Buda

«Despierto», «Iluminado» o «Cla­rividente» son las equivalencias de la pala­bra sánscrita con la cual suele designarse más comúnmente al fundador del budismo. Se trata de un vocablo lleno de místicas y sobrenaturales significaciones, por cuanto revela un efectivo renacimiento espiritual y relega casi completamente al olvido los restantes nombres del personaje, vinculados a sus anteriores vicisitudes terrenas.

Perso­naje histórico que vivió entre los años 560 y 480 a. C. en el nordeste de la India, na­ció en una familia principesca y recibió el nombre de Siddhārtha; pero fue llamado también con el gentilicio Gautama.

Los acon­tecimientos de su existencia son bien cono­cidos; entre ellos destacan el abandono, a los veintinueve años, de las riquezas y co­modidades en medio de las cuales había vivido hasta entonces y su entrega a la vida de penitencia, la memorable noche durante la cual vio aclarado, tras siete años de prue­bas y discusiones, el enigma del mundo, y, finalmente, a los ochenta, la muerte, que le dio una inmortal corona de celebridad.

El camino espiritual recorrido, las fases de su progresivo desarrollo y la meta alcan­zada encuadran la figura de Buda en una vi­sión que llega casi a destacarla del tiempo y a eternizarla en la sugestiva concepción del misterioso «nirvana».

De todas maneras, el personaje en cuestión vivió y actuó, y su naturaleza manifiesta, en primer lugar, una extraordinaria e independiente capaci­dad especulativa, por cuanto, a partir de una posición tradicional y ortodoxa, va des­hojando y destruyendo sus bases con la fuerza del racionieio, y, sin recurrir sino a éste, forja un sistema religioso en el que no figura divinidad alguna: anómalo y he­rético en un ambiente como el indio, tan invadido por el sentimiento de lo divino.

Buda vivió en una fase de la ideología indos- tánica durante la cual, y debido a nuevas concepciones doctrinales — la primera de ellas la creencia en la transmigración —, la antigua religión védica, con su culto a las divinidades y la exaltación del sacrifi­cio como acto meritorio sin par y omnipo­tente en sus efectos, había perdido todo va­lor, por cuanto la única realidad inexora­ble, pavorosa y terrible capaz de asustar al hombre era el eterno morir y renacer a tra­vés de una interminable sucesión de exis­tencias, más o menos afortunadas según los méritos o deméritos adquiridos, pero siem­pre efímeras, pasajeras y acabadas todas ellas con el dolor que acompaña constante­mente a la muerte.

La interrupción del ciclo de las reencarnaciones y la evasión defini­tiva del océano infinito de las vidas morta­les constituían el fin último anhelado por toda criatura viviente, la felicidad suprema y eterna, diversamente concebida por las distintas especulaciones desarrolladas en el período de intensa y fecunda investigación filosófica y religiosa que precedió y acom­pañó la aparición del budismo.

Por encima de cualquier otro se yergue, luminosa, la figura de Buda, que predicó y difundió su doc­trina de salvación (v. Discursos), instituyó una comunidad de adeptos sometidos^ a re­glas diversas y concretas, permaneció tem­poralmente en lugares adecuados («vihāra»), a donde podían acudir grandes multi­tudes para escuchar sus palabras, alentó ya desde el principio una laboriosa actividad misional, y fundó, en resumen, una religión que todavía hoy hace resonar el nombre de su remoto iniciador en tantas y tan vas­tas regiones del continente asiático.

Incluso en la historia de la India aparece Buda como una figura excepcional, y no sólo por su realidad histórica, la cual, en contraste con las formas meramente legendarias bajo las que la tradición cultural indígena presenta a fundadores religiosos, filósofos y autores eminentes de todos los tiempos, ofrece a la cronología antigua una piedra miliar de la máxima importancia, sino también debido a las particularidades que caracterizan (dife­renciándolo de otros movimientos espiritua­les coetáneos) su camino hacia la ilumi­nación.

La penitencia («tapas»), con las mortificaciones y los sufrimientos corporales consiguientes, era ya entonces un método muy empleado por los sabios de la India. Buda lo experimentó también, pero sin éxito; por esta razón, lo abandonó muy pronto y reconoció con genial y realista intuición los vínculos indisolubles existentes entre el vi­gor y las facultades del espíritu y del inte­lecto y la salud y la fuerza material del organismo corpóreo.

Una vez logrado el per­fecto equilibrio y la justa concomitancia entre la energía intelectual y la de carácter físico, Buda empezó a caminar en pos de la verdad, que se le reveló, finalmente, una noche, mientras estaba meditando profunda­mente al pie de una higuera. En la base de toda la estructura doctrinal budista figura una concepción desolada y pesimista de la existencia: las alegrías de la juventud, la salud y la vida son efímeras, por cuanto la vejez, la enfermedad y la muerte se cier­nen sobre las primeras de manera inexo­rable.

Cualquier existencia aparece domi­nada por el dolor, que subsiste eternamente en la continua peregrinación de una a otra vida, y la aniquilación de aquél sólo puede obtenerse con la del vivir («nirvana»); la ignorancia y el afán de placeres, o sea el apego a la existencia, provocan la reencarnación.

El criterio de Buda sobre el misterio que rodea al hombre se halla resumido en las memorables palabras que parece haber pronunciado la noche de la iluminación («bodhi»): «He recorrido el ciclo de muchas vidas buscando sin descanso el constructor de la casa (es decir, la causa de la reencar­nación) : constructor de la casa, has sido descubierto; no elevarás ya ningún otro edi­ficio, porque tus vigas están rotas y des­truido el techo de la casa.

El corazón, ya libre, ha extinguido cualquier deseo». El tes­tamento espiritual comprendido en las breves y solemnes recomendaciones dirigidas por Buda, moribundo, a sus discípulos consti­tuye una conmovedora y, al mismo tiempo, realista síntesis de todas sus enseñanzas. Las últimas palabras suponen un aliento a una tranquila resignación en pos de la indi­ferencia y a una ferviente actividad en el camino de la liberación: «Yo os exhorto, pues, mis discípulos: cuanto existe se halla sujeto a la muerte; atended a vuestra sal­vación».

La persona de Buda, tan amada por sus seguidores, no era en aquellos momen­tos sino una tenue sombra; los vivos rasgos humanos a los que tales vínculos de afecto y devoción les unían iban extinguiéndose ya para siempre. Explícitamente lo atesti­gua el maestro en el supremo tránsito a los fieles que, afligidos y llorosos, tenía junto a sí al pedir conscientemente a la posteri­dad ignorancia y olvido de su propia per­sona. Como única herencia, dejaba su doc­trina de salvación.

M. Vallauri