Nació en Oberholzheim (cerca de Biberach, en Suabia) el 5 de septiembre de 1733 y murió en Weimar el 20 de enero de 1813. Era hijo de un párroco protestante, y se formó en un ambiente pesimista, que le rodeó tanto en su casa como en el colegio de Klosterberge, donde, sin embargo, leía a escondidas a Bayle y Voltaire. Su noviazgo con Sophie Guntermann (a quien el matrimonio con La Roche hizo abuela de Clemens y Bettina Brentano) señaló, empero, el comienzo de una experiencia sentimental y religiosa, que inspiró sus primeros textos de Tubinga, en cuya Universidad habría debido estudiar Leyes, y de Zurich, a donde le llamara Bodmer para formarle a su imagen, como ya intentara con Klopstock.
Cansado del idealismo demasiado vivo, en esta última ciudad y luego en Berna preparó la transformación la cual, vuelto en 1760 a Biberach como director de la cancillería de este municipio libre, maduró mediante la relación en el castillo de Warthausen con el conde Stadion, gran señor refinado e intensamente influido por los espíritus más libres de la Ilustración franco-inglesa. Una primera novela, Don Sylvio de Rosalba, indicaba en el subtítulo (La victoria de la naturaleza sobre la fantasía, v.) el programa al cual Wieland habría de permanecer siempre fiel. Toda su obra posterior tendió a enseñar a pensar, a sentir y a vivir como lo aconsejan la naturaleza y la razón, en los límites de un sabio hedonismo. Tal enseñanza procedía de la Antigüedad y de la Francia contemporánea, y era desarrollada por el autor, fabulista infatigable, a través de narraciones breves y picantes (Komische Erzahlungen) o extensas y complejas (Idris und Zenide, Der neue Amadis), inspiradas en los autores más desenvueltos de Francia e Inglaterra, y, asimismo, en Boccaccio y Ariosto.
Wieland admiró ardientemente a este último, y procuró de varias maneras reproducir el flujo narrativos de sus octavas, como ocurre en el más célebre de sus poemas, donde aparecen fabulosas aventuras y un héroe carolingio, Oberón (1780, v.). En Biberach ofreció la más exquisita prueba de su arte con Musarion (v.), empezó su novela más comprometida, Agatón (v.), cuya redacción definitiva corresponde a 1794 — se trata de un precedente de Wilhelm Meister en cuanto novela evolutiva—, y llevó a término (1762- 1766) la traducción en prosa de veintidós obras de Shakespeare. Esta última labor, aun con sus incomprensiones, difundió, finalmente, por Alemania el conocimiento del gran autor inglés. En 1769 Wieland era llamado a explicar Filosofía en la Universidad de Erfurt, en la cual dio muy variadas lecciones; no abandonó, sin embargo, la actividad creadora (El espejo de oro, v.).
En 1772 la duquesa Ana Amalia de Weimar le confió la educación de sus dos hijos. Aquí, llegado al trono Carlos Augusto, permaneció con una pensión hasta el fin de sus días, y desarrolló una infatigable labor en el Deutscher Merkur (v.), publicación fundada en 1773 y que fue durante muchos decenios la revista literaria más difundida en Alemania, y en la composición de obras narrativas (la afortunada historia Los abderitanos, v., la más sabrosa novela satírica alemana del siglo XVIII, Peregrino Proteo, Aristipo y sus contemporáneos), dramáticas (Alcestes, v.; Pandora), y de ensayo (Diálogo de los dioses, y.), y en traducciones de Horacio y Luciano. Combatido encarnizadamente varias veces por las generaciones jóvenes, sobre todo por los del Sturm und Drang y los románticos, a causa de sus inquietudes racionalistas, su escepticismo y su frivolidad afrancesada, supo, no obstante, ganarse a muchos de los principales adversarios, como Goethe y Kleist, y siguió siendo el autor más leído y apreciado por el gran público culto que comprendía su fe en la razón y en la humanidad.
L. Vlncenti

