Protagonista de la novela Emma (v.) de la inglesa Jane Austen (1775-1817), Emma Woodhouse, «bella, inteligente y rica, con una casa confortable y un carácter feliz», se sitúa entre Elizabeth Bennet (v.), de Orgullo y prejuicio (v.), y Eleanor Dashwood (v.), de Juicio y sentimiento (v.), en el grupo de heroínas de Jane Austen que representan el tipo femenino ideal de la alta burguesía provinciana que a fines del siglo XVIII constituía aún la médula del sistema social británico.
Hija única y casadera de un rico viudo enfermizo y pusilánime, Emma se ha acostumbrado desde su adolescencia a sentirse ama y señora de su casa; sabiéndose la heredera más rica del pueblo en que vive, ha ido desarrollando desde hace tiempo su individualidad y la conciencia, de su posición social. A pesar de ello, no es una muchacha mimada: ha adoptado para con su padre una actitud maternal y sabe, con señorial discreción, imponer su voluntad a cuantos la rodean.
Y precisamente este sentido de autoridad y su confianza en su inteligencia la impulsan a elegir el pasatiempo de combinar matrimonios entre sus «protegidos». En este aspecto, sin embargo, sus previsiones raramente resultan acertadas: las circunstancias y las apariencias (tan importantes en el mundo en que vive) la engañan a menudo, pero ella conserva en todo momento su aplomo, fiel al código de lo «razonable» que guía todos sus actos.
Como Elizabeth Bennet, Emma es inteligente e independiente, y sabe gustar de cuanto la rodea sin necesidad’ de rebuscar sensaciones extraordinarias: «una mentalidad viva y exenta de preocupaciones puede perfectamente estar sin ver nada, y nada ve que no le interese». No obstante, en su conversación no se muestra tan ingeniosa ni tan brillante como Elizabeth, y es asimismo incapaz de aquellas salidas impertinentes que caracterizan a ésta. El ideal de Emma es el sentido de la corrección, de lo justo y de lo juicioso: «Su criterio era tan fuerte * como sus sentimientos».
Cuando Jorge Knightley (v.), a quien Enriqueta ama, pide, en lugar de la mano de ésta, la de Emma, Emma renuncia a la felicidad en favor de su amiga, sin que se le ocurra siquiera la idea de que con ello realiza uno de aquellos actos de «heroísmo sentimental» que tanto atraían a las muchachas románticas: el heroísmo está sustituido por el sentido del «humour», y Emma logra sonreírse de sí misma al descubrir que, en el fondo, su aversión al matrimonio de Knightley con Enriqueta no se debía a razones de conveniencia, sino al hecho de que, aun sin darse cuenta, estaba enamorada de aquél.
Emma es toda una señora: la agudeza de Elizabeth, para ella, resultaría excesivamente descarada, y la constante seriedad de Eleanor Dashwood, demasiado solemne. Emma, sin pasiones violentas ni frialdad, representa el justo medio: su carácter tiende a la consecución de un perfecto equilibrio entre el sentimiento y la razón. Por ello cuando Knightley le declara su amor, la autora puede comentar: «¿Qué dijo Emma? Sencillamente, lo que debía; así hace siempre una señora».
G. Melchiori

