[Osnovy chimii]. Tratado fundamental del químico ruso Mendeleief (Dimitrij Ivanovič Mendeleev, 1837-1907) publicado en San Peters- burgo en 1868-1870.
Fruto de sus lecciones universitarias, el tratado aspiraba a ser una exposición con fines didácticos de los principios de la química general moderna. Pero, en realidad, el gran científico interpreta los fenómenos químicos basándose en un método propio de investigación que se esfuerza en asociar los dos aspectos, físico y químico, de los fenómenos, y termina con un trabajo original en el que resume, y asimismo anticipa, sus investigaciones sobre la naturaleza de los elementos químicos. Clave de su teoría es la analogía de los elementos, establecida sobre leyes numéricas. Gracias a esta teoría, Mendeleief consiguió descubrir la célebre «clasificación periódica», cuya ley — «las propiedades física y química de los elementos son una función periódica del peso atómico» — queda enunciada claramente en esta obra. Tal clasificación, a la que va enlazado el nombre de Mendeleief, fue también objeto de dos memorias editadas en una revista rusa («Žurn. rus. Chim. obšč.») en los años 1869 y 1871.
Con anterioridad se habían realizado tentativas para hallar una relación entre los «pesos atómicos» y las «propiedades» de los elementos, en la obra de Proust (1815), y, más tarde, por Dumas, Gladstone, Mayer y otros. Mendeleief dispuso los elementos en filas horizontales, por orden de sus pesos atómicos crecientes, iniciando una nueva fila cada vez que encontraba un elemento que reuniera estrecha analogía con uno de los precedentes. De esta forma obtuvo «columnas» de elementos, en cierto modo afines, pertenecientes, por decirlo así, a una misma familia, con caracteres comunes aunque ligeramente diferenciados de un extremo a otro de la columna misma. Inicialmente quedaron libres muchas casillas, debido a que diversos elementos eran todavía desconocidos, pero todo espacio blanco era una invitación a la búsqueda, y toda pesquisa afortunada venía a constituir una confirmación clamorosa del valor objetivo de esta clasificación periódica, del mismo modo que el descubrimiento del planeta Neptuno fue una confirmación de la teoría de Newton.
De este modo se descubrieron el «galio» (1875), el «escandio» (1879) y el «germanio» (1886), de los que el químico ruso no sólo había previsto la existencia, sino incluso indagado las propiedades; su clasificación tiene, en realidad, un carácter «natural», puesto que por la posición de un elemento resulta posible deducir, con gran aproximación, sus propiedades y la naturaleza de sus compuestos. La clasificación periódica reveló su valor, asimismo, en la determinación de los «pesos atómicos» de algunos elementos. Por ejemplo, en el caso del berilio no se sabía si atribuir a su óxido la fórmula BeO, cuyo peso atómico es 9,1, o la fórmula Be2O3, que tiene por peso atómico 13,7. Se apreció que en la tabla no existía ninguna casilla libre entre el carbono y el nitrógeno (es decir, entre los pesos atómicos 12 y 14), mientras lo había entre el litio y el boro (pesos atómicos aproximados, respectivamente, 7 y 11). Entre estos últimos debía colocarse, naturalmente, el berilio, y su peso atómico resultaba igual a 9,1, con lo que se eliminaba cualquier duda entre los dos valores propuestos.
Ciertamente se han observado algunas excepciones en la clasificación periódica: ante todo, para obtener verdaderos «grupos» de familia debe alterarse en algunos casos la regla del peso atómico creciente: por ejemplo, el yodo va colocado después del telurio, el níquel después del cobalto, etc. Por otra parte, no se ve inmediatamente cómo deben ser situados los elementos de las denominadas «tierras raras». Y solamente la física atómica actual está en condiciones de contestar a esta y otras cuestiones que plantea la obra de Mendeleief. Por el contrario, tanto los gases raros como los elementos radiactivos descubiertos a fines del pasado siglo y principios del presente, hallaron su lugar preciso y natural en la clasificación periódica.
U. Forti

