Henri-Léon-Gustave Bernstein

Nació el 20 de junio de 1876 en París, donde m. el 28 de noviembre de 1953. Fue hijo de un finan­ciero, y ya desde su primera juventud mos­tró disposición para el teatro.

Soldado en 1897, revelóse antimilitarista ardiente, y, tras algunos meses de servicio, abandonó su unidad y refugióse en Bruselas. Amnis­tiado, volvió a Francia y empezó a escribir para la escena. Fue descubierto por el céle­bre Antoine, fundador del «Théâtre Libre», e hizo representar primeramente Le marché (1900), y luego Le retour (1902) y Le Ber­cail (1904), que lograron cierto éxito.

Su verdadero temperamento revelóse en La rá­jenle (1905), obra a la cual siguieron Le voleur (1906), Samson (1907), Israel (1908) y L’assaut (1912); todas estas producciones pertenecen al repertorio frenético y resul­tan técnicamente hábiles, de acuerdo con una mecánica despiadada: el autor pone al desnudo en ellas toda la miseria que com­porta el apetito sensual complicado por las jugadas en la Bolsa o las actuaciones polí­ticas entre bastidores.

Le secret (1913) mar­ca un cambio de rumbo en la carrera de Bernstein, quien, sin templar su manera, la amplía con el estudio de los caracteres. En 1914 fue movilizado y pasó al ejército de Oriente, donde mereció el aprecio de sus jefes; de allí trajo el tema de Judith, obra repre­sentada en 1922.

La evolución iniciada con este drama había de proseguir a partir de entonces sin interrupción; aparecen, así, La galerie des glaces (1924), Le venin (1927), Mélo (1929), Espoir (1935) y Elvire (1939), cuyos argumentos ceden parte de la anti­gua intensidad en favor de la psicología.

Orgulloso, de carácter difícil, consciente de su propio valer y excesivamente suscepti­ble, no veía con buenos ojos ninguna crí­tica cíe sus obras; y, a causa de ello, sostuvo unos doce duelos, el último de los cuales fue el que le enfrentó con Édouard Bourdet, entonces administrador de la «Comédie Française»; hábil espadachín, logró con fre­cuencia el triunfo.

Huyó de la ocupación nazi de 1940, y refugióse, como israelita, en los Estados Unidos. Vuelto a París, presentó nuevas obras semejantes en todo a las ante­riores; cabe citar entre ellas La soif (1950). A lo largo de su carrera Bernstein no conoció un solo fracaso: propietario de un teatro, po­día, en consecuencia, escoger los intérpretes más expertos y mantener sus propias com­posiciones en el programa contra la crítica más reacia.

Hábil siempre en la elección de temas palpitantes, subordina al intérprete la estructura dramática, de suerte que fre­cuentemente sus personajes no sobreviven a la representación de la obra; en ello resi­den los límites de su teatro. Cuando niño Claude Monet pintó su retrato, del cual decía en su vejez: «Este bello retrato es, posiblemente, cuánto va a quedar de mí».

R. Purnal