(Angelo Ambrogini). Nació el 14 de julio de 1454 en Montepulciano y murió el 29 de septiembre de 1494 en Florencia, fue insigne humanista y filólogo, pero debe su fama especialmente a las obras poéticas en lengua italiana, a las que no dio nunca importancia: las Estancias (v.), La Fábula de Orfeo (v. Orfeo) y rimas diversas (baladas, cancioncillas, Ritornelos, v., Canciones de danza, v., etc.). En prosa italiana nos ha dejado Lettere, tres Sermoni recitati in una, compagnia di dottrina y si, como parece probable, son suyos, los Detti piacevoli, publicados por A. Wesselski en 1929. Habiendo quedado huérfano de padre a los diez años, y con la familia en condiciones menesterosas, marchó a Florencia, donde ya en 1469-70 asistía como oyente al Estudio florentino. Fueron maestros suyos Giovanni Argiropulo, Andronico Callisto, Cristoforo Landino, Marsilio Ficino. Demostró muy pronto una extraordinaria disposición para componer versos latinos y griegos con raro dominio de las dos lenguas y con singular habilidad de estilo. Confiando en el mecenazgo de Lorenzo de Médicis, se dedicó en 1470 a la traducción de la Ilíada en versos latinos, comenzando por el libro segundo.
Poliziano pretendía evidentemente continuar la empresa para la cual el papa Nicolás V había convocado en 1452 un concurso entre los humanistas de la época. Había resultado vencedor Cario Marsuppini d’Arezzo, que murió poco después de haber traducido el primer libro. Lorenzo lo estimuló con algunas subvenciones, pero Poliziano tuvo que esperar hasta 1473 después de haber traducido el tercer libro para encontrar una conveniente situación en la casa Médicis, con plena libertad de continuar sus estudios. La traducción de la Ilíada fue continuada intermitentemente en los años siguientes, pero sólo hasta 1478, y quedó interrumpida en el libro V. A mediados de 1475 le confió Lorenzo la educación e instrucción de su hijo Piero, y Poliziano se dedicó a ello con entusiasmo y asiduidad, siguiendo a la familia de Lorenzo en los continuos traslados a las varias residencias de campo. Es una época feliz en la que en Florencia se vive alegremente entre fiestas, justas y cantos, y Poliziano comienza a componer las Estancias para ensalzar la victoria de Giuliano, hermano de Lorenzo, en un torneo del 28 de enero de 1475. Poliziano se muestra cordialmente sensible a la munificencia de los Médicis, y especialmente de Lorenzo, y es fácil por ello que sus elogios en las Estancias, en las Elegías latinas y en los Epigramas latinos y griegos de este tiempo revelen de vez en cuando adulaciones cortesanas.
Con todo, sus sentimientos de afecto hacia Lorenzo son sinceros y, por lo demás, se ven correspondidos por éste con franca amistad al hombre y respeto al humanista. No sólo actuaba Poliziano de pedagogo en la casa de los Médicis, sino que era el hombre de confianza de toda la familia. Cuando se hallaba con Lorenzo fuera de Florencia, era él quien escribía a madonna Clarice para darle noticias de su marido (de una carta desde San Miniato: «Habiendo salido ayer de ahí hemos llegado a San Miniato, siempre cantando, y algunas veces conversando sobre cosas sagradas, para no olvidar la cuaresma… Lorenzo triunfa y hace triunfar a la compañía: ayer conté veintiséis caballos en el séquito de Lorenzo.»); y cuando se quedaba con la familia y Lorenzo andaba lejos, sustituía a madonna Clarice para dar noticias a su protector sobre lo que pasaba en la familia (de una carta de la villa de Cafaggiolo: «A madonna Lucrezia y a Clarice les parece que el niño (el hijo segundo, Giovanni) mejora mucho, aunque no puede mamar; sin embargo, come bien la so- pita…»). En 1477, logró Poliziano que se le asignara el priorato de San Pablo, por lo que fue ordenado sacerdote.
Con la independencia económica que ello suponía esperaba podría disponer de sí con mayor libertad, pero en la primavera del año siguiente el trastorno en que arrojó a la familia de los Médicis la conjuración de los Pazzi, en la que Giuliano fue muerto y Lorenzo herido, indujeron a Poliziano a demostrar su afecto y lealtad, ofreciéndose a acompañar a la mujer de Lorenzo y a sus hijos Piero y Giovanni a Pistoia y a la quinta. Con aquella conjuración, no sólo desaparecía de un modo violento la brillante juventud de Giuliano; terminaba para el propio Lorenzo y para el grupo de sus amigos y protegidos un período alegre e irreflexivo, que había llenado a Florencia de canciones populares, en cuya composición habían participado, entre otros, el mismo Lorenzo, Luigi Pulci y Poliziano, que se distinguía por la elegancia que imprimía a sus versos de franca inspiración popular. Era el tiempo en que Poliziano componía en lengua vulgar, en latín y en griego. Aislado en el campo con la familia de Lorenzo, Poliziano informaba a menudo a su protector de los acontecimientos familiares y continuaba ocupándose de la instrucción de Piero y de Giovanni, pero sus relaciones con madonna Clarice pronto se hicieron insostenibles y Poliziano hubo de abandonar la villa de Cafaggiolo (primavera de 1479).
Lorenzo trató de buscar remedio al caso permitiendo a Poliziano que habitara en la villa de los Médicis en Fiésole y encargándole que escribiera algo para él. Posteriormente lo acogió en Florencia, en el palacio de vía Larga, pero, cediendo en esto a madonna Clarice, le quitó la instrucción de sus hijos. En diciembre del mismo año 1479, un «quid pro quo» entre él y Lorenzo que había de partir para Nápoles, la interferencia de algún enemigo suyo y una cierta vacilación asustadiza, fueron causa de que no partiera en el séquito de Lorenzo y de su voluntario destierro. Después de haber vagado por diversas ciudades de la Italia septentrional, fue acogido por los Gonzaga de Mantua, donde tuvo ocasión de redactar en pocos días la Fábula de Orfeo. Pero la nostalgia de Florencia pesaba mucho en su ánimo. Cuando se enteró de que Lorenzo había regresado de Nápoles, hizo diligencias para ser llamado junto a su antiguo señor, a quien envió una larga carta en latín (19 de marzo de 1480) defendiéndose de las acusaciones de los malévolos y confirmando su inmutable lealtad.
Lorenzo le perdonó, y en agosto de 1480 estaba Poliziano de nuevo en Florencia, y en noviembre del mismo año comenzaba a enseñar en el Estudio florentino, enseñanza que le valió merecida fama en Italia y en Europa de expertísimo lector y comentador de autores griegos y latinos. Era el sueño ambicionado de su adolescencia convertido en realidad. Apenas tenía veintiséis años y dominaba con espíritu crítico independiente el mundo de la cultura grecolatina, que parecía ser el mundo en que había respirado desde su nacimiento. La seriedad con que preparaba sus clases se halla documentada por el rico material de Miscellanea, cuya primera edición parcial data de 1489, y desde la cátedra revelaba un perfecto dominio de los temas tratados, sin falsa modestia, sino demostrando a menudo, al lado de su sólida preparación, la insuficiencia de sus colegas antiguos o recientes. Una gran cantidad de cuestiones filológicas, históricas, gramaticales y estilísticas se encuentran tratadas en la vasta recopilación de sus Epístolas latinas, aparte de las que figuran en las Miscellanea.
Al comenzar sus cursos se deleitó a veces leyendo pequeños poemas en hexámetros latinos, compuestos por él (las Selvas, v.; Manto, Rusticus, Ambra, Nutricia). Después de la muerte de Lorenzo (1492), puso sus esperanzas en la protección de Piero para obtener del papa Alejandro VI la púrpura cardenalicia, pero esta ambición insatisfecha le amargó todavía más los últimos meses de su vida, durante los cuales hubo de soportar la repercusión de la impopularidad en que había caído el degenerado sucesor de Lorenzo.
V. Pernicone

