El abanico (Goldoni)

(1765) comedia en prosa, en 3 actos, de Goldoni, que es una reelaboracion de otra suya ante­rior en fiances, L’eventail.

Durante un coloquio entre los enamorados Evaristo y Candida, a esta ultima le cae al suelo un abanico, que se rompe. Entonces Evaristo le compra uno nuevo y se lo confi’a a la campesina Giannina para que se lo haga llgar como regalo a Candida; esto desencadena los celos de Crespino y Coronato, ena­morados de Giannina y convencidos de que el regalo va destinado a ella.

Tambien Candida lo cree y acepta por despecho una propuesta de matrimonio del baron del Ce- dro. Al enterarse de ello, el desilusionado Evaristo, deja el abanico como regalo a Giannina: siguen una serie de incidentes, a raiz de los cuales la pertenencia pasa de mano en mano.

Por ultimo, Evaristo tiene una explica­cion con Candida, y en ella se compromete a llevarle, como prueba del equivoco, el abanico, que mientras ha ido a parar a manos del barón del Cedro; este se lo entrega a Evaristo, que puede dárselo a su amada y sellar asi la acontecida reconciliaci6n.

Gonzalo Argote de Molina

(Sevilla 1548 – Gran Ca­naria 1598) erudito español.

Asistió a la expedición del peñón de los Vélez e intervino en la guerra de Granada (1568).

Humanista del Renacimiento maduro, inclinado a la historia y a la arqueología, reunió en su casa sevilla­na de «Cal de Francos» una magnífica colección de li­bros, manuscritos y obras de arte.

Cuenta Francisco Pa­checo una visita de incógnito de Felipe II a su «museo». Realizó ediciones de El conde Lucanor y del Viaje a Tamerlán de González de Clavijo; poseía un manuscrito hoy desconocido del Poema de Fernán González, del que extrajo cuatro coplas para su Discurso de la poesía cas­tellana (Sevilla, 1575).

Demostró sus conocimientos his­tóricos y genealógicos en su Nobleza de Andalucía (1588).

Max Aub

aub(París 1903 – México 1972) escritor español.

Hijo de alemán y francesa, su familia se estableció en Va­lencia al empezar la guerra europea.

Se inició como es­critor próximo al vanguardismo (Geografía, 1929, Fábu­la verde, 1933, y las obras teatrales: Narciso, 1928, y Es­pejo de avaricia, 1935) y tuvo una activa participación, política y periodística, durante la guerra civil, colaboran­do con Malraux en el film Sierra de Teruel.

Refugiado en Argelia, se trasladó a México en 1942. Como novelis­ta es autor de Las buenas intenciones (1954), recreación irónica de mundos de raíz galdosiana, La calle de Val- verde (1961), sobre la agitación cultural y política de los últimos años de la dictadura, con personajes reales e ima­ginarios, y El laberinto mágico, amplio panorama sobre la guerra civil, formado por seis volúmenes que van de Campo cerrado (1943) a Campo de los almendros (1968).

Entre su extensa producción figuran guiones cinemato­gráficos, colaboraciones periodísticas y radiofónicas, an­tologías y estudios literarios, relatos y novelas cortas, en­tre las que destaca La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco (1960), y una renovadora obra dramá­tica: Morir por cerrar los ojos (1944), Deseada (1950), No (1952).

Es creador de una personal literatura de tex­tos y autores apócrifos, en que lo inventado se presenta como realidad histórica: Antología traducida (1963), Vida y obra de Luis Álvarez Petreña (redactada en tres etapas entre 1943 y 1970), Jusep Torres Campalans (1958), documentado estudio sobre un pintor catalán amigo de Picasso.

La gallina ciega (1971) es un emotivo y desolador testimonio de su reencuentro con España.

EL SEÑOR BALCER VA AL BRASIL (Marja Konopnicka )

[Pan Balcer w Brazylji].

Poema épico de Mar ja Konopnicka (1842-1910), publicado en 1910. Mientras la poesía polaca del período naturalista se expresaba generalmente en poesías de tono mesurado, esta mujer de ta­lento viril seguía, sobre las huellas de Adam Mickiewicz, la epopeya.

Y como su senti­miento, así como sus convicciones, la lle­vaban a tratar de las clases desheredadas, de sus fatigas y sufrimientos, consiguió dar a Polonia, junto con la epopeya nobiliaria de Mickiewicz, un poema épico popular que, aunque no alcance su altura, no queda anulado con la peligrosa comparación. Tra­bajó en él durante muchos años y empezó a publicar cantos sueltos en la «Biblioteka Warszawska»: la obra, terminada én 1909, comprende seis largos cantos. Un nume­roso grupo de campesinos de las diversas regiones de Polonia dividida, entre los cua­les se distingue por su silencio y recogi­miento un grupito de Podlasia, emigra al Brasil.

En el barco el valor y la esperanza animan a todos los corazones; ni una mor­tandad de niños, ni los lamentos de las madres, ni un incendio a bordo los des­animan.

Sólo la larga espera en los ba­rracones del litoral pesa dolorosamente so­bre los emigrados, mientras la fiebre ama­rilla los diezma. Cuando llega la comisión que ha de asignar las tierras, desorganiza­dos y enfermos, no saben elegir; así la co­mitiva es dividida; algunos son enviados a desbrozar la selva virgen, otros a planta­ciones de café.

La poetisa nos hace seguir las vicisitudes del primer grupo. El des­bosque va mal: el trabajo es duro, la nos­talgia roe los corazones, la muerte devora rápidamente a sus víctimas.

Deciden vol­ver. Pero el regreso por montes y estepas se hace difícil, debido al hambre y la fatiga. Cuando llegan al mar han de tra­bajar todavía dos años cargando carbón para pagar el pasaje. Finalmente la noti­cia que llega de Podlasia (la concesión de la libertad religiosa) precipita la deci­sión, y con el grito «vamos» termina el poema.

En la trama bastante tenue, el ele­mento descriptivo lo es casi todo; la auto­ra consiguió unificar en el relato los tipos más diversos de la antigua Polonia y pinta los casos trágicos con toda la fuerza física y espiritual. Nadie había reflejado con pa­recida eficacia el infierno de los pioneros polacos en Brasil y la resistencia de un pueblo sostenido por la fe. Si las descrip­ciones del paisaje brasileño no tienen al­gunas veces vigor vital, están en cambio llenas de verdadera poesía las evocaciones de la naturaleza polaca, vibrantes de sen­timiento y de nostalgia.

EL SEÑOR DE BALLANTRAE (Robert Louis Stevenson)

ballan [The Master of Ballantrae].

Novela de Robert Louis Stevenson (1850-1894), generalmente considerada como su obra maestra; apare­ció en 1889, cuando su autor tenía cerca de cuarenta años.

Es una obra sombría, pinto­resca y fuerte, admirablemente construi­da y dominada por la singular figura de su terrible protagonista, el señor de Ballan- trae, que ocupa el ánimo del lector incluso cuando está alejado de la escena y reina como una pesadilla sobre todo el relato.

Nos encontramos a mediados del siglo XVIII en el castillo campestre de una vieja familia de señores escoceses, los Durrisdeer, cuando tiene lugar el desembarco del príncipe Car­los Eduardo, que trata de colocar en el trono a los Estuardos contra el reinante Jorge II y lleva la guerra civil al país.

El viejo lord Durrisdeer tiene dos hijos: Ja- cobo, que lleva el título de señor de Ba llantrae, y Enrique. El primero es impe­tuoso e imperativo, arrojado y seductor; el segundo es un buen joven precozmente ave­jentado, pálido y carente de fascinación. En presencia de la guerra, la familia piensa en dividirse, de modo que perdure cual­quiera que sea el éxito de la lucha entre los jacobinistas y los leales. Lord Durris­deer decide que uno de sus hijos se dirija a ofrecer su brazo al pretendiente y el otro se quede en casa, fiel al rey Jorge. La de­cisión se confía a la suerte; Enrique se que­dará y el señor de Ballantrae marchará a la guerra.[spoiler title=’Spoiler’ collapse_link=’true’]

Pero en Culloden (1745) los re­beldes escoceses son vencidos y el criado escudero vuelve anunciando que el señor de Ballantrae ha caído en el campo. Des­pués de tres años, el otro hermano, Enrique, se casa con la rica prima Alison, enamorada anteriormente de Jacobo, y consolida asi la _ vacilante fortuna de la familia. Pero el señor de Ballantrae no ha muerto: se re­fugió en una nave y cayó en manos de corsarios. Para no ser devorado por los peces se hizo corsario junto con un com­pañero de Culloden, el caballero Burke, na­rrador de una parte de estas aventuras, se­gún el sistema a menudo empleado por Stevenson (y más tarde por Conrad) de utilizar más de un testigo para su historia. Pasados a América con un rico botín, lo se­pultaron en un bosque canadiense. Al saber que su hermano primogénito vive todavía, Enrique siente turbada su existencia; un odio feroz estalla entre ambos y, cuando el señor de Ballantrae se presenta en Du­rrisdeer, la lucha acaba en desafío noctur­no, el fragmento más vigoroso de la no­vela.

 

También esta vez el inoportuno re­sucitado parece haber muerto; pero el ca­dáver ha desaparecido. Cuando, vuelto de la India, el insuprimible intruso, fiero, vio­lento y sardónico, siempre sediento de di­nero, reaparece en el castillo natal, a En­rique no le queda más remedio que cederle el terreno en Escocia y refugiarse en Amé­rica. Al dejar las costas nativas (Stevenson era escocés) dijérase que al autor le faltan súbitamente las fuerzas. Lo que sigue es fio jo e inverosímil.

La búsqueda del tesoro enterrado impulsa a ambos hermanos, uno siguiendo al otro, por las selvas canadien­ses, donde, después de una tercera, última e increíble muerte fingida del señor de Ballantrae (que, embrujado por un indio, se hizo sepultar en estado cataléptico), ambos hermanos sucumben verdaderamente durante un último encuentro.

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La crítica in­glesa no ha aceptado nunca los últimos ca­pítulos y con razón. Por ello El señor de Ballantrae, aunque contenga las escenas más sombríamente vigorosas que salieron de su pluma, no puede ser considerada co­mo la obra maestra de Stevenson. Es una especie de ventanal gótico, de gusto alguna vez macabro, y tiene un protagonista satá­nico, una especie de Mefistófeles escocés por quien se inclina la simpatía del lector en lugar de ir a su pálido hermano. Para equilibrar los motivos morales y el interés dramático de la novela, Stevenson dio al réprobo un atractivo hálito de energía y un carácter terrible y lanzó un velo tupido sobre el honrado Enrique. Después, con un extremo rasgo de imparcialidad, selló el conseguido equilibrio artístico enterrándolos juntos y colocando una lápida a la memo­ria de ambos hermanos enemigos.