Personaje de la novela del mismo nombre (v.) del escritor colombiano Jorge Isaacs (1837-1895), en torno al cual se ha desarrollado una larga controversia sobre su probable existencia.
De la obra surge como un ser ideal, desasido de la realidad, entre ángel y mujer, verdadera heroína romántica — hermana de Virginia (v.), de Atala, de Graziella (v.)—nacida para el amor estéril y la muerte. Hija de un judío residente en Jamaica, a los tres años fue llevada a Colombia por un primo de su padre que la considerará como una hija más. Con uno de sus primos, Efraín, se sentirá unida por un mutuo amor, y ese sentimiento será el núcleo de la personalidad de María, que vivirá sólo para amar a Efraín. En torno a ella se extiende un nimbo de presentimientos fatalistas que despliega un velo de tristeza sobre todo cuanto entra en su órbita.
Surgida para la insatisfacción y el dolor es contemplada por cuantos la aprecian con ojos de conmiseración. Su historia será la vieja historia de la felicidad trágicamente destrozada cuando más cerca estaba de ser alcanzada. No hay nada que impida las relaciones entre los dos protagonistas (los dos únicos momentos dolorosos son los de las dos separaciones de Efraín, una para marchar a la capital y otra a Inglaterra a cursar sus estudios, ambas dentro de la mayor normalidad); pero hay algo, independiente del conocimiento anticipado del relato por el narrador, que a lo largo de toda la obra está presagiando el triste final.
María muere mientras Efraín está en Inglaterra, pero no de amor, sino por enfermedad; se extingue, pero contra su voluntad. Sin ese final y sin los augurios y presentimientos, que lo son porque se realizó lo que presagiaban, María no sería una heroína romántica sino una vulgar, triste y frágil niña que casó muy joven y muy enamorada, y su historia no hubiese merecido ser relatada. Para Efraín, María es un punto de referencia de su vida y por lo mismo un elemento ordenador de su mundo; su aparición en la novela, como un ser silencioso que destaca y se define entre el grupo anónimo de las hermanas, que está ante él como lo primero que se busca y lo primero que se encuentra — «Cuando traté de reconocer en las mujeres que veía a las hermanas que había dejado niñas, María estaba en pie junto a mí, y velaban sus ojos anchos párpados orlados de largas pestañas» — y que llega a convertirse, ya en los primeros capítulos, en «leit-motiv» en torno al cual gira todo el relato, nos descubre con palabras sencillas el conflicto central de la obra.
María desaparece tal como Efraín había temido, «como una de las beldades fugitivas de mis sueños», y el dilema «Mía o de la muerte» se resolverá por el último término, el más fuerte. María surge del ^doloroso y difuminado recuerdo en que es rememorada a la plena realidad de un ser de carne y hueso en las maravillosas y sencillas palabras de sus cartas a Efraín en que expresa el vacío dejado por su partida («Todo está como lo dejaste, porque mamá y yo hemos querido que esté así; las últimas flores que puse en tu mesa han ido cayendo, marchitas ya, en el fondo del florero; ya no se ve una sola.
Los asientos, en los mismos sitios; los libros como estaban, y abierto sobre la mesa el último libro en que leiste; tu traje de caza, donde lo colgaste al volver de la montaña la última vez») o la queja impotente de una alma enamorada en lucha con la muerte: «Yo no quiero morirme; yo no puedo morirme y dejarte solo para siempre».
S. Beser

