Georges Bizet

Nació en París el 25 de oc­tubre de 1838, m. en Bougival el 3 de junio de 1875. Su padre, profesor de canto, le enseñó los primeros rudimentos del arte musical; a los cuatro años ejecutaba los más difíciles ejercicios y a los nueve era admitido en la clase de piano de Marmontel en el Conservatorio de París.

Seis meses después obtenía el primer premio de solfeo. Paralelamente a los estudios instrumenta­les, estudiaba composición con Zimmermann, que sustituía entonces a Charles Gounod. En 1852, un primer premio de piano fue la compensación a sus brillantes y fo­gosas ejecuciones; en 1854 obtuvo un pre­mio de órgano en la clase de Benoist y al mismo tiempo se matriculaba en el curso de composición de Hálévy, el célebre autor de Hebrea (v.).

El Institut de France debía conferirle en junio de 1857 el primer Grand Prix de Roma por la cantata Clovis y Clotide; el 28 de enero del año siguiente puso pie el joven Bizet en la Ciudad Eterna con el ardiente deseo de empaparse de aquella cultura latina de la que será reflejo toda su música.

El primero de los tres envíos reglamentarios al Institut fue una ópera bufa con libreto italiano : Don Procopio, cuyo manuscrito se ha perdido. Se aprestó enton­ces a componer una vasta Symphonie avec choeurs, subtitulada Vasco de Gama, en la que se pone de manifiesto su admiración por Bach y Beethoven.

Terminó, en fin, una «suite» para orquesta en tres movimientos, de la que tomaría el «Scherzo» en los Sou­venirs de Rome y la «Marcha fúnebre» en Los pescadores de perlas (v.). Ya revelaba su poderosa personalidad en una invención melódica original y en un sentido del color orquestal que hará que se le considere equi­vocadamente discípulo de Wagner.

A su regreso de Roma perfeccionó la técnica de compositor lírico transcribiendo para piano obras francesas, italianas y alemanas, que fueron publicadas con el título Le pianiste chanteur. Al mismo tiempo preparaba una ópera cómica, La Guzla de L’Emir, cuyos ensayos comenzaron en la Sala Favart en 1863.

Pero preocupado Bizet por presentar al público solamente partituras de las que es­tuviera totalmente satisfecho, decidió re­nunciar a la representación de su ópera y estrenar en el Théâtre Lyrique Les pêcheurs de perles, terminada entonces.

La tibia aco­gida del público acrecentó los escrúpulos de Bizet En 1865 retiró del cartel su nuevo drama lírico Ivan le terrible, y el éxito de Souve­nirs de Rome en los conciertos Pasdeloup no le hizo olvidar el semifracaso de la Jolie fille de Perth, cuya danza zíngara todavía es célebre.

Seis melodías, Feuillets d’al­bum, inspiradas en versos de Musset, La­martine, Ronsard, Millevoye y Víctor Hugo, precedieron al arreglo de Souvenirs de Rome, que se convirtió en la «suite» Roma («Allegro», «Andante», «Scherzo» y «Carnevale»).

El 3 de junio de 1869 se casó con Geneviève Halévy, hija de su antiguo pro­fesor. El mismo año componía Djamileh, ópera cómica cuyo argumento había sido sacado del Namouna (v. Poesías) de Mus- set y en la que podía expresar su gusto por un exotismo cada vez más suave, cálido y apasionado. El «Cantabile» de Harún, el canto de los bateleros, el dueto final con­tinúan siendo las mejores páginas de esta partitura que fue estrenada el 22 de mayo de 1872.

Cuatro meses después represen­taba en el Vaudeville la Arlesiana (v.) de Alphonse Daudet, para la que había escrito Bizet una importante música de escena. En ella abandonaba el autor el Oriente para volver a encontrar el sol, los penetrantes olores y la profunda tristeza de la Provenza; y su camino debía conducirlo a Es­paña.

Pero antes de presentar Carmen (v.) al público el 3 de marzo de 1875, compuso una pequeña «suite» para orquesta titulada Jeux d’enfants: doce piezas para piano a cuatro manos (Toupie, «impromptu»; Pou­pée, «berceuse»; Trompette et tambour, mar­cha; Petit mari et petite femme, dueto; Balgalop). Bizet quedó ofendido por los sar­casmos que amenazaron el éxito de Car­men. Pudo, sin embargo, entrever el futuro triunfo de su obra maestra.

Profundamente afectado por violentas e injustas críticas, debía morir la noche de la trigésimo ter­cera representación de Carmen. Poco antes había destruido la mayor parte de sus ma­nuscritos que vacilaba en confiar a un edi­tor, y especialmente el esbozo del Cid, que debía ser presentado el año siguiente en la Sala Favart.

Bizet es uno de los maestros del arte lírico francés por la concisión de pen­samiento, por su sugestiva potencia, por la variedad de su vocabulario armónico y por la riqueza y la forma de su orquestación.

C. Baignères