[Der Streit Der Facultaten]. Obra filosófico política publicada en 1798. A consecuencia de las reacciones que la Religión en los límites de la mera Razón (1793) había suscitado, Kant se comprometió con el rey de Prusia, Federico Guillermo II, a no publicar escritos que trataran de religión. Pero, muerto éste, el espíritu más abierto de su sucesor, hizo posible que el filósofo volviera a los estudios que más le apasionaban. Nació así la Disputa entre las Facultades, que, a pesar de la edad avanzada del autor, es una obra de gran interés. La disputa de que se trata, es la que sostienen las tres Facultades universitarias que tienen fines prácticos directos (teología, derecho, medicina) con ,1a Facultad filosófica, que, a diferencia de las otras, trata de enseñar la pura e incondicional investigación de la verdad racional.
El conflicto es inevitable, porque la enseñanza filosófica investiga críticamente también las doctrinas que las otras Facultades deben enseñar en forma dogmática, al menos bajo un aspecto, es decir, en cuanto que su fin práctico induce al Estado a imponer, dentro de ciertos límites, el objeto y el modo de enseñanza. La Facultad de Teología debe atenerse a la Biblia, la Facultad jurídica, al Derecho positivo, y la médica debe ofrecer ciertas garantías prácticas. Este conflicto está destinado, en el pensamiento de Kant, a asumir una función política de importancia primaria, apenas se comprenda que se trata de un conflicto inevitable y que no debe resolverse ni en una estéril oposición, ni en una transacción, sino en una serena disputa cuyo objeto se renueva de continuo.
La Facultad Filosófica no puede sustituir a las otras, pero está llamada a criticar sus posiciones. Gracias a ella, logra dejarse oír la voz de la razón; ella obliga a renovarse a los ordenamientos eclesiásticos y a los civiles, ella les obliga a progresar, con el estímulo y control de la crítica. Este es el punto de vista que, además de justificar prácticamente frente al Estado la posición de absoluta independencia de la Facultad filosófica, asigna a la Universidad una tarea de primerísimo orden: la Universidad es un verdadero Parlamento de hombres doctos. Las relaciones entre la Facultad filosófica y la teológica están determinadas por la posición que se adopte en el cotejo de los textos sagrados. La razón filosófica reivindica sobre estos textos un amplísimo derecho de crítica.
Es siempre lícito interpretar lo «sobre racional» que enseña o cuenta la Escritura, como una verdad no precisamente literal, sino moral; lo que ella afirma como «irracional» debe en todo caso interpretarse de este modo. La razón puede reconocerse en los textos, pero no puede inclinarse ante la autoridad, porque la razón es para nosotros el único juez sobre la autoridad sobrehumana del propio texto. La razón adopta el Cristianismo, porque únicamente en esta religión halla satisfechas sus exigencias. Esta religión, en los límites de la razón, es hostil a todas las Iglesias, a las que culpa de su dogmatismo como de una fuente de discordia, como de una renuncia a la universalidad. La religión racional se propone un solo fin: el rescate del hombre mediante su mejoramiento moral.
Este programa no puede dar lugar a la formación de sectas. No obstante, hay también en el hombre una exigencia mística, que escapa al control de la razón y que sin embargo, Kant no condena explícitamente. La disputa entre la Facultad filosófica y la jurídica nace de que la filosófica pretende mejorar, criticándolo, el Derecho positivo. Esta pretensión se podría justificar racionalmente, sólo demostrando que existe un progreso moral de la humanidad. Un dato decisivo existe, según Kant: este hecho es la Revolución francesa, sobre la que el filósofo expresa su célebre juicio: «la revolución de un pueblo inteligente, la que hemos visto desarrollarse en nuestros días, puede triunfar o fracasar; puede estar tan llena de miseria o de crueldad, que un hombre sabio que esperara llevarla a buen fin, de realizarse por segunda vez, no se decidiría a realizar un experimento que tan caro cuesta; pero esta revolución, digo yo, halla en el alma d§ todos los espectadores, una simpatía que confina con el entusiasmo; simpatía que sólo puede estar causada por una tendencia moral del género humano».
Este entusiasmo, según Kant, es la prueba de que existe en el hombre una voluntad política desinteresada, o sea, que la política, y por ella el derecho, entran en la esfera de la actividad moral. Así se justifica la exigencia de los filósofos, de que el Derecho positivo esté de acuerdo con los dictados de la pura razón, que son los mismos dictados de la moral. La última parte, sobre las relaciones entre filosofía y medicina, refleja una corriente de ideas bastante difundida en la literatura alemana de la época: la tendencia a buscar en la voluntad el remedio contra muchas enfermedades. Esta tendencia, que en sí es una tendencia seria, en los detalles, sin embargo, degenera en cierto dilettantismo, del que tampoco se libra Kant.
A. Galimberti

