Nació en Ajaccio el 15 de agosto de 1769, hijo de Carlos Buonapárte (o Bonaparte) y de Leticia Ramolino, murió en Santa Elena el 5 de mayo de 1821.
El hombre de letras muere muy joven —exactamente a los veintisiete años, en 1796, cuando toma el mando del ejército de Italia — para dejar paso al joven general y al futuro emperador, que aparecerá a los ojos de un Thiers o de un Sainte-Beuve como uno de los más grandes escritores de su tiempo.
Gracias a su palabra más que a su pluma: las cartas que dicta, las frases que sus auditores recogen, que impondrán una nueva forma expresiva, rápida, tajante- exenta de toda retórica. Y este estilo no será fruto de las circunstancias o del temperamento, sino expresión de una voluntad bien precisa. En 1792 escribía ya a su hermano Luciano: «He leído tu proclama: no vale nada.
Hay demasiadas palabras y demasiado pocas ideas. Tú buscas el efectismo; no es así como se habla al pueblo». La obra propiamente literaria del joven Bonaparte no es, en conjunto, desdeñable: interesante sobre todo por su carácter autobiográfico, expresa la necesidad de encontrar un punto de apoyo, una base sólida.
En un tiempo en que las creencias y las formas de vida social estaban en crisis, Bonaparte. busca angustiosamente el camino de la gloria, primera razón de su vida. Esperando al principio encontrarlo en Córcega, se propone dedicar cuatro años (1786-90) a componer una historia de su isla y a ganarse así las simpatías de su compatriota Pasquale Paoli.
Pero estos dos hombres no acabarían de entenderse nunca. Trasladado al continente en 1791, Bonaparte envía a la Academia de Lyon un ensayo para el concurso convocado sobre el tema: Indicar las verdades y sentimientos que son más necesarios de inculcar a los hombres para su felicidad. Ampulosa y académica, su composición constituye un fracaso; el jurado la estima «indigna de atención».
Sin embargo, se encuentran en ella variaciones sobre temas que serán fundamentales en el inmediato desarrollo de la personalidad del corso. Por ejemplo: «La energía es la vida del alma, como el principal resorte de la razón».
No habiendo conseguido encontrar un puesto, ni en su isla ni en la Academia de Lyon, intentará incorporarse en la política del Terror, en 1793, con un pequeño «pamphlet» inteligente en el fondo y moderado en la forma, Le souper de Beaucaire, en el que, en nombre de la unidad nacional y de la situación real de las fuerzas militares, pretende demostrar la inanidad de las sublevaciones locales.
El conjunto revela una gran prudencia, incluso una repugnancia a comprometerse demasiado. Desde la adolescencia, se encuentra a menudo al borde de la desesperación. A los diecisiete años escribía: «¿Qué hacer en este mundo? ¿Se debe morir, no es mejor matarse?».
Y una ño después, en 1787, en Ajaccio, escribía narraciones muy tenebrosas. En una de ellas, Le masque prophète, evoca al agitador Hackem que, en Bagdad, adopta una máscara de plata para ocultar su rostro deformado por las heridas y la ceguera, y cuando se ve cercado, envenena a sus partidarios y se arroja al foso en donde ha colocado los cadáveres de éstos.
Después del Thermidor, Bonaparte estuvo de nuevo a punto de renunciar a la vida. El 12 de agosto de 1795 escribía a su hermano: «Si las cosas siguen así, amigo mío, acabaré por no apartarme cuando pase un coche».
Lo que ha visto en París le ha irritado : «Todo el mundo busca su propio interés y pretende subir a fuerza de horrores y de calumnias: hoy se intriga de un modo tan bajo como jamás se ha hecho. Todo esto destruye la ambición».
Por lo demás, tres años después pensó retirarse a la vida privada con una propiedad y una mujer (Desirée Clary). Pero, al mismo tiempo, se había producido su exclusión de la lista de generales. De este período infeliz debe ser la asombrosa novela corta Clisson et Eugénie, cuyo texto íntegro no se ha publicado hasta 1955.
En un momento de completo fracaso, Bonaparte se idealiza en un personaje afortunado, Clisson, que — como escribe él — «había nacido para la guerra…» La fortuna secundó constantemente su genio. Sus victorias se sucedían una tras otra y su nombre era conocido del pueblo como uno de sus más caros defensores».
Al fin, Clisson descubre la naturaleza, se enamora de Eugenia, tiene hijos, y marcha a vivir en una propiedad campestre. Pero un día se ve obligado a tomar de nuevo el mando de los ejércitos en guerra y su mujer lo engaña: él se arroja entonces «con la cabeza baja en el combate» y muere «atravesado por mil balas».
El soñar despierto (que llega hasta lo fantástico) ocupará siempre un puesto en su vida, como una distensión que le permite la recuperación de sus fuerzas intelectuales. Con esta imaginación, unida a una inteligencia ágil y amplia, sabrá dirigir de un modo admirable su propaganda, ya a través de los diarios franceses en Italia, durante la campaña militar, ya en París a través del Moniteur, o, en fin, en Santa Elena, por medio de lo que dicta a Les Cases y a los generales que le rodean.
Con este propósito, no vacilará en reconsiderar y corregir su propio pasado. Por ejemplo, parece que su famosa proclama: «Soldados, estáis desnudos…» (v. Proclamas y memoriales) sólo haya sido compuesta en el barco que lo conducía a Santa Elena. No contento con operar sobre la Historia, sabía dar de ella una imagen viva y animada.
A. Olivier

