteatro. Cuando lo estaba haciendo, una beatífica sonrisa apareció en el rostro de Nabokov. «Señoras y señores», dijo, gesticulando orgullosamente: «Mi asistente».
Probablemente la persona que más trataba de hacerse invisible – ante él – era la más visible. Seguramente ella lo sabía. Nadie parece haberse atrevido a preguntarle si se sentía oprimida, eclipsada o, igualmente, fundamental, indispensable, una compañera creativa. Ella estaba demasiado ocupada en desviar la atención de sí misma como para que alguien hubiese tenido oportunidad de preguntarle. Cuanto menos me menciones, le dijo a un biógrafo, más cerca estarás de la verdad. Elevó el Ser la Señora Nabokov a una ciencia y un arte, pero pretendía que esa persona no había existido nunca. Sentía claramente que estaba, no a la sombra de su marido, sino a su luz. Cuando lo vio la primera vez, pensaba que él era el más grande escritor de su generación; y a esa simple verdad se mantuvo leal por sesenta y seis años, como si quisiera compensar todas las pérdidas y agitación, los accidentes de la historia. Un colega de Cornell observó en un artículo que cuando la señora Nabokov se veía obligada a leer las conferencias de su marido, no modificaba ni una palabra. En los márgenes, sin embargo, la señora Nabokov lo reprendía. ­Por cierto, ella no había cambiado una sílaba! ¨No había comprendido aún que una conferencia era una obra de arte?
Un admirador americano encontró a los Nabokov en Italia, en 1967.
Estaban bajando por el sendero de una montaña, con cazamariposas en las manos. Nabokov estaba radiante; antes en ese mismo día había avistado un especimen raro, precisamente el que había estado buscando. Y había vuelto a casa a buscar a Vera. Quería que ella estuviera con él cuando lo capturara.

Stacy Schiff

Copyright ©The New Yorker/Traducción Claudio Lisperguer

¿EL OCASO DE LA ERA LIBRESCA? George Steiner

steinerEl 16 de marzo, George Steiner, autor de Tolstoi o Dostoyevski, Después de Babel y otras obras canónicas de la crítica contemporánea, impartirá una conferencia magistral en el Palacio de Bellas Artes, dentro del Festival del Centro Histórico. Anticipamos el acontecimiento con un fragmento de las palabras que pronunció en el Congreso de la Asociación Internacional de Editores de Londres, el 14 de junio de 1997.

Las teorías modernas atribuyen la formación del universo a un equilibrio de factores sumamente delicado. Si ciertas temperaturas y magnitudes hubieran sido ligeramente diferentes, el Big bang y las transformaciones consecuentes de elementos jamás habrían ocurrido. El desarrollo del libro moderno y de la cultura del libro, tal y como lo hemos conocido, parece haber dependido de una combinación igualmente delicada de factores determinantes e interdependientes. El desarrollo de la imprenta moderna por parte de Gutenberg coincidió, como ha sido señalado con frecuencia, con el ascenso de la clase media en Europa occidental. Dicho ascenso hizo posible la atmósfera, la formación de una sensibilidad y, sobre todo, las condiciones económicas que permitieron disponer del espacio físico y el tiempo indispensables para llevar a cabo un cierto tipo de lectura «clásica».

El acto de leer «a la manera clásica» exige la posesión de los medios necesarios para llevar a cabo tal tipo de lectura. Ya no estamos lidiando con las bibliotecas del Medievo -cuyos libros estaban encadenados- ni con libros guardados como tesoros en ciertas instituciones principescas y monásticas. El libro se transformó en un objeto doméstico propiedad del usuario, accesible a su deseo de llevar a cabo una relectura. Este nuevo acceso exigía a cambio un espacio privado, del cual las bibliotecas personales de Erasmo y Montaigne son emblemáticas. De una importancia mayor, aunque difícil de definir, fue la adquisición de periodos de silencio y privacía. El acto clásico de lectura se lleva a cabo dentro de una esfera de silencio que le permita al lector concentrarse en el texto. Necesitaríamos saber mucho más de lo que conocemos acerca de la historia de los niveles de ruido en las ciudades europeas durante el Renacimiento y el inicio de la Era Industrial, para describir, con mayor precisión, el contexto público y social de la experiencia del libro.

De relevancia equiparable fue el crecimiento de un aparato auxiliar integrado por publicaciones periódicas, diarios y gacetas literarias, en los cuales los libros de aparición reciente eran citados de manera extensa y discutidos con una formalidad magisterial. Este aparato de discurso secundario creó una caja de resonancia entre el escritor y el lector.

El punto que quiero dejar claro es, simplemente, que la relación entre libros y literatura, tal y como la conocemos hoy en las comunidades europeas y norteamericanas, surgió de una concatenación extraordinariamente compleja y en esencia inestable de circunstancias tecnológicas, económicas y sociales.

Es muy posible que la «Era del libro», en el sentido clásico de la expresión, esté llegando gradualmente a su fin. Esta era abarca, aproximadamente, el periodo que va de 1550 a 1950: apenas 400 años. La autoridad y el éxito del ámbito clásico del libro y sus lectores ha sido tal, que hemos pasado por alto no sólo su fragilidad circunstancial sino también su singularidad en el contexto mundial. Es un hecho que, para la mayor parte de la población del planeta, lo que he denominado el acto clásico de lectura -la propiedad privada de espacio, de silencio y de los mismos libros-, nunca constituyó una práctica natural ni originaria. ¿Cuáles son, en las actuales condiciones de Occidente, algunos de los principales factores que podrían estar minando la herencia de la condición libresca tradicional?

Nos encontramos en el centro de diversas manifestaciones de protesta, democrática y popular, en contra de las formas tradicionales de lectura y escritura. La cultura del libro surgida en el Renacimiento postulaba un canon más o menos convencional de modelos y valores del texto. Las bibliotecas contenían a «los clásicos», y la misma encuadernación y dimensiones de los libros reflejaban claramente esteÊsentido de un legado establecido de excelencia. Hoy en día, cada aspecto de este código de lo preeminente es cuestionado por aquellos que ven en él una forma apenas disimulada de política del poder. La lucha en contra de la llamada «cerrazón de la mentalidad norteamericana» es de carácter profundamente político. Esta lucha involucra no sólo el tema de una forma tradicional de lectura y escritura, sino también el del uso del tiempo libre, la privacía y el nuevo desequilibrio dinámico entre los privilegios de una minoría, por un lado, y las exigencias de la cultura de masas, por el otro. Los espacios privados, en el sentido que les he dado, están disponibles solamente para unos cuantos. Hoy día, las paredes de los edificios permiten que se filtre una carga constante de ruido. ¿Quién en nuestros días tiene la posibilidad de construir o poseer una biblioteca privada del tipo de las que conocieron los lectores clásicos del pasado? Sin duda alguna, en la mayoría de los hogares nuevos -y ciertamente entre la población joven-, tanto el mueble para guardar discos como los estantes para colocar grabadoras y casets han reemplazado a los libreros.

Obviamente, el cambio más radical es aquel introducido por los medios rivales de información. Estamos muy lejos de haber siquiera comenzado a entender hasta qué grado el radio, el cine y, sobre cualquier otro medio, la televisón, se están apropiando de los recursos temporales y perceptivos que alguna vez le pertenecieron al libro, tanto en el terreno del entretenimiento como en el de la información. El impacto gráfico de la televisión y la carga informativa que puede ser recopilada precisa y rápidamente por los nuevos medios electrónicos, son tan fuertes que, en muchos aspectos, el libro es visto hoy como un objeto de anticuario, un instrumento tan lujoso como lo fue, después de Gutenberg, el manuscrito ilustrado. La «biblioteca» del mañana será, en gran medida, una red compleja de fuentes electrónicas y de medios de recepción, en los que la televisión por cable jugará un papel protagónico. Por lo tanto, aunque la revolución introducida por las ediciones en pasta blanda y la necesidad que tienen los países subdesarrollados de libros de texto le hayan dado un segundo aire a la cultura de Gutenberg, no es de ninguna manera claro que la «literatura» sobrevivirá en su naturaleza libresca esencial.

Es un hecho que distintas formas de literatura oral comienzan a jugar un papel importante en la totalidad de la comunicación moderna. En la ex Unión Soviética, las lecturas de poesía son acontecimientos masivos; en Europa occidental y Estados Unidos el poeta se ha convertido, cada vez más, en alguien que lee en voz alta para los demás. No esta muy lejano el día en que los novelistas, o aquellos más confiados en su capacidad para proyectarse frente a un auditorio, leerán directamente sus nuevas creaciones -que muy probablemente no estarán aún impresas.

De igual -si no mayor- relevancia, es el triunfo de la imagen y de los anuncios. Tendemos a olvidar que son éstos los que, a lo largo de la historia de la humanidad, han desempeñado la importante labor de transmitir tanto información vital como inmediatez emocional. Mientras que la música es verdaderamente universal, la literatura transmitida a través de un libro no lo es. Hoy en día, los libros de fotografías, los comics, los tabloides de circulación masiva y las revistas atraen la atención en un grado mucho mayor que el que alcanzó alguna vez el libro tradicional. En la base de estas revoluciones técnicas yace un cambio, difícil de definir, en el propio estatus de la temporalidad. El acto de autoría y de lectura en su sentido clásico solía estar íntimamente relacionado con metáforas y sugerencias alrededor de la supervivencia: el escritor y el lector apostaban por la trascendencia. Los poetas identificaban la condición libresca básica con la áspera y dominante sed de inmortalidad. Tales sentimientos son hoy considerados no sólo elitistas sino francamente vergonzosos. Ahora, nuestro pergamino es la pared, sobre la cual los efímeros graffitti cuentan con su breve y estridente apogeo.

En un periodo de transición tan complejo como el actual, toda predicción está condenada a caer en la ingenuidad. Ahora pueden fabricarse un gran número de opciones intermedias y de emergencia. Comenzamos a toparnos con libros hechos en casa, es decir, impresos y formados en diferentes tipos de procesadores de palabras. Es evidente que la interacción entre la televisión y la distribución y venta de textos está todavía en pañales.

Más asombroso todavía es el cambio en los periodos de atención hacia otro tipo de estímulos por parte de aquellas personas habituadas a leer en condiciones tradicionales. Recientes investigaciones sociológicas y psicológicas sugieren que un 85% de los adolescentes estadunidenses ya no puede concentrarse en la lectura de una hoja impresa si no tiene como fondo algún ruido electrónico. En otras palabras: los jóvenes leen con música de fondo o con la televisión prendida, a la que no miran directamente, sino que la mantienen apenasÊal margen de su percepción. Probablemente, la corteza cerebral humana cuenta con una capacidad limitada de recepción simultánea; es casi imposible imaginar todos los cambios introducidos por el capullo de ruido del que, cada vez en mayor medida, somos habitantes.

Parece ser que la poesía, la ficción y el ensayo filosófico de alto nivel serán editados no por las grandes empresas de publicación y distribución masiva, sino por imprentas pequeñas. Ya en Francia, en las afueras de París, unas 40 imprentas pequeñas han venido produciendo el tipo de textos cuidadosamente impresos y bien diseñados que solemos asociar con el hábito tradicional de lectura. En Bretaña, el catálogo de poesía y ficción más innovador es uno realizado de acuerdo con los lineamientos de una pequeña imprenta en Carcanet, bastante lejos de Londres. Pareciera que la antigua alianza entre las palabras del escritor y el arte de editar libros de calidad tiene frente a sí un futuro alentador.

En el caso de las publicaciones a gran escala, la sobrevivencia de obras de ficción o de ensayos críticos y filosóficos editados en pasta dura depende, necesariamente, de una revolución. Y aun ahora los límites son confusos: algunas imprentas universitarias (por ejemplo, la de la Universidad de Chicago) están publicando ficción de alto nivel. La moda de la suplantación, la proliferación de alianzas improbables entre la calidad tradicional y la basura remunerativa, tal y como ahora existen y afectan a la industria editorial, son apenas el síntoma de una mutación mayor.

No me sorprendería que aquello que venga después de los modelos clásicos de lectura se parezca al modelo monástico del cual surgieron esas mismas propuestas. A veces sueño con casas de lectura -una frase hebrea- donde aquellos ansiosos por leer adecuadamente encuentren la tutoría, el silencio y la complicidad necesarios para hacerse compañía de manera organizada. Nada de lo anterior tiene la intención de ser una elegía pesimista. El cambio es el mayor acicate de la realidad. Quizás, hasta ahora todo ha sido demasiado fácil paraÊlos amantes del libro. Cuenta la leyenda que Erasmo, de camino a casa en una noche oscura, vislumbró un pedacito de papel impreso en medio del fango. Se inclinó, lo tomó entre sus dedos y lo reflejó en contra de una luz cintilante, a la vez que emitía agradecido un grito de alegría. Era un milagro. Un retorno a esa noción de lo milagroso, ahora a la luz de un texto demandante, no estaría del todo mal.

Comentario de Hermann Hesse sobre «el guardián en el centeno», de J.D. Salinger

Algunas cartas de muy jóvenes lectores americanos del «Lobo estepario», a veces arrogantes, a veces desesperadas, se me han aclarado por completo tras la lectura de esta importante novela. En ella se narran las aventuras de pocos días de la vida muy problemática y amenazada de un americano de dieciséis años. No es un ambiente bonito el que se contempla aquí: padres demasiado ricos y demasiado ocupados, el padre abogado, la madre nerviosa dedicada a la vida social, con cien cigarrillos al día, el hijo enviado a colegios distantes vuelve a ser expulsado como en otras ocasiones de su college, y se encuentra sin ningún apoyo en medio de los problemas acuciantes de la pubertad. Todos los personajes, adultos y niños, alumnos y profesores son como en todas las historias americanas de college, bebedores, beben a todas las horas del día y de la noche, hablan un lenguaje artificialmente áspero, artificialmente audaz, cada diez palabras un juramento: en una palabra, parece ser un mundo desesperadamente corrompido, sucio y desconsolador, en el que estos pobres y malditos personajes viven su pobre, estúpida y condenada vida (ese es el estilo que se usa en el libro).

El muchacho de dieciséis años no sabe nada de su padre excepto que gana mucho dinero y que probablemente lo matará si vuelve a casa expulsado también de este último colegio; con su madre tiene relaciones vagamente sentimentales, en ninguno de los dos confía. Pero además de un hermano muy querido tempranamente muerto, tiene aún un hermano mayor que escribía buenas historias cortas pero que se vendió y prostituyó a Hollywood, y luego una hermana pequeña, una niña aún a la que dedica toda su ternura.

Y detrás de la fachada del muchacho precoz endurecido y arrogante florece, mientras lo vemos viajar por noches terribles de clubs y hoteles dudosos, en un desarrollo lento y constante un alma, un alma extremadamente bella, pura, simpática y capaz de amar, llena de impulsos nobles y de buenas cualidades desaprovechadas y en la lectura esta América corrompida, brutal y viciosa se vuelve una fachada como la manera de actuar y de hablar de estos escolares. Detrás de la desagradable máscara se esconde apenas tocada por la suciedad, humanidad noble, caliente y dotada. Quizás algún día este simpático muchacho desamparado escriba obras literarias, quizás sucumba él también algún día y se venda a Hollywood. De momento es, a pesar de todos los vicios y exagerados ademanes, un niño, un niño perdido, muy amenazado, lleno de fuerzas espirituales nuevas, florecientes, lleno de añoranza por la bondad y belleza, lleno de nobleza y bondad.

Ya se lea esta novela como historia individual de un muchacho difícil, ya se lea como símbolo de toda una nación y de un pueblo, el autor nos conduce por el hermoso camino de la extrañeza a la comprensión, del rechazo al amor. En un mundo y en un tiempo problemáticos, la literatura no puede alcanzar nada más elevado.

1Q84, de Haruki Murakami

1q84. Demasiadas lunas

1q84. Demasiadas lunas

El título es un juego de palabras, o broma japonesa: En japonés, la letra q y el número 9 se pronuncian igual ( kyu) , de manera que 1Q84 es 1984, una fecha de ecos orwellianos.

Esa variación en la grafía refleja la sutil alteración del mundo en que habitan los personajes de esta novela, que es, también sin serlo, el Japón de 1984. En ese mundo en apariencia normal y reconocible se mueven Aomame, una mujer independiente, instructora en un gimnasio, y Tengo, un profesor de matemáticas. Ambos rondan los treinta años, ambos llevan vidas solitarias y ambos perciben a su modo leves desajustes en su entorno, que los conducirán de manera inexorable a un destino común. Y ambos son más de lo que parecen: la bella Aomame es una asesina; el anodino Tengo, un aspirante a novelista al que su editor ha encargado un trabajo relacionado con La crisálida del aire, una enigmática obra dictada por una esquiva adolescente. Y, como telón de fondo de la historia, el universo de las sectas religiosas, el maltrato y la corrupción, un universo enrarecido que el narrador escarba con precisión orwelliana.

Sin embargo, la vida de los dos protagonistas no acaba de llenar el libro, sino que el autor insiste en hacernos participar de lo onírico, de lo mágico, de cierta conjura nunca expresada para dominare algo, o no dejarse dominar por algo. La mayor virtud de Murakami es la ambientación, ese hilo de aire, como sus crisálidas, que logra mantenernos en vilo sin que al final, por desgraacia, pueda siempre justificarse el artificio.

1Q84 es quizás el libro más inquietante de Murakami: hay abusos sistemáticos de niños, mujeres apaleadas, estafas, sexo explícito, sectas viles y peligrosas, un estrangulamiento y nihilismo absoluto frente a las autoridades del Estado. Embaucar a la gente es pan comido, es uno de los mensajes sombríos del autor.

En general, y en mi opinión, el libro no aporta nada a lso que ya hayan leído otra sobras de este autor. Es desconsideradamente largo, pues no hay razón literaria ni narrativa para su extensión, cae con frecuencia en una serie de tópicos demasiado manidos y va, directo y de cabeza, al conjunto de libros que practican la gran cuestión del elefante en la bañera: demasiadas expectativas para pocas soluciones, y eso que dar soluciones en un mundo mágico no es tan complicado.

Pues ni aún así.