Gustavo Adolfo Bécquer

Poeta y es­critor español. N. en Sevilla el 17 de fe­brero de 1836 y m. en Madrid el 22 de di­ciembre de 1870. Era hijo del pintor José Domínguez Isausti Bécquer y de su esposa Joa­quina Bastida y Vargas.

Desde sus princi­pios literarios, nuestro autor usó el ape­llido Bécquer, que correspondía a uno de los antepasados de su padre y que le pare­ció más en consonancia con sus ensueños literarios románticos y nórdicos.

Quedó huérfano a los nueve años y fue recogido junto con su hermano Valeriano por su tío Juan Vargas; pero fue su madrina Ma­nuela Monahay, mujer que gozaba de cier­ta posición, quien cuidó de sus estudios e hizo ingresar a Gustavo Adolfo en el Cole­gio de San Telmo para que se preparase para la Escuela Náutica.

No obstante, se dio la circunstancia de que a los tres años, el Colegio de San Telmo cerró sus puertas, y como no era el mar lo que realmente le atraía, Gustavo Adolfo se dio apasionada­mente a la lectura en la bien surtida biblio­teca de su madrina.

A los 14 años, al tiem­po que se embebía con toda clase de libros, probó el camino de la pintura, para lo cual entró en el taller de Antonio Cabral Beja- rano, y más tarde en el de su tío Joaquín, que al igual que su padre era pintor.

Mien­tras que Valeriano encontraba su camino en la pintura, Gustavo Adolfo la abando­naba para estudiar música sin gran pro­vecho; finalmente se decidió por la lite­ratura, que era su gran pasión desde la niñez.

En 1854, los hermanos Bécquer se trasladaron a Madrid en pos de la gloria y en busca de más amplios horizontes. Disponían de escasos recursos económicos y bien pron­to conocieron las estrecheces que les acom­pañarían de por vida.

A fin de proporcio­narse unos ingresos, por modestos que fue­ran, Gustavo Adolfo pidió y obtuvo un empleo administrativo en la Dirección de Bienes Nacionales, de donde sacaba un suel­do exiguo, que para colmo de males pron­to perdió al ser sorprendido por su jefe escribiendo versos en la oficina, lo cual le costó el cese.

A poco, le fue confiada la dirección de El Mundo, publicación de vida efímera, de la que pasó a formar parte de la redacción de El Porvenir, empleo que dejó para fundar, con algunos amigos, la revista España artística y literaria, también de corta vida.

En 1856, con alguna mejor fortuna, Bécquer escribió algunas obras de teatro en colaboración con Luis García Luna, que fueron estrenadas bajo el nombre de su colaborador. En 1857, con Juan de la Puer­ta, publicó el primer volumen de la Histo­ria de los templos de España, para cuya composición visitó Soria, Ávila y Toledo, y que después no continuó, dejándola incon­clusa.

En 1858 se enamoró apasionadamente de Julia Espín, hija de un profesor del Con­servatorio, a la que dedicó algunas de sus más inspiradas poesías. Aquel amor se vio truncado por la aparición de la enfermedad que llevaría al sepulcro al poeta: la tuber­culosis.

A instancias de su hermano, aban­donó Madrid y fue a reponerse al Monas­terio de Veruela, en la sierra de Moncayo, desdé donde envió a El Contemporáneo ver­sos, leyendas y numerosos artículos, entre los que figuraban sus famosas Cartas desde mi celda.

Vuelto a Madrid, nuestro autor se enamoró y casó con Casta Esteban Na­varro, hija del médico que le había cuidado en la época aguda de su enfermedad, la cual le dio tres hijos: Gregorio Gustavo Adolfo, Jorge y Emilio Eusebio.

En 1864, Bécquer fue nombrado «fiscal de novelas» o censor, car­go que le permitió cierta estabilidad eco­nómica siempre dentro de las estrecheces que presidieron su vida, pero que tampoco debía durar por cuanto la revolución de 1868 lo dejó sin empleo.

Este cese, agravado por el hecho de que Gustavo Adolfo llevara a su hermano a vivir en su casa, fue causa de desavenencias conyugales que culmina­ron con el abandono del hogar por parte de su esposa, la cual no regresó hasta la muerte de Valeriano, ocurrida en 1870.

Pa­rece ser que volvió a reinar la armonía en el matrimonio, pero por poco tiempo, ya que a fines de aquel mismo año moría Gus­tavo Adolfo, mientras preparaba la edición de sus obras completas. Pueden éstas, apar­te de numerosos artículos, críticas, impre­siones de viaje y un prólogo a un libro de poesías de Augusto Ferrán, dividirse en Rimas (v.), Leyendas (v.) y Cartas, amén de las obras teatrales y la inconclusa His­toria de los templos de España, ya citadas.

En 1872, y posteriormente en 1898, gracias al cuidado de sus amigos Ramón Rodríguez Correa, que compuso el prólogo; Augusto Ferrán, a quien puede considerarse su dis­cípulo, Nombela y Campillo, aparecieron dichas Obras completas (1872 y 1898, 1911 y 1949) que muy pronto alcanzaron cierta popularidad.

Hoy nadie discute te influen­cia de Heinrich Heine en la poesía de Bécquer; éste conocía la obra del alemán a través de las traducciones e imitaciones de Eulo­gio Florentino Sanz. Pero la personalidad de nuestro poeta se impone.

En el cuadro del romanticismo español, retórico y for­mulista en Núñez de Arce, frío y prosaico en Campoamor, las Rimas de Bécquer constituyen un admirable ejemplo de esencialidad y de contención. El motivo dominante es el amor, soñado o vivido en el deseo, suspirado en voz baja como un secreto entre dos, fruto agri­dulce de una inspiración viril y casta a la vez.

El verso tiene calidades de música sua­ve, de inefables aromas, de delicadas nieblas. Dentro de los modos románticos, las Rimas son poesía pura y hacen presentir la expre­sión esencial de Juan Ramón Jiménez, el poeta que descubrió y reveló a Bécquer, cuya influencia posterior en la lírica espa­ñola, a través de los poetas de la generación de la Dictadura, fue considerable, decisiva.

En prosa, Bécquer sigue siendo poeta. En sus Le­yendas se combinan las más delicadas fan­tasías con páginas descriptivas y coloreadas de gran pintor; en este aspecto, Bécquer ha sido comparado con Hoffmann y aun con Ner­val o Gautier.

La fama de Bécquer durante su breve vida fue modestísima; hoy, en cambio, se le considera como el más alto y puro representante del romanticismo español.