[Poésies]. La vasta producción lírica de Anne de Brancovan de Noailles (1876-1933) se encuentra esparcida en no menos de nueve colecciones, desde el Coeur innombrable a sus versos póstumos.
Aunque toda la obra tiene un acento fuertemente personal, con todo, se puede dividir en dos grupos, que señalan las dos mitades en la curva de su desarrollo. En el primer grupo (Le coeur innombrable, 1901; L’ombre des jours, 1902; Les Éblouissements, 1907), su temperamento poético se manifiesta con característica violencia, en efusiones líricas de estilo escasamente refinado, casi tradicionalmente declamatorias, en las que, a pesar de todo, predomina un sentimiento de plena adhesión a las fuerzas de la naturaleza, que es la principal originalidad de esta poetisa y que encuentra acentos y arrebatos casi dannunzianos. Estanques, bosques y ríos le quedan impresos en los ojos más que las miradas humanas: ella ha «tenido en sus manos el olor de las estaciones».
Ha amado el verano como a una criatura mortal; todos sus sentidos tienden hacia las cosas en una comunión que es como una continua embriaguez. El amor, en un mundo así, es un franco ímpetu puramente sensual; una fuerza natural que invade el corazón «como el viento conquista la llanura». Como ama con apasionada vehemencia la tierra y las estaciones, y con tierna entrega los puros paisajes de la dulce Ile-de-France, así ama, intensa y perfectamente, el amor: dice lo que siente «d’un coeur pour qui le vrai ne fut point trop hardi»; escribe para que este ardor suyo se prolongue en el tiempo, y los futuros lectores, más tarde, al encontrar sus versos, sientan el alma conmovida por esta gran oleada de amor, y olviden por un momento sus esposas terrestres, para acoger y amarla a ella sola, en sus pensamientos.
De este egoísmo triunfante, y de una elocuencia abundante en exceso, que hacían parecer fuera de moda sus versos en tiempos del último simbolismo, la condesa de Noailles pasó progresivamente a una poesía más pensada y mesurada en sus colecciones sucesivas, Les vivants et les morís, 1913; Les forces éternelles, 1920; Le poéme de l’amour, 1924; y, sobre todo, L’honneur de souffrir, de 1927. En éstas, su ardor sensual se complica y se resume en un sólo gran amor de sus años maduros, entra en conflicto con el desesperado sentido de la muerte, de la caducidad de todas las cosas, y con una intrépida filosofía materialista. Rechazando toda idea de sobrevivencia y toda intromisión espiritual, el poeta padece y acepta el concentrar toda su pasión y sus deseos en un solo ser mortal; el padecer las crueles alternativas de un gran amor, conservando al mismo tiempo toda la implacable lucidez de su pensamiento, sabiendo que es siempre y únicamente deseo de un cuerpo mortal, independiente del talento, de la amistad, hasta de los sentimientos.
La idea de la muerte, de la nada eterna, temida y valerosamente aceptada, le sugiere acentos no indignos de la antigua musa de Lucrecio. Por este su vigor viril, por esta innegable amplitud de aliento que exige las más altas comparaciones, la poesía de la condesa de Noailles vence las justificadas acusaciones de exagerada abundancia y el fugitivo hastío de un estilo a veces demasiado simple y directo, sumariamente elocuente.
M. Bonfantini
Con procedimientos técnicos comunes y un oficio poco seguro, ha creado, gracias a la fuerza de su genio y a la riqueza de su sensibilidad, una de las más bellas obras poéticas de nuestro tiempo. Jamás himno a la vida ha sido cantado con semejante fervor. (Lanson)
Las fuerzas eternas nos muestran a Madame de Noailles en el cénit de su potencia. (Du Bos)

