Marco Polo

(Llamado Millón). Nació en 1254 en Venecia y murió en la misma ciudad el 9 de enero de 1324. Pertenecía a una familia veneciana de probable origen dálmata que, como otras de la ciudad lacustre, poseía oficinas y almacenes de comercio en puer­tos del Mediterráneo oriental y también en el mar Negro. Su padre Niccoló y su tío Matteo habían dejado, en 1260, el puerto de Soldaia, en Crimea, y se habían aden­trado en la gran llanura de la Europa sub- oriental con fines comerciales, y después de accidentadas aventuras habían llegado a Canbalig (Pekín), donde el conquistador mongol Kubilai había establecido hacía poco la capital de su imperio. Diez años después regresaban los dos hermanos a Venecia, cuando el hijo de Niccoló M. tenía ya quince años. Las riquezas admiradas en el lejano Oriente y la invitación del propio Kubilai movieron a los dos hermanos a em­prender de nuevo, en 1271, el incómodo y largo viaje a China, y llevaron consigo al adolescente Polo que entró de este modo en la plenitud de su vida y en la gloria. Pe­netraron en Asia por la costa del mar de Levante: Anatolia, Armenia, Persia, en va­rias direcciones y largo itinerario que nin­gún europeo había recorrido todavía; con­tinuaron el camino entre las llanuras de la Bukharia y los montes del Korassan, por la altiplanicie de Pamir, la gran cadena de Tian-Chan, los desiertos de Sinkiang con sus grandes oasis marginales y de Gobi, y finalmente la populosa China.

Los tres vene­cianos llegaron con su lenta caravana hasta Canbalig, la fastuosa corte imperial de Ku­bilai. Jubilosamente les recibió el soberano, que era ciertamente hombre de gran clase, y comprendió que la experiencia de aque­llos tres occidentales podía contribuir gran­demente al gobierno de la inmensa y ya culta China, sometida a su dominio desde hacía poco tiempo; se aficionó sobre todo al joven Marcos, quien mientras Niccoló y Matteo atendían probablemente a su comer­cio y a acumular riquezas, se convirtió en consejero de Kubilai. Además de parti­cipar en la vida del emperador, en la capital y en las residencias veraniegas, y de seguirlo en sus cacerías, en las que parecía que un pueblo entero se desplazaba en medio de un boato insuperable, Polo fue nombrado para gobernar o inspeccionar provincias y también para misiones diplo­máticas en el Yunnan, en Birmania y hasta en la India. Pero al fin, después de die­cisiete años de estancia en China y de tan grandes y variadas experiencias, les entró a los tres Polo la nostalgia de su laguna veneciana; sólo obtuvieron, sin embargo, el permiso de salida cuando se presentó la ocasión de que pudieran ser acompañantes de una joven princesa destinada a contraer matrimonio con el soberano de Persia.

Co­menzó así un periplo por casi toda Asia: a lo largo de las costas de China e Indochina, de Malasia y de Sumatra, de la India y del Irán; después, el regreso a través de Per­sia, Armenia y Anatolia, por caminos ya conocidos: en 1295 volvían a ver de nuevo Venecia, después de una ausencia tan larga y aventurera y, por lo que parece, muy fructuosa. Pero de todo esto, es muy pro­bable que sólo escasas, o quizá ninguna, noticias hubieran llegado hasta nosotros si Polo no hubiera caído en 1298 prisionero de los genoveses o en un encuentro cerca de Curzola o en un choque entre barcos mer­cantes que rivalizaban en el mar de Le­vante para ganar los mejores mercados. El hecho es que se encontró compartiendo la prisión con un tal Rustichello de Pisa, mo­desto hombre de pluma, al que comunicó, de todas formas, su aventurera vida en Asia. Y Rustichello la escribió en aquella «len­gua vulgar gálica» que estaba entonces de moda, cuando todavía no se había fijado una lengua literaria italiana. Así nació el libro que tuvo por título Las maravillas del mundo, pero que es conocido corrientemente con el nombre de El millón (v.) del apodo de su autor. Existen pocos libros que hayan alcanzado tal éxito: fue traducido a todas las lenguas, incluso dialectales, y natural­mente al latín.

Se conocen hoy poco menos de doscientos códices; de su cotejo se in­fiere que han debido existir muchos otros, copias o traducciones, que han servido de intermediarios, única justificación de las variantes que se encuentran en los que co­nocemos; y cuando apareció después la im­prenta se comenzaron a hacer, del famoso Millón, ediciones en todas las lenguas, y todavía hoy, no sólo no ha cesado de im­primirse, a siete siglos de distancia, sino que la crítica continúa ocupándose del libro de Marco Polo El cual, al describir los países y las gentes que conoció en aquellos veinti­cinco años de vida asiática en continuo mo­vimiento y con las más variadas experien­cias, y repitiendo también lo que ha oído decir sobre países y gentes que no ha cono­cido directamente, se muestra observador profundo y agudo, y crítico sagaz de lo que ve y oye, sin limitaciones en su curiosidad de saber y explicarse todo cuanto contempla. Aquel libro que ponía de manifiesto un continente entero y sus fabulosas rique­zas obtuvo inmediatamente fortuna, no sólo en su aspecto de fantástica narración de aventuras, sino porque hacía nacer el an­sia de propaganda religiosa en los misio­neros y el deseo de lucro de los mercade­res: y unos y otros comenzaron a seguir las rutas terrestres indicadas por Marco Polo Y así se confirmó cuanto él había escrito y se ratificó el deseo de los pudientes de llegar a aquellas metas y de conseguir aquellas riquezas.

Y no hace falta decir que una co­pia del Millón, que cayó en manos de Enri­que el Navegante, sirvió de estímulo a aquellas expediciones que, circunnavegando África, debían llevar a los portugueses, con Vasco de Gama, a la conquista de la India; ni tampoco que otra copia, atentamente leída y apostillada por Cristóbal Colón contri­buyó igualmente a empujar las carabelas que los Reyes Católicos enviaban a Occi­dente para llegar al Catay, es decir, a la China de Marco Polo No se llegó allí, es verdad, pero en cambio fue descubierto el conti­nente americano; y cuando, más tarde, fue encontrado el paso a través de éste, siem­pre en busca del Catay, se descubrieron las numerosas islas del océano Pacífico y luego un nuevo continente. Pero independiente­mente de estas grandiosas consecuencias, que Marco Polo no podía prever, queda el juicio que de él —venerado por chinos y japo­neses por haberles revelado el mundo occi­dental— hiciera Humboldt declarándolo «el mayor viajero de todos los tiempos y de todos los países».

G. Dainelli