Michelangelo Buonarroti

Nació el 6 de marzo de 1475 en el castillo de Caprese (Casentino), y murió en Roma el 18 de febrero de 1564.

Al considerar su figura singular no se puede prescindir de los acontecimientos de su vida agitada y dramática, ni tampo­co de las borrascosas vicisitudes contemporá­neas, por cuanto en él no resulta posible dividir el todo que integran el hombre y el artista. La biografía de M. A. está funda­mentada principalmente en los textos de Va- sari y Condivi, quienes vivieron en su misma época, y también, en gran parte, en el con­junto de las Cartas (v.) dirigidas a amigos y familiares entre 1496 y 1563.

Todavía muy joven, empezó su formación artística en el taller de Ghirlandaio (1488); luego figuró en aquella especie de academia libre insti­tuida por los Médici en los jardines de San Marcos; finalmente, Lorenzo el Magnífico vislumbró la grandeza del genio naciente y acogióle en su propia morada. Aquí pudo relacionarse M. A. con los más afamados y preclaros ingenios del humanismo florentino y confirmar en sí mismo las tendencias neo- platónicas que integran el substrato de sus interpretaciones figurativas y de su poesía.

Ello aparece reflejado en las primeras obras plásticas del artista: La Virgen de la Esca­lera y Lucha de Hércules con los centau­ros; ya en estas producciones menores su temperamento creador llevóle a expresiones austeras que superan la realidad objetiva y tienden a una espiritualidad de valor universal.

Tras la expulsión de Pedro de Médicis estuvo en Bolonia, y luego, a media­dos de 1496, marchó a Roma, a instancias del cardenal Rafael Riario. A este primer período romano del genio pertenecen el Baco del Museo Nacional de Florencia y la Piedad de la basílica de San Pedro, obra de clásicas proporciones que resuelve el dra­mático tema en una muda contemplación. Hacia mediados del año 1501 M. A. volvió de nuevo a Florencia. Por aquel entonces su actividad se había hecho ya febril, y abar­caba tanto la escultura como la pintura.

Entre sus obras escultóricas citaremos el gigan­tesco David, situado frente al palacio de la Señoría; la espiritual Virgen con el Niño, de Brujas; el San Mateo de la Galería de la Academia, sumariamente esbozado a fin de expresar mejor el fatigoso anhelo de la imagen para liberarse del bloque donde se halla oprimida, y, finalmente, los dos meda­llones de la Virgen con el Niño, del Museo Nacional de Florencia y de la Galería Na­cional de Londres.

Estas últimas obras nos sitúan frente al miguelangelesco «no aca­bado» con que el maestro elimina las barre­ras existentes entre escultura y pintura para llegar a una unificación de las artes bajo el dominio común de la luz. En el conjunto de obras pictóricas realizado en Florencia durante este período cabe destacar, princi­palmente, la pintura circular de la Sagrada Familia, hoy en los Uffizi, y el gran cartón de la Batalla de Pisa (1504-06); ambas rea­lizaciones habrían de confirmar la concep­ción plástica de M. A. frente a la pictórica de Leonardo, que se manifestaba coetánea­mente en Florencia.

Vuelto a Roma en mar­zo de 1505, M. A. recibió del papa Julio II dos titánicos encargos: un grandioso monu­mento sepulcral en la nueva basílica de San Pedro destinado al mismo pontífice y la decoración de la bóveda de la Capilla Sixtina. El incumplimiento del primero valió más tarde al maestro amargas divergencias con los herederos de Julio II; no obstante, bastan las pocas estatuas del frustrado mo­numento que realizara en diversas épocas — el Moisés de San Pietro in Vincoli y los seis Esclavos conservados en la Galería de la Academia de Florencia y en el Louvre — para hacernos comprender el efecto que hubiera causado el grandioso conjunto plás­tico.

Las pinturas del techo de la Sixtina, iniciadas con desgana el 10 de mayo de 1508 e inauguradas el 31 de octubre de 1512, marcaron el triunfo del maestro. Otra de las obras más importantes del genio fue la sa­cristía nueva de la iglesia florentina de San Lorenzo, encargo del cardenal Julio de Médicis, el futuro papa Clemente VII; tal labor duró hasta 1534.

En las dos tumbas de Ju­liano y Lorenzo de Médicis, con las vigo­rosas figuras de la Aurora, el Crepúsculo, el Día y la Noche, en algunas partes muy bien acabadas y en otras sólo esbozadas, aparecen reanudados los mismos efectos que ya en los Esclavos había anticipado. La úl­tima gran producción de M. A. es el admi­rable Juicio Final de la Sixtina.

Esta obra, que le fue encomendada por el pontífice Paulo III, intenta ser una advertencia seve­ra a la humanidad, y quedó inaugurada en 1541, la víspera de la festividad de Todos los Santos, luego de ocho años de trabajo y en medio de la general admiración; artís­ticamente se trata de un complejo pictórico- plástico sólo comparable, por su dramática intensidad, a la Divina Comedia.

En Dante se halla inspirada igualmente toda la pro­ducción poética de M. A. (v. Rimas), nacida en gran parte en Roma a partir de 1534, mientras el autor descansaba de sus restantes actividades; indudablemente, no puede pa­rangonarse en grandeza con estas otras; pero, sin embargo, en algunos momentos permite vislumbrar la huella del genio.

Histórica­mente aparece aislada en medio de la lírica del siglo XVI; el mismo petrarquismo del cual arranca se ve superado y transfigurado por la potencia del pensamiento y del «no acabado», que se dan también en la expre­sión poética. Entre las obras de la vejez des­tacan los trabajos arquitectónicos para la basílica de San Pedro, la urbanización de la plaza del Capitolio y algunos grupos plás­ticos de la Piedad, de los que el Rondanini, hoy en Milán, manifiesta la profunda deso­lación del alma del artista.

La desaparición de los seres más queridos —singularmente de la espiritual poetisa Vittoria Colorína — había dejado en su vida un gran vacío. El pensamiento de Miguel Ángel estaba inva­dido por la idea de la muerte, que sentía próxima y debió de acoger como ansiada liberación.

P. D’Ancona