[Rappresentazione della cena e passione]. Composición en octavas de Pierozzo Castellano de’ Castellani (siglo XV), publicada en Florencia en 1872 por Alessandro D’Ancona en las Sagradas Representaciones de los siglos XIV, XV y XVI y, sin unas «estancias añadidas», en 1927 por Paolo Toschi en el Antiguo Drama Sacro Italiano.
Es una de las más sencillas, pero también de las más conocidas representaciones sacras, por el carácter realista de los diálogos y el movimiento de las escenas. Ilustra la vida de Jesús desde la última Cena hasta el descendimiento, enriqueciendo la narración de los Evangelios con diálogos y reflexiones de la más genuina tradición popular. Después de la anunciación del Ángel (anunciación de rúbrica en las representaciones sagradas y también en las profanas, como se aprecia, con los debidos cambios, en el Orfeo, v., de Poliziano), se vaticina la muerte gloriosa del Redentor; y sobre el drama pende la espera del acontecimiento cruel y terrible. Los últimos días de la vida terrenal del Divino Maestro se desarrollan en reflexiones y meditaciones que, de ambiente en ambiente, muestran la aflicción del pueblo y el temor de la próxima desgracia.
También un diálogo entre Cristo y la Madre pone de manifiesto la inevitabilidad de la muerte según las profecías sagradas, para que se cumpla enteramente la voluntad de Dios; y el drama adquiere la sequedad de un razonamiento que lo distingue de otros parecidos, en manera particular de los umbros. (María contesta: «Combate el sentido contra la razón, / Pero confío en que ésta es superior»). En la cena, con las palabras a los discípulos y especialmente en la escena del huerto, el autor pone de relieve el carácter humano de Jesús, su sufrimiento por la salvación de todo el mundo, su aceptación de una muerte oprobiosa por el bien común («Siento mi cuerpo oprimido por una gran pena, / Mi carne y los sentidos tiemblan de dolor»).
Entre las partes que siguen, no divididas en escenas, sino que se suceden con cambios de trama aunque en la sencilla representación de los lugares, resaltan la negación de Pedro y, por su vivacidad realista, la traición de Judas, especialmente en las discusiones. (Un sacerdote dice: «Ciego, loco insensato, descarriado». Judas contesta: «Confieso haberme equivocado». El sacerdote responde a Judas: «¿A nosotros qué nos importa que estés loco?»). Notables son también, por su tono inspirado en primitivas laudas medievales, la queja de María y Cristo y toda la escena de la crucifixión y del descendimiento. Esta obra sagrada, preparada para un público de sentimientos sencillos, pero también nutrido de varia literatura caballeresca y, por reflejo, de una gran tradición poética, encierra los motivos más espontáneos de una celebración litúrgica y señala al mismo tiempo la maestría de un autor que sabe hacer observar la realidad cotidiana en todos sus aspectos. Por estas características, aún hoy se la recuerda entre las de su tiempo como el índice de un ambiente histórico.
C. Cordié

