Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon

Nació el 7 de septiembre de 1707 en el cas­tillo de Montbard (Borgoña), murió el 16 de abril de 1788 en París. Hijo de un conse­jero del Parlamento de Borgoña y de una mujer noble y rica, hizo sus estudios con los jesuitas de Dijon, mostrando desde pe­queño una gran propensión a las matemá­ticas.

Desde muy joven se hizo amigo íntimo del disoluto lord Kingston, en compañía del cual hizo un largo viaje por Francia, Ingla­terra e Italia, en apariencia estudiando y herborizando bajo la dirección del precep­tor de Kingston, notable botánico, en rea­lidad corriendo tras las aventuras y los pla­ceres.

Vuelto a Francia después de la muer­te de su madre (1732), continuó en París su brillante vida mundana, pero el deseo de su padre de contraer nuevo matrimonio arrancó al joven de su existencia y le obli­gó a ocuparse de las vastas posesiones here­dadas de su madre, para valorizar las cua­les se dedicó a estudios de botánica, de mi­neralogía, etc., de los que extrajo diversas memorias que le valieron el nombramiento de socio de la Academia de Ciencias (1733).

En 1735 dio a la imprenta la traducción del tratado Vegetable Staticks del inglés Stephen Hales, y tres años después se tras­ladó a Inglaterra, donde vivió un cierto tiempo en contacto con la más alta aristocracia y donde tradujo el Método de las flu­xiones (v.) de Newton.

De regreso en su pa­tria logró obtener, en 1739, el nombramiento de intendente del Jardín Botánico (Jardín du Roy), y desde entonces se consagró total­mente a las ciencias, compartiendo su estan­cia entre París y Montbard, para redactar los 36 volúmenes de su Historia Natural (v.), en cuyo trabajo sólo a partir de 1767 aceptó la ayuda de colaboradores como Daubenton, Guéneau de Montbeliard, L’ abate Bexon, etc.

En 1753 fue elegido para la Academia Fran­cesa y en ocasión de su recepción leyó el famoso Discurso sobre el estilo (v.). Ade­más de la Histoire Naturelle, la cual, pese a los ataques de Voltaire que la encontraba «pas si naturelle», fue traducida inmedia­tamente a las principales lenguas cultas, publicó la Théorie de la Terre, que fue cen­surada por la Sorbona por contraria al re­lato bíblico; la Histoire de l’homme, la His­toire des quadrupèdes vivipares (15 vols., de 1770 a 1783); la Histoire des oiseaux, en 9 vols. (1770-83); la Histoire des minéraux, en 5 vols. (1783-88), con suplementos que entre otras cosas contienen el Traité des époques de la nature (1778), también ata­cado por los teólogos de la Sorbona.

Dejó, en fin, una voluminosa correspondencia. La Historia Natural de Buffon, y en especial su zoología, está caracterizada por la ausencia de toda sistemática. La naturaleza, dice Buffon, no admite clasificaciones y «nos asombra más por sus excepciones que por sus leyes». Solamente existe la especie, inmutable, ca­racterizada no sólo y no tanto por la ana­tomía como por el «instinto», término vago que toma en Buffon el significado de «costum­bre», e introduce al naturalista en el estu­dio de la psicología de los animales, seres, según Buffon, que tienen la sensación de su exis­tencia, sin poseer reflexión ni consciencia del tiempo pasado.

Reconocidas las espe­cies vivientes y extinguidas, es posible des­cribir la historia del mundo, ligándola a la historia de sus habitantes: idea original, propia de Buffon, que la ciencia no ha aban­donado ya y en virtud de la cual paleon­tología, zoología y botánica se han conver­tido en ciencias auxiliares de la cosmología. Buffon no era naturalista de profesión cuan­do ingresó, ya circundado de fama y de influencia, en el círculo de los naturalistas, llevando a él una mentalidad nueva y una formación científica todavía imperfecta que suscitaron reacciones y hostilidad; pero él no se dejó nunca arrastrar a polémicas per­sonales; a las críticas de valor científico respondía en forma de indiferencia personal, por lo que sus polémicas forman parte sólo de la historia de las ideas.

Entre sus contro­versias, como uno de los hechos más impor­tantes de la historia intelectual del siglo, hay que recordar su disputa, seguida apa­sionadamente por el público, con Linneo a propósito de la sistematización botánica de éste, atacada por Buffon como artificial y ajena a la naturaleza.

Su obra, como su vida y su persona, constituyen una manifestación del culto a la magnificencia: continente no­ble y altivo (parece más un mariscal de Francia que un literato, decía Hume), al­tas relaciones mundanas, vida galante, ex­perimentos científicos grandiosos y espec­taculares (bosques enteros para el estudio de la resistencia de la madera, experimentos de espejos ustorios ejecutados ante toda la Corte, construcción exprofeso de grandes hornos para probar su teoría sobre la for­mación de la Tierra, etc.). La fama de Buffon, grandísima en vida y en la primera mitad del siglo XIX, fue disminuyendo rápida­mente al consolidarse las teorías evolucio­nistas y al cambiar el gusto literario de las épocas.

M. Gliozzi