Nació en Périgueux el 11 de julio de 1846 y m. en Bourg-la-Reine el 3 de noviembre de 1917. Un profeta perdido en el siglo XIX, un loco de Dios, un inspirado por la justa cólera, pero, asimismo, una especie de energúmeno cuya vida resume la máxima que proclamó en el título de su semanario Le Pal: «He buscado largo tiempo la manera de hacerme insoportable».
Todo esto fue Bloy, acerca de quien resulta muy difícil dar un juicio, por cuanto este hombre imposible, odioso a sus mejores amigos y jactancioso de su ingratitud, poseía un alma ardiente que llenaba de admiración a cuantos contaban con la paciencia y el afecto necesarios para llegar a descubrirla bajo su ruda corteza; entre quienes fueron conducidos a Cristo por Bloy figuran Jacques Maritain y Pierre Termier.
Inclinado a las letras por Barbey d’Aurevilly, al cual (lo mismo que respecto de Villiers de l’Isle Adam) manifestó siempre una gran devoción, durante su juventud se vio obligado a ganarse duramente la vida.
Humillado por esta situación desfavorable y seguro de llevar en sí un genio desconocido, adoptó una actitud de amarga cólera vengativa contra la sociedad y sus contemporáneos, émulos y correligionarios. Proclamábase «peregrino de lo absoluto», pero titulaba su diario del tiempo transcurrido en el suburbio de París Cuatro años de cautiverio en Cochons-sur-Mame; y para que nadie ignorara su opinión acerca del mundo en el cual vivía, publicó Les propos d’un entrepreneur de démolitions (1884). Su biografía aparece identificada con esta postura de Ezequiel rencoroso.
Pobre, siempre en busca de la limosna de un amigo que le permitiera llegar al final del mes, con una vida lo más «pequeño burguesa» que imaginarse pueda y ardiente cultivador de las letras, no exaltado sin consolado por éxito alguno de librería —ni tan sólo en obras apasionantes, como La mendiga (1897, v.) —, nada puede ofrecer de particular ni determinante en su existencia, a no ser el extraño encuentro con una mujer misteriosa a la que celebró en Lettres á la francée (1889), Anne-Marie Roullet.
Ésta, antes de verse recluída como loca, habíale persuadido de ser el depositario de un mensaje que debía transmitir a los hombres; fácil resultaría considerar tales vaticinios como locuras si algunos de ellos no impresionasen profundamente nuestros corazones. De sus restantes obras cabe citar la novela autobiográfica Le désespéré (1886), el Journal (1898-1920), La salvación por los judíos (1892, v.), Sueur de sang (1896), Exégesis de los lugares comunes (1919), Le sang du pauvre (1909), L’âme de Napoléon (1912), etc.
H. D. Rops

