Gerolamo Cardano

Nació en Pavía el 24 de septiembre de 1501, murió en Roma el 21 de septiembre de 1576. Fruto de la unión ilegí­tima (legitimada en 1524) de Clara Micheli con Fazio, milanés, jurista y matemático de gran erudición, amigo de Leonardo de Vinci (de donde, quizás, el parangón intenta­do a menudo entre Leonardo y Gerolamo).

Criado en medio de malos tratos, enferme­dades y desgracias, fue de una precocidad extraordinaria en el estudio y llegó a tener fama de astrólogo y adivino antes de dar pruebas de un talento «más que divino» en las disciplinas naturales y matemáticas.

Se doctoró en Medicina en 1526, iniciando in­mediatamente el ejercicio de la profesión en Saecolongo (Padua), donde se casó en 1531; volvió a Milán en 1532 y en el 34 ob­tuvo la enseñanza de las Matemáticas, aun­que continuó en el ejercicio de la Medi­cina, mezclada con prácticas astrológicas y mágicas.

Desde sus primeros opúsculos de Medicina, De malo metendi usu (1536), y de Matemáticas, Práctica aritmética (v.), ya se manifiesta su estilo retorcido y confuso, característico en su abundantísima produc­ción literaria (reunida en los diez volúme­nes Opera omnia, Lugduni, 1663), y que alcanza su máxima oscuridad en De regula aliza (1570). (La propia palabra «aliza» no se sabe bien qué significa, aunque algunos la interpretan como «difícil».) En sus obras evi­dencia una cultura enciclopédica, poderosa inteligencia unida a una credulidad pueril, sensibilidad exasperada por pavores inven­cibles y desmesurados sueños de grandeza; en resumen, una personalidad psíquica des­equilibrada, que Lombroso tomó como ejem­plo de su teoría sobre el genio y la locura.

Sabedor por las disputas públicas de Mate­máticas, entonces en boga, de que Niccoló Tartaglia poseía la regla para resolver ecua­ciones de tercer grado, logró también cono­cerla bajo promesa, quizá jurada, de no divulgarla y prometiendo a su vez, en re­compensa, introducir a Tartaglia en los am­bientes universitarios y humanistas, hostiles a éste.

Cardano mantuvo la promesa durante seis años; pero cuando averiguó que el boloñés Scipione Dal Ferro había hallado antes que Tartaglia la misma fórmula, creyó poder romper la promesa hecha y divulgó el pro­cedimiento en Ars Magna (v.), obra célebre en la historia de las Matemáticas porque en ella C., después de ampliar los casos de apli­cación de la fórmula de Tartaglia, inicia la teoría de las ecuaciones algebraicas, dando algunas relaciones entre raíces y coeficien­tes de una ecuación.

Tartaglia no perdonó a C. el haber divulgado el método y en sus Problemas e invenciones varias (v.) le ata­có con «calumniosas y mordaces palabras» (a las que respondió el yerno de C., Ludo- vico Ferrari, de donde nacieron aquellos seis Cartelli di matematica disfida, pinto­resca fuente de los usos científicos del si­glo XVI), contestados por Tartaglia en el Tratado general de números y medidas (v.), que, por ser muy conocido de los mate­máticos, contribuyó no poco a desmerecerante la posteridad la personalidad moral de C.

Aunque desde 1543 desempeñaba la cátedra de Medicina en Pavía, en 1150 pu­blicó De la sutileza (v.) y en 1557 el gran suplemento de esta obra, De la variedad de las cosas (v.), los dos libros más concien­zudos de C., vastas enciclopedias que se di­fundieron rápidamente. En 1560 lo «abrumó un nuevo dolor: en las cárceles de Pavía fue ajusticiado su primogénito, el desven­turado Giambattista, acusado de uxoricidio. Abrumado por el golpe, y acaso sospechan­do que la severa condena era fruto del odio de sus propios enemigos, C. hace todo lo que puede por salvar a su hijo y, fracasadas todas las tentativas, solicita y obtiene una cátedra en la Universidad de Bolonia, adon­de se traslada en 1562.

Es encarcelado en 1570 por el Tribunal de la Inquisición, acu­sado de haber hecho el horóscopo de Jesu­cristo; permaneció en la cárcel durante dos meses, siéndole prohibido sostener lecturas públicas y privadas.

En 1571 se traslada a Roma, donde es afectuosamente acogido por el papa, y se le otorga una renta vitalicia, que disfrutó hasta su muerte, ocurrida, se­gún se dijo, el mismo día que él había pre­visto. Esta existencia ardiente y visionaria, mezcla de sabiduría y locura, de supersti­ciones medievales y premoniciones, es na­rrada por sí mismo en su Autobiografía (v.), donde la sinceridad y la indagación son llevadas hasta la confesión más íntima.

M. Gliozzi