Recogidas de entre sus obras (Sevilla, 1582), las diversas composiciones líricas de Juan de la Cueva (1543-1610) son características de la gran literatura del siglo XVI. Si en los Infantes de Lar a (v.), en el Infamador (v.) y en otras obras, el escritor manifiesta con más claridad su mundo propio, en una fusión de tonos líricos y de motivos dramáticos, y en las largas y trabajadas epístolas del Ejemplar poético (v.) muestra la gran pericia de su «retórica», con mayor razón en sus varias composiciones, sobre todo juveniles, refulge lleno de gracia un petrarquismo de modos y de afectos, con una nostalgia que hasta llega a ser doliente.
Son notables los sonetos a Felipa de la Paz, cantada con la afectuosa remembranza de personas y de lugares lejanos: la mujer sólo es un pretexto para exaltar la vida en todo el esplendor de sus formas. Por otra parte, aun en la búsqueda de una elegancia literaria, la sutileza parece a veces velar la imagen poética, como cuando el artista hace coincidir el día de su enamoramiento con el de la fiesta de la Santa Cruz («Fue mi alma en su dulce prisión puesta»), y, con una insistencia que tiene su origen en el Cancionero (v.) petrarquista, alude a la fecha con actitud casi hierática («Que el tercer día del alegre mayo…»).
Pero en la historia de este amor, él viaje del poeta a México y la larga permanencia en aquella tierra lejana, dan nuevos motivos al canto, desde la nostalgia del recuerdo lleno de angustias («La luz que adoro, que al lumbroso día») a la insistencia complacida en la propia pasión («Hoy, según es mi cuenta, veo complidos»), al dolor más sentido por la infidelidad, y en fin, a la boda de ella. Esta colección de poesías forma, por tanto, dentro del modelo petrarquista, un cancionero, verdadero y propio: es la historia de un amor en el que la literatura y el amaneramiento tienen su parte en la búsqueda de maneras elegantes y refinadas. Entre las rimas del autor son también notables aquellas en que se entrega a la visión de la naturaleza, por ejemplo, por la espléndida vida de México, en un sentido de paz que es tranquilidad y fe en la existencia («Vivo en mi libertad y gusto mío»).
Bella es la contemplación de las cosas en participación sincera y apasionada («Un tiempo corre solo, un solo viento/Mueve las nubes que distilan oro/Donde se satisface el pensamiento»), pero dulcísimo es, por otra parte, el pensamiento de la Patria, en las inminencias del retorno, cuando las cosas aparecen en su aspecto cotidiano, y sin embargo casi fabuloso («Gozaré a mi placer del aire puro»). Muchas otras piezas — sonetos y epístolas en su mayor parte — testimonian una rica vida literaria con la nueva estancia en España; pero más que un mundo poético de conceptos y de sublimidades, según el gusto de su época, Juan de la Cueva prefirió los tonos sencillos y humildes, en una palabra, íntimos, precisamente por estar impregnados de tenue discreción. Debemos situar aparte, por la amargura de la confesión, originada sobre todo por la melancolía y la soledad, el breve poema «El viaje de Sannio» que, habiendo quedado inédito, fue publicado por F. Wulf en 1886.
Un poeta, Sannio, va al cielo para obtener de Júpiter el reconocimiento que los hombres le han negado siempre, pero el padre de los dioses le pone obstáculos y trata de contentarle con subterfugios. Más que todas las divinidades, es la virtud la que da fe al mísero poeta, que por fin es coronado en la tierra en el templo de la gloria, por una ninfa en el dulce valle del Betis o Guadalquivir. Con la exaltación de Sevilla — la ciudad, del Betis — termina la composición, que muestra el carácter de su tenue vena precisamente en esta mescolanza de resentimientos personales, de divagaciones mitológicas y de encomio de una ciudad espléndida por sus letras y sus artes.
C. Cordié
En la colección de Cueva está esbozada toda la lírica posterior, con más claridad que en el teatro de que fue precursor. (Icaza)

