Protagonista de la novela de André Gide (1869-1951) Las cavas del Vaticano (v.), este personaje ha salido en cierto modo del marco de la literatura para erigirse en el símbolo viviente del «acto gratuito» y de una forma de vida absolutamente extraña a toda regla ética y a todo principio tradicional.
Hijo de una cortesana internacional de maravillosa belleza y de un noble francés embajador en Rumania, Lafcadio, al morir su madre, es un muchacho de 19 años que se enfrenta con el mundo sin sentirse atado por ningún vínculo familiar, ninguna idea de patria ni de grupo social ni ninguna de todas aquellas normas de vida que unos llaman «principios» y otros «prejuicios». Las deletéreas enseñanzas de un compañero de estudios, apodado Protos (a quien luego habrá de encontrar convertido en un verdadero y auténtico criminal), le han inspirado el gusto por la rebelión contra el orden social, aunque no han llegado a convertirle precisamente en un rebelde.
En realidad, la verdadera característica de ese espléndido adolescente, que no se envanece en lo más mínimo de su inteligencia, pero en cambio se obstina con pueril tenacidad por conquistar el completo dominio de sí mismo, es la de hallarse absolutamente al margen de todo programa, reacio a todo proyecto y a todo sistema y dispuesto a responder inmediata, fácil y ligeramente a cualquier estímulo interno o externo, en su ansia de recorrer todas las experiencias, cada una de las cuales constituye un fin en sí misma.
Impaciente ante las presiones de cualquier necesidad de orden práctico, Lafcadio, para poner en práctica su ideal y sentirse verdaderamente «disponible», debe ser rico; pero la casualidad se cuida de resolver el problema haciéndole entrar en posesión de la herencia de su padre, el anciano conde de Baraglioul. Entonces se halla a punto de aceptar cualquier irregularidad y de borrar en sí todo residuo de la vieja distinción entre el bien y el mal: para ello se construye y se impone una especie de terrible mística del «acto gratuito», desinteresado, simple afirmación de vida que lo mismo puede ser lo que suele llamarse una buena acción que un crimen, un acto heroico que una villanía.
Del mismo modo que una vez, en París, ante los ojos de una joven que con el tiempo habría de enamorarse de él, cedió al gusto del heroísmo, Lafcadio, algún tiempo más tarde, en el momento culminante del relato del cual es protagonista, se abandona a la tentación del crimen desinteresado y arroja por la ventanilla del expreso Roma-Nápoles a un desdichado e insignificante viajero, una especie de irritante monigote humano que el azar le había deparado como compañero de compartimiento. Pero más adelante, Lafcadio se da cuenta de que no se halla tan libre de la común realidad como había creído, ya que forma parte de un mundo en el que todo acto tiene su consecuencia, y se halla angustiosamente enzarzado entre el orgullo y el remordimiento, el egoísmo y el amor.
Entonces se revelan en él las últimas consecuencias de una doctrina de vida «inmoralista», los peligros y las antinomias de una evasión absolutamente unívoca y la absurdidad práctica de toda regla demasiado coherente y exclusiva… Pero el personaje, en el recuerdo y en el ánimo de los lectores se ha liberado en realidad también de esa conclusión criticomoralista. Lafcadio vive en una mística del acto por el acto mismo: simple y fascinadora afirmación del yo, en la que se suma la poesía de los contactos inmediatos con todos los aspectos de la realidad, de la experiencia desinteresada y del descubrimiento del mundo como maravilloso espectáculo en su perpetuo devenir. Lafcadio es en el fondo la extrema encarnación de Julián Sorel (v.), la lógica y desconcertante consecuencia del «culto de la energía» stendhaliano, complicado naturalmente con la idea nietzscheana del Superhombre.
M. Bonfantini

